@ferinconccs
– 15/05/2026
Despertar de la rebeldía estudiantil
Vladimiro
nació en Caracas y creció entre las calles empinadas de La Pastora y las
avenidas arboladas de San Bernardino, en una casa donde los libros, la política
y la música formaban parte del paisaje cotidiano. Su padre, fundador del
Partido Comunista de Venezuela, era un hombre de amplia cultura que veía en las
ideas una herramienta para entender y transformar el país, mientras su madre,
alegre y divertida, imprimía al ambiente familiar un tono de calidez y humor.
En medio de varios hermanos y hermanas, Vladimiro se fue formando con una
mezcla de irreverencia y disciplina. Cuestionaba y estudiaba, discutía y leía,
siempre con un disco al alcance de la mano. Los libros y la música fueron una
compañía inseparable a lo largo de su vida.
La
adolescencia lo encontró en los pasillos del Liceo Carlos Soublette, cuando
Caracas vivía una mezcla de modernización y tensión política bajo la aparente
estabilidad garantizada por el “Pacto de Punto Fijo”. La guerrilla comenzaba a
extinguirse y el Partido Comunista avanzaba hacia la llamada “paz democrática”,
dejando atrás la vía armada, pero esa retirada no significó un apaciguamiento
del espíritu crítico.
Donde más se manifestó ese ánimo inconforme fue en el movimiento estudiantil. Liceos y universidades se convirtieron en espacios de agitación casi permanente, con marchas, asambleas, panfletos mimeografiados y discusiones interminables. En ese escenario hacían vida política las militancias organizadas de Copei, Acción Democrática y el Partido Comunista, y al mismo tiempo muchos jóvenes comenzaban a desconfiar de todos los aparatos partidistas. Sobre todo, del poder burocrático para sofocar la rebeldía que decían representar.
Vladimiro
se movía con naturalidad en ese ambiente cargado de política y descubrimientos
intelectuales. Impetuoso y aplicado, podía participar en una asamblea encendida
y, poco después, concentrarse en un libro de divulgación científica o escuchar
con atención un disco recién llegado del exterior. En él, el fervor militante y
la curiosidad intelectual no eran mundos separados, sino vasos
comunicantes.
Tomás
Páez, sociólogo y amigo de toda la vida de Vladimiro Mujica, recuerda haberlo
conocido hacia 1967 o 1968, durante las protestas del Liceo Carlos Soublette
por la recuperación de los terrenos de Anauco, cuando aquel instituto
funcionaba como un pequeño laboratorio de rebeldía cívica. Desde entonces,
dice, destacó por su inteligencia, su humor y una curiosidad intelectual que no
se conformaba con dogmas y verdades estereotipadas.
En
esos años coincidió con Luz Márquez, hija del dirigente comunista Pompeyo
Márquez, compañera entrañable de la época y secretaria juvenil de la Juventud
Comunista en el liceo. Al graduarse, Luz dejó a Vladimiro al frente de la
organización, confiando en su capacidad de liderazgo y en su firme compromiso
político. Ese gesto de confianza lo colocó muy temprano ante responsabilidades
que asumió con seriedad y espíritu crítico.
El fenómeno del Poder Joven
A
medida que avanzaban los años sesenta, empezaron a resquebrajarse las viejas
formas de militancia juvenil. La influencia del “Mayo francés” de 1968, del
festival de Woodstock, de la protesta contra la guerra de Vietnam, de la
Renovación Universitaria venezolana y de nuevas corrientes culturales
procedentes de Europa y Estados Unidos marcó profundamente a aquella
generación. En liceos y universidades surgió una pasión política menos
doctrinaria y más impetuosa, donde el gesto cultural valía tanto como el panfleto
y la consigna compartía espacio con la canción y el cine.
