El premio Pulitzer, especialista en la historia de la
CIA, cree que el mayor peligro para la seguridad de Estados Unidos es Trump.
Por Blas Moreno
Solo es cuestión de tiempo que Estados Unidos sufra un
desastre de inteligencia. No será un nuevo 11S, probablemente no se parecerá a
nada que hayamos visto antes. Pero quizá esté ocurriendo ya. Y si ocurre,
Donald Trump intentará aprovecharlo para avanzar con su agenda autoritaria.
Esta es la sombría premisa que defiende Tim Weiner (Nueva York, 1956), veterano
periodista de The New York Times y premio Pulitzer por su
trabajo sobre los servicios de inteligencia estadounidenses.
Weiner acaba de publicar La
misión (Editorial Debate), su crónica sobre la historia de
la CIA en los últimos veinticinco años. Sirve de continuación del ya
clásico Legado de cenizas (2007, misma editorial), que repasa
las luces y sombras de la agencia desde su fundación en 1947 hasta el fin de la
Guerra Fría. El nuevo libro es un detallado repaso sobre los muchos fracasos, y
algunos éxitos fulgurantes, de una CIA que entró en el siglo XXI sufriendo su
mayor golpe, el 11S, y quedó desacreditada tras afirmar, sin pruebas, que el
Irak de Sadam Huseín tenía armas de destrucción masiva.
El mensaje de fondo es una advertencia sobre los peligros de
poner la ideología por delante de una información de inteligencia rigurosa. Fue
lo que llevó a la guerra de Irak, lo que impidió acabar antes con Osama Bin
Laden y lo que está llevando a Trump a una escalada bélica con Venezuela.
Pero la CIA sigue siendo uno de los mayores instrumentos de
poder de Estados Unidos, y está sufriendo como pocas instituciones el asalto de
Trump. ¿Qué papel juega la CIA en la política exterior trumpista? ¿Puede
resistirse a su deriva autoritaria? ¿Sobrevivirá a un presidente que odia la
agencia e intenta destruirla? Entrevistamos a Weiner a finales de octubre en
las oficinas del Instituto Aspen en Madrid, durante su visita a España para la
promoción de su libro.
PREGUNTA – Afirma usted que la mayor amenaza actual a la seguridad nacional de Estados Unidos es Donald Trump. Si el peligro más grave para el país es su propio presidente, ¿está la CIA pasando por su momento más delicado en lo que va de siglo?
RESPUESTA – Hemos pasado diez años preguntándonos cuál es la
naturaleza del extraño romance de Trump con Vladímir Putin. ¿Es un agente de la
Federación Rusa?, ¿es un tonto útil? Creo que ahora tenemos la respuesta: no es
un agente ruso. Es un aliado de Rusia. Trump está tratando de imponer a Ucrania
un acuerdo basado en los términos rusos. No ha autorizado el envío de ni una
sola bala para Ucrania: las armas que Estados Unidos ha entregado estos últimos
meses fueron autorizadas por Joe Biden. Está recortando la asistencia militar a
los socios de la OTAN justo cuando necesitan unirse para ayudar a Ucrania.
La Casa Blanca se ha unido al eje autoritario. Los sistemas
que Estados Unidos y sus aliados crearon después de la Segunda Guerra Mundial
están siendo derribados por Trump. Es una novedad profundamente
desestabilizadora y provocará un caos peligroso para todo el mundo. Trump
también está destruyendo deliberadamente las capacidades de inteligencia del
Gobierno estadounidense, lo que aumenta el riesgo de que el país sufra un
ataque o una crisis catastrófica.
—¿Por qué quiere Trump destruir a la CIA, cuando podría
usarla para consolidar su giro autoritario?
