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09 marzo, 2026

A propósito de la celebración del día de la mujer

Durante siglos, en la sociedad cheroqui existía una norma que a muchos europeos les habría parecido impensable.

Si una mujer quería divorciarse, no tenía que pedir permiso a nadie. Simplemente reunía las pertenencias de su marido, las dejaba fuera de la casa y el matrimonio quedaba terminado. El hombre recogía sus cosas y se marchaba.

 Así de sencillo.

La razón era clara: en la cultura cheroqui, la casa pertenecía a la mujer. También buena parte de lo que había dentro. El marido vivía en el hogar de ella y, cuando el vínculo terminaba, era él quien debía irse.

Para los colonizadores europeos de los siglos XVII y XVIII, aquello resultaba desconcertante. Venían de sociedades donde las mujeres tenían muy pocos derechos legales y donde el matrimonio era casi imposible de romper. Encontrarse con una civilización en la que las mujeres tenían autoridad real fue, para muchos, incomprensible.

Pero para el pueblo cheroqui aquello no era extraño. Era simplemente la forma en que su sociedad estaba organizada.

La nación cheroqui funcionaba con un sistema matrilineal. Eso significa que la identidad, el clan y la pertenencia familiar se transmitían por la línea de la madre.

 Los hijos pertenecían al clan materno y el marido se integraba en la familia de su esposa. Las mujeres no solo dirigían el hogar. También desempeñaban un papel importante en la economía y en la vida social de la comunidad.

Cultivaban los campos —maíz, frijoles y calabaza, las llamadas “Tres Hermanas”— que constituían la base de la alimentación. Administraban la distribución de los alimentos y cuidaban el funcionamiento cotidiano de la vida comunitaria.

Los hombres cazaban y participaban en la guerra, tareas igualmente respetadas. Pero el equilibrio de poder era distinto al modelo europeo: mujeres y hombres tenían responsabilidades diferentes y una autoridad real en sus propios ámbitos.

En algunos casos, las mujeres podían alcanzar cargos de gran prestigio dentro de la comunidad. Un ejemplo conocido fue Nancy Ward, considerada una “Mujer Amada”, una figura con influencia política capaz de intervenir en decisiones importantes sobre diplomacia o cautivos.

Para algunos observadores europeos, aquello era casi escandaloso. El comerciante irlandés James Adair, que vivió entre los cheroquis en el siglo XVIII, se burlaba de lo que llamaba despectivamente un “gobierno de enaguas”, incapaz de aceptar una sociedad donde las mujeres participaban en decisiones colectivas.

Pero esa organización no era una anomalía. Era simplemente otro modelo de sociedad.

Con la expansión de Estados Unidos en el siglo XIX, ese sistema comenzó a sufrir enormes presiones. La expulsión forzada conocida como el Trail of Tears, junto con políticas de asimilación, misiones religiosas y nuevas leyes impuestas por el gobierno federal, fueron debilitando las estructuras tradicionales.

Muchas de esas políticas favorecieron modelos de autoridad más cercanos al sistema europeo, reduciendo el papel político y social que las mujeres habían tenido durante generaciones.

Aun así, gran parte de la memoria cultural sobrevivió. Las tradiciones, las historias y los linajes familiares continuaron transmitiéndose dentro de las comunidades.

Hoy, la ciudadanía de la Cherokee Nation sigue vinculada a registros históricos de descendencia, y muchas familias conservan la memoria de sus líneas maternas, un eco de aquel antiguo sistema.

La historia de las mujeres cheroqui recuerda algo importante. Las formas en que las sociedades organizan el poder entre hombres y mujeres no son universales ni inmutables.

Han cambiado a lo largo del tiempo y han sido muy diferentes según el lugar y la cultura.

Durante generaciones existió una nación donde una mujer podía decidir el final de su matrimonio, controlar su hogar y participar en la vida de su comunidad con voz propia.

Y esa realidad histórica demuestra que otras formas de organizar la sociedad han existido… y pueden volver a existir.

Tomado de la cuenta en X de Ankor Inclán (@ankorinclan).

Título de Entre Todos D.