Fue en marzo de 2010 cuando científicos alemanes
identificaron un nuevo tipo de humano que vivió en Asia hasta hace entre 30.000
y 48.000 años. Pero esta historia, necesariamente, se remonta al 2008, el año
en que arqueólogos rusos, trabajando en la cueva Denísova, en el sur de
Siberia, Rusia, descubrieron un hueso diminuto: la punta del dedo meñique que
atribuyeron a un ser humano (una niña) que vivió, o en todo caso murió allí,
decenas de miles de años atrás. El fragmento óseo fue muy apreciado, desde el principio,
por lo bien conservado que se veía. Esto daba a sus descubridores la esperanza
de que contuviera ADN intacto, como para ser objeto de análisis. Como en efecto
ocurrió.
Un equipo de genetistas dirigido por Johannes Krause, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) logró extraer 30 miligramos de hueso y de allí suficiente ADN arcaico para su secuenciación genética (de cerca de 20.000 genes). El equipo pudo entonces descifrar el genoma mitocondrial completo, quedando sorprendidos por el hallazgo. El ADN encontrado no coincidía con el de los humanos modernos, homo sapiens, ni con el otro candidato posible, los neandertales. Así que, por simple descarte, pertenecía a un nuevo linaje humano, y había que ponerle un nombre. Denisovanos fueron llamados en honor a la cueva rusa de origen.
Nueve meses más tarde, el equipo genetista aumentó las
sorpresas: el genoma nuclear completo del meñique permitió conocer que los
denisovanos eran un grupo hermano de los neandertales, que, como se sabe,
vivieron más en Europa que en Asia, por miles de años. A eso le siguió el
descubrimiento de una muela identificada como denisovana, inusualmente grande,
a diferencia de las de sapiens y neandertales. Y para convencer a escépticos,
si aún quedaban, el equipo genetista informó que las personas que viven actualmente
en las islas de Nueva Guinea y Bougainville, en el suroeste del océano
Pacífico, a unos 8.500 kilómetros de la cueva de Denísova, heredaron entre el 4
% y el 6 % de su ADN de los enigmáticos denisovanos. Como evidencia
incontrovertible del cruzamiento genético entre especies de homínidos
arcaicos.
Estudios posteriores, por ejemplo, uno adelantado por la
Universidad de Brown ―de la Ivy League―, en Providence, Rhode Island, EE.UU., y
publicado en _Science_, se centró en una variante genética, derivada de los
denisovanos, que está presente en latinoamericanos modernos con ascendencia
indígena americana, y a la que se atribuye un refuerzo de su sistema
inmunitario. Igualmente, ha ocurrido con una versión de un gen llamado EPAS1,
adquirido de los denisovanos, que podría haber ayudado a los sherpas (grupo étnico
que vive entre Nepal y el Tíbet) y otros tibetanos a adaptarse a las grandes
altitudes. Todo lo cual nos indicaría que los hallazgos tuvieron continuidad
sin que alcanzaran la espectacularidad de su primer momento.
Los científicos dicen que la frecuencia con la que aparecen
tales genes en las poblaciones humanas modernas sugieren que han estado bajo
una importante selección natural, permitiendo pensar, a su vez, que han
proporcionado igualmente alguna ventaja de supervivencia o de reproducción a
quienes son sus portadores. Lo cierto es que, durante más de una década, los
denisovanos fueron apenas un nombre en la ya amplia familia genealógica de los
humanos. Y a diferencia de sus más conocidos hermanos neandertales, de quienes
se han hallado cráneos completos y esqueletos en diversas partes tanto de
Europa como de Asia, de ellos apenas se tenía, aunque completa, y, a partir de
2010, su huella genética. Pero la escasez de fósiles, nos había privado por
completo de conocer su apariencia y otros detalles. Vacío que se cree empezó a
cambiar a partir del hallazgo de un fósil extraordinario, el “cráneo de
Harbin”, y uno de los más completos jamás hallados.
El hallazgo de este cráneo, sorprendentemente completo, que
tiene de por sí una historia que contar, fue recuperado en 2021 por científicos
chinos, que establecieron su plena condición de fósil humano. La denominación
que se le diera entonces fue la de _Homo longi_, y apodado “el hombre dragón”.
Ambos nombres se inspiraron en la región del río Long Jiang Dragon, del noreste
de China, donde se produjo el hallazgo. Cuya antigüedad, estimada, es de al
menos 146.000 años, y que nos revela tanto su morfología como su existencia en
el contorno del Asia Oriental, durante el Pleistoceno. Si bien en un principio,
el “hombre dragón” llegó a considerarse como una nueva especie humana
característica de Asia, los estudios posteriores, del más alto nivel
científico, con la presencia del genetista sueco y Nobel de Medicina, Dr.
Svante Pääbo, han permitido establecer, tal como fuera anunciado el miércoles
18 de junio de 2025, que se trata de un denisovano.
Acerca de la calidad del fósil, recogemos aquí las palabras
que expresara el profesor Chris Stringer, del Museo Natural de Londres, quien
hizo parte del grupo de investigación: *“En términos de fósiles en el último
millón de años, este es uno de los más importantes descubiertos hasta ahora” *.
*HISTORIADOR.