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25 febrero, 2026

La condena del recuerdo

Por Orlando Arciniegas *

Cuando David King (1943-2016) ─artista, escritor, diseñador gráfico y, sobre todo, coleccionista― fue por vez primera a Rusia en 1970 pidió ver fotografías de Trotsky. Por respuesta le dijeron que ya no existía ninguna de “ese fascista”. David había sido enviado por la revista _Sunday Times_, de Londres, con el encargo de investigar y, más que todo, fotografiar lo que habría de ser publicado el siguiente 22 de abril, en la ocasión del centenario de Lenin. Como David disponía de algún tiempo, y paciencia, siguió porfiando, pero la figura de Trotsky no aparecía por ningún lado. Insistían, eso sí, en mostrarle “cosas más interesantes”, pero él no abdicaba: “Sí, ¿pero ¿dónde está Trotsky?”. Y no había nada porque había sido borrado del mapa y, pronto advirtió, que no solo a él, sino a legiones de otros también. 

Esto impresionó tanto a David que dedicó una buena parte de su vida a investigar la vida de Trotsky, pero también de la Revolución Rusa, hasta llegar a recopilar una ingente colección de 250.000 fotografías, libros, revistas, periódicos, carteles, etc., que datan desde sus inicios hasta la era de Jruschov. Colección que conjuntó a la de la Guerra Civil Española, la de la República de Weimar, la China de Mao… hasta completar una inquietante memoria que sería luego adquirida por la _Tate Gallery_. David y Francis Wyndham, colega suyo del _Sunday Times_, con tanta información sobre Trotsky, decidieron publicar una biografía, con tal colección de fotos, que hizo que la obra resultara, inevitablemente, impactante. En 1972 se publicó con gran éxito.  

Esta memorable anécdota de David King, nos sirve para adentrarnos un tanto en un fenómeno corriente y, muy propio, de los regímenes comunistas: el de la reescritura de la historia, con el propósito expreso de desaparecer de su memoria a figuras “incómodas”. Por lo demás, nada nuevo. Los romanos, por ejemplo, reverenciaban el recuerdo familiar, sin duda uno de los valores más notorios de la sociedad romana. Se entiende, así, que condenar a alguien al olvido era una sanción aterradora. Este castigo, _damnatio memoriae_, era literalmente: *condena de la memoria*, esto es: condena a no haber existido. Nunca. Por lo que afectaba a cualquier forma de recuerdo: fuese en textos, grabados, pinturas, murales o estatuas, etc. Lo que se entiende mucho más devastador que una _capitis diminutio_. 

Los romanos concebían la historia como un libro de páginas, en el que las más oscuras podían ser arrancadas y sustituidas. Más o menos como parecen pensarlo los comunistas de estirpe estaliniana o putiniana, pese al buen número de fracasos hasta ahora cosechados. Trostky, el principal. Esta sanción imperial, grave de por sí, podía acompañarse de la _rescissio actorum_, que suponía la completa destrucción de la obra artística o política y quizá la peor la _abolitio nominis_, que prohibía el nombre del condenado y su pase a hijos y herederos. Con ambas se provocaba la muerte civil, y se aplicaron en los tiempos de la República tardía y el Imperio.  

Uno de los casos de mayor recuerdo fue el del trágico Marco Antonio (83 a.C─30 a.C), que, tras ser derrotado por Octavio ―más tarde Augusto― en Alejandría, en el 30 a.C., hubo de suicidarse, siendo sus estatuas derribadas por orden de su más poderoso enemigo, César Augusto (63 a.C─14 d.C.), heredero del César, y el primer gran emperador del Imperio Romano.  

El _damnatio memoriae_ era, pues, una herramienta legal propia del Senado y una forma que tenía la aristocracia romana de equilibrar el poder de los emperadores, los cuales debían pensárselo muy bien en vida, toda vez que fallecidos podían ser objeto de sanciones, que, como las señaladas, podían perfecta y de modo devastador,  arruinar y humillar a sus descendientes. El proceso, huelga decirlo, solía ir de la mano con la confiscación de los bienes y el destierro de su familia, sin que faltara la persecución y el exterminio físico o moral de sus seguidores.  

Sin embargo, muchos de los casos parecen haber sido obra de emperadores nuevos, quienes, frívolamente, represaliaban a antecesores, con los dichos castigos, con el solo afán de consolidarse en el poder. Curiosamente, cuando se quería desaparecer el legado de algún emperador ya condenado, si había algunas leyes suyas que valía la pena conservar, se atribuían a algún otro. Y asunto resuelto. 

En la Iglesia Católica, dado el peso que tiene la tradición romana, o porque, en definitiva, no hay grupo humano exento de malignidad, hay un macabro caso de aplicación del _damnatio memoriae_. Se trata de la acción judicial seguida en contra del papa Formoso, papa número 111, entre los años de 891 y 896, por el también papa Esteban VI, papa número 113, de 896 a 897, quien, para la aplicación del castigo, ordenó que el cadáver de Formoso fuese exhumado, después de nueve meses de fallecido, para enjuiciarlo por sus pecados. ¡Así mismo! 

El cuerpo de Formoso sería atado y sentado, con las vestiduras pontificias, ante un tribunal eclesiástico presidido por el mismo Esteban. Dada la dificultad de comunicarse con el muerto, y por la búsqueda de algún viso de legalidad, se le nombró un diácono de oficio para que hablara en lugar del difunto. En la coreografía poco debe haber dicho a su favor. A Formoso, Esteban lo acusó de ser un indigno servidor y de haber ejercido su papado de forma irregular (tal vez como un antipapa). Suficiente para que se le condenara y se declarase que todo lo hecho por Formoso debía quedar, de plano, como si no hubiese ocurrido. Se le aplicaba el _damnatio memoriae_ y se procedía a deshacer legalmente lo cumplido por Formoso. Y de paso, se le arrancaron de la mano los tres dedos con los que se acostumbra a bendecir. 

Tras la sentencia ―complétese, por favor, la lectura―, a la momia se la despojó de sus vestimentas y los símbolos del pontífice, y un grupo de soldados del ejército del Estado Pontificio procedió a arrojar el cadáver (lo que quedaba) del pobre Formoso a una inmunda fosa junto a otros cuerpos de ajusticiados. Luego, sería arrastrado y lanzado al Tíber… *El 14 de agosto de 897, un populacho estranguló a Esteban VI, a quien se debiera llamar sin más, “el Justiciero” *.

*Historiador. Profesor (J) de la Universidad de Carabobo.