Por Bruno Gallo* / Opinión
La política venezolana se ha
convertido, desde hace mucho tiempo en un certamen cuyo centro es el
mantenimiento o la sucesión en el trono y para eso, parece que el límite de lo
permitido se desdibujó. La buena vida aristotélica como centro
de la acción de la Polis fue sustituida por intereses más pequeños e
inmediatistas.
Para Hannah Arendt, la política no es
la simple lucha por el control del Estado y el monopolio de la violencia. Por
el contrario, es el espacio donde los ciudadanos se reúnen, dialogan y actúan
en concierto para construir un mundo común habitable. Cuando la
política se reduce a pura confrontación y disputa por el poder, deja de ser
política y se convierte en violencia (activa o pasiva, en la calle o la
palabra).
A juzgar por la profundidad de la
crisis, no parece que hubiéramos recorrido un camino sensato. Desde el empeño
por construir “hegemonía” o el heroísmo por alcanzar “la libertad” se ha ido
cavando una fosa en la que cabemos todos.
Parece un tiempo para explorar el fortalecimiento del dialogo para el consenso como método para superar la crisis.
Desde los primeros días del 2026, la
soberanía, una nueva manera de relacionarse con el mundo, la economía, la
política, una rendija para la reconciliación y la amnistía y ahora la
devastación producida por el terremoto, plantean un reto: un amplio pacto de
gobernabilidad y recuperación de la prosperidad.
Un consenso de amplia cooperación y
convocatoria de las mejores capacidades.
Ningún gobierno está preparado para
enfrentar una crisis de las dimensiones de la venezolana, que suma varias
décadas de acumulación de deterioro, sanciones, errores, exceso, la devastación
de un doblete sísmico y además, un entorno de polarización maniquea y soberanía
tutelada. De tal manera que para quienes están al mando en este momento es
conveniente convocar a las mejores capacidades técnicas y académicas, políticas
y gerenciales para constituir un amplio y diverso comando central de crisis,
una vocería que trascienda la cabeza de los poderes públicos, una síntesis de
las mejores cabezas y direcciones, sin distingos políticos ni pequeñas
trapisondas y boicots. Gente que tuvo un papel destacado en el deslave de
Vargas y otras situaciones de desastre. Profesionales y técnicos que vele por
los derechos y bienestar de la gente. Proponemos, un país de diversidades
poniéndose de acuerdo para reconstruirse. Además, la construcción de un
interlocutor soberano de la nación frente a los multilaterales y gobiernos del
mundo.
Un consenso por la construcción de
una política macroeconómica. (La economía estúpido, la economía)
La devaluación e inflación,
conjuntamente con una pobre retribución al trabajo y la destrucción de los
circuitos económicos como resultado del sismo, requiere de los más preclaros
saberes y experiencias construyendo una política económica seria y eficiente
para superar la crisis, negociar con los organismos multilaterales, reactivar
la economía. Emprender la reconstrucción y aumentar el gasto público sin
desatar los demonios de la inflación.
Economistas y académicos de las más
diversas tendencias, empresarios y trabajadores, agentes económicos,
consumidores, banqueros definiendo de dónde saldrán los recursos internos, qué
exenciones fiscales temporales se otorgarán para reactivar el aparato productivo
local y cómo se priorizará el gasto público. El consenso aquí es aceptar que la
flexibilidad ideológica: el sector privado acepta regulaciones de emergencia
para evitar la especulación, y el sector público otorga garantías de seguridad
jurídica y facilidades para la inversión rápida en la reconstrucción.
Un consenso indispensable: Tregua y
Gobernabilidad
Un proceso de pacificación se abrió
con la Ley de Amnistía y una incipiente flexibilización del estilo autoritario
del gobierno sustituido por un intento de apertura. Ahora es indispensable
avanzar en un pacto para aplazar o archivar la polémica y la pugnacidad entre
fuerzas políticas largamente enfrentadas para privilegiar la atención, diseño e
implementación de acciones para el manejo de la crisis y la superación de la
situación de desastre.
Eso incluye un compromiso en el
manejo de la información. Enfrentar los “fake” tan usuales en las redes
sociales, para ir generando un clima de distención y confianza.
Un consenso por la descentralización
y el poder local (lo pequeño es hermoso y eficiente)
La reconstrucción desde la tradición
centralizadora de la política vernácula suele ser lento e ineficiente. Un
consenso político que empodere a las autoridades locales, las organizaciones de
la comunidad (sobre todo las no controladas por los partidos), el espacio local
es un espacio de diversidades, allí conviven los principales interesados en la
reconstrucción del terruño. Los liderazgos locales, distribuyen la carga del
Estado, aceleran la respuesta en las zonas más afectadas y legitiman la
presencia de las instituciones públicas en el territorio, fortaleciendo la
soberanía interna frente a cualquier vacío de poder.
Un consenso por la vigilancia, la
transparencia y el uso eficiente de los recursos.
El control social de la ejecución de
presupuestos garantiza transparencia. Transparencia, a diferencia de la
tradicional opacidad en el manejo de fondos de ayuda humanitaria, usadas por
diversos sectores de la vida política venezolana, permite que el dinero alcance
para más y mejores obras. Que algunos fondos sean administrados por
organizaciones del Sistema de Naciones Unidas, genera cierta confianza. Pero
aún esos deben ser controlados y auditable.
El país y sus circunstancias claman
por centrar la atención en la reconstrucción física, del tejido social y
económico, de la prosperidad perdida antes del terremoto y ahora devastada. El
país clama por un pacto entre demócratas.
Habrá oportunidad para ampliar la
agenda del consenso. Pero por ahora este sería un buen comienzo.
Tomado de El Universal / Caracas.
*Diputado a la Asamblea Nacional.
