Marruecos usa a 50 mil migrantes como rehenes de una disputa
geopolítica en Ceuta
Apenas unos días antes del cruce masivo, el presidente
Pedro Sánchez viajó a Argel a reencontrarse con el gobierno argelino, histórico
rival geográfico y político de Marruecos.
Por Héctor Barbotta /
Desde Sevilla
El mar Mediterráneo suele ser el trágico escenario donde
habitualmente naufragan las esperanzas del África subsahariana, pero desde este
jueves se transformó también en el
tablero de un frío ajedrez geopolítico. Cerca de 50 mil personas, en su
inmensa mayoría jóvenes y adolescentes marroquíes, ingresaron
a nado o bordearon a pie el espigón de El Tarajal para pisar suelo español en
la ciudad norteafricana española de Ceuta. Durante horas, la imagen
dominante fue la de miles de cuerpos exhaustos emergiendo del agua helada y
desbordando las playas. Sin embargo, a medida que corrió el reloj, empezó a
quedar al descubierto que esa marea humana no respondía a un éxodo
espontáneo ni a un brote migratorio desesperado. La secuencia tiene
toda la apariencia de una operación de presión diplomática perfectamente
orquestada. En un régimen autocrático como el marroquí, donde el control
social y policial en las zonas limítrofes es asfixiante, resulta inverosímil
sostener que semejante multitud pueda desplazarse sin ser detectada y cruzar
una de las fronteras más blindadas del planeta sin la venia directa y la
complicidad operativa de la dictadura del rey Mohamed VI.
El presidente del Gobierno español, el socialista Pedro Sánchez, viajó de urgencia a la ciudad autónoma de 84 mil habitantes -donde el colapso social y humanitario obligó a cerrar comercios y desplegar al Ejército- para tildar lo sucedido de “ataque” y “violación de la integridad territorial”. Sin embargo, en una pirueta retórica destinada a evitar el choque frontal con Rabat, prefirió atribuir la avalancha a las “mafias” y a una interpretación interesada de una reciente sentencia del Tribunal Supremo español. El fallo del alto tribunal establece una distinción legal clave: aquellos migrantes que ingresen al territorio sin violentar barreras físicas -es decir, nadando por el mar al no existir boyas o vallas sobre las aguas- no pueden ser sometidos a devoluciones automáticas o “en caliente”. Esa grieta jurídica explica por qué la marea humana eligió masivamente la vía marítima.
Pero el origen del conflicto no está en las leyes de
extranjería ni en los tribunales, sino en los despachos donde se negocia el
poder regional. Aunque Marruecos guarde silencio, la crisis estalló tras una
cadena de decisiones españolas que molestaron profundamente a la monarquía
alauí. Apenas unos días antes del cruce masivo, Sánchez viajó a Argel a
reencontrarse con el gobierno argelino, histórico rival geográfico y político
de Marruecos, buscando recomponer los lazos energéticos y diplomáticos. Para colmo
de males ante los ojos de Rabat, el Congreso de los Diputados español
aprobó recientemente la ley que otorga la nacionalidad española a los saharauis
nacidos bajo la antigua administración colonial y a sus descendientes. Esta
medida reabre una herida histórica sobre la soberanía del Sahara Occidental, un
territorio ilegalmente ocupado por Marruecos desde 1975. A estos roces
estructurales se le suma incluso una disputa simbólica pero de alto impacto
nacionalista: la candidatura compartida para el Mundial de Fútbol 2030, donde
Rabat y Madrid pugnan ferozmente ante la FIFA para que la gran final se dispute
en Casablanca o en el Santiago Bernabéu.
El tablero se complica aún más al observar las alianzas
internacionales. Marruecos se ha consolidado en los últimos años como un socio
estratégico fundamental para Estados Unidos e Israel en el norte de África,
apuntalado por los Acuerdos de Abraham y el explícito respaldo de la Casa
Blanca a sus pretensiones sobre el Sahara Occidental. De hecho, mientras la
crisis se desarrollaba en las costas ceutíes, Washington no tardó en cargar
contra Madrid. El presidente estadounidense Donald Trump y su secretario de
Estado, Marco Rubio, aprovecharon la coyuntura para elogiar la figura de
Mohamed VI y atacar la política antibelicista y progresista del Ejecutivo
español, acusándolo de promover “fronteras débiles”.
La respuesta de la extrema derecha europea tampoco se hizo
esperar, revelando la fragilidad de la cohesión comunitaria. La primera ministra italiana, la
ultra Giorgia Meloni, aprovechó el episodio para escenificar una postura de
fuerza y anunciar la suspensión temporal del tratado de libre circulación de
Schengen con España, una medida puramente demagógica y de dudosa legalidad
europea que fue replicada con discursos xenófobos por el conservadurismo
español. Desde la oposición interna, tanto Alberto Núñez Feijóo (PP) como el
ultraderechista Santiago Abascal (Vox) denunciaron una “invasión” y exigieron
reformas punitivas inmediatas.
El dato que termina de alinear las piezas del rompecabezas y
desnuda la naturaleza real del suceso ocurrió apenas 24 horas después del pico
de la crisis. A última hora del viernes, las propias autoridades españolas
confirmaron que más de 48 mil de los migrantes que habían ingresado a Ceuta ya
habían pegado la vuelta de manera voluntaria hacia territorio marroquí. Las
personas no buscaban asentarse ni solicitar asilo masivo en Europa; fueron
utilizadas como un recurso movilizable, una marea humana encauzada para enviar
un mensaje político fulminante a las autoridades de Madrid.
Marruecos ha vuelto a demostrar que no duda en
instrumentalizar la desesperación de su propia población, convirtiendo la
vulnerabilidad de miles de jóvenes en una herramienta de chantaje
internacional. Cuando la diplomacia tradicional no le alcanza para imponer sus
condiciones sobre el Sahara o frenar el acercamiento español a sus rivales
vecinos, la dictadura alauí simplemente abre el grifo de la frontera. Tras el
repliegue de la marea, quedan 57 vidas perdidas en las aguas del Mediterráneo y
la amarga certeza de que, en el tablero de la geopolítica contemporánea, los
derechos humanos siguen siendo la primera ficha de cambio.
Tomado de Página 12 / Argentina. Foto: ABDEL MAJID BZIOUAT.
AFP.