—Quiere destruir la CIA porque la odia y le tiene miedo. La
CIA, junto con el FBI, encontró pruebas irrefutables de que Vladímir Putin
interfirió en las elecciones de 2016 para que Trump fuera elegido. Desde
entonces, Trump ha estado en guerra contra la CIA, el FBI y otras agencias de
inteligencia que señalaron la colaboración entre el Kremlin y el equipo de
campaña de Trump. No creo que el presidente sea un agente reclutado por Rusia.
Pero si lo fuera, ¿actuaría de manera muy diferente?
“El director de la CIA está ahí para implementar la venganza
de Trump contra la agencia”
Claro que el problema con la política exterior de Trump no es
solo su connivencia con Rusia. Su errática agenda incluye castigar a los
aliados de Estados Unidos, cortejar a líderes autoritarios —incluidos de países
hostiles a Washington— y forzar acuerdos apresurados a través de la presión
económica y el chantaje. Si puede, además, intenta beneficiar sus propios
intereses personales. ¿Qué papel juega la CIA en todo esto?
Weiner recuerda que la agencia “es la ejecutora de la
política exterior estadounidense. Suele hacer exactamente lo que el presidente
le pide”. Pero, dadas las circunstancias, la agencia tratará de resistir
“órdenes insensatas o contraproducentes”. “La CIA tiene muchas maneras de decir
que no. Rara vez se opone frontalmente al presidente. Pero es un aparato
burocrático como cualquier otro. Si recibe una orden inviable o incómoda, puede
marear la perdiz: tener muchas reuniones, demorarse en sus análisis y al final
no hacer nada”, comenta.
Sin embargo, la capacidad de la CIA para resistirse se está
reduciendo a medida que el Gobierno transforma la agencia desde dentro. Trump
ha nombrado para los más altos cargos de la estructura de seguridad e
inteligencia del país a personas más conocidas por su lealtad a él que por su
capacidad para el puesto. Pete Hegseth, el secretario de Defensa —o de Guerra,
como pretenden renombrar al Departamento—, es un antiguo presentador de la
cadena Fox. Aunque no tiene experiencia en la Administración, dirige el Pentágono,
uno de los organismos públicos más grandes del mundo. Tulsi Gabbard, la
directora nacional de inteligencia, supervisora de todas las agencias de
espionaje del país, es una teórica de la conspiración simpatizante del Kremlin
y la Siria de Bashar al Asad.
Para dirigir la CIA, el presidente escogió a John Ratcliffe,
un congresista republicano de Texas sin relación previa con el mundo de la
inteligencia. Durante sus años en el Congreso, Ratcliffe destacó por ser uno de
los legisladores más conservadores y cercanos a Trump. El nuevo director de la
CIA ha impuesto exámenes
de lealtad ideológica a los nuevos reclutas en los que se les pregunta
si son votantes de Trump, si creen que Biden robó las elecciones de 2020 o cuál
es su opinión sobre el asalto al Capitolio. Además, han sido despedidos un
número indeterminado de agentes, incluida la
analista senior para Rusia que supervisó el informe que demostraba la
injerencia rusa en las elecciones de 2016.
Ratcliffe también ha suprimido la política de diversidad de
la CIA, que obligaba a la agencia a reclutar a agentes afroamericanos o de
origen árabe o asiático, por considerarla woke. Pero
esta práctica no trataba sólo de abrir oportunidades laborales a las minorías
étnicas. Como dice Weiner en su libro, “enviar a un grupo de blancos a espiar
en lugares como Somalia, Pakistán o China no es muy profesional […]. La CIA
necesita desesperadamente espías capaces de mezclarse con la población local en
tierras extranjeras” y que tengan “un buen dominio de las lenguas y culturas de
los países a los que han sido destinados”. Según un agente de la CIA retirado
que Weiner cita en el libro, “la diversidad es la principal fuerza de la
agencia. Es nuestra mejor carta. Es la razón de que no nos pillen”.
“Solo es cuestión de tiempo que Estados Unidos sufra otro
desastre de inteligencia”
—¿Cómo impacta todo esto en el trabajo de la CIA?
