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09 julio, 2026

Argentina. Del vaciamiento nuclear a Malvinas: el costo de la diplomacia mística de Milei

La cumbre de los Acuerdos de Isaac reunió en Buenos Aires a dirigentes, legisladores y organizaciones alineadas con Israel y el trumpismo. La ultraderecha regional busca reconfigurar las leyes locales para subordinar los recursos estratégicos del Cono Sur

El evento congregó a la primera línea de las nuevas derechas regionales: desde el senador brasileño Flávio Bolsonaro hasta legisladores clave del bloque fujimorista de Fuerza Popular en Perú, representantes del Partido Republicano de José Antonio Kast en Chile, y parlamentarios de Cabildo Abierto en Uruguay.

Charo Solís 

La reciente cumbre de los Acuerdos de Isaac en el Alvear sigue apostando a la naturalización del reciente alineamiento geopolítico de la Argentina, consolidando un proceso de subordinación con variadas muestras desde que Javier Milei se sentó en el sillón presidencial.

La cumbre congregó a la primera línea de las nuevas derechas regionales: desde el senador brasileño Flávio Bolsonaro hasta legisladores clave del bloque fujimorista de Fuerza Popular en Perú, representantes del Partido Republicano de José Antonio Kast en Chile, y parlamentarios de Cabildo Abierto en Uruguay.

Esta alianza de las nuevas derechas parlamentarias, estructurada por el presidente de la Israel Allies Foundation, Josh Reinstein, opera como una plataforma unificada para proyectar la agenda de Tel Aviv en América Latina. El alineamiento de Argentina con este esquema se extrema en un momento de severo aislamiento internacional para el primer ministro Benjamin Netanyahu, cercado por investigaciones por crímenes de guerra ante los tribunales internacionales debido al genocidio desplegado en Gaza y la agresión militar contra el Líbano.

Al quebrar la histórica doctrina de neutralidad y multilateralismo de la Cancillería, una tradición de autonomía que resguardaba los márgenes de decisión nacional, la aventura libertaria compromete de manera directa la soberanía del país, subordinado desde el control de los recursos estratégicos hasta las capacidades científicas y de defensa autónomas.

Distintos observadores de la coyuntura oficial ponen el ojo en el nivel de influencia que ejerce la organización ultraortodoxa Jabad-Lubavitch dentro del entorno presidencial. Quienes examinan este entramado señalan que dicha impronta ideológica aporta un componente dogmático que suele traducirse en un debilitamiento de los marcos de justicia social y del respeto por las normativas vigentes.

En el plano de las decisiones de Estado, esta matriz de pensamiento se materializa en hitos como el rechazo al ingreso de Argentina al bloque de los BRICS o el anunciado traslado de la embajada argentina a la ciudad de Jerusalén, una medida que desafía de forma abierta los consensos de las Naciones Unidas. Al catalogar a Irán como un enemigo oficial de espaldas al Poder Legislativo, la Casa Rosada quiebra de forma unilateral el histórico acuerdo de neutralidad que las distintas fuerzas políticas sostuvieron desde el retorno democrático en 1983.

Al eludir los canales del Congreso de la Nación, el Ejecutivo no solo viola las prerrogativas constitucionales sobre la paz y la seguridad exterior, sino que divorcia la agenda gubernamental de la voluntad democrática del país.

El vecino argentino, Peter Thiel

La cumbre de Buenos Aires opera de este modo como el marco de validación para un modelo donde el Cono Sur pasa a funcionar como un campo de pruebas desregulado para tecnologías de control masivo, adaptándose a las demandas operativas del capital tecnológico global.

Estas reformas incorporan de manera central los sistemas de fusión de datos de la corporación estadounidense Palantir. Los informes técnicos internacionales sobre el sector securitario revelan que Palantir opera en estrecha simbiosis con el complejo militar de Israel, habiendo suministrado la plataforma de inteligencia artificial aplicada en los teatros de operaciones de Gaza y Líbano.

Mientras fondos de inversión escandinavos, como Storebrand Asset Management, retiran sus capitales de Palantir aduciendo riesgos inminentes de violaciones al derecho internacional humanitario, el gobierno argentino le otorga el procesamiento de sus flujos de información civil. En una claudicación que expone la baratura ideológica y la precariedad estratégica del oficialismo, el Estado argentino acepta las condiciones de un llave en mano tecnológico extranjero a cambio de una supuesta validación geopolítica que la comunidad internacional ya rechaza.

La implantación de estas herramientas de vigilancia algorítmica genera una subordinación digital irreversible. El procesamiento de datos públicos y la asignación automatizada de perfiles de riesgo sobre los ciudadanos argentinos quedan delegados en un software corporativo cerrado y transnacional.

