El Partido
Republicano… está dando apoyo tácito al capitalismo matonil de Trump, un modelo
que no se parece en nada a la economía de mercado basada en reglas que antes
defendían los conservadores
Por Joseph E. Stiglitz* / Opinión
Nueva York.
El presidente Donald Trump afirma que elegir a demócratas «socialistas» pondría
a Estados Unidos en una senda hacia convertirse en Venezuela o Cuba. Pero las
acciones de Trump (como es habitual) contradicen sus palabras y los presuntos
principios de su Partido Republicano. En vez de seguir defendiendo el
capitalismo y la libre empresa, el Partido Republicano de Trump ya no apoya
ninguna de las dos cosas.
El rasgo
distintivo del capitalismo al estilo estadunidense es la estricta propiedad
privada de las empresas. En el capitalismo chino y en el ruso, empresas que
parecen normales son en realidad propiedad del gobierno, a través de esquemas
corruptos que en última instancia sirven a los intereses de dirigentes
políticos y sus aliados: un sistema muy distinto del que se estudia en un curso
introductorio de economía. Pero ahora, Estados Unidos va por la misma senda que
Rusia y China.
Llevo mucho tiempo sosteniendo que hay más margen para la intervención estatal en la economía estadunidense a través de la política industrial, y que en muchos ámbitos se necesitan regulaciones para alinear los intereses privados con el bien público. Pero siempre he dicho que esas intervenciones deben ser institucionalizadas, según procesos impersonales y transparentes que eviten hasta la menor apariencia de favoritismo político.
El Partido
Republicano, en cambio, está dando apoyo tácito al capitalismo matonil de
Trump, un modelo que no se parece en nada a la economía de mercado basada en
reglas que antes defendían los conservadores. Por eso no es sorprendente
(aunque sí muy preocupante) que al parecer la administración Trump esté
manteniendo conversaciones con
Anthropic, OpenAI y otras empresas de inteligencia artificial, que podrían
llevarlas a la cesión «voluntaria» de una «participación estatal», así como
Putin recibió el apoyo «voluntario» de los oligarcas rusos.
De Rusia y
China a Arabia Saudita (donde a fines de 2017 y principios de 2018, se retuvo
por tres meses a miembros de élites adineradas en el Ritz-Carlton de Riad hasta
que cedieron una participación suficiente en sus empresas), los empresarios han
aprendido a no desafiar al gobierno. Pueden dar fe de ello el fundador de
Alibaba (Jack Ma) y ex oligarcas rusos como Mijaíl Jodorkovski y Boris
Berezovski.
Quizá Trump
no llegue a los mismos extremos que Putin o Xi, pero su idea básica es la
misma. El trato que le dio su gobierno a Anthropic recuerda lo que hizo el
gobierno chino con Ma cuando este se atrevió a criticar a las autoridades
regulatorias. Tras imponerle a principios de este mes una súbita prohibición de
exportación a sus herramientas más avanzadas, el gobierno estadunidense está
teniendo nuevas «conversaciones» con Anthropic, probablemente para extraer
concesiones adicionales del laboratorio local de IA que crece más rápido.
El gobierno
ya dio pasos decisivos en esa dirección en agosto del año pasado, cuando exigió
a Nvidia y AMD que le cedieran un 15 por ciento de sus ventas a China, a cambio
del levantamiento de prohibiciones de exportación. En este caso, Trump no tuvo
reparos en vender la seguridad nacional (supuesta justificación de las
prohibiciones) a cambio de unos pocos miles de millones de dólares de ingresos
extorsivos. Menos de dos semanas después, Intel cedió «voluntariamente» al
gobierno estadunidense una participación de diez por ciento a cambio de un
apoyo financiero que en principio ya debía recibir en virtud de la Ley de CHIPS
y Ciencia aprobada en 2022.