—La crisis en la CIA hoy es una crisis de liderazgo. John
Ratcliffe no tiene apoyo interno. No es sólo porque promulgue políticas
terribles. Cuando eres el director de la CIA, pides a tus agentes que hagan
cosas inmorales —mentir, engañar y robar— al servicio de su país. Para tener la
autoridad moral necesaria para pedirles esas cosas, debes ser intachable. Pero
todo el mundo en la agencia que no sea un acólito MAGA sabe para qué está
Ratcliffe ahí: es el encargado de implementar la venganza de Trump contra la
CIA.
El resultado de esta purga ideológica es la destrucción de
las carreras de los agentes más experimentados. Es un estúpido despilfarro de
capital humano; se están perdiendo miles de años de experiencia y
conocimientos. Lo que ha sucedido en la CIA en los últimos nueve meses, los que
Trump lleva en el poder, es equivalente a lo que sucedió en los nueve años
posteriores al colapso de la Unión Soviética. Entonces también abandonaron la
agencia montones de agentes curtidos porque al acabar la Guerra Fría se dijo:
“¡misión cumplida!”. La CIA perdió un cuarto de su capital humano, las personas
más experimentadas.
Aquel exceso de confianza, la ceguera estratégica de los años
noventa, llevó a los atentados del 11S de
2001 y el desastre posterior. La CIA no estaba preparada para el mundo
posterior a la Guerra Fría. La agencia llegó a advertir hasta 36 veces al
entonces presidente George W. Bush de que Al Qaeda preparaba un ataque contra
Estados Unidos. Pero los agentes no fueron capaces de concretar el cuándo, cómo
y dónde, y de todas formas Bush no hizo caso. Desde que llegó a la Casa Blanca
en enero de ese año había estado obsesionado por otra idea: derrocar al
dictador de Irak, Sadam Huseín.
Bush forzó al entonces director de la CIA, George Tenet, a
que buscara indicios de que Huseín tenía armas de destrucción masiva, que nunca
encontraron porque no existían. No importó: Estados Unidos invadió Irak en 2003
y se empantanó en una
guerra que manchó su imagen internacional, desestabilizó Oriente
Próximo y dio alas al yihadismo. Centrada en perseguir a Sadam, la
Administración Bush desechó varias oportunidades de acabar con el líder de Al
Qaeda, Osama bin Laden, al que más tarde se perdió la pista. Bin Laden se
escondió entre Afganistán y Pakistán y no fue eliminado hasta 2011, ya durante
la presidencia de Barack Obama. Tenet diría después que, en septiembre de 2001,
estaban “lejísimo de entender a Al Qaeda”.
Por el camino, la CIA se transformó: pasó de ser una agencia
de espionaje clásico a una fuerza paramilitar antiterrorista. La CIA nunca
había detenido e interrogado a prisioneros: su labor era recopilar información.
Pero la “guerra contra el terror” lo justificó todo: crear cárceles secretas
por medio mundo, de Polonia a Tailandia, torturar prisioneros o lanzar una
campaña de asesinatos selectivos con drones por todo Oriente Próximo. Estos
métodos brutales, lejos de ayudar a Washington a combatir el yihadismo,
contribuyeron a propagar sus ideas. Según Weiner, Bush “despilfarró la
autoridad moral” de Estados Unidos. Años más tarde, un diplomático
estadounidense destinado en Irak durante la ocupación reconocería que “no
sabíamos contra quién luchábamos”.
