Durante más de siglo y medio, Floreana fue una isla sin sus
grandes jardineras naturales; hoy, 158 jóvenes tortugas vuelven a caminar sobre
su suelo volcánico en un hito que puede cambiar el futuro del archipiélago.
Por Christian
Pérez*
*Redactor especializado en divulgación científica e
histórica.
La historia de las islas
Galápagos está marcada por la evolución, pero también por la pérdida.
Pocas imágenes simbolizan mejor esa tensión que la de una isla que recupera a
sus gigantes después de haberlos dado por extinguidos. Eso es exactamente lo
que acaba de ocurrir en Floreana, una de las islas más meridionales del
archipiélago ecuatoriano, donde 158 tortugas gigantes criadas en
cautividad han sido liberadas en un acontecimiento que los conservacionistas
califican ya de histórico.
Tal y como ha
adelantado la organización Galapagos Conservation Trust (GCT) en
un comunicado oficial, la suelta marca un “hito enormemente significativo”
dentro del ambicioso Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana. No se
trata solo de devolver una especie a su antiguo hogar: es el primer paso de un
plan que prevé reintroducir hasta 12 especies localmente extinguidas y que se
prolongará, al menos, hasta 2030.
Las protagonistas de este regreso son tortugas de entre 8 y 13 años, descendientes de ejemplares con una alta carga genética de la subespecie original de Floreana, Chelonoidis niger niger, considerada extinguida desde mediados del siglo XIX. Miles de individuos de esta tortuga recorrían la isla hasta que la sobreexplotación por parte de marineros y colonos —que las utilizaban como alimento en largas travesías—, junto con la introducción de especies invasoras, acabaron con ellas en las décadas de 1840 y 1850.
Durante más de 150 años, la Isla Floreana vivió sin su
especie emblemática. Sin embargo, la ciencia y la paciencia han tejido una
segunda oportunidad.
Un hallazgo inesperado en el volcán Wolf cambió el destino de
la especie
El punto de inflexión llegó en 2008. En el volcán
Wolf, en la isla Isabela, investigadores detectaron tortugas híbridas con un
alto porcentaje de ascendencia genética de la tortuga original de Floreana.
La explicación más plausible remite al siglo XIX, cuando balleneros y marinos
trasladaban tortugas entre islas como provisión viva. Algunas habrían sido
liberadas en Isabela, donde su linaje quedó diluido, pero no desapareció.
A partir de ese descubrimiento, comenzó un programa de cría
selectiva en la isla de Santa Cruz. Un total de 23 ejemplares con mayor
proximidad genética a la subespecie extinta fueron incorporados a un plan de
“retrocruza” destinado a recuperar, en la medida de lo posible, el legado
genético perdido. Tal y como ha revelado el propio GCT, el programa ha logrado
producir más de 600 crías hasta 2025, de las cuales varios centenares ya
presentan el tamaño y la robustez necesarios para sobrevivir en libertad.
El proyecto no ha sido improvisado. Está liderado por la
Dirección del Parque Nacional Galápagos y la Agencia de Bioseguridad y
Cuarentena para Galápagos, en colaboración con entidades como la Charles
Darwin Foundation, Fundación Jocotoco, Island
Conservation, la Durrell Wildlife Conservation Trust y
la Galapagos Conservancy, entre otras organizaciones
internacionales.
En este entramado de cooperación, GCT ha desempeñado un papel
clave durante dos décadas, apoyando estudios de base sobre disponibilidad de
alimento y prevalencia de enfermedades, financiando la restauración de
vegetación nativa y fomentando la implicación de la comunidad local, que apenas
supera los 160 habitantes.
Ingenieras del ecosistema: por qué su regreso lo
cambia todo
Las tortugas gigantes no son un símbolo turístico más. En
términos ecológicos, son auténticas arquitectas del paisaje. Los expertos las
describen como “ingenieras del ecosistema”: al desplazarse, pastar y revolcarse
en zonas húmedas, abren claros en la vegetación, facilitan la germinación de
nuevas plantas y dispersan semillas a grandes distancias.
Su ausencia durante más de un siglo alteró profundamente la
dinámica natural de Floreana. La isla, una de las primeras habitadas por
humanos en Galápagos,
sufrió la introducción de cabras, cerdos, burros, gatos ferales y roedores.
Estos animales no solo compitieron por recursos, sino que depredaron huevos y
crías de especies endémicas, acelerando un colapso silencioso.
No fue hasta finales de 2023 cuando se ejecutó una ambiciosa
campaña de erradicación de especies invasoras. Tal y como indica el comunicado
de GCT, la eliminación de la mayoría de las ratas y gatos ferales ha tenido
efectos casi inmediatos: recuperación de poblaciones de aves como el pinzón
terrestre pequeño, aumentos significativos en caracoles y reptiles nativos, e
incluso el redescubrimiento de especies que no se observaban desde hacía décadas.
En ese contexto, la reintroducción de las tortugas supone
mucho más que una restitución simbólica. Es la pieza que faltaba para reactivar
procesos ecológicos interrumpidos desde el siglo XIX.
Un proyecto que mira 20 y 40 años hacia el futuro
El regreso de las tortugas no responde únicamente a una
voluntad de reparación histórica, sino a una planificación científica de largo
recorrido. La selección de áreas de liberación ha tenido en cuenta la
disponibilidad de agua y alimento en escenarios futuros, incluyendo
proyecciones climáticas a varias décadas vista.
El objetivo es garantizar que estos animales, que pueden
superar los 100 años de vida, encuentren un entorno capaz de sostenerlos a
largo plazo. Las tortugas gigantes de Galápagos figuran entre los
vertebrados terrestres más longevos del
planeta. Algunos individuos históricos alcanzaron edades cercanas a
los 170 años, un recordatorio de que las decisiones actuales tendrán
consecuencias durante generaciones.
Además, el Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana
contempla la reintroducción de otras especies desaparecidas localmente, como el
sinsonte de Floreana o determinadas serpientes y aves endémicas. Cada paso se
apoya en estudios de hábitat, gestión adaptativa y participación comunitaria.
Para la pequeña población humana de la isla, el retorno de
las tortugas también abre oportunidades económicas vinculadas a un ecoturismo
más sostenible y a la creación de empleo en conservación y seguimiento
científico. La restauración ambiental y el desarrollo local ya no se conciben
como objetivos contrapuestos, sino como procesos interdependientes.
Un símbolo global de restauración insular
Islas de todo el mundo comparten una vulnerabilidad
particular frente a las especies invasoras y la presión humana. Por eso, el
caso de Floreana trasciende las fronteras ecuatorianas. Tal y como subraya el
comunicado oficial, este momento ofrece esperanza no solo para Galápagos, sino
para proyectos de restauración insular a escala global.
La imagen de las primeras 158 tortugas avanzando lentamente
sobre el terreno volcánico resume décadas de trabajo silencioso: análisis
genéticos, erradicaciones complejas, reforestaciones pacientes y una red de
colaboración internacional poco habitual en proyectos de conservación.
A partir de ahora, comienza una nueva fase: seguimiento
constante, evaluación del impacto ecológico y futuras liberaciones en etapas
sucesivas. Porque, como recuerdan los responsables del proyecto, este no es el
final del camino, sino el principio de un compromiso compartido que puede
redefinir la relación entre humanidad y naturaleza en uno de los laboratorios
evolutivos más célebres del planeta.
Tomado de Muy Interesante. Foto: Marlon del Aguila / iLCP /
Jocotoco.