Nacida en La Habana en 1999, Camila Guevara creció en
una casa muy musical y literaria. Su madre, Suylén Milanés, fue una
reconocida cantante cubana, al igual que sus tías Haydée y Lynn Milanés. Su
padre, Camilo Guevara, fue un músico autodidacta que componía y tocaba la
guitarra. Pero lo más curioso viene de más atrás, de sus abuelos. Camila
es nieta del cantautor Pablo Milanés, figura clave de la Nueva
Trova Cubana, y del líder revolucionario argentino Ernesto “Che”
Guevara, dos nombres resonantes de la historia y la cultura del siglo
XX.
“Hace poco me di cuenta de lo mucho que tenemos en común; esa
cosa del existencialismo, hablar de la vida, la muerte y el dolor”, dice sobre
su abuelo Pablo, fallecido en noviembre de 2022. A mediados del año
pasado, la cantante y compositora cubana lanzó su primer disco, Dame
flores.
Desde enero, la artista cubana está de visita en Buenos Aires, pero no tiene boleto de vuelta. “Ahora mismo no estoy viviendo en ningún lado. Estoy un poco como ciudadana del mundo”, dice la joven de 26 años. “La idea era irme a vivir a México, pero me cambiaron los planes. Volví a Cuba por cuestiones de papeles y me entraron ganas de venirme para acá. Pero todavía no sé exactamente a donde voy a vivir”, sostiene antes de tocar por primera vez en Buenos Aires. “Empecé a reunir un montón de canciones y sentía que la onda venía un poco por aquí. Siempre me ha gustado mucho la música argentina. Vine con la esperanza de encontrar algo, aunque no sé exactamente qué es”, explica Guevara, quien escuchó desde muy niña a Fito Páez, Spinetta y Charly García.
“Yo soy la apuesta de mis descendientes/ me toca a mí
construirme la suerte”, canta Guevara en uno de los cortes del disco, “Respiro“, y con esa
frase sintetiza un poco su historia familiar. En Dame flores –disco
por el cual fue nominada como Mejor Nueva Artista en los Latin Grammy
2025- logra conjugar la música tradicional cubana –la salsa, el son,
el chachachá, el bolero- con sonidos y estilos más actuales, como el neo soul,
el pop y el rap moderno.
“Siempre he sido muy inquieta con la música, no tengo un
interés determinado, me gustan muchos estilos”, resalta. “En el proceso me
alimenté de muchas músicas. Y al final terminó siendo una mezcla de un
montón de cosas”, dice. “Muchas veces me decían: ‘podrías irte
por el lado más de cantautora’. Podría haber sido una posibilidad,
hubiera sido más solemne, pero justamente lo que necesitaba era lo
contrario: tener ese juego, irme para arriba con algunas canciones y
barras que me hicieran salir de mi zona de confort”.
-Claro, te criaste en un ambiente musical muy vinculado con
la trova cubana. ¿Fue un desafío hacer un disco tan ecléctico?
-Fueron muchos momentos de altos y bajos. Me dio miedo antes
de sacar las canciones. Pero cuando saqué el disco fue como quitarme un
peso de encima. Cuando estás haciendo lo que tú quieres, más allá de
que lo puedas intelectualizar, porque a veces uno se autoflagela un poco antes
de sacar un trabajo, en el estudio sentí que me estaba divirtiendo, que estaba
haciendo algo mío y siendo coherente con eso. Hay mucha transparencia en el
disco, un montón de emociones; es muy personal y humano también.
El disco transita por muchos estados de ánimo: desde la
picardía y la irreverencia de canciones como la salsa cubana “Crueldá”, el son
rapero “Cómo arde” y la pop “Vienen curvas” hasta la introspección del bolero
“D siertos”, “Alguna nostalgia” o “Vida”, una canción inspirada en las muertes
de su abuelo Pablo Milanés, su madre y su padre. “Después de todas estas cosas
que pasaron yo sentía que en un punto no daba más”, confiesa.
“Hay una parte de mí que le gusta el riesgo y el desafío. Veo la música también
como una buena oportunidad para dramatizar, hacer mucho más grande
las cuestiones cotidianas. Ahí puedes contar los que sueñas y trascender los
miedos”, sostiene.
-¿Qué heredaste musicalmente de tu abuelo Pablo?
-Con mi abuelo Pablo, aunque nos adorábamos, era medio
distante el vínculo. No teníamos esa relación en el día a día de abuelo y
nieta. También por su manera de vivir en el mundo, con el tema de las giras.
Siempre lo admiré desde lejos. En Cuba es una figura muy importante y su música
está muy presente. Mirando su documental hace poco me di cuenta de lo mucho que
tenemos en común, esa cosa del existencialismo, hablar mucho de la
vida y la muerte; hay una conexión de la que no me había percatado antes. Una
vez le mostré unas canciones y primero fue un poco duro conmigo. Él quería que
tuviera los pies en la tierra y que creciera. Hasta que escuchó una canción que
canté en un homenaje a Santiago Feliú. Ahí sentí el reconocimiento de mi
abuelito. Después escuchó otro EP que estaba haciendo y me dijo que le parecía
muy auténtico. Fue muy sensible a lo que estaba haciendo en ese momento.
-¿Y sentís que estás conectada con Argentina por la rama de
tu abuelo Ernesto?
-Mi papá siempre mantuvo viva esa herencia. Me ponía a Fito
desde que me levantaba hasta que me acostaba. Y tomaba mate. También se reunía
con nuestros primos de Cuba, que son argentinos. Y me hablaba de esa familia.
Siento que conecté más con Argentina desde el primer viaje que hice, en 2023.
Hay algo que me llama mucho la atención: escuchan a Charly García hasta
en la verdulería. Suena tonto, pero hace una diferencia muy grande. Es
una cultura del rock que está muy sembrada en la gente, en su manera de ser.
Hay algo ahí con lo que conecto y tiene que ver con esa naturalidad y ese rock
and roll. Inconscientemente estaba buscando también una conexión con estas
raíces, por eso también me vine ahora para acá.
-En el plano más íntimo y familiar, ¿Qué te contaban de
Ernesto?
-Sobre todo tengo recuerdos de mi abuela, Aleida
March, que sacó un libro que se llama Evocación, que es
más sobre la historia de ellos dos. Fue muy lindo ver cómo de repente estaba el
Che más humano, más hombre, menos idealizado. Ni siquiera mi papá lo conoció,
tampoco mis tías. Lo que hay es lo de los libros. Mi padre tenía el anhelo de
conectar con su papá, pero no tuvo esa oportunidad, simplemente lo hacía con lo
que quedaba. Mi abuela me habla de lo romántico que era. Y
pude ver su sensibilidad a través de los poemas, como “La piedra”, que le hace
a su mamá, y habla de lo complicado que era estar en esa posición, en la
guerrilla. Era un comandante y tenía que fingir siempre dureza. También
leí sus diarios de viaje en Latinoamérica. Me sorprende lo bien que escribía.
Esas cosas me emocionan y puedo conectar con su figura desde la sensibilidad.
Para mí siempre fue el abuelo que no conocí y admiro un montón de cosas que
hizo. Pero siento que son diferentes historias, diferentes mundos. Trato de
tomar de las figuras del pasado lo que me da fortaleza para seguir
construyéndome.
Fuente: Página 12 / Argentina (con ligeras modificaciones).