Bajo la justificación técnica de la ciberseguridad y el “combate al terrorismo”, el experimento libertario desplaza las capacidades soberanas del Estado hacia una dependencia estructural.

Esta sumisión tecnológica reactiva, de forma casi paródica, la fantasía mediática de la instalación en el país de Peter Thiel, un romance con el suelo argentino que se esfumó al poco tiempo pero que dejó como herencia el desembarco de su andamiaje de control civil

Vaciamiento atómico y claudicación soberana

La contraprestación material de este alineamiento incondicional exige el desmantelamiento de las capacidades científicas autónomas y la facilitación de los recursos estratégicos del país. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) opera aquí como el corolario de un proceso sistemático de flexibilización integral. Su aprobación legislativa que habilitó severas exenciones fiscales y cambiarias para infraestructura digital, minería crítica y centros de datos, funciona como la garantía jurídica última para las corporaciones transnacionales insertas en la denominada Pax Silica.

Detrás de este concepto se esconde la configuración de un orden global donde las corporaciones de Silicon Valley, asociadas a los complejos militares, imponen una “pacificación tecnológica” a cambio del acceso irrestricto a los recursos del sur global. En este esquema, el RIGI corona el desmantelamiento de las normativas locales: desde la degradación de los controles ambientales para facilitar el extractivismo, hasta la desregulación laboral que ofrece mano de obra precarizada.

De este modo, el andamiaje normativo se reconfigura por completo para proteger el flujo de datos y divisas de las compañías extranjeras, blindándolas por treinta años frente a cualquier intento de regulación soberana del Estado argentino.

En simultáneo, el vaciamiento presupuestario y laboral que el Poder Ejecutivo ejecuta sobre la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) expone la dimensión material de este desarme soberano. Esta política programática, que paralizó el desarrollo del reactor modular de baja potencia CAREM y forzó despidos masivos de científicos, busca clausurar la autonomía tecnológica del país.

El correlato represivo de esta entrega se evidencia en los centros atómicos de la nación, que hoy sufren una militarización inédita por parte de la Gendarmería Nacional bajo la premisa de resguardar objetivos ante supuestas "amenazas externas".

El impacto más profundo de esta subordinación dogmática se localiza en el Atlántico Sur, allí donde la entrega oficial choca de frente contra una de las fibras más sagradas de la memoria popular, para el pueblo argentino, el reclamo soberano por las Islas Malvinas es un emblema identitario. La corporación petrolera israelí Navitas Petroleum, en sociedad con la firma británica Rockhopper Exploration, avanza hoy sin obstáculos en la explotación hidrocarburífera ilegal del yacimiento Sea Lion.

Ante esta flagrante afrenta a la soberanía nacional, la Cancillería comandada por el esquema de Pablo Quirno: ha garantizado un silencio protector, archivando el reclamo histórico con tal de no incomodar a sus socios de Tel Aviv. Este desembarco de actores vinculados al esquema extractivo israelí sobre bienes comunes estratégicos reconoce un antecedente en los convenios hídricos firmados desde 2022 con la estatal Mekorot.

Pero bajo el paraguas de los Acuerdos de Isaac, la entrega se institucionaliza como doctrina de Estado: un modelo donde el sentimiento y el territorio de una nación son conscientemente rematados en el altar de los compromisos políticos de la Casa Rosada con Washington y el gobierno de Netanyahu.

De espaldas al pueblo: naturalizar el despojo

De este modo, la diplomacia mística de la Casa Rosada opera bajo una estrategia de naturalización por saturación. A través de fotos oficiales, discursos mesiánicos y cumbres corporativas, el oficialismo intenta instalar como un hecho consumado y "normal".

El ocultamiento y el salteo parlamentario son la condición necesaria para el experimento: estos acuerdos ocurren de espaldas al pueblo argentino porque estas resoluciones violan de forma directa los marcos regulatorios fundamentales de los derechos humanos.

Durante las sesiones en Puerto Madero, los promotores de los Acuerdos de Isaac enfatizaron la exigencia de que los parlamentos locales adopten de forma obligatoria la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA).

Este instrumento normativo es severamente cuestionado por relatores de las Naciones Unidas debido a su utilización instrumental para asimilar la crítica legítima a las políticas de ocupación y extractivismo con expresiones de odio, abriendo la puerta a la persecución penal del activismo político.

Se busca así blindar legalmente el saqueo: quien denuncie la entrega del litio, el vaciamiento de la CNEA o el negocio petrolero en Malvinas será perseguido penalmente como un «delincuente de odio» o un «enemigo del Estado».

Tomado de Diario Red / España. Imagen de archivo.