El jueves 25 de junio estuve en La
Guaira, el paisaje más familiar desde mi
infancia a mi adultez, cada calle, cada playa, cada edificación guarda algo
en mi memoria, pero entre estupor y destrucción me costó reconocerlo. El porcentaje de edificaciones desplomadas,
sumadas a las parcialmente destruidas, que deberán ser demolidas, las profundas grietas en pavimento, los
muertos que barrunto muchos, pero sin certezas, los que perdieron viviendas y negocios y una economía que vuelve a destruirse, configuran un paisaje de
película distópica. Tanta consternación tuvo que esperar la soledad para convertirse en dolor. Todavía no sé si puedo racionalizar lo que vi, pero lo
intento.
Resiliencia, Solidaridad y Desconfianza.
No sé a cuantas pruebas más seremos
sometidos los guaireños por los
“elementos”. Desde el fuego de Tacoa en
1982, el agua de 1999 y ahora el
movimiento telúrico de 2026, cada guaireño tiene un muerto entre su familia y sus afectos a cada tragedia
nos hemos sobrepuesto con la dignidad y la resiliencia de quien está convencido
del valor de la vida y el terruño,
pero sobre todo con la solidaridad de propios y extraños.
Ayer, mientras nos dirigíamos a poner nuestro grano de arena, a llevar insumos indispensables para la supervivencia, vimos centenares de motos llevando agua y pertrechos por cuenta propia, las motos chinas y sus tripulantes, no siempre bien valorados, sin dirección ni propósito distinto al de ayudar, dispuestos también a retirar escombros con sus manos y buenas intenciones. Esa es la fuerza que permite remontar las desgracias. Pero, también un indicio de falta de confianza en las instituciones y canales de distribución de la ayuda.
Cientos de espontáneos ayudando son una bendición, pero también el peligro de
colapsar vialidades y obstruir la acción de rescatistas profesionales. Pero eso indica que llevar su
contribución es una opción debilitada por la desconfianza. Prefiero ayudar en primera persona que hacerlo a
través de terceros que no se si lo harán adecuadamente y calmarán la sed de los sedientos. Prefiero comprar una caja de agua
que depositar en la cuenta de organizaciones
espontáneas de carmelitas descalzas transparentes que también pueden ser estafadores inescrupulosos.
En pocas palabras, la espontaneidad solidaria revela la necesidad
de reconstruir la credibilidad en canales institucionales, gubernamentales
o no, de apoyo. Si el río de la
desconfianza suena, piedras de opacidad trae. Sobre todo si recordamos la opacidad, los desvíos, sospechas y
corrupción que se conocieron o intuyeron a propósito de las donaciones
internacionales durante la tragedia de
Vargas en 1999.
Es indispensable reconstruir confianza con transparencia, orden y
rendición de cuentas. Eso vale para el Estado y las ONGs.
La utilización política del dolor: entre el
oportunismo y la psicopatía.
He visto y leído toda clase de Post en las redes, desde los más solidarios y
políticamente neutros, pasando por los de piquete
busca culpables, hasta los más despreciables y utilitarios que le cuentan
las horas y los “crímenes” al poder. Algunos incluso acuden al expediente religioso y místico para
“explicar” el terremoto por las culpas y prácticas
“satánicas” de ciertos gobernantes.
Es muy difícil diferenciar a los oportunistas políticos que pretenden convertir el
terremoto en validación de sus argumentos (Poleo, Edmundo), de los oportunistas de las redes que
monetizan su destemplanza (Kilómetro) o los psicópatas que profesan su fe mística conspiranóica y vinculan
el terremoto con santería y otras creencias.
El terremoto tiene y tendrá
explicaciones científicas y geológicas, buscarlas en “otra parte” es un
ejercicio que media la conveniencia más miserable y las enfermedades mentales
más agudas.
Racionalidad Política, Tregua, Capacidad Técnica y
Organización
Superar las exigencias de la coyuntura, requiere mucho más que consignas y
populismo. Desde ya lo digo, los retos son mucho más exigentes que los de las lluvias torrenciales de 1999, que
fueron enormes. Desde la búsqueda de
sobrevivientes, vivienda de contingencia, pasando por una política médico-sanitaria,
disposición de escombros, evaluación
de la infraestructura en pie, reconstrucción de vialidad y servicios, subsanar la destrucción del patrimonio de
muchas familias, reconstrucción del tejido económico y el empleo.
Todos retos monumentales entendidos individualmente, descomunales
entendidos en su conjunto. Y ello no será posible en el clima de pugnacidad que ha imperado desde 1999. Es
indispensable una Tregua para avanzar, planificar y organizar. Es indispensable
un plan no partidario, un plan consensuado entre técnicos, Estado, inversionistas y ciudadanos.
Cuando estuvimos en Vargas, ya lo
dijimos, vimos mucho voluntariado y poca
organización, muchas manos dispuestas y poca tecnología al servicio del rescate. Es indispensable
constituir una dirección técnica de las actividades de salvamento, gente que
sepa lo que hace y organice a los voluntarios. Gente que prefigure la reconstrucción de los espacios destruidos con
criterios que nos lleven a convivir con los riesgos eludiendo, con saber y disciplina, el peligro.
Eso supone una manera distinta de entender en Estado y sus poderes, pero
también una manera diferente de entender la acción política, como diálogo entre distintos y no como
pugnacidad. Como capacidades técnicas al
servicio de la gente y no como aparato represivo al servicio del poder. Si
un momento es adecuado para arriar las
banderas del odio y la confrontación es cuando más se requiere de cacumen y
servicio. Una tregua por los muertos y
desaparecidos por los afectados que esperan respuestas, por las nuevas
generaciones, por los hijos y nietos
de un país en fuga, por las esperanzas de retornar a un país capaz de construir
prosperidad. La patria, esa altisonancia
abstracta lo requiere, la gente, esa
concreción de lo sublime lo exige.
*Diputado
a la Asamblea Nacional.