Por Simón García
Con el dolor encima, creo que hay que
concentrarse en el primero de los imperativos: rescatar vivas al mayor número
de personas que se pueda.
Hay que elevar la coordinación y la
eficacia, en primer lugar, entre todos los cuerpos del Estado y entre estos y
las Instituciones como la Cruz Roja; sectores privados concretos; aportes desde
la sociedad civil y las actividades súper importantes de las brigadas de
especialistas enviadas por distintos países amigos.
La magnitud de las edificaciones
colapsadas y de las personas desaparecidas desbordó el nivel ordinario de
respuesta de Protección Civil. En los últimos años la cultura de previsión en
esta materia ha retrocedido en forma alarmante.
Ahora hay que movilizar, como lo está haciendo la población que se organiza a sí misma, la solidaridad que se pueda para atender a ls gente que vive en las zonas de desastre.
La situación exige que el gobierno
demuestre que puede superar sus dificultades iniciales y llegar a todos los
lugares para establecer Comandos Operativos en sitio, tal vez utilizando la
organización ya existente de los cuadrantes. El gobierno tiene que poner
soluciones lo más cerca posible de los lugares en colapso.
Hay que preparar el plan de ubicación
temporal de refugiados, como se hizo durante la pandemia. Gobernaciones y
Alcaldías son esenciales para tener refugios decentes. Cada uno con su centro
de recepción verificable de la ayuda internacional y procedimientos de
suministro directo a las familias y personas damnificadas.
Hay que crear un equipo de urgencia
para fortalecer a los hospitales receptores de heridos.
El debate de las responsabilidades,
la mayor de las cuales corresponde por definición al gobierno, tendrá su
momento. Adelantar esa discusión cuando hay gente bajo escombros y manipularlo
con propósitos electorales resulta inaceptable.
Lo que menos necesitamos es seguir la
pelea política polarizada y dividirnos frente a la actual emergencia.
Dejemos pendiente la exigencia al
gobierno que rinda cuentas al país cuando la situación lo permita. En tiempo,
por supuesto, oportuno.
¿Qué puedo hacer, aunque sea para
ayudar a una persona afectada? Es lo que me preguntó.
Y sé lo que no debo hacer: crear
falsa alarma o desconcierto. Tampoco me permito oxigenar a quienes, entre
desastres y muertes, solo se les ocurre pedir cambio de gobierno o elecciones
ya.
Los venezolanos tenemos lecciones que
aprender. No un sector sino todos, no solo el gobierno o los partidos, sino los
ciudadanos a los que nos corresponderá darles legitimidad a una pacífica y
consensuada transición hacia la recuperación de la democracia y la soberanía,
ambas también afectadas en forma grave.
Por ahora, vamos juntos a salir de esta tragedia. Aprendemos de ella para salir también juntos de la reconstrucción de las otras dimensiones que generan bienestar, autonomía y libertad en un país libre.