Weiner cree que la erosión actual de la CIA puede provocar
otro terrible fracaso como el del 11S: “El estado de ánimo en la agencia es
bajo. Las personas que conozco dentro piensan que sólo es cuestión de tiempo
que Estados Unidos sufra otro desastre de inteligencia”. ¿Cuál es el escenario
que la CIA más teme? “Lo que los agentes de la CIA más temen, tanto los que
siguen en servicio como los retirados, es volver a una situación como la del
verano de 2001: saber que algo terrible va a pasar y no poder identificarlo a
tiempo. Cuando la inteligencia tiene éxito —y a veces lo tiene—, puede salvar
vidas. El verano pasado, en agosto de 2024, la CIA desarticuló un
complot de un grupo afiliado a Dáesh para atacar un concierto de
Taylor Swift en Viena. Si el ataque hubiera tenido éxito habrían muerto miles
de personas”.
No es el único éxito de la CIA en lo que va de siglo. Diez
años después del 11S, la agencia logró encontrar y asesinar a Osama Bin Laden
en Pakistán. Para ello, abandonó la contrainsurgencia de los años de Bush y
volvió a su misión clásica: el espionaje. Para finales de los años 2000, dice
Weiner en su libro, “la CIA había empezado a conocer a su enemigo. […] Pero no
habían sido las torturas ni los drones los que habían dado un giro total a la
situación”. Para encontrar a Bin Laden, la CIA llevaba reclutando agentes de Al
Qaeda en Pakistán desde 2006.
Pero el mayor logro reciente de la CIA ha sido penetrar en
las más altas esferas del poder en Rusia, descubrir la intención de Putin de
invadir Ucrania en febrero de 2022 y anunciarlo al mundo. Infiltrarse en el
Kremlin había sido el mayor objetivo de la agencia desde su creación en 1947,
en los albores de la Guerra Fría. La decisión de la Administración Biden de
difundir públicamente esta información de alto secreto desde semanas antes de
la invasión no frenó el ataque ruso. Pero sí ayudó a los ucranianos a
prepararse, fomentó la unión de los aliados de la OTAN y desmontó las falsas
narrativas rusas sobre la guerra.
“Las consecuencias de esta autoinmolación estratégica se
sentirán durante años”
¿Podría la CIA en los tiempos de Trump prevenir un
ataque como el 11S? Weiner es claro: “su capacidad para hacerlo se está desmoronando.” Sea
como sea, el próximo golpe no se parecerá a los anteriores. Podría, incluso,
“estar ocurriendo ahora mismo”. Rusia, dice Weiner, “está en guerra con las
democracias de toda Europa, una guerra híbrida de asesinato, subversión,
sabotaje, espionaje y soborno para promover a la ultraderecha en Europa”. Un
ejemplo es la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia, que comparte con
Trump el ser “racista y nacionalista cristiana”, y además ha recibido dinero de
Moscú. Lo mismo ocurre con La Liga en Italia o la extrema derecha británica.
“Mucho depende de lo que suceda en Ucrania. Trump cree que a Putin se le debe
permitir quedarse con lo que ha conquistado. Si eso sucede, ¿crees que Putin se
detendrá allí? No”.
—La cercanía de Trump con Rusia y su politización de
la inteligencia estadounidense no sólo están dañando a la CIA por dentro.
También está erosionando su legitimidad exterior. ¿Está la CIA teniendo
problemas para trabajar con agencias de inteligencia de países aliados?
—Absolutamente. Hace sólo unos días, Países Bajos anunció que
va a dejar de compartir inteligencia con la gente de Trump. Los neerlandeses
tienen uno de los mejores servicios de inteligencia del mundo: fueron los
primeros en descubrir que los rusos estaban hackeando el sistema político
estadounidense en 2016. No quieren compartir su inteligencia con Estados Unidos
porque se ha roto la confianza. Y si Países Bajos lo ha anunciado públicamente,
sospecho que otros aliados europeos lo estarán haciendo en privado.
Las purgas internas, la desmoralización, la falta de
estrategia a largo plazo, la erosión de las relaciones con agencias de países
aliados… Los enemigos de Estados Unidos deben estar viendo la crisis de la CIA
como un regalo caído del cielo, y aprovechándolo. Sin embargo, Weiner cree que
no todas las consecuencias de lo que llama una “autoinmolación estratégica” se
apreciarán enseguida. Podrían tardar años en afectarnos.
