La historia la honraría como Catalina la Grande. Nació en
Prusia, en Pomerania, parte hoy de Polonia, el 2 de mayo de 1729, en el seno de
una familia prusiana, noble, pero sin mayor fortuna. Hija del príncipe Cristián
Augusto de Anhalt-Zerbst (1690-1747) y de la princesa Juana Isabel de
Holstein-Gottorp (1712-1760). Catalina fue llamada al nacer Sofía Federica
Augusta von Anhalt-Zerbst, nombres que dejaría atrás, al entrar en la corte
rusa, y a medida que se hacía cada vez más rusa que prusiana. Su matrimonio se
concertó con el duque Karl Peter von Holstein-Gottorp (1728-1762), nieto del
apodado Pedro el Grande ―Pedro I de Rusia o Pedro I Alekséievich― en agosto de
1745, en la bella ciudad de San Petersburgo, que fundara el grande,
occidentalizado y más destacado Pedro de la historia rusa, perteneciente a la
dinastía Romanov.
El 5 de enero de 1762, el prusiano nieto de Pedro el Grande pasaría a ser el emperador Pedro III de Rusia, a sus 34 años, tras la muerte de su sofisticada tía, la hermosa zarina Isabel I de Rusia, o Isabel Petrovna Románova, a sus 52 años, el 25 de diciembre de 1761, según el calendario juliano, que lo había escogido como heredero. Isabel I, la segunda hija de Pedro el Grande, gobernó y defendió las reformas de su padre, con “mano de hierro”, y fue la emperatriz rusa entre 1741 y 1761; siendo además su legado, un enorme y costoso guardarropa, una colección de amantes enriquecidos, una afición por los bailes franceses y un escaso interés por los asuntos públicos.
Pedro y Catalina eran una pareja desavenida. De caracteres
contrapuestos, nunca hubo entre ellos amor, ni comprensión ni interés del uno
por el otro. Al contrario, según se dice, hubo sí, una marcada hostilidad. Los
separaba la inestabilidad mental de Pedro y su frialdad conyugal. Catalina,
mejor educada e inteligente, despreciaba las infantiles aficiones de Pedro de
entretenerse a solas con sus soldaditos de plomo, la idolatría por el prusiano
Federico II el Grande de Prusia, con quien selló la paz, al ascender al trono
en 1762, lo que enfureció a la nobleza rusa y facilitó el golpe de Estado de su
esposa Catalina.
Mientras esto era lo que hacía Pedro III, Catalina llenaba
sus intereses con sus aficiones intelectuales, su gusto por las relaciones
sociales y su ambición de ser un gran estadista. Un lugar especial en su vida
lo ocuparon sus múltiples amantes, de los cuales dispuso para el logro de sus
ambiciones y la realización de una sexualidad desembozada, que fue un escándalo
en su medio y para la época.
Este matrimonio disfuncional, cuya duración fue de 17 años,
terminó con la conspiración que depuso a Pedro III en junio de 1762. Este, en
medio de la guerra con Prusia ―la guerra de los Siete Años―, firmó la paz con
Prusia, anulando las ganancias rusas, mientras dejaba ver sus planes de guerra
contra Dinamarca, lo que indignó al ejército. Sus actitudes extravagantes y sus
deseos de cambiar la religión del Estado, fomentaron la conspiración, pues puso
en su contra al clero ortodoxo. Catalina misma asumió el complot. Pedro sería
arrestado y, luego, obligado a firmar su abdicación en favor de Catalina.
El golpe de Estado contra Pedro III de Rusia ocurrió el 28 de
junio de 1762, con el apoyo de la Guardia Imperial y la nobleza. El 12 de
julio, se produjo la abdicación. Moriría poco después en cautiverio. Su muerte
oficial fue por almorranas, pero la investigación posterior se inclina por el
crimen. Estos acontecimientos allanaron el camino para que Catalina se
convirtiera por mucho tiempo en el único gobernante de Rusia. Un papel estelar
en todo este cambio de poder correspondió, en aquel momento, al príncipe
Grigory Orlov (1734-1783), jefe militar y principal amante de
Catalina.
Catalina fue coronada formalmente como emperatriz regente el
22 de septiembre de 1762 en la catedral de la Asunción de Moscú con el nombre
oficial de Catalina II de Rusia. Para su coronación se confeccionó la Corona
Imperial Rusa, que se convirtió, desde entonces, en la lujosa corona de los
soberanos rusos. Después de la caída de la monarquía en 1917, la Corona pasó a
formar parte de los tesoros nacionales de Rusia; en la actualidad, se la exhibe
en el Museo del Kremlin, en Moscú, como un orgullo también de los famosos
orfebres de la época.
Fue Catalina la emperatriz reinante de Rusia durante 34 años
y 142 días, desde el 28 de junio de 1762 hasta su muerte, a los 67 años. Su
fallecimiento ocurrió el 17 de noviembre de 1796, en San Petersburgo, durante
el Imperio ruso. Sucedió en el poder a su marido. Durante su largo reinado se
inspiró en las ideas de la Ilustración. Rusia experimentó un renacimiento de la
cultura y las ciencias, que condujo a la fundación de muchas nuevas ciudades,
universidades y teatros, que, junto con una inmigración a gran escala desde el
resto de Europa, elevó a Rusia, desde el siglo XVIII, como una de las grandes
potencias de Europa.
Historiador. Profesor (J) de la Universidad de Carabobo.