Por Fernando Mires
Escribió Anne Applebaum en uno de sus más recientes
artículos: Donald Trump no piensa estratégicamente. Tampoco piensa
históricamente, geográficamente o siquiera racionalmente. No relaciona las
acciones que toma un día con eventos que ocurren semanas después. No piensa en
cómo su comportamiento en un lugar cambiará el comportamiento de otras personas
en otros.
La de la destacada periodista e historiadora no solo es su
opinión. Es una buena síntesis de cómo ven a Trump muchos observadores de la
política internacional, sobre todo de la guerra a Irán que, para muchos, parece
no tener objetivos y, por eso mismo, ningún final. En campos menos
especializados, la frase que circula por doquier es Trump se ha vuelto
loco.
Según Applebaum, Trump no está en sus cabales. Todo lo
contrario; es un hombre que desata guerras sin tener ninguna estrategia, que no
sabe pensar racionalmente, que es inconsecuente con lo que dice un día y
después en otro, que carece de responsabilidad, que actúa por caprichos e
impulsos, que miente persistentemente.
Lo siento, pero aquí opino que no todo es así. Es cierto,
Trump parece estrambótico, carece de cultura diplomática y no mide el alcance
de todo lo que dice. Pero no es un ser irracional. Por el contrario, Trump
hasta el momento ha actuado dentro del marco de una estrategia muy bien
diseñada. Se trata nada menos que de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional
(ESN) dada a conocer por el gobierno de Trump el 2025.
La nueva estrategia del imperio americano
Esa nueva versión de la geopolítica de los EE UU inserta en
la ESN implica una ruptura radical con la ESN del 2022, válida en los tiempos
de Joe Biden.
El objetivo de la ESN-25 es fijar la orientación de la nación
en condiciones marcadas por dos imperios – el chino y el ruso – que, según el
gobierno de Trump, amenazan la seguridad de la nación y al mismo tiempo ponen
en tela de juicio la hegemonía mundial norteamericana. Teniendo como trasfondo
la letra de esa nueva estrategia podemos llegar a la conclusión de que el
gobierno de Trump no se aparta en ningún momento del documento en mención. De
tal modo, quien quiera criticar la falta de estrategia o la falsa estrategia de
Trump, debe criticar en primer lugar a la ESN-25, algo que no han hecho la
mayoría de los analistas internacionales.
Tratemos de resumir las principales diferencias entre
la de Biden (2022) y la dictada en tiempos de Trump (2025)
En términos generales es posible afirmar que el documento del
2022 mantenía continuidad con la política internacional asumida por los EE UU
desde 1945, basada en un orden dividido en dos potencias, la URSS y los EE UU y
que, desde las Conferencias de Yalta y Postdam se extiende a lo largo de todo
el periodo de la llamada Guerra Fría.
El derrumbe de la URSS y del comunismo europeo creó, sin
embargo, un nuevo escenario donde el lugar de la URSS fue ocupado por la China
post-maoísta, sin que los actores internacionales intentaran modificar la
estructura internacional basada en las reglas de la Guerra Fría. Es por esa
razón que la ESN de 2022 aparecía ante los ojos de algunos estrategas
norteamericanos como un anacronismo. El propósito de la ESN-2025, en cambio, es
actualizar la estrategia internacional generando una adecuada a un mundo sin
reglas, como es el que hoy impera. Ese cambio de orden deberá ser realizado a
través de enfrentamientos indirectos entre China y los EE UU, cada uno con sus
respectivos aliados y, por lo mismo, será un periodo donde evidentemente habrá
negociaciones, pero también conflagraciones entre ambas potencias mundiales.
A primera vista la nueva rivalidad mundial será, al igual que
la que prevalecía, la de un mundo bipolar, donde permanentemente se enfrentan
China y Los EE UU. Pero en otras ocasiones asumirá la forma de un
enfrentamiento tripolar, vale decir, EE UU y sus ocasionales aliados, frente a
“la alianza eterna” contraída por China y Rusia el año 2024 en Beijing
Eso quiere decir que mientras el mundo concebido por la
administración Biden suponía una actitud predominantemente defensiva (defender
a un mundo basado en reglas que ya nadie respetaba) la administración Trump
pasa a la ofensiva sin respetar las normas liberales que intentaba imponer EE
UU en el pasado reciente. Las reglas internacionales, al fin y al cabo, ya
habían sido rotas por EE UU y Rusia. El primero con las guerras de Bush Jr. en
Irak y en Afganistán. El segundo con sus invasiones en Chechenia, Georgia,
Siria y Ucrania, hechas, al igual que las de Bush, en nombre de “la guerra en
contra del terrorismo internacional”.
