Cambiar de opinión es aceptar que la verdad evoluciona, igual
que nosotros.
En tono cariñoso, mi madre solía decirme que “las
opiniones son como los ombligos: todo el mundo tiene uno. Pero eso no
significa que tengas que enseñarlo a todo el mundo”. Y tenía razón. En la era
de las telecomunicaciones y las redes sociales, tendemos a pensar que dar
nuestra opinión debe ser algo tan natural como respirar. Parece imposible que
alguien diga, sin rastro de ironía en la voz: “yo de esto no sé, así que no voy
a opinar”.
Saber sobre algo ni siquiera es necesario para opinar en el siglo XXI. Puedes hacer alarde de tu ignorancia en 280 caracteres en cuestión de segundos, y habrá quien te aplauda. Las noticias falsas corren como la pólvora y la verdad ya no está de moda. Y en esta era en la que los hechos están en crisis, cambiar de opinión es imperdonable.
Pareciera que en el siglo XXI naciéramos, desarrolláramos una
opinión sobre todo (incluso sobre aquello que desconocemos), no la cambiáramos
en ninguna circunstancia, y después muriéramos. El ciclo de la vida ha
cambiado, pero las grandes mentes de la historia, como la de Daniel Kahneman,
nos recuerdan que no tiene por qué ser así, que podemos cambiar de opinión.
El sesgo de confirmación
Qué maldita esta mente nuestra que nos traiciona. En su
libro La vacuna contra la insensatez, el filósofo José Antonio
Marina reflexiona sobre la inteligencia humana, que, si bien parece ser la más
avanzada del reino animal, está lejos de ser perfecta. Nuestra
inteligencia está construida sobre sesgos, fallos de fábrica, que nos hacen
cometer insensateces.
Algo similar descubrió el Premio Nobel de Economía, Daniel
Kahneman, en sus investigaciones. Aferrarnos a nuestras opiniones,
lejos de hacernos fuertes, nos debilita y nos expone aún más a los
fallos de nuestra mente. Y es que, según Kahneman, es importante relativizar
porque nada
es tan grave cuando parece cuando lo piensas.
El cerebro, sin embargo, está configurado para
aferrarse a ciertas verdades. Si, como Descartes, asumiéramos que lo
único que podemos saber a ciencia cierta es que pensamos y, por tanto,
existimos, enloqueceríamos. Necesitamos tener certezas, cimentan nuestra
identidad.
“Soy una mujer, de 30 años, mi camiseta es roja, vivo en
Madrid, esta ciudad me gusta, creo en la igualdad”. Todas las verdades,
cada opinión, cimenta un pedazo de tu identidad. Y sin darte cuenta,
te aferras a ellas para no dejar de existir. Tu cerebro, de hecho, solo
recopila la información que te confirma. El resto, lo deshecha.
Estás atrapada en el sesgo de confirmación, ignorando la otra
mitad, creyendo que tu opinión es la única correcta, sin darte cuenta de que,
en realidad, no existen opiniones correctas e incorrectas. Solo hechos y
conclusiones. Y hasta estos pueden cambiar. De hecho, lo hacen, a un ritmo
vertiginoso.
Aferrarse a las opiniones
Te aferras a tus opiniones y entonces… ¿Qué? Tu ego
te engaña. Te hace creer que las personas a tu alrededor hacen las cosas
por hacerte daño. Que no te llaman porque te ignoran. Y tú no lo pones a
prueba.
Crees, además, que solo eres buena en tu trabajo actual,
aunque no te guste. Y que, si no te compras una casa con piscina, jamás serás
feliz. Opinas que tu vecina, de una ideología política diferente a la tuya, es
una idiota. Y no merece la pena hablar con ella, ¿para qué, si no opináis lo
mismo?
Opinas que tu jefe jamás te daría un ascenso, y como lo
crees, tu cerebro no hace más que recopilar información que lo confirma. Y poco
a poco, tus decisiones, relaciones y hasta tu identidad se ven afectadas por
creencias basadas en hechos parciales, en circunstancias concretas de hace 20
años.
Pero como no has entrenado a tu mente para cambiar de
opinión, todo esto pasa a ser parte de la realidad. Luego debates con tus
amigos sobre un tema banal, sobre si las obras de tu pueblo están bien o mal
planteadas, y sois capaz de gritaros improperios en defensa de la opinión.
Una lección que lo cambia todo
La realidad es que no has aprendido una de las lecciones de
vida más importantes, la que Daniel Kahneman nos regaló en su obra. Porque
según el premio nobel, “la lección más importante de la vida es que debemos
estar lo suficientemente abiertos para cambiar de opinión”.
Lo suficiente como para desafiar las creencias que nos
constituyen, para poder evolucionar y crecer. De lo contrario, estamos
condenados a la infelicidad y al fracaso. Porque, como también me decía mi
madre: “Nadie nace sabiendo”.
*Redactora especializada en estilo de vida, bienestar y
cultura.
Tomado de Cuerpomente / España.