Fue
la era de la contracultura, del movimiento hippie, de la revolución sexual y de
la explosión de la música rock, impulsada por bandas como The Beatles y The
Rolling Stones. Las calles, las aulas y los escenarios se convirtieron en
territorios donde se mezclaban protesta política, experimentación cultural y
búsquedas personales de libertad. También fue el tiempo de la lucha por los
derechos civiles bajo el liderazgo de figuras como Martin Luther King Jr. y de
las protestas masivas contra la guerra de Vietnam, mientras la llegada del
hombre a la Luna en 1969 se exhibía como la demostración de un poder científico
capaz de convivir con guerras y dictaduras.
Ese
entramado de cambios influyó de manera decisiva en la sensibilidad de la
juventud venezolana. Muchos sentían que llegaban tarde a una épica que se
cerraba y, al mismo tiempo, que estaban inaugurando otra, menos atada a los
catecismos y más abierta a la experiencia, la duda y la creatividad. En ese
clima apareció el “Poder Joven”.
Nació
sin estatutos ni carnet. Surgió como un rumor que pronto se convirtió en
presencia. Fue un movimiento difuso, espontáneo y contracultural que apareció
en liceos y universidades antes de extenderse a otras ciudades del país.
Carecía de líderes, jerarquías y estructuras formales; más que una organización
política clásica, expresaba un sentimiento generacional de rebeldía frente a
los partidos tradicionales, la represión estatal, las normas conservadoras y
las viejas estructuras de poder, tanto de derecha como de izquierda. Era un
movimiento tolerante y flexible, empeñado en desafiar el dogmatismo y la
ortodoxia en todos los campos de la acción social.
En
ese contexto, la relación de Vladimiro con la Juventud Comunista comenzó a
tensarse. Intuía que la disciplina de partido limitaba su necesidad de pensar
por cuenta propia. Justo cuando asumió responsabilidades dentro de la JC, tomó
forma una nueva rebelión juvenil atractiva para numerosos muchachos
desconfiados tanto de los partidos tradicionales como de las rígidas
estructuras de la izquierda clásica. Esa corriente emergente, más abierta a la
crítica y a la experimentación política, ofrecía un espacio distinto al que
imponía la militancia comunista.
Del prohibido prohibir al Pazcoño
Según
Tomás Páez y Chipilo Pulido, activistas del “Poder Joven” en aquellos días, el
grupo de Caracas reunió a una constelación de jóvenes entre los que figuraban
Pancho Gutiérrez, José Antonio Solá “El Catalán”, Yorlando Conde, Daniel
Córdoba, los hermanos Márquez, Noel y Aníbal, los hermanos Vera, Hernán y
Eduardo, Raúl Bracho, Damián Prat, “El Tigre” Laya, Michel Ramniceanu, Raúl
Chamorro, Andrés Santeliz, Richard Izarra y Edmundo Iribarren, ampliamente
conocido como “Mundo” y cuyo liderazgo natural resultó decisivo para articular
aquel impulso en expansión. En la
periferia también actuaban María Auxiliadora Barrios, “Pachencha”, los hermanos
Santana, Aida y Rafael, Leoncio Barrios, Mercedes Muñoz y Adriana Urdaneta. Las
casas de Tomás y Damián, en San Bernardino, así como el liceo Soublette, se
convirtieron en espacios de encuentro donde se imaginaban y planificaban las
actividades de un movimiento joven, inquieto y desafiante. En Maracaibo, los
principales promotores fueron Sergio Antillano y Titina Blanco.
En
ese entramado humano, la figura de Edmundo Iribarren ocupó un lugar
especialmente significativo. Entusiasta promotor del “Poder Joven”, encarnaba
ese impulso generacional que buscaba rebelarse contra el orden establecido sin
someterse a las rigideces de la política tradicional. Con él y con otros
contestatarios de la época, Vladimiro Mujica encontró una forma distinta de
militancia, una manera de oponerse al sistema desde la horizontalidad y sin las
ataduras de la disciplina partidista. Para él, ese acercamiento abrió una vía
que, al mismo tiempo, significó ruptura con la lealtad orgánica heredada del
mundo paterno y continuidad con su impulso por la justicia, la libertad y la
crítica radical.