—¿Cómo ve China esta crisis? Lleva décadas
preparándose, infiltrándose y recopilando información de inteligencia para
usarla contra Estados Unidos.
—Los estadounidenses llamaron al siglo XX el siglo
estadounidense. Estoy seguro de que los chinos piensan que el siglo XXI será
chino. Tanto los rusos como los chinos pueden señalar lo que está sucediendo en
Estados Unidos y decirle al resto del mundo: “¿Veis?, la democracia no
funciona. Se necesita un hombre fuerte para liderar un país”. El resto del
mundo podría acabar convenciéndose de que tienen razón.
La democracia es frágil. Nos enfrentamos a una muerte
lenta de la democracia liberal y el surgimiento de una tecnocracia
autocrática. Multimillonarios de derecha controlan la información que recibes y
tienen a sueldo a senadores y congresistas. Para decirlo en términos
anticuados, controlan los medios de producción, y el producto es la
información. No quiero vivir en un mundo dirigido por tecnobros multimillonarios.
—La CIA sirve al presidente. Pero Trump rechaza los análisis
de inteligencia que no le convienen. En junio, cuando Estados Unidos bombardeó
tres instalaciones del programa nuclear de Irán, Trump anunció que había
destruido el proyecto iraní de la bomba. Poco después Jeffery Kruse, el
director de la DIA, la agencia de inteligencia militar del Pentágono, le
contradijo: todos los indicios apuntan a que el programa nuclear iraní no ha
sido destruido, solo dañado, y puede que tarde solo meses en recuperarse. Kruse fue despedido.
—Richard Helms, director de la CIA de 1966 a 1973, dijo una
vez: «si no se nos cree, no tenemos propósito».
—Otro de los conflictos en los que Trump no se cree lo
que le dicen sus espías es Venezuela. Un informe en abril desmentía que
Nicolás Maduro, el dictador venezolano, tenga contactos con el Tren de Aragua,
una organización criminal. También es falso que Venezuela sea el origen de la
droga que llega a Estados Unidos o que esta circule por el Caribe: la cocaína
viene de Colombia, Ecuador o Bolivia, el fentanilo sale de México, y se envían
sobre todo a través del Pacífico. Pero Trump ha usado estos pretextos
para escalar
la tensión con Venezuela en las últimas semanas.
—Los jesuitas decían que hay dos tipos de ignorancia. Está la
ignorancia invencible: aquellas cosas que nunca sabrás porque los caminos de
Dios son inescrutables. Y luego está la ignorancia vencible: las cosas que
puedes saber, que incluso necesitarías saber, pero no quieres conocer porque
resulta demasiado difícil. Cosas que decides voluntariamente ignorar.
La ignorancia vencible ayuda mucho a explicar las guerras de
Vietnam e Irak y esta escalada en el Caribe. El presidente está desechando la
inteligencia que dice que Venezuela no está en guerra con Estados Unidos,
porque no quiere saber la verdad. Las acciones encubiertas sin buena
inteligencia son una receta para el desastre.
—Sobre todo cuando tu presidente autoriza a la CIA a hacer
operaciones encubiertas, y lo
anuncia públicamente… ¿Qué pretende hacer Trump en Venezuela?
—En principio, derrocar a Maduro.
—Pero la CIA no tiene medios para hacerlo por sí sola,
¿no? Sería necesario recurrir a los militares…
—Podrían intentarlo. Maduro no está en una posición de
poder. Robó las últimas elecciones, todo el mundo lo sabe. Su economía está en
crisis. La líder de la oposición, María Corina Machado, acaba de ganar el
Premio Nobel de la Paz e inmediatamente pidió a Trump que invadiera su país, lo
cual es una posición inusual para alguien que acaba de recibir un Nobel de la Paz...
