Por José Luis Farías / Opinión *
No sin cierta vergüenza —una vergüenza leve, casi cómica,
como la que se siente al ser sorprendido en un acto pueril del que uno ya
debería haberse curado— debo confesar que fue en ese instante, ese preciso
instante en el que escuché a Nicolás Maduro recitar con impostada solemnidad de
actor amateur la proclama de Cipriano Castro contra el bloqueo de 1902, cuando
sentí que algo en mí, una mezcla de perplejidad, ironía y un tenue escalofrío
de irrealidad —esa clase de irrealidad que solo se siente cuando la historia se
convierte en farsa—, me empujaba de nuevo a mi biblioteca.
No era la primera vez que acudía allí, es mi abrigo, —esa
biblioteca, que en realidad es menos un lugar que una zona de sombras
familiares, un refugio de voces que murmuran a través del papel—, pero esta vez
lo hacía con una suerte de urgencia escéptica, como si necesitara contrastar lo
que acababa de oír con lo que realmente ocurrió. Fui, como era natural, a los
nombres conocidos: Manuel Rodríguez Campos, Irene Rodríguez Gallad, Sullivan,
la compilación dirigida por Elías Pino Iturrieta (una compilación sólida, por
momentos brillante), entre otros, y, por supuesto, las dos joyas inevitables, o
eso me parecen a mí: “El hombre de la levita gris”, del sobrio pionero Enrique
Bernardo Núñez, y “Los días de Cipriano Castro”, del íntegro y casi siempre
melancólico don Mariano Picón Salas.
Pero, como suele pasar, terminé quedándome con este último. No sé si fue por afinidad generacional (aunque no somos de la misma generación), por afinidad ética (que sí lo somos), o simplemente por ese extraño consuelo que uno encuentra en los autores que escriben como si no pretendieran salvar a nadie. El caso es que me quedé con don Mariano. Porque —y esto quiero decirlo con todo el respeto que merece el resto de autores— hay en Picón Salas algo que escapa a la categoría de historiador a secas, algo que lo convierte, más bien, en una suerte de testigo lúcido, incluso cuando habla de lo que no vio. Esa prosa suya —tan venezolana, sí, pero también tan universal; tan cargada de ironía culta y de una melancolía que no es resignación sino lucidez— es quizá la más capaz de decir lo que había que decir sobre aquel episodio tragicómico, grotesco, perfectamente venezolano, sin caer ni en la caricatura ni en el panfleto patriótico. Es decir: con verdad.
Y aquí estoy. Tratando de glosar lo inglosable. De ponerle
palabras —como quien se obstina en cazar humo con las manos— a una escena que
no es tanto historia como teatro, y no tanto teatro como delirio: la escena de
un caudillo militar, Cipriano Castro, que al tiempo que proclama la dignidad
nacional con frases de opereta, encarcela súbditos extranjeros con el mismo
método con el que mandaba azotar a sus enemigos domésticos: el infame “plan de
machete”. Todo bajo la atónita mirada de un diplomático estadounidense, Mister
Bowen, que asiste a la escena como quien presencia una tragedia griega
interpretada por una troupe de circo. Modo represivo —llamémoslo así, si se
quiere, aunque quizá deberíamos decir simplemente "modo habitual", o
"el viejo reflejo del miedo"— que, con sus aportes originales
(originales, sí, pero sólo en la forma, nunca en el fondo), reproduce cada día,
como una letanía, como una misa sin fe pero con fervor, el mismo que que se
obstina en recitar ahora la proclama candente de Castro. Con la convicción del
fanático y la desesperación del impostor: como si en esas palabras, en esa
repetición ritual, se escondiera una forma nueva de exorcismo, una salvación
última contra la amenaza extranjera, esa amenaza que cambia de rostro pero no
de función, porque lo que importa no es el enemigo sino la necesidad de tener
uno.
Lo que viene a continuación —conviene advertirlo desde ya,
para que nadie se llame a engaño— es muy poco mío. O, mejor dicho, no es mío
más que en parte, y en la parte menos sustancial: algún que otro subrayado
aquí, un giro reescrito allá, un par de flechazos propios lanzados con más
entusiasmo que puntería. El resto, lo esencial, lo que da cuerpo y sentido al
texto, es mi glosa sobre lo que pertenece a don Mariano. Sí, a don Mariano: el
verdadero autor, el que escribió como nadie, y sin quien nada de esto sería
posible ni tendría razón de ser. Yo solo paso en limpio. O al menos eso
intento.
La Proclama y el Teatro de la Farsa
Pero vayamos al principio glosando la narración de don
Mariano.
Todo empieza con una carta. Siempre hay una carta. En este
caso, la carta del propio Castro, escrita el 6 de diciembre al director de “La
República”, en la que alerta —o más bien dramatiza— sobre el inminente ataque
de potencias extranjeras. En ella, entre resabios de lenguaje militar y
coqueteos con la retórica patriótica, el Presidente dice que “se resiste a
creer” en la amenaza, porque no puede concebir que “naciones civilizadas”
recurran a la fuerza. Pero claro, ya lo sabe. Lo sabe desde antes de escribirla.
