Esther Mobilia 23.01.26
En el contexto de nuestra historia,
hasta ahora habíamos visto los toros desde la barrera. Y es que, mientras una
buena parte de las repúblicas latinoamericanas —y de manera más específica en
el Caribe y Centroamérica— tuvo entre los siglos XIX y XX una relación compleja
con Estados Unidos, para nuestro país este último había asumido una posición
mediadora en momentos críticos como la crisis por el control del Esequibo
frente a los británicos (1895) y el bloqueo de las costas venezolanas,
promovido fundamentalmente por el Reino Unido y Alemania (1902-1903). Todo esto
cambió tras el 3 de enero de 2026. Visto desde esta perspectiva, quizá la
canción de Bad Bunny, Lo que le pasó a Hawái, tenga más cosas que
decirnos en el contexto de la historia de nuestra región y de la
reconfiguración de la hegemonía estadounidense.
Solo observando de manera cercana lo sucedido en la primera mitad del siglo XX podemos entender lo que significa la construcción del poder de Estados Unidos. Nuestros vecinos nos servirán de ejemplo: la ocupación de Cuba y el establecimiento de un protectorado (1898-1934); la incorporación de Puerto Rico como un Estado Libre Asociado y lo que esto representó en términos de su soberanía hasta el presente (algo que Bad Bunny reivindica en su álbum Nadie sabe lo que va a pasar mañana); la creación de Panamá (1903) y el control sobre el canal interoceánico; la ocupación de Haití (1915-1934); y el control sobre República Dominicana (1916-1924), solo por mencionar algunos eventos. Todos ellos nos enseñan cómo la política agresiva de los Estados Unidos, en una etapa de su historia en la que la carrera por el control de territorios, mercados y recursos pasaba por la intervención militar y territorial, mantuvo con respecto a Venezuela una relación diversa.
Durante estas etapas, mientras tenían
lugar estos sucesos en el Caribe, en Venezuela la dinámica fue diversa. Estados
Unidos había asumido un rol de mediador, no de potencia agresora, como había
demostrado en reiteradas ocasiones a lo largo del continente, lo cual permitió,
al menos para los venezolanos, menos resentimientos y más oportunismo en lo que
concierne a las relaciones con este Estado. Quizá el punto más álgido se
produjo en 1908, momento en el que Washington consideró la posibilidad de
intervenir en Venezuela, pero Juan Vicente Gómez (quien fuera el hombre de
confianza del derrocado Cipriano Castro, muy cercano a los capitales
extranjeros y dispuesto a otorgar concesiones para la explotación de
hidrocarburos) logró mediar en el medio de la crisis gracias a sus contactos
internacionales. Con la llegada al poder del «Benemérito», la relación entre
ambos países fue mucho más fluida. Venezuela contaba con hidrocarburos y con
Gómez, energía y paz para poder desarrollar los negocios. De esta manera, los inversionistas
podían obtener los beneficios que requerían para mantener funcionando el
entramado industrial y económico, no solo estadounidense sino también europeo,
resultante de acuerdos creados con compañías procedentes del Reino Unido y los
Países Bajos, por ejemplo. Juan Vicente Gómez construyó las condiciones para el
desarrollo de este modelo basado en concesiones petroleras y se convirtió en lo
que Carlos Rangel define como un «dictador consular» al servicio de los
intereses de las empresas extranjeras, a través de un esquema de apertura hacia
afuera y controles hacia adentro. Quizá Gómez no era la primera opción, pero en
el caso de Venezuela se convirtió en la alternativa más viable cuando de
negocios se trataba. Washington y Caracas saben de eso.
En Venezuela no hubo lamentos sino la
aspiración de modernizar la sociedad teniendo como modelo a Estados Unidos,
quien no era el agresor, ni el interventor; era el promotor. No se perdieron
territorios, hubo pocos lamentos y las denuncias por la injerencia
estadounidense en la región eran limitadas, circunscritas a ciertos sectores de
izquierda, muchos de ellos en la clandestinidad. Y luego de 1933, con la
llegada de Franklin D. Roosevelt a la presidencia y su intento de suavizar la
cara agresiva de Estados Unidos con la Política del Buen Vecino, ser
«proyanqui» no era solo una necesidad impuesta sino un modo de vida. En
Venezuela, como nos dice Bad Bunny, no se soltó la bandera ni se olvidó
el lelolai; aquí abiertamente recibimos los cambios con la idea
de construir un modelo alternativo en donde no se dejaba de lado la
venezolanidad, sino que se potenciaba con las virtudes del modelo liberal. Una
empresa ambiciosa, sobre todo cuando la constante hemisférica no era esa. Y en
alguna medida el modelo tuvo un asidero en la clase empresarial y en los
sectores directamente beneficiados de la renta petrolera, muy cercanos al
modelo estadounidense y a sus modos de vida. La Venezuela moderna era posible,
los traumas pocos, las inversiones abundantes. Y es así como nos creímos
excepcionales, y en alguna medida lo fuimos. Para nosotros Estados Unidos no
nos amenazaba, nos daba la oportunidad de ser parecidos a ellos, una vitrina
destinada a mostrar cuán prósperos y grandes podíamos ser.
