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24 noviembre, 2025

OPOSICIÓN SOBERANA

Hubo países con fracturas mayores a la nuestra (y mucho más sangrientas). Hubo sociedades más postradas que esta Venezuela revuelta de hoy. Y consiguieron salir adelante. ¿Por qué no nosotros?

Por Enrique Ochoa Antich* / Opinión

Hay una oposición entreguista y tutelada. Ésa que cae de hinojos a las puertas del Departamento de Estado clamando por una invasión militar gringa de su propio país. Ésa que se aposta en la Avenida Pensilvania frente a la Casa Blanca desgañitándose:

—One favor, Mr. Trump, please…!

Al final, allá en el norte los desprecian. Causa asco y repugnancia tanta obsecuencia. El César ama la traición, pero odia a los traidores. Ésta es la oposición de la vergüenza. Rubor causará a los venezolanos del mañana. 

No obstante, hay, o puede haber, otra: la oposición soberana. Una idea hegemoniza su conducta: cuando está amenazada, la patria se defiende, sin ambages, sin esguinces, sin equívocos.

Es una oposición de Estado, no una oposición _oposicionista_, como la otra. Combina con sabiduría su condición impugnadora del orden de cosas existente: el partido-Estado, la partidización de la Fuerza Armada, la persecución a la disidencia, la destrucción del salario, la devastación económica y social de la nación, con su postura inequívoca de defensa de la soberanía nacional.

Es soberana porque no sólo repudia todo tutelaje exterior sino que se niega a aceptar que los venezolanos seamos tutelados a lo interno por un régimen proto-totalitario de partido-Estado que quiere derivar en un sistema de partido-Estado-sociedad propio de los fascismos corporativistas: ya no se controlan sólo los Poderes Públicos, la Fuerza Armada, las policías y toda la administración pública convirtiéndolos en piezas subalternas del engranaje partidista, sino que quiere hacerse lo mismo con la sociedad civil: sindicatos, comunas, gremios, organizaciones no-gubernamentales, universidades autónomas, etc.

Los soberanos queremos una unidad nacional pero no alrededor de un gobierno, de una ideología, o de un caudillo (vivo o muerto). La patria no es de nadie. La patria somos todos. Los soberanos exigimos una apertura democrática a lo interno (la libertad de los presos políticos, por ejemplo), no sólo porque ello facilita la unidad que se requiere para defender la nación sino porque así se ayudaría a descombustionar la opinión pública al interior de los EEUU, víctima de esa campaña infame de acuerdo a la cual Venezuela ya no es una república sino un territorio confiscado por una banda criminal de narcoterroristas (prédica originada también en el discurso vil de la oposición extremista). Los soberanos defendemos la soberanía nacional pero sin desplantes y con los pies en la tierra: aplaude que EEUU y Venezuela puedan resolver sus diferencias por la vía diplomática y no con la guerra, y constata que Venezuela, dada su ubicación geopolítica, está destinada a tener con la gran potencia del norte una relación política, económica y comercial privilegiada.

Esta oposición soberana es plural y diversa, claro está. Por tanto, en ella hay matices. Me parece que el más notable es el de quienes, a mi modo de ver, cometen la dramática equivocación de condicionar la defensa de la soberanía nacional a los asuntos domésticos. Algo así como un soberanismo condicional. Parecen decir: “Si desde el gobierno se persigue a sus adversarios, si hay presos políticos, si el salario ha dejado de existir, si el ingreso de los venezolanos no se incrementa de modo sustancial, no podemos defender la soberanía nacional”. Trágico error pues eso equivale a decir: “Si no me das lo que exijo no defiendo _tu_ soberanía”. Convierten la patria en patrimonio chavista. No. Con presos políticos, incluso con un régimen dictatorial si fuese el caso, y con hambrientos y sin educación y salud públicas que merezcan llamarse tales, en cualquier circunstancia se defiende la soberanía nacional porque ésta condiciona todo lo demás y si la mayor potencia del mundo la amenaza, armada hasta los dientes, con sus misiles, destructores y portaaviones a pocas millas de nuestro mar, hay un deber histórico esencial que es anterior a todo: defender este pedazo de tierra que llamamos patria.

Los venezolanos podemos, a condición de mirar al futuro con audacia. Los venezolanos podemos ganarnos nuestro derecho de residencia en la tierra si nos empinamos sobre nosotros mismos, todos, gobernantes y opositores, sin exclusiones (excepto la de los autoexcluidos) y si, con sentido de Estado y de nación, somos capaces de desbrozar un camino a mediano y no a corto plazo. Que el pasado no sea esa obsesión traumática cargada de cuentas pendientes que no nos deja avanzar. Que la mujer de Lot no nos represente. Que la reconciliación y el perdón sean para los de un lado y para los del otro. 

Hubo países con fracturas mayores a la nuestra (y mucho más sangrientas). Hubo sociedades más postradas que esta Venezuela revuelta de hoy. Y consiguieron salir adelante. ¿Por qué no nosotros?

*Dirigente político independiente. Escritor.