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31 julio, 2026

La dignidad no se jubila: reclamo justo de jubilados y pensionados

Por Juan Linares / Opinión

En una sociedad que aspire a llamarse justa, el trato hacia sus jubilados y pensionados constituye una prueba decisiva de su calidad moral. No se trata únicamente de montos, bonos o ajustes salariales; se trata del reconocimiento debido a quienes entregaron décadas de trabajo, esfuerzo y contribución al sostenimiento del país. Cuando a ese sector se le retrasa el pago, se le fragmentan los beneficios, se le reducen los montos o se le excluye de derechos que sí se reconocen a los activos, lo que se está produciendo no es una simple irregularidad administrativa, sino una forma de despojo institucional y de agravio social.

Los reclamos que hoy expresan jubilados y pensionados no son exagerados ni caprichosos. Son el resultado de años de deterioro acumulado, de promesas incumplidas y de una política salarial que ha convertido el ingreso en una ficción. Entre las principales exigencias está el pago completo e igualitario de los beneficios que sí reciben los trabajadores activos: los 28 días de ajuste salarial, el Bono de Profesionalización, las vacaciones o el Bono Recreacional. Nada de eso debería estar sujeto a discriminación por condición de retiro, porque la jubilación no extingue los derechos adquiridos; por el contrario, exige mayor protección.

A ello se suma una denuncia de enorme gravedad: en distintas instituciones nacionales y regionales, los recursos de las cajas de ahorros que corresponden a los jubilados y pensionados no se entregan con la transparencia debida. El caso de algunas instancias del Cleb del estado Bolívar ilustra una realidad que se repite en diversos espacios: a los trabajadores activos se les paga, pero a los jubilados se les posterga o se les niega lo que también les pertenece. Si a esos fondos se les descuenta el 10% del salario y el patrono aporta el 20%, no estamos ante una dádiva sino ante dinero generado por derecho y destinado a un fin específico. Retenerlo, desviarlo o administrarlo arbitrariamente no solo es inmoral: puede constituir una apropiación indebida con consecuencias legales y administrativas.

La situación se agrava cuando se observa el modo en que se calculan y entregan algunos ingresos. A varios jubilados se les aplica una lógica de reducción que, bajo fórmulas aparentemente técnicas, termina recortando aún más su ya precario poder adquisitivo. Si se parte de una referencia de 240 dólares y se termina pagando solo 168, el resultado es una disminución del 30%. Pero esa pérdida no termina allí. Tampoco se reconocen en igualdad de condiciones la cesta ticket ni otros complementos que sí se anuncian para el personal activo. Y como si eso fuera poco, el pago por la plataforma Patria puede tardar varios días, tiempo suficiente para que la devaluación del bolívar erosione una parte adicional del ingreso. En un país donde la moneda se deteriora con rapidez, cada día de retraso representa una pérdida real.

La crítica no debe limitarse al monto recibido, sino al método mismo de exclusión. Cuando el Estado o las instituciones aplican criterios diferenciados para pagar menos, más tarde y con mayores restricciones a quienes ya están retirados, se consolida una forma de discriminación por edad y condición laboral. Esa práctica contradice el principio elemental de igualdad y vulnera la idea de seguridad social como derecho universal. Jubilarse no puede equivaler a quedar al margen del bienestar mínimo, ni a ser tratado como un sujeto secundario dentro de la estructura del trabajo.

Otro aspecto que merece atención es la suspensión del aumento salarial, congelado en la práctica desde hace 4 años y 4 meses. Ese dato no es menor, porque revela que el problema de fondo no es solo la insuficiencia de los bonos, sino la destrucción misma del salario como referencia de vida. Un país que sustituye el sueldo por compensaciones ocasionales, fragmentadas y desiguales, termina vaciando de contenido el trabajo y degradando el ingreso de toda la administración pública. Si, además, se afirma que existen recursos para respaldar un aumento salarial y aun así no se concreta una mejora real, la frustración social se vuelve todavía más profunda.

En este contexto, cobra especial importancia el reclamo de quienes fueron mal calculados en sus prestaciones sociales. A muchos jubilados se les ofreció en su momento un “bono único” de 10.000 bolívares como forma de compensación, cantidad que alguna vez fue presentada como equivalente a más de 2.000 dólares. Hoy, con la devaluación acumulada y el deterioro del bolívar, ese monto se ha reducido a una fracción insignificante de su valor original.

“El anuncio de este "bono único" de 10.000 bolívares fue realizado por Nicolás Maduro el 1 de mayo de 2022, durante un acto por el Día Internacional del Trabajador. Estaba dirigido a los trabajadores del sector público que se jubilaron entre el 1 de enero de 2018 y el 1 de mayo de 2022.Ese mismo día, el mandatario encargó a la entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, la tarea de ejecutar y explicar el mecanismo de pago, la cual informó posteriormente que el beneficio sería liquidado a través de la plataforma Sistema Patria y pagado de manera fraccionada en varios tramos”. 

Esto demuestra que una reparación tardía, si no está protegida frente a la inflación y la pérdida monetaria, termina convirtiéndose en una promesa vacía. La reparación que llega tarde y se devalúa rápido deja de ser reparación.

Especialmente dolorosa es la situación de los jubilados de las empresas básicas del Estado venezolano, muchos de los cuales fueron despedidos o renunciaron tras más de 25 años de servicio, en una época en la que no existían planes de jubilación claramente estructurados. Hoy, ya con más de 70 años en numerosos casos, siguen exigiendo ante la Vicepresidencia de la República el pago de un Bono Único que consideran justo y necesario. Su demanda no nace de la improvisación, sino de una deuda histórica con trabajadores que sostuvieron durante décadas sectores estratégicos del país. Negarles ese reconocimiento equivale a borrar su aporte y a profundizar la injusticia.

Tampoco puede ignorarse la exclusión de otros beneficios vinculados al retiro. Los jubilados y pensionados denuncian que no se les pagan las vacaciones ni el Bono Recreacional, lo cual resulta especialmente grave porque esos conceptos formaban parte de las condiciones laborales asociadas a su vida activa y deberían conservarse como parte del respeto a los derechos adquiridos. La vejez no puede convertirse en una excusa para recortar garantías, ni la jubilación en una sentencia de precariedad.

Frente a todo ello, la demanda de los jubilados y pensionados es clara y legítima: igualdad de trato, pago completo de sus beneficios, restitución de derechos contractuales, transparencia en la administración de sus fondos y reconocimiento efectivo de una vida de trabajo. No están pidiendo privilegios. Están reclamando justicia. Y en un país donde la justicia social ha sido tantas veces invocada pero tan pocas veces cumplida, ese reclamo merece ser escuchado con seriedad.

Defender a los jubilados y pensionados es defender una idea básica de civilización: que el trabajo no se desecha cuando envejece el trabajador. Es reconocer que la dignidad humana no caduca y que el deber del Estado, lejos de terminar con la jubilación, comienza precisamente allí, cuando la persona necesita más protección. Si un país abandona a sus mayores, también abandona su memoria, su ética y su futuro.

Por eso, este reclamo no debe leerse como una queja aislada, sino como una exigencia de justicia histórica. Los jubilados y pensionados tienen razón al alzar la voz. Su lucha no es solo por dinero: es por respeto, por equidad y por dignidad. Y esa dignidad, en efecto, no se jubila.

jlrlinares@gmail.com