Fernando Mires (Santiago de Chile, 1943) propone leer
el actual momento venezolano como una apertura política cargada de
posibilidades. A partir de una reflexión sobre las transiciones políticas, el
autor sostiene que el país atraviesa una fase pre-transicional en la que la
dictadura ya no puede gobernar como antes y la democracia podría perfilarse
como horizonte. El ensayo invita a pensar la transición como un proceso
incierto pero viable, hecho de decisiones, alianzas y rupturas graduales. Más
que un final, el presente aparece como un comienzo político que aún puede ser
construido.
Hablar de transición en política significa hablar de muchas
transiciones pues ninguna es igual a otra. La mayoría de los estudios sobre las
transiciones -ya hay algunos “clásicos” como los de Linz, O’Donells,
Poulantzas– se refieren a la transición que va desde una dictadura a una
democracia.
¿Cuándo se produce un momento transicional?
No me acuerdo bien si fue Gramsci o Trotsky quien dijo que la
transición se da cuando aparece una crisis política en la que la clase
dominante ya no puede gobernar y la clase dominada todavía no puede gobernar. Trotsky
o Gramsci, la palabra “todavía” es aquí importante. Con ello se quiere decir
que la clase dominada (en su versión marxista) debía realizar un proceso de
reconstitución antes de llegar al poder. Si esto no ocurría, la crisis podía
transformarse en lo que Gramsci (de eso sí estoy seguro) llamaba crisis
orgánica, es decir, una sin alternativa política. Cambiemos ahora los oxidados
conceptos clasistas de Trotski y Gramsci y digamos: Venezuela después del 3 de
enero, día en el que a la dictadura le fue arrancada su cabeza dictatorial, se
encuentra en un periodo en el que esa dictadura no puede gobernar como
dictadura y la democracia «todavía» no logra aparecer como democracia. No es un
periodo de transición, pero sí, bajo determinadas condiciones, puede tener lugar
un periodo pre-transicional en la perspectiva de una verdadera transición.
Por cierto, la llegada de un periodo transicional no es
anunciada por los periódicos. Por lo general hablamos de transición cuando esta
ya ha culminado. En el trayecto, la transición es solo una posibilidad y, por
lo tanto, puede fracasar en cualquier momento.
¿Transición de dónde hacia dónde?
La pregunta no está de más pues existen transiciones
democráticas (de un gobierno conservador hacia uno socialdemócrata o a la
inversa). Existen, además, transiciones del autoritarismo a la democracia. Y,
sobre todo, existen transiciones de un régimen a otro; de la monarquía a la
república por ejemplo o de la dictadura a la democracia (o también de la
democracia a la dictadura, como fue la que experimentaron los nicaragüenses con
Ortega y los venezolanos durante Chávez y Maduro).
Después de ese listado, podríamos concluir en que, la que no
ha tenido lugar todavía en Venezuela después de la extracción de Maduro, deberá
ser una transición de un régimen dictatorial a uno democrático cuyas formas y
perfiles no aparecen dibujados en el horizonte.
Sin embargo, se engañarán los que imaginen que Trump dio un
golpe de estado –sí, eso fue – al extraer a Maduro para instaurar una
democracia en ese país. Todos los que hemos seguido los pasos de Trump en el
terreno internacional sabemos que a él importan muy poco las formas de gobierno
y mucho menos la democracia. El gobierno Trump distingue solamente entre
estados fuertes y estados débiles y con los primeros está dispuesto a concertar
alianzas puntuales si esos estados aceptan y colaboran con la estrategia
norteamericana. Su propio vocabulario lo delata.
Trump no ha pronunciado jamás las palabras democracia o
democratización al referirse a Venezuela. Si le hubiera interesado la
democratización habría dicho un par de palabras sobre el monumental fraude
electoral cometido por Maduro en las elecciones presidenciales de julio del
2024. Habría, además, exigido las actas electorales, y al tenerlas en su mano,
habría declarado presidente constitucional a Edmundo González. Habría, no por
último, buscado contacto con la líder María Corina Machado a la que apartó del
juego, primero con brusquedad, después, haciendo de presidente galán,
invitándola a conversar a cambio de la medalla Nobel.
Como “causa” de la extracción de Maduro, Trump siguió
hablando de la lucha en contra del narcotráfico a sabiendas que en esa materia
Venezuela está por debajo de otras naciones latinoamericanas, una mentira tanto
o más grande que las “armas de destrucción masiva” inventada por Bush Jr. al
invadir Irak. Las razones de esa nueva gran mentira, son obvias.
La “guerra al narcotráfico” otorgaba a los EE UU una carta
legal para actuar en Venezuela. El mismo Marco Rubio, aunque seguramente ni el
mismo la creía, repitió esa mentira cuando acudió al Senado a explicar el
proyecto en el que se inserta la intervención norteamericana. Dijo: “No fue la
ocupación de un país extranjero, sino una operación para arrestar a dos
personas buscadas por la Justicia de Estados Unidos”.
