Se cortó el
pelo, usó disfraces y cazó uno a uno a los 10 asesinos de su hija. La historia
de una madre coraje.
Tamaulipas,
en México, no es un lugar para débiles. Alejandra Salinas vivía
allí, y era una joven de 16 años con toda la vida por delante. Hasta que el 23
de enero de 2014 su rastro se esfumó. No
fue una desaparición voluntaria, fue un secuestro “express”. Dos
hombres le cerraron el paso cuando caminaba y se la llevaron. Sus padres
pidieron un crédito al banco y pagaron el rescate. Siguieron las instrucciones
telefónicas de los secuestradores, dejando el dinero en una bolsa, cerca del
centro de salud que indicaron.
Pero
Alejandra nunca regresó. Los secuestradores ya la habían asesinado. Pero
eso se sabría años después.
Miriam era su madre. Como las autoridades no hacían nada, hizo lo que muchas familias en México: buscar por su cuenta. Se cortó y cambió el pelo, se hizo pasar por encuestadora y funcionaria electoral para conseguir nombres y direcciones.
Con una
paciencia de cazadora, Miriam localizó primero el destino final de su hija: una
fosa clandestina donde una bufanda y un resto óseo confirmaron el
horror. “Ese día Miriam murió con Alejandra. Lo que quedó después fue un
soldado” comentaría más tarde su hijo Luis con una mezcla de orgullo y
tristeza.
Creó una red
de informantes. Durante 3 años utilizó técnicas de inteligencia que
habrían fascinado a cualquier analista de campo. Llamaba a las oficinas de
registro civil -fingiendo ser una tía lejana- para obtener actas de nacimiento
de los sospechosos. Contactaba con empresas de servicios para verificar
domicilios. Vigilaba durante semanas, durmiendo en su coche, comiendo lo
necesario, hasta que tuvo la certeza absoluta.
A partir de
ahí, la lista de sospechosos se convirtió en su única razón de vivir.
No perdía de vista a las madres de los sicarios, sabiendo que incluso el más
sanguinario vuelve a casa por una comida caliente. Engañaba a los cómplices
menores haciéndoles creer que ya sabía todo. Ellos, en su miedo, rellenaban los
huecos de su investigación.
Un oficial de
policía que recibió las denuncias recordó que “Miriam no traía pistas. Nos daba
el expediente completo, la dirección exacta y el momento justo para
actuar. No nos dejaba margen para excusas”.
Los primeros
en caer fueron Uriel Soto de 19 años, y Josué Zapata de 18. Ambos
revelaron que fue asesinada inmediatamente después del secuestro y dieron los
nombres de las personas que cometieron el crimen.
Siguió con el
tercero al que encontró en un taller mecánico. A otro lo localizó trabajando
como vendedor de flores. “Me miró a los ojos y supe que sabía quién era yo”
relató Miriam a una amiga. Después vinieron el taxista y el vendedor de coches.
Y una mujer que se dedicaba a cuidar niños.
Tras
interminables años de juicios, 10 personas acabaron donde tenían que estar: en
la cárcel. Miriam había llegado demasiado lejos y temía por su vida. Pidió
protección al Estado. Una y otra vez. Nunca llegó.
En marzo de
2017 se escaparon 20 presos del penal de Tamaulipas, donde estaban los asesinos
de Alejandra. Semanas después, el día de la madre en México, tres de ellos
mataron a tiros a Miriam, llegando a su casa. Su marido oyó los disparos y la
encontró boca abajo en la calle. Recibió 12 disparos. Murió de camino al
hospital, sin poder apretar el botón de pánico que el gobierno le había dado.
Dos meses
después, sus asesinos fueron capturados. Uno de ellos murió en el
enfrentamiento con la policía.
Hay una
placa en honor a esta madre valiente: “Aprendí que el coraje no es la
ausencia de miedo sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es aquel que
no siente miedo, sino el que conquista el miedo”.
“La muerte de
Miriam tiene que servir de algo. Tanto dolor tiene que llevar a algún lado”
reflexiona su familia. Ojalá.
Tomado de
Artículo 14 – Periodismo por la igualdad - / España.