Como también sabe que esa incredulidad no es más que teatro, el prólogo
necesario para construir el relato del agravio.
El 7 de diciembre, el Ministro de Relaciones Exteriores, el
doctor Rafael López Baralt, es arrancado de su justo descanso dominical para
recibir las notas de Inglaterra y Alemania. Lo hace —escribe él mismo con una
mezcla de dignidad herida y resignación altiva— sólo movido por un sentimiento
de “cortesía de mi parte”. El 8 lo pasa entero redactando una respuesta tan
elegante como inútil: un ultimátum no se responde, se sufre.
El martes 9, en La Guaira, la niebla matinal envuelve el
puerto como un mal presagio. La escuadra aliada aparece en el horizonte como
una lección de historia con forma de amenaza. Nuestros barcos —esa flotilla
espectral y mestiza que olía más a plátano y a sudor que a pólvora— apenas si
merecen el título de escuadra. Pero allá van: el Panther, alemán, se acerca con
su acero gris y su silueta de cigarro encendido. Tropas desembarcan. Se
apoderan del Margarita, del General Crespo, del 23 de Mayo, de El Totumo. Se
llevan el dinero, las calderas, las máquinas… hasta las hojas de plátano con
que alimentaban a la tropa. Es un saqueo, sí, pero también es un ritual. Un
castigo. Una humillación.
Y entonces, como en una tragedia escrita por Valle-Inclán y
dirigida por Buñuel, llega la venganza del caudillo. Castro ordena la detención
de todos los súbditos alemanes e ingleses en Caracas. No se contenta con
encarcelarlos: los envía a La Rotunda bajo el “plan de machete”. Aquello, que
siempre se reservaba para los peones y los revoltosos, ahora se aplica a
comerciantes de ojos claros y trajes oscuros. Para Mister Bowen es un
escándalo; para Castro, un acto de justicia poética.
Las calles de Caracas hierven de indignación, sí, pero
también de confusión. Los estudiantes de Derecho mitinean con discursos que
nadie entiende, invocando la Doctrina Monroe como si fuese un conjuro. El
pueblo escucha, desconcertado. No hay sindicatos, no hay obreros organizados,
no hay masa crítica: hay, en cambio, oradores y poetas. Siempre hay poetas.
Hablan del “leopardo inglés”, del “águila prusiana”, de los "bárbaros del
norte". Y por supuesto, como en toda buena historia venezolana, aparece un
Borges. Carlos Borges, poeta bohemio y futuro cortesano, grita al pueblo como
si el verbo bastara.
¿Y todo esto para qué?
Para que, más de un siglo después, otro Presidente, igual de
teatral pero menos culto, saque del cajón la vieja proclama y la lea en
televisión como quien recita un conjuro contra la realidad. Porque si algo
hemos aprendido es que la historia, cuando no se comprende, se repite. Pero
cuando se interpreta como sainete, se convierte en farsa.
Y Venezuela, ay, hace tiempo que oscila entre las dos … Entre
la tragedia que no termina de matarnos, y la comedia que no termina de hacernos
reír. Esa es, quizás, nuestra forma más fiel de habitar el tiempo: no tanto
vivirlo como representarlo. Como si la única manera que tuviéramos de soportar
la historia fuera disfrazándola de teatro. Un teatro pobre, con telones raídos
y actores improvisados, pero teatro al fin.
Porque lo de Castro no fue excepcional. Fue, en todo caso, un
ensayo general. El primer acto de un libreto que se ha representado —con
variaciones menores, con acentos distintos, con escenografías más o menos
decadentes— una y otra vez. Cambian los nombres, cambian los enemigos externos,
pero el guion se repite: el agravio como excusa, el castigo como espectáculo,
el pueblo como espectador cautivo. Y siempre, siempre, un líder que confunde la
patria con su sombra.
Volver a Picón Salas no fue, entonces, un gesto nostálgico.
Fue una urgencia. Porque él sabía —y lo escribió, y lo advirtió, y lo lamentó—
que el drama venezolano no estaba hecho de grandes batallas ni de ideas
luminosas, sino de pequeñas imposturas, de gestos huecos, de retóricas vacías
que, sin embargo, arrastran consigo generaciones enteras y llegan en grotesco
hasta hoy. Picón Salas no fue un profeta, pero sí fue un testigo lúcido. Y en
esta tierra nuestra, la lucidez es una forma de resistencia.
Así que aquí estamos: atrapados en el eco de una proclama
centenaria, escuchando a un Presidente que finge ser actor, encarnando a otro
que fingía ser héroe. Mientras tanto, el país sigue su curso —o su extravío—
entre la inflación, el exilio, el hambre, la represión, el simulacro y la
desmemoria. Y uno, que se empeña en escribir, no sabe si está haciendo historia
o simplemente garabateando los márgenes de una tragedia que ya nadie quiere
leer.
Pero igual se escribe. Aunque sea por testarudez. O por
vergüenza. O porque, como dijo Picón Salas —el verdadero, el necesario—, “hay
horas en que escribir es una forma de no claudicar”.