Para Trump y los suyos, el enemigo principal es China, y si
bien Rusia no aparece como rival secundario, puede ser considerado como aliado
íntimo de China. Putin, por su parte, no se conforma con ese rol e intenta
consolidar a Rusia como poderoso imperio militar, contando con la ayuda de
China.
Aparentemente Trump pareciera concordar con Putin, pero si
nos detenemos a analizar el tema en términos de ganancias y pérdidas (que es lo
que más gusta a Trump) Rusia es el imperio que más ha perdido en el nuevo
periodo confrontacional. A Ucrania, Putin no ha logrado más que arrancar un
veinte por ciento de su territorio en cuatro años. A la vez, Rusia ha perdido
de modo creciente su influencia en Europa Central y en el Oriente Medio ha
perdido a Siria después de la revolución que pusiera fin a la dictadura de
al-Assad. Ahora está a punto de perder a su mejor aliado estratégico militar
después de China, el Irán de los Ayatolas.
Es cierto que la caja monetaria rusa aumenta con el disparo
del precio del petróleo y con la ocupación iraní del estrecho de Ormuz, pero a
Trump eso no parece importar en una estrategia medida a largo plazo. Incluso
Trump se ve dispuesto a otorgar algunas compensaciones a Rusia, entre ellas,
una derrota de Ucrania. Al fin y al cabo, como ha hecho decir a su vice Vance,
“esa (la de Ucrania) no es nuestra guerra”. Con ello Trump y Vance quieren
decir a Europa, “esa, la de Ucrania, es vuestra guerra”.
Poco tiempo después el ministro de guerra alemán Boric
Pictorius, contratacaría a Vance. Cuando Trump pidiera ayuda a la OTAN para
reabrir militarmente el estrecho de Ormuz, respondió: “esa (la de EE UU a Irán)
no es nuestra guerra”. Aparte de la divertida controversia es imposible dejar
de pensar que un mundo en el cual cada potencia tiene sus propias guerras, no
es el más envidiable.
Ante los ojos de la mayoría de los analistas internacionales,
una prueba de la locura de Trump ha sido la de no nombrar los objetivos de la
guerra a Irán, aparte de subordinarse a Netanyahu, quien jamás oculta su
estrategia orientada a destruir a su peor enemigo en la región. No obstante,
aquí debemos pensar más detenidamente.
Cuando se va a la guerra sin nombrar los objetivos no quiere
decir que no existan objetivos, sino que esos objetivos no se pueden nombrar.
Pero sí los podemos deducir. Esos objetivos están especificados precisamente en
la ESN-25, y se trata nada menos que de “liberar” a Irán de la dependencia
militar del imperio ruso y de la dependencia económica del imperio chino. Dos
pájaros de un tiro.
A la dependencia militar de Irán con respecto a Rusia ya nos
hemos referido. Con respecto a la dependencia económica de Irán a China no
debemos olvidar que China es el mayor comprador de crudo iraní, absorbiendo
cerca del 90% de sus exportaciones petroleras en 2024, lo que representa una
fuente de energía barata para Beijing y un salvavidas económico para Irán.
Además, el llamado Acuerdo de 25 años, firmado en 2021, contempla inversiones
chinas de hasta $400.000 millones de dólares en sectores claves como petróleo,
gas, petroquímica y transporte en Irán.
El rol de las potencias medias
En su agresión a Irán los EE UU no actúan solos. Al
contrario. Se encuentra apoyado por las principales potencias medias del
espacio petrolero-islámico. No solo es una guerra que EE UU libra junto a
Israel sino también al lado del bloque sunita petrolero anti- Irán. En cierto
modo esa es también una guerra inter-islámica donde una de las partes actúa
junto con los EE UU. Si se tienen en cuenta esos puntos podemos calificar a
Trump de belicista, de cínico, de inmoral, todo lo que usted quiera. Pero de loco,
no. Ha sabido al menos contraer alianzas estratégicas con las principales
potencias intermedias del mundo islámico. Entre ellas Egipto, Arabia Saudí, Qatar,
los Emiratos, en contra de otra potencia media como es Irán.