Las razones de Rubio
Rubio se limitó a dar a conocer las verdaderas razones de la
intervención norteamericana argumentando entre líneas. Dicho en modo de
síntesis: Venezuela debe apartarse de toda relación con “países enemigos” de
los EE UU como son Cuba, China, Irán e incluso Rusia.
Con el descabezamiento del régimen de Maduro, Trump mostró al
mundo que el propietario geopolítico del llamado Hemisferio Occidental es EE UU
y ningún otro país, tesis que aceptó su colega Putin cuando se limitó a hacer
solo un desabrido comunicado formal al criticar a la extirpación de su “amigo”
Maduro. Por eso, para los medios de comunicación internacional, la intromisión
norteamericana en Venezuela es considerada como la puesta en marcha de un
proyecto neoimperial a escala mundial.
No fue casualidad que casi inmediatamente después de la
extirpación del presidente anticonstitucional, Trump estableciera un pacto que,
de continuar en la forma armoniosa que se está dando, puede convertirse en una
alianza no táctica sino estratégica con la presidente interina Delcy Rodríguez.
Si ese vínculo intergubernamental estaba planeado con antelación, va a ser
difícil saberlo. Que el embajador ruso ante la ONU dijera que la extracción de
Maduro fue el producto de una “traición” es solo un indicio, no una prueba,
pues todos sabemos que el gobierno ruso miente sin descanso. Lo que sí podemos
visualizar es que el chavismo no es una roca monolítica como aparentaba ser
pues en su interior se cruzan distintas posiciones, algo que conviene tener muy
en cuenta si es que llega a darse el momento de una verdadera transición.
Delcy Rodríguez, recibiendo ordenes como dicen sus enemigos o
no recibiéndolas, al proponer la ley de amnistía general y cerrar al siniestro
Helicoide, puede llegar a ser la «héroe de la retirada» (Hans Magnus
Enzensberger) que necesita con urgencia Venezuela para avanzar hacia una verdadera
transición. Para quienes juzgan a las personas por su pasado y no por el
presente, recordemos que Gorbachov fue estalinista, de Klerk fue racista hasta
que conoció a Mandela, Modrov defendió el muro, pero después administró junto
con Kohl la unificación alemana, Balaguer fue brazo derecho de Trujillo, Adolfo
Suárez fue franquista, el general Mathei en Chile, leal a Pinochet, reconoció
los resultados del plebiscito justo en el momento en el que el dictador
planeaba quedarse en el poder mediante otro golpe de estado. Y no menos
importante, Eleazar López Contreras fue Ministro de Guerra y Marina de Juan
Vicente Gómez, e Isaías Medina Angarita Ministro de Guerra y Marina de
Contreras, ambos figuras claves en la transición de la dictadura gomecista a la
democracia venezolana del siglo XX: promotores de la libertad de prensa, los
partidos políticos y el fin de los presos políticos. A esa estirpe puede que
también pertenezca Delcy Rodríguez. No apoyar las medidas pre-transicionales
que impulsa Rodríguez, es colaborar con los «talibanes» que seguramente existen
al interior del chavismo.
La nueva alianza
La alianza, por el momento táctica, entre el gobierno Trump y
el gobierno Rodríguez, se ha dado sobre la base de intereses mutuos.
Naturalmente el régimen chavista quiso salvar su sobrevivencia y Trump no quiso
pagar el precio de desatar una guerra civil en Venezuela. La estabilidad
política que necesita Trump puede ser, en efecto, mucho más sólida bajo el
mandato de Rodríguez que bajo una eventual presidencia Machado-González.
Hasta ahora Trump y Rodríguez han actuado de un modo muy
racional y todo evidencia que ambos se entienden muy bien. En las palabras de
Rubio: “Una acción militar haría retroceder los otros objetivos. Eso no ayuda a
la transición ni a la recuperación”. Esa transición, según el mismo Rubio, será
dividida en tres fases: estabilización inmediata tras la salida de Maduro,
recuperación económica e institucional, y consolidación de una democracia
inclusiva.
La estabilización inmediata será un objetivo primordial. Como
argumentó Rubio: “Nos guste o no, el control de las armas y de las
instituciones gubernamentales está en manos del régimen”. Entre matarse y
negociar, ambos contendientes eligieron el camino de las conversaciones. Según
Rubio: “Hay algunos tropiezos y escollos, pero hemos establecido una relación
respetuosa y productiva en esta fase de estabilización”.
El proyecto de amnistía general y el muy simbólico cierre del
Helicoide apresurarán seguramente las relaciones positivas que se dan entre
Washington y Caracas. Sin sarcasmo podemos decir que, por el momento, y de una
manera absolutamente inesperada, el que rige en Venezuela es un gobierno
“chavotrumpista”, algo que ni la más febril fantasía habría podido imaginar
hace algunas semanas.
