Por qué China no entró en la guerra contra Irán: doctrina,
petróleo, cálculo de poder y el arte de salir ganando sin mover un solo soldado.
Beijing condenó los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, pero no movió un solo soldado. La explicación no está en la ideología ni en la traición a un aliado: está en décadas de doctrina estratégica, en aritmética energética y en la fría lógica de quién gana más observando que participando.
El día en que los bombardeos comenzaron, China esperó varias
horas antes de emitir su primera reacción oficial. Manifestó estar
“profundamente preocupada” y exigió un cese inmediato de las operaciones
militares. Al día siguiente, el canciller Wang Yi fue más directo: los ataques
eran inaceptables. No hubo movilización de tropas, ni amenazas de represalia,
ni ruptura de relaciones diplomáticas con Washington o Tel Aviv.
Días después, en el marco de las “dos sesiones” del Partido
Comunista, Wang Yi volvió a pronunciarse. La guerra, dijo, “nunca debió haber
ocurrido, y no beneficia a nadie”. Repitió el llamado al “cese inmediato de las
operaciones militares” y advirtió sobre la necesidad de “evitar el
desbordamiento y la propagación de las llamas de la guerra”. La portavoz del
Ministerio de Relaciones Exteriores, Mao Ning, añadió que Beijing adoptará las
medidas necesarias para garantizar su seguridad energética y llamó a todas las
partes a asegurar “un suministro de energía estable y fluido”.
La doctrina que explica cuatro mil años de contención
El núcleo de la postura china no es coyuntural. Está anclado
en un principio que Beijing repite en cada crisis internacional: la
soberanía nacional es absoluta y ningún Estado tiene derecho a intervenir
en los asuntos internos de otro, menos aún a través de la fuerza militar o del
cambio de régimen. Por eso China emite condenas diplomáticas firmes, pero evita
implicarse en el terreno.
El analista Patricio Giusto, del Observatorio Sino-Argentino,
lo formuló con precisión: “China es una superpotencia nuclear y militar,
pero no intervino en ninguna guerra fuera de sus fronteras en los últimos 4.000
años, salvo en 1979. China cuenta con su poderío militar para defenderse a sí
misma, no para salir en defensa de otros”. Giusto subrayó además que
Beijing no forma alianzas de defensa mutua con ningún país, con la excepción de
Corea del Norte y Pakistán, precisamente porque comparten frontera y son
potencias nucleares.
Esta doctrina tiene también un límite operacional concreto.
Para enfrentar una guerra estadounidense a escala planetaria, China necesitaría
décadas de construcción logística previa: bases regionales, redes de
abastecimiento, depósitos de municiones y sistemas integrados de defensa aérea.
Estados Unidos tardó décadas en construir esa red en el Golfo Pérsico.
China sencillamente no la tiene.
El peso del petróleo árabe frente al iraní
La relación entre China e Irán se suele presentar como una
alianza sólida. Los datos matizan esa imagen. Aunque ambos países firmaron
en 2021 una asociación estratégica integral, la cooperación real es
limitada y fragmentada. En el plano militar, Beijing suministró tecnología a
Teherán entre 1985 y 1997, pero desde 2010 la colaboración
verificable se redujo drásticamente. La relación es pragmática: energía e
infraestructura, sin demasiado riesgo de rozar las sanciones estadounidenses.
Los números explican parte del cálculo. Irán representa cerca
del 10% de las compras de petróleo chinas. Los países del Golfo Pérsico en su
conjunto constituyen aproximadamente el 50%. Perder el suministro iraní sería
un golpe manejable. Perder el acceso al petróleo árabe, no. La seguridad
energética de China depende más de Riad, Abu Dabi y Kuwait que de Teherán.
A eso se suma la máxima prioridad que Beijing asigna a la
estabilidad en su vecindario inmediato y a la gestión de la relación con Washington. La
política exterior china está orientada, en primer lugar, hacia adentro: la
estabilidad doméstica precede a cualquier aventura militar en el exterior. Ni
siquiera la era de Xi Jinping alteró ese orden de precedencias.
Observar para aprender: el dividendo estratégico de
mantenerse al margen
Existe una dimensión adicional que los análisis estratégicos
señalan con claridad. Para China, el conflicto en Irán no es solo un problema:
es también una oportunidad de observación. Con Estados Unidos comprometido en
una guerra al otro lado del planeta, el foco de Washington se aleja
momentáneamente del este de Asia. Los arsenales estadounidenses se consumen.
Las capacidades operativas reales de las fuerzas armadas de EEUU quedan
expuestas en tiempo real.
Esa información tiene un valor estratégico directo para el
escenario que Beijing monitorea con mayor atención: Taiwán. Cada dato
sobre el desempeño de los sistemas de defensa aérea estadounidenses, sobre los
tiempos de respuesta logística o sobre los límites de la proyección de poder a
larga distancia es información que alimenta el análisis militar chino.
Beijing calificó además el asesinato de un líder soberano y
la incitación al cambio de régimen como inaceptables, y pidió el retorno al
diálogo y una oposición conjunta a las acciones unilaterales. Pero esa condena
coexiste sin contradicción con la neutralidad operativa. En el cálculo de
China, pronunciarse cuesta poco. Moverse, demasiado.
Tomado de La Red 21 / Uruguay.