Efectivamente, el mundo que vivimos soporta no solo a tres
imperios que buscan la hegemonía mundial sino también a diferentes potencias
medias con diversos problemas entre sí las que naturalmente buscan el apoyo
militar o económico que, eventualmente pueda brindar a sus pretensiones, cada
uno de los más grandes imperios. Eso significa que las llamadas potencias
medias, no son autónomas, pues casi todas están alineadas en torno a un gran
imperio. En ese sentido no podemos compartir la utópica propuesta de Mark
Carney, primer ministro de Canadá, cuando en Davos 2026 instó a las potencias
medias (como Canadá, México y otras) a unirse y construir un nuevo orden
internacional, argumentando que “si no estás en la mesa, estás en el menú”.
Ante la ruptura del orden global y la rivalidad entre grandes
potencias (EEUU/China), propuso Carney una alianza estratégica que defienda el
comercio, la soberanía y los valores democráticos relativa a las que las
potencias medias deberían unirse para formar una entidad común diferente a la
de los tres imperios. Suena bonito, pero es imposible. Más aún si consideramos
que el triunfo de cada uno de esos imperios pasa por lograr la máxima adhesión
de las potencias medias. La era de los “no alineados” que encabezaron figuras
como Nasser, Nehru y Tito durante el siglo XX ha quedado muy atrás. Mucho menos
interesa a los tres imperios ganar para sí a las naciones más pobres del mundo.
Mao y Che Guevara están más que muertos.
A propósito: ¿Se ha dado cuenta alguien que, desde que Trump
se embarcó en guerras, nadie habla del Sur Global y de los BRICS, instituciones
creadas por China con el objetivo de agrupar en torno a sí a potencias medias y
a países no alineados con EE UU? Ese es, definitivamente, un punto para TRump.
Ni a Putin, ni a Xi ni a Trump interesa la adhesión de
naciones misérrimas y de estados corruptos. Trump, por ejemplo, fue cruelmente
claro al referirse a Cuba: “es un estado fallido que no tiene petróleo, no
tiene dinero, no tiene nada”. Eso quiere decir que, si actualmente tortura a
los cubanos con más hambre de la que desde hace decenios han padecido bajo el
régimen castrista, no es porque quiera liberar a los cubanos del “comunismo”
sino porque Cuba geográficamente ocupa un lugar estratégico que no puede ser
cedido ni a Rusia ni a China. De la misma manera, si Venezuela no tuviera ese
estratégico petróleo, Maduro estaría feliz en su casa, como lo está Ortega en
Nicaragua.
A Trump, fiel siempre a la ESN-25, interesa ejercer hegemonía
entre “sus potencias medias” y así destruir las potencias medias fieles a China
y Rusia. Nada más lógico de acuerdo a la lógica de la guerra, tan distinta a la
de la paz. Por eso está destruyendo a Irán, potencia media al servicio de Rusia
y China; por eso alentó la revolución en Siria; por eso contrae relaciones
amistosas con Arabia Saudita; por eso no quiere enojarse ni con Lula si este se
somete a algunos de sus dictados; por eso busca la amistad con la India de
Modi; por eso intenta apaciguar a Putin ofreciéndole Ucrania y algo más; por
eso quisiera anexar a Canadá y no lo oculta: lo dice. No lo vamos a poner en
duda: Trump es un gran hijo de puta. Pero loco, no es.
¿Qué hacer con Europa?
Con respecto a esa potencia media llamada Europa, Trump no
quiere entenderse con una EU, entidad, a su juicio, burocrática, lenta y
pesada, como ha probado serlo durante la guerra de Rusia a Ucrania. Esa es la
razón por la cual alienta a fuerzas disgregadoras, sea a gobernantes como Orbán
y Fico, sea a movimientos antiliberales que pululan en cada nación europea.
Trump no quiere entenderse con una Europa unida, pero sí le
interesa coordinar con subpotencias como Alemania, Francia, Inglaterra y
Polonia. Así se explican los culebreos que han caracterizado sus conversaciones
con Putin en torno al tema Ucrania. Con eso quiere decir a los europeos, “si
quieren que apoye a Ucrania, deben ponerse incondicionalmente bajo mis órdenes.