El
“Poder Joven” fue también una actitud y una conducta. Sus integrantes se
apropiaron de los espacios cotidianos y los cargaron de presencia con palabras,
imágenes y sonidos. En los liceos, esa apropiación se tradujo en periódicos sin
jefes ni censura, donde se escribía sobre política, música, cine, amores y
frustraciones. Eran pasquines que ridiculizaban a las autoridades y se burlaban
de los solemnísimos discursos de los partidos.
El
movimiento se expresaba mediante grafitis irreverentes que resumían el ánimo
contestatario: “Prohibido prohibir”, “Paren el mundo que quiero bajarme”, “Haz
el amor y no la guerra”, “Bolívar, auxilio”, “Arréchate”, “El que se robó la
verdad que la devuelva”, “Sean realistas, pidan lo imposible”, “Paz, coño”.
Eran las pintas de una rebeldía emergente que terminó marcando a la generación
de Vladimiro.
Aunque
el epicentro inicial estuvo en Caracas, la onda juvenil se extendió pronto a
otras ciudades. En Maracaibo, recuerda Sergio Antillano Armas, el movimiento se
convirtió en símbolo de inconformidad frente al conservadurismo y la exclusión
juvenil de los espacios de decisión. En el liceo Udón Pérez llegaron a circular
hasta once pequeños periódicos estudiantiles elaborados artesanalmente. Los
propios estudiantes escribían, diagramaban e imprimían sus textos, ocupando las
rendijas dejadas por un sistema escolar rígido.
La
mayor expresión cultural de esa corriente en la capital zuliana fue el festival
“Mil canciones por la paz”, realizado en los terrenos del antiguo aeropuerto de
Grano de Oro, considerado entonces el mayor concierto de rock celebrado en
Venezuela, organizado sin estructuras partidistas y difundido a través de
volantes, rumores y cadenas informales. Ese mismo impulso le daba consistencia
simbólica al espacio juvenil del cual formaba parte Vladimiro.
Para
él, esa experiencia funcionó como una escuela de independencia intelectual. Se
movía en ese universo con naturalidad, aportando lucidez crítica y sentido del
humor. No tardó en recibir entre los suyos el apodo de “Pazcoño”, síntesis del
deseo de paz y el lenguaje callejero, bautizo afectuoso que le colocó su
hermano Felipe.
En
casa, la evolución de Vladimiro no pasaba inadvertida. Su padre, formado en la
rígida militancia comunista, observaba con inquietud esa inclinación hacia un
movimiento sin jerarquías ni disciplina orgánica. Temía que la energía de
aquellos jóvenes, tan creativa como dispersa, se diluyera en gestos sin
traducción política consistente. A esa preocupación se sumaba una incomprensión
generacional frente a una forma nueva de acción. No cabía en las categorías de la vieja
izquierda. Además del temor, siempre vivo, por la seguridad del hijo.
Para
Vladimiro, en cambio, esta original vivencia le abrió una puerta que no se
limitaba a la ruptura con los moldes tradicionales de la militancia. Descubrió
una forma de hacer política mediante la revisión constante y alejada de toda
obediencia ciega. Ese espacio le permitió afinar una sensibilidad crítica capaz
de rechazar cualquier autoridad que pretendiera imponerse sin justificación. Le
enseñó que la libertad de pensamiento no era un lujo teórico, sino una
condición mínima para cualquier proyecto político digno de ese nombre.
Quienes
lo conocieron en su adolescencia coinciden en que esa etapa dejó una marca
imborrable. No lo recuerdan como un militante ocasional, sino como alguien que
convirtió la rebeldía juvenil en método de vida. “El Poder Joven” fue para él
punto de partida de una ética intelectual exigente, sostenida incluso en
circunstancias adversas. Su disposición a interrogarlo todo, aun con la
respuesta fácil al alcance, anticipaba la fidelidad a su conciencia, rasgo que
definiría su trayectoria adulta.
