Durante un tiempo fue imposible no verlo en redes sociales:
gafas de sol, camiseta ajustada, un trozo de carne en la mano y ese gesto tan
suyo de echar sal con teatralidad. Así nació Salt
Bae, el chef turco que en 2017 se volvió muy famoso en todo el mundo por
sus vídeos virales. De la noche a la mañana, su imagen se convirtió en marca, y
con eso montó un imperio de restaurantes de lujo en ciudades como Dubái,
Londres o Miami.
La gente no iba tanto por la comida como por el espectáculo.
Cobraba hasta 2.000 dólares por una cena en la que lo importante no
era el sabor, sino sacarse una foto con él. El famoso chuletón bañado en
oro se volvió su plato estrella y por un tiempo no hubo futbolista o actor
que no pasara por sus locales. Pero con los años, la
cosa empezó a cambiar.
El primer golpe lo dieron sus propios empleados. En Estados Unidos, varios lo denunciaron por irregularidades laborales: trabajaban jornadas interminables sin cobrar horas extra, y en algunos casos lo acusaban de apropiarse del reparto de propinas. En vez de aclarar la situación, Salt Bae se limitó a negarlo todo. A eso se sumaron otras quejas por mal ambiente laboral y despidos sin justificación.
De posar junto a Cristiano Ronaldo a ser “el pesado” de la
final del Mundial
Pero lo que de verdad hizo que el público le diera la espalda
fue su aparición en la final del Mundial de Qatar. Saltó al campo sin
permiso, persiguió a los jugadores para sacarse fotos y terminó agarrando la
copa del mundo como si fuera parte del equipo. La imagen de Messi, visiblemente
incómodo, se volvió viral y marcó un antes y un después. Lo que antes parecía
carisma, ahora se veía como mero oportunismo.
Desde entonces, la burbuja empezó a desinflarse. En Londres, su restaurante perdió más del 30% de beneficios en un solo año. En Estados Unidos ha cerrado cinco de sus siete locales, y aunque mantiene algunos en países del Golfo, la fiebre por Salt Bae ya no es la misma. Sus locales ya no se llenan como antes y las críticas a la calidad de la comida no paran de aumentar.
La última demostración de su caída en desgracia fue tras la
final de la Champions de este año. Intentó entrar a una fiesta privada sin
invitación y lo echaron sin miramientos, protagonizando una escena que
resume muy bien su situación actual: Salt Bae ya no es el chef estrella al que
todos querían cerca, sino una figura del pasado a la que muchos prefieren
mantener fuera de sus círculos.