Mark Carney fue uno de los primeros oradores en el Foro
Económico Mundial y advirtió sobre el poderío económico de ciertos países que
depredan a otros más chicos; además criticó la postura del presidente de EE.UU.
de avanzar sobre Groenlandia
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, dio el
martes por la tarde un encendido discurso en el Foro
Económico Mundial de Davos en el que cuestionó el
poderío económico de las grandes potencias mundiales como Estados Unidos, China
y Rusia, y advirtió que gracias a ello “depredan” a las potencias más chicas. “Debemos
actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”,
señaló.
En medio de una fuerte tensión mundial con la amenaza de
Trump sobre Groenlandia, las revueltas en Irán, la guerra en Ucrania,
la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y la crisis en
algunos países de África, Carney eligió hablar sobre la que llamó
“la ruptura del orden mundial”, con el foco puesto en la avanzada de diferentes
naciones sobre otras. “Las grandes potencias no tienen freno”, aseguró.
El premier identificó que como consecuencia de una serie de crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas, las grandes potencias rompieron el orden institucional establecido con la intención, ante todo, de beneficiarse ellas mismas, dejando atrás la cooperación internacional que se basaba en beneficios mutuos.
En ese sentido, reconoció que a lo largo de la historia,
Canadá se benefició de la “hegemonía estadounidense”, pero señaló que
ahora el país deberá alejarse de aquella relación dado que el mundo “ha dado
un giro” e instó a países ricos como el suyo, pero que no son grandes
potencias, a trabajar juntas en la defensa de un orden internacional basado en
normas.
Cabe señalar que el presidente de Estados Unidos había
mencionado tras su asunción la necesidad de anexar a Canadá, lo que
devino en una serie de fuertes críticas por parte de las autoridades
canadienses, algo que volvió a retomar en las últimas horas tras un posteo
en Truth Social en donde compartió un mapa con la bandera
estadounidense flameando no solo en territorio de EE.UU. sino también en
Canadá, Groenlandia y Venezuela.
Sobre este asunto, Carney se expresó directamente y lo
relacionó con el tema central de su discurso. Sostuvo que Canadá “apoya
firmemente” a Groenlandia y Dinamarca, y subrayó que tienen “derecho
exclusivo” a decidir su futuro. Asimismo, planteó que el sistema de gobernanza
global liderado por Estados Unidos no volverá a ser como antes después de
Trump.
“Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos
algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir
nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo
elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a
cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros”, manifestó Carney.
El discurso completo de Mark Carney
“Es un placer —y un deber— estar con ustedes en
este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.
Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del
fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la
geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.
Pero sostengo, aun así, que otros países —en
particular las potencias medias como Canadá— no están indefensos. Tienen
el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el
respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la
soberanía y la integridad territorial de los Estados.
El poder de los menos poderosos comienza con la
honestidad.
Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de
rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está
desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren
lo que deben.
Este aforismo de Tucídides se presenta como
inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose.
Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para
encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre
seguridad.
No lo hará.
Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un
ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla:
¿cómo se sostenía el sistema comunista?
Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana,
este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los
países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para
evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada
tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.
No solo mediante la violencia, sino mediante la
participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son
falsos.
Havel llamó a esto “vivir dentro de una
mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la
disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad
proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar
—cuando el verdulero quita su letrero— la ilusión empieza a resquebrajarse.
Ha llegado el momento de que las empresas y los países
retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo
que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus
instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su
previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores
bajo su protección.
Sabíamos que la historia del orden internacional
basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían
cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica.
Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la
identidad del acusado o de la víctima.
Esta ficción era útil, y la hegemonía
estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas
marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo
a marcos para resolver disputas.
Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos
en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la
retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser
directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En
las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética
y geopolítica— dejó al descubierto los riesgos de una integración global
extrema.
Más recientemente, las grandes potencias
empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como
palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como
vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del
beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en
la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que
se apoyaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura de
la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas.
Como resultado, muchos países están llegando a las
mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en
energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este
impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de
energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen,
debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de
fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Y hay otra verdad: si las grandes potencias
abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas
su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más
difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus
relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre.
Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía —una
soberanía que antes estaba anclada en normas—, pero que estará cada vez más
anclada en la capacidad de resistir la presión.
Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero
ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede
compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que
cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la
fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva.
La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no
es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La
pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si
podemos hacer algo más ambicioso.
Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de
atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura
estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que
nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente
prosperidad y seguridad ya no es válida.
Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander
Stubb ha denominado “realismo basado en valores” —o, dicho de otro modo,
aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso
con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la
prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta
de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el
progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los
socios comparten nuestros valores.
Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma
estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como
es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está
calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores.
Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia,
dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego
de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros
valores, sino también del valor de nuestra fuerza.
Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi
gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias
de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras
federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de
dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores
comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030,
y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales.
Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior.
Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea,
incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa.
Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro
continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos
concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos
negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y
Mercosur.
Para ayudar a resolver problemas globales, estamos
impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes
asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de
la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a
su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a
Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el
futuro de Groenlandia.
Nuestro compromiso con el Artículo 5 es
inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el
Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza,
incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del
horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre.
En el comercio plurilateral, estamos impulsando
esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión
Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En
minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7
para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado.
En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última
instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores.
Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es
depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen,
asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para
actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es
crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la
cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades
futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en
la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir
solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para
dictar condiciones. Las potencias medias no.
Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un
hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece.
Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía.
Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los
países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse
para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge
del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la
integridad y las normas seguirá siendo fuerte —si elegimos ejercerlo juntos.
Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para
las potencias medias “vivir en la verdad”?
Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el
“orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se
anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más
poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma
de coerción.
Significa actuar con coherencia. Aplicar los
mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la
intimidación económica que viene de una dirección, pero guardan silencio cuando
viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos
creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está
desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen.
Y significa reducir la palanca que permite la coerción.
Construir una economía doméstica fuerte debería ser
siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es
solo prudencia económica; es la base material para una política exterior
honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios
reduciendo su vulnerabilidad a represalias.
Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una
superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos
la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están
entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital,
talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión.
Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.
Canadá es una sociedad pluralista que
funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los
canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable
y fiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones
a largo plazo.
Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo
que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos
que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal
como es.
Estamos quitando el letrero de la ventana. El
viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es
una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo
mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias,
que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más
tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros
también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la
realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese
es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un
camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con
nosotros".
Tomado de LA NACION / Argentina.
