A más de 50 años de este hecho que
marcó a los lusos, la memoria de la camarera que con un gesto casi romántico se
volvió un símbolo de la democracia mundial sigue vigente
Portugal es un país europeo que se cataloga
como pacífico y casi que pasa desapercibido entre los gigantes como España,
Francia o Alemania. Sin embargo, en 1974 la debacle de la dictadura
militar más longeva de ese continente se veía venir y puso a los lusos
en boca de todos. Una mañana, Celeste Martíns Caeiro se
levantó para ir al trabajo como lo hacía de forma habitual; no le llamó la
atención la soledad de las calles de Lisboa, ella quería llegar temprano al
café. Tras varios minutos de viaje, su jefe le pidió volver a casa: un
grupo subversivo había provocado un golpe de Estado y se comentaba
que iniciarían una transición a la democracia. La mujer quiso
ser parte de la historia y, cerca de los tanques de guerra que ocupaban el
centro de la capital, repartió los claveles que llevaba consigo.
Ese gesto enmudeció las armas listas para disparar y ya fallecida, pasó al
recuerdo como un símbolo de paz y fin del fascismo.
La Revolución de los Claveles:
momento primo
Corría el 25 de abril de 1974 y
los relojes de todo Portugal marcaban las 00.20, la hora acordada
para dar comienzo al levantamiento del Movimiento de las Fuerzas
Armadas (MFA), compuesto por grupos contrarios a la dictadura de António
de Oliveira Salazar, que llevaba casi cincuenta años en el poder y la había
vuelto la más longeva de toda Europa.
Al coincidir la hora exacta, la Radio Renascença inició con la emisión de la canción “Grândola, vila Morena” de Zeca Afonso, la señal que todo el MFA necesitaba para ocupar las calles de las ciudades más importantes de Portugal.
Con la orden general, los tanques
circularon y los soldados armados ocuparon puestos claves. Para ese entonces
pocas personas se percataron del suceso, ya que la mayoría dormía plácidamente.
Celeste Martíns Caeiro se levantó
temprano la mañana de ese miércoles, se calzó, eligió la ropa adecuada y el abrigo suelto
que servía de escudo frente al aire fresco de la incipiente primavera. Se
dirigió al metro y luego caminó hasta el café de la rua Braamcampen donde
trabajaba como camarera y guardarropa. A la misma vez que ella, solo un puñado
de personas se dejaban ver en la vía pública, no notó nada raro.
El silencio de Lisboa transmitió más
paz que antes. Pasadas las 9.00, llegó a su trabajo y con intranquilidad su
jefe reunió a todos sus empleados en el almacén. El 25 de abril el
local cumplía un año de aniversario y a modo de festejo repartirían
claveles rojos y blancos para las mujeres y una copa de vino para los hombres.
Pero nada de eso sucedió.
El café no abrió las puertas y
Caeiro, atormentada por la incertidumbre, quiso conocer más al respecto. El
dueño del bar obligó a todos a recoger un ramo de claveles y volver a
casa. El régimen había caído.
La Revolución de los Claveles: una
flor por cada fusil
Antes de las 10.00 salieron todos del café, Caeiro dio unos pasos por la rua Braamcampen y volvió al metro. Su alma curiosa y el rumor de que serían por fin una democracia la incentivaron a desoír la sugerencia de su jefe. Fue así como llegó hasta la Plaza del Rossio, justo al inicio del Largo do Carmo. En ese punto, los tanques de los sublevados aguardaban nuevas órdenes en una tensa espera desde la madrugada. “Me dije para mis adentros: si hay una revolución, yo quiero ver lo que está pasando”, dijo en 2014 a EFE.
Con 41 años, hija de una gallega y
perteneciente al Partido Comunista, Celeste Caeiro se aproximó hasta los
militares. Quiso conocer de primera mano lo que sucedía y un soldado
arriba de un tanque le confirmó lo que quería oír. El régimen carecía ya de
poder y estaban a la espera de avanzar hasta el Cuartel del Carmo, donde se
alojaba Marcello Caetano, el presidente heredero de Salazar.
“¿Tiene un cigarrillo?”, preguntó el representante de las
Fuerzas Armadas. En ese instante, Caeiro miró para todos lados, era muy
temprano, ningún local había abierto sus puertas y pocos civiles se atrevían a
circular. Entonces ella sacó del ramo un clavel rojo y se lo entregó. “Como soy
así tan pequeñita y él estaba encima del tanque, tuvo que estirar el
brazo, agarró el clavel y lo colocó en su fusil”, relató la protagonista.
Ese acto lo cambió todo. Su estatura
de metro y medio la hizo casi invisible entre los soldados que buscaban
derrocar a Caetano. Ella repartió todos los claveles con entusiasmo y, al
verla, los floristas de la zona corrieron a sus negocios, retiraron los
suyos e imitaron a Caeiro.
De pronto, la Plaza del
Rossio se volvió irracional. Parecía una escena quitada de la literatura,
escrita por un pueblo que añoraba la libertad y la conducción hacia un sistema
democrático. Los claveles adornaban los cañones de los fusiles y lo que pudo
ser terror terminó en una ceremonia para darle fin a un ciclo y recibir otro
nuevo.
Celeste Martíns Caeiro pasó a la
historia por ser la figura que transmitió calidez, esperanza y alegría en un
contexto convulso, donde la economía portuguesa se desmoronaba y la
crisis social era cada vez más notoria.
El 15 de noviembre de 2024,
la mujer que dio nombre a la Revolución de los Claveles murió en Lisboa
a la edad de 91 años. Su imagen, que aparece en murales de diferentes
ciudades, recuerda uno de los hechos más importantes para ese país en su
historia. Hasta sus últimos días luchó por la equidad y la justicia social,
reclamó una mejor pensión para los jubilados y una vida digna para ellos.
La dictadura de António de Oliveira
Salazar
El 30 de mayo de 1926 triunfó
el Pronunciamiento de Braga y dos días después la Primera
República cayó ante el golpe militar. El pueblo luso se sumió en una
dictadura que se centraba en el corporativismo, la enseñanza católica, el
control político y la censura. Hasta 1932, António de Oliveira Salazar ejerció
como ministro de Hacienda, pero debido a las implementaciones exitosas para
reordenar la economía, asumió el rol de Primer Ministro.
Con Salazar al mando, el Estado
Novo cobró mayor sentido. Él estiró su dominio hasta el 27 de julio de
1970, cuando murió. Luego tomó el control del gobierno Marcello Caetano.
Tras la Revolución de los Claveles, los militares enemistados con el régimen
acompañaron la transición hacia la democracia y el 25 de abril de 1975 se
celebraron elecciones en Portugal.
Tomado de La Nación / Argentina. En la imagen,
Celeste Martíns Caeiro coloca un clavel rojo en el fusil de un soldado como
muestra de apoyo y agradecimiento. (Fuente: Centro de Documentação 25 de Abril).