Surge la impresión incluso que la fase primera propuesta por
Rubio, la de la estabilización política, ya ha sido cumplida. Y de un modo
altamente satisfactorio para ambas partes. Sin embargo, Rubio dejó claro que
esa situación de compromiso mutuo puede romperse en cualquier momento si el
gobierno venezolano no acata la principal determinación de los EE UU, y ella es
la siguiente: Venezuela es y será parte del hemisferio occidental y deberá
aceptar la hegemonía militar, política y económica de los EE UU en la región
latinoamericana.
“En el pasado, Venezuela se había convertido en base de
operaciones para competidores y adversarios como Irán, Rusia y China, y en un
centro del narcotráfico vinculado a la FARC y el ELN”. (…) “Era un riesgo
estratégico para la región y para nosotros», recordó Rubio. Pues bien, con esas
frases, casi dichas al pasar, Marco Rubio reveló las verdaderas intenciones que
llevaron a la eliminación política de Maduro.
La extracción se produjo para cumplir al pie de la letra la
estrategia del gobierno de los EEUU elaborada por el Departamento de Estado.
Esa será la política internacional de Trump y también, seguramente, después de
Trump.
“Irán, Rusia y China siguen teniendo intereses en Venezuela,
y será fundamental mantener el aislamiento de estos actores para asegurar una
transición exitosa», indicó Rubio. Fue también una señal hecha a Cuba y
Nicaragua. Si esas naciones u otras permiten la apertura a estrategias de
potencias extranjeras (enemigas, dice Rubio) serán igualmente intervenidas.
Visto el tema en ese contexto, es posible pensar que los días de los gobiernos
de Díaz Canel en Cuba y de Daniel Ortega en Nicaragua ya están contados. A
menos, claro está, que se rindan ante las condiciones impuestas por Trump.
Puede que el inescrupuloso Ortega lo haga. Con los dirigentes cubanos, siempre
al borde de la locura, será más difícil.
La no incorporación del “factor Machado”
Desde esa misma perspectiva nos vemos en la necesidad de
afirmar un punto que tendrá mucha importancia para el futuro desarrollo
político de Venezuela; y es el siguiente: no fueron los llamados a la
intervención norteamericana, hechos por la líder María Corina Machado, las
razones que explican el derribamiento de Maduro, sino el cumplimiento de una
estrategia cuidadosamente elaborada por los estrategas norteamericanos del
Departamento de Estado y de los expertos internacionales que rodean al
gobierno, dentro de los cuales se cuenta el propio Rubio. Se trata de una
estrategia global destinada a marcar límites no traspasables por otras
potencias mundiales en la “era de los tres imperios”. Nos referimos, en fin, a
una estrategia regional, o si se prefiere, hemisférica, con relación a un país
poseedor del más geo-estratégico de todos los recursos terrestres: el petróleo.
Si Trump hubiera querido escuchar los llamados de Machado, la
habría incorporado desde un comienzo a sus planes. Ocurrió, sin embargo, lo
contrario: la mantuvo alejada de su entorno, e incluso se permitió, después de
la extracción de Maduro, afirmar que él no conocía a esa señora. Nunca, antes
de la operación militar hubo una comunicación directa entre Trump y Machado.
Claro está, afirmó Rubio, la líder opositora María Corina Machado «puede formar
parte» del proceso de transición. “Puede”, dijo. No dijo “debe”.
La estabilización política de Venezuela
Interesante: La tercera fase, la que para muchos es la más
importante, la ocupación geoeconómica de Venezuela fue puesta por Rubio, a
diferencia de las declaraciones de Trump, solo en un segundo lugar. Está claro:
Trump piensa en términos principalmente económicos y Rubio, como el político
profesional que es, piensa en términos políticos. No el aseguramiento de la
economía creará las condiciones políticas estables que necesita Venezuela sino
al revés: solo una política institucional estable creará condiciones para las
inversiones que requiere hacer Estados Unidos en el país. Los CEO’s de las
grandes petroleras así lo hicieron saber en su reunión con Trump. No es
casualidad. Apenas fue aprobada la ley de hidrocarburos, la que permitirá
traspasar proyectos de parte del sector privado y así facilitar la inversión
interna y externa, Delcy Rodríguez anunció la ley que otorgará una amnistía
general sin la cual ningún proceso de transición puede ser puesto en marcha. A
la vez -eso no lo dijo Rubio- la estabilidad política puede crear condiciones
para un reordenamiento político de la oposición de cara a la transición que deberá
tener lugar, tarde o temprano, en Venezuela.
Por ahora solo estamos en los prolegómenos de esa transición.
El oficialismo dictatorial está experimentado su propio proceso de transición y
seguramente la oposición también deberá amoldarse a las nuevas condiciones,
radicalmente distintas a las que prevalecían durante Maduro.
El actual momento no es épico. Es político.
*Fernando Mires (Santiago de Chile, 1943) es Profesor
Emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania, autor de numerosos artículos
y libros sobre filosofía política, política internacional y ciencias sociales.
En la imagen, Laura F. Dogu, Encargada de Negocios de la
Oficina de Asuntos Externos de los EE.UU. para Venezuela en su primera reunión
con la presidenta encargada, Delcy Rodríguez.
TOMADO DE TÓPICO ABSOLUTO.