Pero si no lo hacen, no estoy obligado a hacerlo”. Quien entendió mejor que
nadie ese mensaje fue Zelensky quien, cuando los países europeos se negaron a
acudir en ayuda de los EE UU en Irán, ofreció sus drones a los EE UU para
combatir contra la potencia media iraní. Naturalmente Trump no aceptó esa
ayuda. Si lo hubiera hecho su guerra en Irán habría sido entendida como una
prolongación de la guerra en Ucrania. Pero sí debe haber percibido el gesto
simbólico del hábil Zelensky.
EE UU se está liberando de Europa y Europa se está
emancipando de los EE UU, pero eso no significa, de acuerdo a la letra de la
ESN-25, que EE UU desconozca el potencial económico, incluso político de
Europa. Pero la Europa que necesita no es una Europa basada en reglas que ya no
pertenecen a la realidad. Si este es el pensamiento de Trump (y parece que lo
es) Trump dista de ser un loco.
Trump está actuando sin reglas en un mundo sin reglas. En
cierto modo parece estar más adaptado a la realidad que los gobernantes de
algunas naciones europeas. O quizás podríamos decirlo así: si como
“propietario” de ese edificio llamado Hemisferio Occidental (así lo ve Trump de
acuerdo a su visión inmobilaria de la política) Trump considera que América
Latina es su patio interno, también quisiera que Europa fuese su patio externo.
No obstante, Trump considera que muchos países europeos no reúnen esas condiciones.
Para él, como para Putin, Europa es un continente en decadencia, incapaz de
defender su bagaje cultural con la fuerza de las armas, impotente para
desconocer a sus enemigos internos y externos, apegada a las reglas de una
civilización que ya no existe.
El tiempo dirá si la evaluación de Trump es correcta o falsa.
Lo único que se puede afirmar por el momento es que algunos gobiernos europeos,
sobre todos los de los países bálticos, ya han entendido el nuevo desorden de
cosas y han comenzado a armarse para resistir el embate de los nuevos tiempos.
No se trata de defender un orden antiguo sino de situarse en el periodo
turbulento que separa a un orden que ya se ha ido y otro que está lejos de
aparecer. Ese orden estará signado por múltiples guerras de representación. Si
estamos o si estaremos en una Tercera Guerra Mundial no lo sabemos. Pero sí
sabemos que el mundo ya está cruzado por conflictos y guerras fragmentadas de
mediana y alta intensidad.
Las cartas sobre la mesa
Los EE UU ya han puesto con Trump las cartas sobre la mesa.
Por de pronto, en su hemisferio no tolerará la presencia militar o política de
China o Rusia. Las intervenciones directas de los EE UU en Venezuela y Cuba así
lo prueban. Ambas naciones mantenían estrechas relaciones con las dictaduras de
Rusia, de Irán y de China.
En ese punto hay que tener en cuenta que al gobierno de Trump
tampoco interesa si un gobierno amigo sea democrático o autocrático. La lucha
internacional para Trump no posee ningún carácter ideológico, lo ha dicho el
mismo.
EE UU no lucha ni por la libertad, ni por la democracia, ni
en contra del comunismo, ni por la paz mundial. Su lucha es por el poder
mundial, y aunque eso parezca una locura, hay que saber entenderlo. EE UU al
igual que Rusia y China, ha decidido practicar la política de la depredación.
Michael Ignatieff ha escrito recientemente un artículo en
donde intenta demostrar que el mundo se encuentra dominado por potencias
depredadoras. Así es. Pero ese mundo no lo creó Trump, ni Xi, ni siquiera
Putin. Simplemente los tres grandes depredadores se han adaptado al mundo sin
leyes ni reglas donde conviven y se repelen. Las instituciones y las
constituciones no juegan ahí ningún rol internacional. ¿Llegará el momento en
que tampoco jugarán un papel nacional? Eso ya ha pasado en China y en Rusia. En
EE UU está a punto de pasar.
Cuando no rigen leyes hay que actuar como si las hubiera,
escribió Kant. Le faltó agregar que pero para que eso suceda se requiere de
grandeza humana. Esa, claro está, no la van a tener nunca los tres miserables
que están a punto de destruir el mundo. Ellos, por cierto, solo siguen la razón
del poder. Puede ser entonces que los locos no sean ellos, sino nosotros, los
que queremos un mundo en paz, uno donde el derecho a la vida sea el principal
de sus mandamientos. Por esa locura sí valdría la pena luchar. Pero ¿cómo y
dónde?
A esa pregunta ni el teléfono de Dios nos responde.
Tomado de POLIS: Política y Cultura.
