Ah, Alex Saab. “Alex Saab no es venezolano. No lo es. Un
ciudadano de origen colombiano. Presentó, siempre presentaba una cédula
venezolana, que no es una cédula legal, no tiene ningún tipo de sustento dentro
del SAIME, que es el organismo que otorga las cédulas de Venezuela. En una
fecha de emisión del documento, supuestamente del 2004… Se presentó con una
cédula fraudulenta, y con ese cédula tuvo “acceso a algunas cosas”. Cuando
nosotros buscamos, se hizo una investigación detallada, detallada, no hay ningún
expediente en el SAIME que certifique que esa persona sea venezolano. Por eso
es que nosotros tomamos la decisión de deportarlo [como extranjero] de
Venezuela…”.
Confieso que, al igual que muchos, me quedé patitieso, al oír estas palabras en boca del alto funcionario que las expresaba. Uno más de los que, el 20 de diciembre de 2023, recibieron en el palacio de Miraflores, con la presencia vivaz del presidente Maduro, al entonces diplomático Alex Saab como todo un héroe. Este había sido liberado de una prisión en Miami, a la que había sido llevado desde Cabo Verde en 2021, bajo la acusación de blanqueo de dinero, de bastante dinero. Su libertad, entonces, ocurrió de resultas de una operación de canje de detenidos entre los gobiernos de Venezuela y de Estados Unidos, en tiempos del presidente Biden, como se dijo en el año 2023. Saab, caracterizado por Maduro como “valiente” y “patriota”, fue calificado también como “un símbolo de la victoria de la diplomacia bolivariana”. ¡Quién iba a pensar que Saab andaba entonces con una cédula venezolana fraudulenta!
Muchos no han podido tragarse la dicha versión. Pero, creo
yo, que se debe a que desconocen las maravillas que pueden hacer ciertos
falsificadores. Tanto los de documentos como los de las obras de arte. Les
cuento. Hace ya mucho tiempo, en zonas fronterizas del estado Táchira, era muy
engorroso la obtención de la cédula de identidad. Así que la gente la cuidaba
mucho. Pero con el tiempo se difundió que un chueco, al que llamaban Bonifacio
era un falsificador estrella. Era colombiano y vivía en Cúcuta. Tierra de
aventureros y algo más. Entonces no faltó el que, con la chispa del caso,
sugirió obtener una copia falsificada por Bonifacio y guardar la original. La
copia era sencillamente idéntica a su original. Policías y guardias nacionales,
como los demás, no podían diferenciar la copia. Por mucho tiempo, no se supo de
alguien que lo pillaran con una cédula de las de Bonifacio. Recuerden que,
entonces, tampoco se podía solicitar a alguna oficina, como ahora, que
revisaran una cédula.
Pero llegó el tiempo en que se pudo evidenciar el delito.
Parece que un policía dio a oler a su perro las dos copias: la original y
falsa, y el perro pudo distinguirlas claramente. Una y otra vez. Ahora, había
una evidencia del delito. Ocurrió que el Bonifacio, el falsificador estrella,
era tacaño. Y en vez de usar una buena pega corriente, se valía de una barata a
la que mejoraba, y mucho, con baba de mono capuchino. No sabemos si un caso
como este le haya podido ocurrir al diplomático y ministro sin estudios Alex
Saab. Pues uno no encuentra cómo explicarse que la cédula de Saab, así como el
pasaporte diplomático que Maduro ordenara que le expidieran, estaban pegados
con alguna pega fortalecida con baba de capuchino. Lo que resultaría fácilmente
distinguible para un sabueso como Diosdado. Uno no sabe.
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