El doctor en psiquiatría Boris Cyrulnik sitúa la resiliencia
en una edad en la que el cuerpo, la memoria y las emociones dejan de ir por
separado.
Por Juanjo Villalba
Cumplir años tiene algo de revelación. El tiempo ya no es una
promesa abstracta. Se vuelve materia concreta en el cuerpo, en la memoria y en
la forma en que se recuerdan las pérdidas y los logros. A partir de cierta
edad, la vida deja de vivirse en diferido.
Esa sensación tiene mucho que ver con la idea de resiliencia
que ha desarrollado el psiquiatra Boris Cyrulnik. “La resiliencia es
iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma”, explicaba. Su propuesta
consiste en reorganizar la vida desde lo que ha dolido.
La biografía del propio Cyrulnik, marcada por la pérdida de
sus padres durante la Segunda Guerra Mundial, atraviesa toda su reflexión.
Desde ahí sostiene que una persona puede reconstruirse si encuentra apoyos
suficientes para volver a ponerse en marcha con energía.
Aprender a vivir con las grietas
A los sesenta años, esa reconstrucción adquiere un tono distinto. “Las certezas que nos han sostenido toda la vida empiezan a resquebrajarse”, advierte Cyrulnik. La utilidad profesional pierde centralidad. La acumulación deja de ser un objetivo en sí mismo. Aparece una mirada más selectiva que reorganiza prioridades sin necesidad de dramatismo.
Cyrulnik señala que el tiempo también es un aliado. Algunas
heridas tardan décadas en cicatrizar. No hay una edad exacta para lograrlo. La
resiliencia se parece más a un proceso que a una conquista puntual. En ese
recorrido, quienes han aprendido a convivir con sus heridas suelen avanzar
con más solidez. Quienes las han evitado pueden sentirse desarmados cuando
el ritmo de su vida se reduce.
“A los sesenta, ya no podemos engañarnos. El cuerpo, la
memoria y las emociones hablan juntos sin vacilación”, afirma el experto. Esa
coincidencia obliga a una forma de honestidad que antes podía posponerse.
Una red que se teje con otros
La resiliencia no nace en soledad. La investigadora Emmy
Werner lo demostró tras seguir durante décadas a niños en contextos difíciles.
Muchos lograban salir adelante gracias a elementos muy concretos. “La
resiliencia es un proceso”, subrayaba, ligado a vínculos y entornos que
sostienen.
Esa idea conecta con una tradición más amplia. Viktor Frankl
defendía que “es la propia vida la que pregunta al ser humano”. La respuesta no
siempre puede evitar el sufrimiento, aunque sí puede dotarlo de sentido. En una
línea distinta, Marco Aurelio escribió que la mente puede transformar el
obstáculo en ayuda. Ambas miradas coinciden en algo esencial. La adversidad
forma parte de la experiencia humana y exige una respuesta activa.
En la madurez, esa respuesta ya no se apoya en la urgencia ni
en la apariencia. Surge desde un lugar más desnudo. La resiliencia se
convierte en una forma de reorganizar lo vivido sin necesidad de
borrarlo. Una manera de seguir adelante con las grietas a la vista.
Tomado de Men’sHealth.