Incluso en nuestro presente, la idea
de «hacer a Venezuela grande de nuevo» seduce a más de uno, a pesar de que las
señales nos indican los peligros de ello. Una vez más confiamos en nuestra
excepcionalidad, porque «no nos va a pasar lo que le pasó a Hawái». Cantaremos
la canción, celebraremos al cantante y al género. Nos sentiremos parte del
sentimiento caribeño, pero con sus límites; Estados Unidos no es el agresor.
Sin embargo, la política exterior del Estado y la idea de Donald Trump de ser,
tal como mencionó en su discurso inaugural, “más excepcionales que nunca”, no
deben tomarse a la ligera. Esta es la reafirmación del uso de todos los medios
del Estado para el logro de sus objetivos, especialmente en política exterior y
lo que esto nos dice de las relaciones con sus vecinos americanos. De ahí que
Bad Bunny pudiera estar dándonos luces de un proceder que parecía cosa del
pasado, de las potencias imperialistas de los libros de historia, de
intervenciones como las de los Balcanes, el reparto de África, las Guerras del
Banano, etc., pero que resultan más presentes y tangibles de lo que solo hace
unos meses atrás se podría haber imaginado.
«Quieren quitarme el río y también la
playa» ya no es
un verso de una canción en la lejanía. Es un recordatorio de lo que podríamos
estar viviendo o empezando a vivir. Y a lo largo de todas las estrofas, en el
caso de Hawái resulta clara la advertencia a no perder la soberanía e identidad
de una nación, especialmente en el marco de sus retos actuales derivados del
alto costo de la vida y del impacto del cambio climático y la gestión de
desastres. Y junto con ello, el ejemplo de Puerto Rico no está muy lejos,
especialmente porque el esquema de dependencia ha representado la subordinación
en los ámbitos político y legal. Más aún, el hecho de pertenecer a Estados
Unidos, sin alcanzar el rango de estado dentro de la Unión ha creado
incertidumbres históricas y ha depositado en el gobierno federal estadounidense
un control sobre una buena parte de los asuntos de la isla. De ahí que la
denuncia muestra un anhelo por construir una relación con Washington que
garantice un equilibrio entre los diversos factores. No siempre es sencillo,
así como tampoco lo ha sido para las minorías de tierra firme. Pero en el caso
que nos compete, y de ahí lo didáctico del ejemplo hawaiano y puertorriqueño
para los venezolanos, no que hay dejar de lado lo que pudiéramos estar
dispuestos a pagar al dejar el control de los asuntos nacionales en manos de un
tercero, lo cual no deja de lado el complejo escenario de las décadas
recientes, con una administración que ha cometido errores de inmensa magnitud,
seguido por el deterioro sistemático de nuestro nivel de vida, el trauma vivido
por millones de venezolanos tanto dentro como fuera del país y lo que todo eso
nos dice de la degradación de una sociedad que apostó por el enamoramiento
político antes que a la razón.
Identificar estas complejidades es
solo un primer paso. Comprender cómo los hilos del poder se construyen es parte
de la tarea de los especialistas, pero también de los ciudadanos. El propósito
no es hilar con esto un discurso vacío que se use para captar electores
ingenuos cuando se atribuye al sujeto extranjero las razones de todos los males
nacionales. La idea es poner en perspectiva lo que estamos dispuestos a
sacrificar como nación, más allá de medallas, si no tenemos cuidado en qué tipo
de relación estamos construyendo con uno de nuestros más cercanos aliados,
especialmente cuando los venezolanos tenemos la profunda aspiración de fundar
un modelo diverso al que hemos tenido en nuestro pasado reciente.
Desafortunadamente, la historia nos ayuda a comprender que no siempre los
cambios se producen de la forma ni en los tiempos en los que las sociedades
inicialmente los concibieron.
Una cosa es cierta, con el evento del
3 de enero algo cambió. Ese día la historia de Venezuela dejó de ser
excepcional en una dimensión de su relación con Estados Unidos para parecerse
un poco más a lo que nuestros vecinos caribeños y centroamericanos han
experimentado a lo largo de las décadas. De ahí que lo que Bad Bunny nos recita
sobre Hawái y Puerto Rico, y el control por parte de una potencia extranjera,
deja de ser un relato ajeno para convertirse en un referente para comprender
nuestro presente y proyectar el futuro, al menos en el mediano plazo. Los
espejitos de colores pueden ser atractivos hasta que dejan de serlo. Quizá los
venezolanos tengamos que preguntarnos qué significa ser grandes y cómo esto se
compagina con ser, finalmente, libres.
La República – Tomado de PolitikaUcab.