Retrato de Solimán en 1530, hecho por Tiziano.
Cabeza del Imperio otomano desde 1520, Solimán fue llamado el
Legislador por sus súbditos y el Magnífico en Occidente, pero su nombre está
ligado a una serie interminable de guerras de expansión contra europeos y
safávidas
Antonio Manuel Moral Roncal / Tomado de El Debate / España.
Heredero del sultán Selim, no solo decidió mantener unidos
los territorios del Imperio que recibió de sus padres, sino que los agrandó
desde Hungría hasta el actual Irak, desde la península arábiga hasta las
estepas rusas, al oeste del mar Caspio. En consecuencia, sus herederos se
encontraron con más de 12.000 kilómetros de fronteras a su muerte.
Pero Solimán también recopiló, organizó y codificó
la legislación civil y administrativa por la que habrían de regirse todos sus
súbditos durante los siguientes siglos, tanto judíos como cristianos y
musulmanes. El Imperio otomano había sustituido al Imperio bizantino como
Estado multicultural en el Mediterráneo oriental y en el Próximo Oriente
asiático, siendo su capital Constantinopla, la mítica ciudad del emperador
Constantino.
La imagen de gran monarca de Solimán se construyó al semejarse a los grandes monarcas legisladores como Salomón y Justiniano, pero también al presentarse como poeta, mecenas de las artes y de las ciencias, siendo la generosidad una de sus virtudes más propagadas.
Para fortalecer la imagen del Imperio y de sus
gobernantes, Solimán también cuidó su imagen como gran guerrero, valiente
e incansable general de sus ejércitos. Tras subir al trono, emprendió camino
hacia el oeste europeo, donde se asentaba el poder territorial de la familia de
los Habsburgo.
Desde finales del siglo XIII, esta dinastía ocupaba el trono
del Sacro Imperio Romano Germánico y, a comienzos del siglo XVI, había
aumentado su poder gracias a la herencia española del emperador Carlos V.
Su hermano, el archiduque Fernando, aspiró a la corona de Hungría, que se
encontraba en guerra con Solimán.
Si bien el sultán ofreció la paz a cambio de un tributo
anual, los húngaros se negaron con la esperanza de lograr apoyos militares de
los Habsburgo. En consecuencia, las tropas otomanas ocuparon toda Serbia para
pasar luego a conquistar la isla de Rodas, en el mar Egeo, sede de
la orden militar de caballeros de San Juan de Jerusalén.
Solimán dirigió sus fuerzas terrestres contra los húngaros,
derrotándolos en la batalla de Mohács el 9 de agosto de 1526, a 170
km al sur de la ciudad de Buda (actual Budapest). Tras lo cual, el sultán se
retiró, dejando que los húngaros se debilitaran entre las luchas por el trono
entre los partidarios del archiduque Fernando y los de Juan Zapolya.
El Habsburgo invadió el reino para entronizarse, pero Solimán volvió para apoyar a su rival, dirigiéndose posteriormente hacia Viena para asediar la ciudad. Sin embargo, fracasó en su empeño, así como tres años después en un nuevo intento, en el que jugó un importante hecho propagandístico la presencia de Carlos V en la ciudad del Danubio. Sin embargo, Hungría pasó a ser un territorio integrado en el Imperio otomano, perdiendo su independencia.
Para dañar a su rival, Solimán impulsó la piratería y los
ataques contra las posiciones de Carlos V en el Mediterráneo occidental, con
ayuda de corsarios musulmanes, que atacaron navíos italianos y españoles. Por
ello, el César Carlos se decidió a organizar una expedición de
castigo contra los berberiscos, que solicitaron la ayuda otomana.
Nombró al pirata Barbarroja como gran almirante de
la flota turca, pero el 21 de julio de 1536 las tropas imperiales tomaron
Túnez, expulsando a los partidarios de Solimán, colocando a un gobernador que
reconoció a Carlos V como su señor. A continuación, los ataques entre
ambos imperios continuaron de manera incesante, aunque durante decenios no se
pudo establecer un claro vencedor ni en las aguas del Mediterráneo ni en las
tierras de Centroeuropa.
A continuación, se dirigió hacia el frente asiático. Los
portugueses habían descubierto una ruta marítima hacia la India, bordeando
África, lo que supuso la pérdida del monopolio del comercio asiático para
el Imperio otomano. Solimán se enfrentó a la armada portuguesa en las
costas del golfo Pérsico, con la intención de expulsarlos, pero fue
derrotado, no pudiendo evitar que la ruta hacia el sureste asiático continuara
abierta en manos de occidentales.
El sitio de Malta - llegada de la flota turca
Por ello, decidió conquistar otra ruta, aquella que, desde el
golfo Pérsico, en Basora, ascendía por el río Éufrates hasta llegar a Alepo y
que, en gran parte, se encontraba controlada por los safávidas. Tras firmar
la paz con los Habsburgo en 1533, Solimán emprendió la conquista de
Irak, apoderándose de Bagdad y Basora en un año.
Sin embargo, los territorios safávidas se resistieron a la
dominación otomana, por lo que, finalmente, se tuvo que llegar a un acuerdo,
el Tratado de Amasya. Firmado el 29 de mayo de 1555, los otomanos
obtuvieron el control de Irak y Armenia occidental, mientras que los safávidas
mantuvieron Persia y el Cáucaso, dividiendo sus zonas de influencia.
La última campaña que emprendió Solimán concentró su objetivo en conquistar la isla de Malta en 1565. Defendida por los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén y tropas españolas enviadas por Felipe II —unos 6.000 hombres—, la isla resistió durante cuatro meses a un ejército otomano de 50.000 soldados. La victoria cristiana, liderada por Jean de Valette, frenó la expansión otomana en el Mediterráneo occidental y fue el precedente de la gran victoria italo-española en Lepanto.