Comer tequeños es como abrir una ventana al mediodía y que te
entre el olor de la infancia, del patio, del aceite caliente que chisporrotea
como si estuviera contando chismes. Es un acto que no se hace con hambre, sino
con memoria. Porque el tequeño no se come para llenarse: se come para
acordarse. Para celebrar. Para llorar con dignidad y queso.
Uno no se sienta a comer tequeños como quien se sienta a
almorzar. No. De hecho, en cualquier reunión o “vente tú”, hay aviso previo:
más temprano que tarde se escucha una voz que dice: “No se me embasuren, que ya
vienen los tequeños”.
El tequeño se come de pie, en la cocina, mientras se espera que llegue la visita. Se come en la fiesta, entre risas y vasos. Se come en el velorio, cuando alguien dice “vamos a freír unos tequeños, que esto está muy triste”. Se come en la playa, con arena en los dedos y sal en la boca. Y el que llega tarde a una reunión, después de decir hola suelta un: “¿y me guardaron un tequeño?” El tequeño se come en el exilio, con queso que no es queso, pero que uno igual bendice. Porque el tequeño no depende del ingrediente, sino del gesto. Del amor que se siente.
Hay algo profundamente venezolano en ese cilindro dorado que
cruje como si estuviera vivo. Como si supiera que está cumpliendo una misión.
Porque el tequeño no es un pasapalo: es un símbolo. Es el primer bocado que se
acaba en la bandeja. El que todos buscan. El que se pelea. El que se guarda en
la servilleta “para después”. Es el que se ofrece con cariño, con orgullo, con
esa frase que no falla: “prueba este, que está buenísimo”.
Y cuando uno lo muerde, cuando el queso se estira como si no
quisiera separarse, como si dijera “espérame un momentico”, uno siente que está
tocando algo sagrado. Algo que no se explica con palabras, pero que se entiende
con el sentimiento que está en el paladar. Porque ese queso tibio, ese abrazo
de masa, ese crujido que se oye en el alma, es también el sonido de la abuela
que decía “no hay fiesta sin tequeños”, del tío que los freía en una paila
vieja, de la prima que aprendió a hacerlos en el exilio y los vende por docena,
con nostalgia envuelta en papel aluminio.
Comer tequeños es resistir. Es decir “todavía hay motivo”. Es
encender la freidora como quien enciende una vela. Es invocar la alegría,
aunque sea por unos minutos. Es hacerle frente a la tristeza con queso
caliente. Es decir “aquí estoy”, aunque todo lo demás se haya ido. Porque
mientras haya tequeños, hay país. Hay infancia. Hay futuro.
Y no importa si el queso es llanero, mozzarella, de cabra, de
hacienda o de supermercado. No importa si se fríen, se hornean o se hacen en
airfryer. El tequeño se adapta, como nosotros. Se reinventa, como nosotros.
Pero nunca pierde su esencia. Nunca deja de ser ese bocado que une, que
consuela, que celebra.
Así que sí, hay que comer tequeños. Hay que hacerlos y
compartirlos. Hay que escribir sobre ellos, cantarlos, llorarlos. Hay que
incluirlos en las crónicas, en los cantos, en los rituales. Que la viuda
rebelde (yo) los fríe para nadie, pero se los come igual. Que la niña que
colecciona piedritas y conchitas los guarda como tesoros comestibles. Que el
cumpleaños sin torta tenga al menos una bandeja de tequeños. Que el duelo se
acompañe con queso caliente. Que el país se reconstruya, con el espíritu insigne
de un tequeño.
¿Por qué son importantes los tequeños? Un tequeño no es sólo comida. Es un acto de fe. Es una historia de no rendición que se come. Es Venezuela, servida en bandeja, lista para ser contada otra vez. Y otra. Y otra. Hasta que el último tequeño se enfríe, y alguien diga: “¿no hay más?” Entonces, como siempre, alguien se levanta, sonríe, y dice: “voy a hacer otra tanda”. Porque mientras haya tequeños, hay fuerza, hay esperanza. ¿Y vamos a luchar por un tequeño? Sí, por el derecho a comer tequeños en libertad.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
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