En tanto, en
respuesta a la creciente demanda pública de que se regule la IA, Trump firmó
hace poco una orden
ejecutiva que insta a los desarrolladores de IA a someterse a la
regulación en ciertos contextos. Pero el texto del documento es un claro
reflejo de la influencia de tecnooligarcas como Mark Zuckerberg y Elon Musk.
Por ejemplo, establece explícitamente que: «Nada de lo dispuesto en esta
sección se interpretará en el sentido de autorizar la creación de una
obligación de obtener del gobierno licencia, preautorización o permiso para el
desarrollo, la publicación, el lanzamiento o la distribución de nuevos modelos
de IA, incluidos modelos de vanguardia».
Los
funcionarios estadunidenses afirman que estas medidas en dirección a un
capitalismo de Estado garantizarán el acceso de todos a los beneficios de la
IA. Pero si ese fuera el objetivo real, apoyarían el cobro de impuestos a las
ganancias empresariales, que están para garantizar un reparto de los beneficios
de la actividad económica, sobre la base de reconocer que las empresas mismas
han obtenido beneficios del acceso a bienes públicos. En cambio, este gobierno
debilitó la fiscalidad corporativa. En los años setenta, los impuestos a las
ganancias empresariales generaban ingresos
del orden de 2.6 por ciento del producto interno bruto (PIB), mientras que hoy
sólo recaudan la mitad de esa cifra, a pesar de que esas ganancias como
porcentaje del PIB llegan a casi el doble.
En cualquier
caso, si alguien piensa que a Trump y sus secuaces los mueve la preocupación
por el estadunidense de a pie, tengo un puente en Brooklyn para venderle. Este
es el gobierno más corrupto de la historia de los Estados Unidos, por varios
órdenes de magnitud. Nada de lo que hace es transparente. Cada participación
que obtiene en el sector privado obedece a favoritismo o inversiones
personales de altos funcionarios, y las distorsiones económicas
resultantes se irán acumulando.
El modelo de
capitalismo del Partido Republicano tiene amplias derivaciones. En primer lugar
y sobre todo, debilita la democracia y nos acerca cada vez más a una
oligarquía, donde las élites con conexiones políticas pueden influir en las
decisiones de gobierno. En segundo lugar, también debilita la prosperidad
estadunidense. Una idea central de la economía moderna y de la historia
económica es que para lograr mejoras sostenidas en el nivel de vida es esencial
contar con instituciones sólidas (entre ellas el Estado de derecho).
El matonismo
de Trump es la antítesis de los cimientos institucionales sobre los que se
construyó la economía estadunidense. Los ganadores en la nueva competencia
oligárquica no son quienes fabrican los mejores productos o los más innovadores
(en IA, por el momento ese título al parecer le corresponde a Anthropic). Son
más bien los que tienen menos principios y los que saben adular mejor al rey
loco. ¿A alguien le sorprende que Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI
(tambaleante competidor de Anthropic), haya sido el primero en proponer la
idea de una participación estatal a la administración Trump?
El gobierno
tiene razones legítimas tanto para promover industrias incipientes como para
regular aquellas donde los beneficios privados pueden no estar en línea con el
interés público (como es el caso evidente de la IA). Pero estas intervenciones
en el mercado deben respetar el Estado de derecho y estar bajo supervisión de
instituciones independientes, en vez de implementarse con esquemas opacos, ad
hoc y en beneficio propio.
Con Trump al
mando, Estados Unidos está condenado a sumarse a los demás países que padecen
el capitalismo de amigos, a diferencia de los que han demostrado cómo es una
estrategia industrial exitosa. La economía, la democracia y la seguridad
nacional de los Estados Unidos se están sacrificando en el altar de la codicia
insaciable de Trump y sus aduladores.
*Joseph E.
Stiglitz, premio nobel de economía, ex economista principal del Banco Mundial y
expresidente del consejo de asesores económicos de la presidencia de los
Estados Unidos, es profesor distinguido en la Universidad de Columbia y autor
de varios libros.
Texto tomado de La Jornada / México. Imagen:
Reuters.
