Por Enrique Ochoa Antich
Lo conozco de toda la vida. Lúcido, auténtico, por momentos
inusitado y desconcertante. De su cercanía, de su palabra y de sus
discernimientos sorprendentes, se ha enriquecido este cronista.
Es una amistad forjada en sus orígenes en los revueltos años
70. Heredamos -con muchos otros- el mayo francés, la Primavera de Praga, las
protestas contra la guerra de Vietnam, los Beatles, el llamado boom de
la literatura latinoamericana, el MAS de Petkoff y su diatriba con la izquierda
marxista, la honda herida de Allende, y una larga caravana de perplejidades y
deslumbres. Tal vez por eso Rico (Ricardo Ríos apelado) es un ser libérrimo y
desenfadado.
Su calidad humana difícilmente puede ser exagerada. Lo he visto conmoverse ante el sufrimiento ajeno. Lo he visto acompañar el dolor de sus amigos. Lo he visto compartir sus nostalgias y afectos.
Conocí a sus dos hijos cuando eran muy pequeños. Me consta el
amor bueno y sin medida de una relación sana que, cuando yo no tenía hijos, me
provocaba admiración y envidia.
Rico conoció los sótanos del alma. La partida inopinada del
menor de sus vástagos cuando contaba apenas 26 estremeció sus cimientos.
Sebastián es el nombre del desconcierto y del absurdo. Lo vi llorar abrazado a
la guitarra de su hijo diciéndome que ahora tenía que vivir el resto de sus
días cargando esta cicatriz cuyo dolor no habría de cesar jamás.
¡Cuánta miseria debe cargar en su alma el miserable que
infamó esta intachable paternidad, desatando sobre Rico sus injurias feroces y
sus inmerecidos ultrajes! Pero mi amigo escucha el bullicio del odio como se
oye caer la lluvia. ¡Cuánta hipocresía borbotea en el alma apocada de los
gazmoños, santurrones y pacatos!
Rico suele compartirse entre el pantanoso oficio de la
política y las abstracciones de números y ecuaciones. Acaso por eso sus juicios
sobre el poder sean despiadados como una cifra exacta. ¿Qué martingala puede
proyectar un futuro que no sea igual ni al pasado ni al presente? Si alguien
quiere escrutar con agudeza los días de nuestra historia, incluyendo la que
está por venir, que tertulie un rato con Rico.
A este venezolano excepcional, por quien han sentido devoción
varias generaciones de estudiantes, al que sus compañeros de cátedra admiran y
aprecian, y que es respetado hasta por sus más enconados adversarios, le ha
tocado encararse por estos días con la perturbada inquina de los pequeños
seres. Inseguros y vulnerables, los mojigatos suelen mostrar sus represiones,
sus deseos ocultos, sus atrofias del alma, y convierten tales atrofias en arma
arrojadiza contra lo que su indigencia intelectual les impide comprender. Allá
ellos con sus redes pantanosas y sus posts abyectos y
canallas.
A Rico le escucho decir que no por sus justificadas rabias
extrapola este evento personal a los de su país. Es de rencores efímeros. Y, en
medio del fragor de la batalla, insiste en la urgencia de reconocernos, oírnos,
reconciliarnos.
Mi solidaridad con el amigo, aunque su aplomo poco la requiera. Con la
serenidad que sólo nos dan los años, Rico está de pie, firme y resuelto. Su
palabra no ha de faltar en esta hora crucial de la patria.
