Para los fundadores del país, la caída de la República
romana y el ascenso del Imperio romano eran una advertencia; para sectores del
movimiento MAGA, aparentemente son una aspiración
Solo el guionista más torpe imaginable escribiría así
la decadencia
de Estados Unidos.
Piénsenlo: en el 250° aniversario de la fundación del país,
el presidente estadounidense, cada vez más senil, convirtió el césped de la
Casa Blanca en una arena de gladiadores barata, sangrienta y de mal gusto,
mientras capitulaba ante Irán. Mike Judge estuvo cerca de imaginar algunos
elementos de nuestra degradación en su sátira de 2006 Idiocracy, que
muestra a Estados Unidos gobernado por un luchador profesional cuyo segundo
nombre es Mountain Dew. Pero si Idiocracy captó algo del clima del
reinado de Donald Trump, fue demasiado temprana y demasiado liviana como
para acertar en los detalles más sórdidos, que el domingo incluyeron al
peleador Josh Hokit, de pie en una jaula octogonal cubierta de anuncios de
criptomonedas, llamando
hombre a la exprimera dama Michelle Obama.
Es cierto que es una buena noticia que la
guerra con Irán parezca haber terminado. Una vez que Trump arrastró a
Estados Unidos a un pantano, no había ninguna posibilidad de poner fin al
desastre en términos favorables. A diferencia de los lamentos de los halcones
sobre Irán, el acuerdo alcanzado por Trump no es el problema: es simplemente
el reconocimiento tácito de una derrota que ya estaba escrita. Aun así, marca
un momento de ignominia estadounidense.
“El hecho de que la potencia militar más fuerte y poderosa del mundo, en cooperación con la agencia de inteligencia más poderosa del mundo —la de Israel—, no haya sido capaz de alcanzar ninguno de sus objetivos estratégicos contra una potencia regional de tercera categoría es bastante impactante”, dijo Ali Vaez, director del proyecto Irán del International Crisis Group.
Aún se están conociendo los detalles del “memorando de
entendimiento” entre Estados Unidos e Irán; la Casa Blanca dijo que el texto se
publicará en uno o dos días. Pero parece que su principal logro será abrir
el estrecho de Ormuz, que, por supuesto, estaba abierto antes de la guerra. No
hubo acuerdo nuclear. Los reportes sugieren que Irán no tuvo que renunciar a su
programa de misiles balísticos ni
a su apoyo a aliados como Hezbollah. Y el pueblo iraní, asediado, no fue
liberado —quizás no haga falta decirlo— de sus terribles gobernantes.
El cumpleaños de Trump
Aunque el vicepresidente JD Vance dijo que Irán
podría acceder a un fondo de reconstrucción de 300.000 millones de dólares, no
está claro cómo se concretaría eso ni si Irán podría usar su control del
estrecho para cobrar algún tipo de peaje. Pero al demostrar su capacidad
para resistir los bombardeos estadounidenses y, al mismo tiempo, estrangular la
economía global, alcanzó un nivel de disuasión que antes no tenía. “Es poco
probable que Irán tome en serio la posibilidad de que Estados Unidos vuelva a
la guerra, ciertamente antes de las elecciones de medio término en Estados
Unidos”, escribió en redes sociales Daniel Shapiro, embajador de Barack
Obama en Israel. “Eso significa que conduciremos la diplomacia sin una amenaza
creíble de fuerza”.
Probablemente no haya sido casualidad que el memorando de
entendimiento se finalizara mientras en la Casa Blanca se disputaban peleas en
jaula de Ultimate Fighting Championship. Además de marcar el cuarto de milenio
de la nación, la extravagancia de la UFC buscaba celebrar el cumpleaños
número 80 de Trump. Tanto Irán como algunos demócratas sospechaban que él
quería cerrar el acuerdo con Irán a tiempo para la ocasión. Y Trump tal vez
esperaba que el evento —que en un momento tuvo sobre el escenario a una guardia
de honor del Cuerpo de Marines junto a chicas del ring con brillantes shorts
rojos y una lata de Monster Energy Drink de tamaño humano— ayudara a recuperar
a algunos de los hombres jóvenes desencantados tanto por su guerra como por su
manejo de la economía.
Quizás funcione. Joe Rogan, el conductor de podcast que
en los últimos meses se mostró cada vez más crítico de Trump, aceptó participar
como comentarista. The Wall Street Journal informó sobre un fan
entusiasmado que manejó siete horas con la esperanza de ver el espectáculo de
Trump y dijo: “Es como el Coliseo en la vida real”. Para los fundadores de
Estados Unidos, la caída de la República romana y el ascenso del Imperio romano
eran una advertencia. Para sectores del movimiento MAGA, aparentemente son una aspiración.
Pero para todos los demás, la confluencia entre el fracaso de
Estados Unidos en Irán y el coliseo barato de Trump debería ofrecer una
imagen clara de decadencia, podredumbre y debilidad que intenta ocultarse
detrás de un kitsch machista. Esta es una administración capaz de una
destrucción inmensa, épica, pero incapaz de crear mucho más que espectáculo.
El escritor conservador Marc Thiessen intentó presentar el
festival estridente de Trump como una señal de su espíritu popular, al abrir la
Casa Blanca al tipo de personas que van a carreras de motocross y shows de
monster trucks. “Si eso te ofende, tal vez seas un esnob elitista”, escribió.
Dejemos de lado, por un momento, el hecho de que Thiessen alguna vez se quejó
de que Barack Obama no mantenía la “dignidad presidencial”. Según este criterio
—que las peleas de UFC, a las que John McCain alguna vez llamó “peleas de
gallos humanas”, pertenecen en la Casa Blanca porque a muchos estadounidenses
les gustan—, no puede haber ningún estándar. Al igual que la lucha extrema, la
pornografía es extremadamente popular, pero de algún modo dudo que Thiessen
defendiera a un presidente demócrata que invitara a un grupo de creadores de
OnlyFans al Despacho Oval mientras perdía una guerra.
Resulta tentador mencionar aquí el pan y circo, salvo que no
hay pan. Por el contrario, Trump y sus aliados monetizaron el programa del
domingo. En marzo, Trump obtuvo acciones de la empresa matriz de la UFC. Y para
ver el espectáculo, el público necesitaba una suscripción a Paramount+,
controlada por el aliado de Trump David Ellison, que compró CBS y luego la
volvió más amigable con la administración. Más que un regalo a su base
inquieta, el evento fue otro ejemplo de una administración que vende Estados Unidos
por partes.
En la previa de la pelea, Derrick Lewis, de la UFC —que luego
sería noqueado por Hokit—, le dijo a The Journal que sentía que estaba
participando de algo histórico. “Este es uno de esos eventos de los que se va a
hablar dentro de 100 años”, dijo. Puede que tenga razón, pero no en el sentido
que cree.
Algún día, alguien podría escribir —o, más probablemente,
filmar— una versión estadounidense de Historia de la decadencia y
caída del Imperio romano, de Edward Gibbon. Su creador querrá incluir una
escena de la garra de acero de 28 metros elevándose sobre la Casa Blanca
mientras, en algún lugar dentro del edificio, algunos se apresuraban a
descubrir cómo vender un desastre de política exterior como una gran victoria.
Tomado de La Nación / Argentina. En la imagen de Alex Brandon
(AP), el peleador Ilia Topuria, a la izquierda, combate contra Justin Gaethje
durante la UFC Freedom 250 en el Jardín Sur de la Casa Blanca.