Rumbo al Cono Sur
Mientras
los liceos hervían, Caracas y otras ciudades vivían la radicalización del
movimiento estudiantil universitario. A finales de 1968 y comienzos de 1969
estalló la Renovación Universitaria, que cuestionó los métodos de enseñanza y
la estructura de poder dentro de las universidades públicas. Para los muchachos
de aquella corriente juvenil, la UCV y otras casas de estudio se convirtieron
en horizonte inmediato. Veían en los estudios universitarios un espejo de sus
propias luchas y un territorio a conquistar en términos de democratización y
libertad académica. La consigna dejaba de ser un simple grafiti para
convertirse en modo de nombrar un protagonismo generacional frente al Estado,
los partidos y cualquier autoridad cerrada al cambio.
La
respuesta oficial fue contundente. El 30 y 31 de octubre de 1969, el gobierno
de Rafael Caldera ordenó el allanamiento y la ocupación militar de la
Universidad Central de Venezuela. Se clausuraron aulas y bibliotecas, se
persiguió a dirigentes estudiantiles y la universidad permaneció cerrada
durante un largo periodo. Desde los liceos, quienes habían seguido con pasión
la Renovación Universitaria sintieron ese hecho como un golpe demoledor. El
ciclo de efervescencia iniciado entre 1967 y 1968 comenzaba a fracturarse bajo
el peso de la represión, y buena parte de las vivencias libertarias y
contraculturales asociadas al “Poder Joven” quedaron desarticuladas. Fue un
golpe duro para una generación que soñaba con entrar a la UCV y continuar allí
la batalla iniciada en los patios del bachillerato.
Para
Vladimiro, ese momento actuó como punto de inflexión. Abrió en él una pregunta
que ya venía germinando ¿Qué otros caminos de acción eran posibles? Mientras
veía a compañeros optar por la profundización de la militancia partidista,
empezó a imponerse la ciencia como vía para pensar y transformar el mundo de un
modo más lento, pero quizá más profundo.
Tras
graduarse de bachiller, tomó la decisión de viajar a Chile para continuar su
formación académica. El país era entonces una referencia intelectual y política
para numerosos jóvenes latinoamericanos. El gobierno de Salvador Allende
encarnaba una apuesta por el cambio social a través de la vía democrática, y
para alguien como Vladimiro, formado en un ambiente marcado por las prédicas
socialistas, estudiar allí significaba aproximarse a un experimento político
que despertaba interés en todo el mundo. El muchacho que había llenado paredes
con pintas irreverentes caminaba ahora hacia laboratorios y aulas
universitarias, sin dejar de observar con atención el proceso histórico a su
alrededor.
En
el Cono Sur, la biografía personal de Vladimiro se desarrolló junto a su
compañera Marlene Huerta, con quien formó familia. Poco antes del golpe de
septiembre de 1973 nació su hijo Froilán. La atmósfera, que durante un tiempo
había estado cargada de esperanza, cambió de rumbo de manera abrupta. La
irrupción violenta del pinochetismo alteró sus vidas de golpe y los obligó,
como a tantos extranjeros residentes en Chile, a abandonar el país.
Regresaron
a Venezuela en uno de los vuelos organizados por la cancillería para repatriar
compatriotas, llevando apenas unas cuantas pertenencias y una experiencia destinada
a marcar para siempre la relación de Vladimiro con la política, la libertad y
la responsabilidad del pensamiento. Desde entonces, su historia ya no podría
separarse de la idea de que la conciencia crítica no es solo un atributo del
científico o del intelectual, sino una forma de dignidad ante el tiempo que le
tocó vivir.
Por
todo ello, al recordar a Vladimiro no evocamos solo al muchacho preparado de
llenar paredes con consignas irreverentes ni al científico dedicado a descifrar
las tramas más sutiles de la materia, sino a un hombre entero, siempre fiel a
pensar con cabeza propia y a vivir de cara a la libertad. Su vida fue una
conversación incesante entre la química y la ética, entre el laboratorio y la
calle, entre la memoria de un país herido y la posibilidad de un futuro más
decente. Quienes lo conocieron saben que no se ha ido del todo.