Si Estados Unidos invade Venezuela puede derrocar a
Maduro en cuestión de días o unas pocas semanas. Pero el costo será la vida de
cientos de civiles inocentes y la instalación de un nuevo Gobierno por la
fuerza. Será otro capítulo infeliz en la historia de los cambios de régimen
instigados por Washington.
—Está aplicando en el Caribe la misma lógica de la guerra
contra el terror.
—La invasión de Panamá de 1989 es el ejemplo que más se
acerca. Pero sí, tienes razón al señalar esa conexión. Trump está usando el
lenguaje de la guerra contra el terror no solo contra presuntos
«narcotraficantes» en el Caribe, sino también contra la oposición dentro de
Estados Unidos. Afirma que los estadounidenses que se oponen a él son
terroristas antifa o
marxistas lunáticos. No, no lo son. Son personas normales como tu abuela.
Cuando Estados Unidos lanzó su guerra contra el terror,
terminó en guerra consigo mismo. Los departamentos de policía y la Guardia
Nacional de todo el país recibieron excedentes de equipamiento militar
—tanques, vehículos blindados, lanzamisiles—, y ahora patrullan las ciudades
estadounidenses como si estuvieran en Faluya. Si llamas terrorista a todo el
que no te gusta, la palabra pierde su significado.
—Ya que mencionaba antes la ignorancia vencible, ¿fue eso lo
que le pasó a Israel con el ataque de Hamas del 7 de octubre? ¿El Mosad no lo
supo ver venir?
—Creo que pasarán años antes de que comprendamos todo el
trasfondo de aquello. Pero la evidencia que conocemos hasta ahora apunta a que
Benjamin Netanyahu ignoró las advertencias. Y lo hizo por motivos políticos: ha
lanzado esta guerra y perpetrado este genocidio con el único propósito de
permanecer en el cargo y frenar su juicio por cargos de corrupción, por los que
merece ser condenado.
¿Qué haría Trump si el país sufre un gran fallo de
inteligencia? Weiner cierra su libro planteando ese escenario sombrío:
“Imaginémonos lo que podría ocurrir si un nuevo ataque terrorista golpease los
Estados Unidos. ¿Qué impediría al presidente declarar la ley marcial o cancelar
las elecciones?” No es el único autor en advertir sobre esa posibilidad. La
politóloga Barbara Walter, autora de Cómo empieza una guerra civil y
cómo evitar que ocurra (Ediciones Península, 2025), cree que
Trump podría usar el pretexto de una guerra como la de Venezuela o una crisis
interna para imponer la ley marcial y cancelar las elecciones de medio mandato
de 2026.
¿Está Trump erosionando deliberadamente a las agencias
de inteligencia para provocar este fallo de seguridad? Weiner cree que no, “no es tan
inteligente, no es un pensador estratégico. Trump no juega al ajedrez
tridimensional”. Pero, sin duda, está erosionando la democracia en Estados
Unidos. Weiner cree que el fin de la democracia representativa en Estados Unidos
es una fuerte posibilidad. Y si sobrevive, “reparar el daño que Trump ha hecho
llevará muchos años”.
—¿Qué pasaría si el presidente le pide a la CIA que
haga algo ilegal o en contra de su propósito como, por ejemplo, asesinar a un
oponente político o atacar al Gobierno de un país aliado de Estados Unidos en
Europa? ¿Haría la agencia eso?
—Espero que dijeran no a un asesinato. Sin embargo, la
respuesta honesta es esta: alguien le preguntó una vez a Zhou Enlai qué pensaba
de la Revolución francesa. Zhou dijo: «Es demasiado pronto para saberlo».
—¿Sobrevivirá la CIA a Trump?
—Sí, sobrevivirá, de la misma manera que el Coliseo
sobrevivió a la caída del Imperio romano. Seguirá ahí, pero en parte estará en
ruinas.
Tomado de EOM (El Orden Mundial).