Y esta, sin duda, es una de esas horas.
El Día que Venezuela fue Unánime
Así, como si lo dictara no tanto la historia como una novela
escrita por la historia misma —una historia que ya no aspira a ser comprendida,
sino repetida con dramatismo de zarzuela—, don Cipriano, con su gorrito ladeado
como un símbolo involuntario del poder grotesco transformaba el escándalo
diplomático en materia inflamable de mitología nacional.
Todo lo que sigue es pura escenografía, sí, pero también es
política en su forma más pura: espectáculo y cálculo.
Porque en cuanto Mister Bowen abandona Miraflores, y sus
pisadas discretas se pierden por las escalinatas del palacio, ya Castro ha
dejado de maldecir y empieza a maquinar. No hay pausa. No hay respiro. Solo hay
la oportunidad, como un reflejo, como un resorte en la cabeza del caudillo. Don
Cipriano ha olido, más que comprendido, que la agresión extranjera puede ser lo
que toda revolución necesita para renovarse: un enemigo externo que unifique lo
desunido. Y por eso no duda en traer de vuelta al "Mocho" Hernández,
esa especie de santo laico, de mártir popular que, como los antiguos ídolos
precolombinos, sirve tanto para bendecir como para inmolar.
El "Mocho", que lleva años siendo una figura casi
mítica —por lo ingenuo, por lo inquebrantable, por lo cansinamente bueno—,
reaparece, como siempre, entre cadenas que parecen parte del vestuario, con la
mirada de quien ha entendido que lo suyo no es el poder sino la representación
del ideal. Y dice, como dice siempre, las mismas frases que, en su boca, suenan
nuevas: que la patria, que el sacrificio, que la unión. El público aplaude,
algunos lloran. Pero Castro no. Castro calcula.
Porque en la cabeza del presidente ya se juega otra partida:
mientras el pueblo repite la consigna de "la planta insolente del
extranjero", él mide el efecto que la imagen del "Mocho" tiene
sobre los nacionalistas, los conservadores desengañados, los jóvenes exaltados
de la universidad, los viejos radicales que no han olvidado aún las afrentas
del pasado. A todos les está hablando al mismo tiempo. A todos los quiere
unificar, no bajo una causa, sino bajo su figura.
Por eso, cuando Eloy G. González, el tribuno de voz fogosa y
retórica alambicada, lee aquella tarde la proclama de Castro, que según se dice
había redactado junto con Ángel Carnevalli Monreal, no lo hace como quien lee
un documento de Estado. Lo hace como quien recita un salmo. Las palabras —“La
planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria”—
caen como campanadas sobre el auditorio. Y nadie, ni siquiera los más
escépticos, puede evitar estremecerse ante la eficacia de la frase. El país
está herido, sí, pero también está hipnotizado.
Desde la Imprenta Nacional, la proclama se esparce como
pólvora. Los niños la memorizan, los adultos la recitan con el fervor de una
misa cívica. En la Plaza Bolívar se forman comités espontáneos que marchan
hacia el Panteón Nacional para jurar, como si Bolívar necesitara testigos, que
Venezuela no se arrodillará. Y en los cafés del centro, entre pocillos de mal
café y periódicos recién salidos del taller, se comenta que la proclama será,
junto con el Acta de Independencia, el documento fundacional de la nueva
nación. Se exagera, claro. Pero en tiempos como ese, la exageración no es
desvarío: es método.
Detrás de esa llamarada verbal —porque eso era: una
llamarada, un fogonazo que buscaba cegar antes que iluminar— está la mano de
Castro. La misma que firmaba decretos de exilio y luego de amnistía. La misma
que estrechaba la de Bowen mientras ordenaba el encierro de comerciantes
inocentes. La misma que ahora firmaba un pergamino con categoría de evangelio.
Porque más que un presidente, Cipriano Castro se creía un demiurgo: alguien que
reescribía la historia a la vez que la protagonizaba.
Y durante unos días —breves, intensos, fulgurantes como toda
euforia colectiva— lo logra. Venezuela, país quebrado y contradictorio, se
siente por fin unida. La gente canta, se arenga, se convence. El extranjero es
el enemigo, y Castro el defensor. Ya nadie recuerda los abusos, ni las
cárceles, ni los destierros. Solo hay patria. Y hay que defenderla.
Claro que el delirio no dura.
Ya vendrá el desgaste, el desengaño, la derrota. Ya volverá
el "Mocho" a su celda. Ya Bowen enviará nuevos telegramas. Ya las
potencias exigirán algo más que proclamas. Pero por ahora, en ese instante
detenido en el 9 de diciembre de 1902, Venezuela no solo se siente libre: se
siente épica.
Y Cipriano Castro, caudillo de opereta y visionario
intermitente, escribe su gran momento en la historia como lo haría un personaje
de tragedia griega, pero con el gesto teatral —y un tanto torcido— de un actor
de sainete.
…Y es que esa ha sido, desde entonces, la marca de agua de
nuestra política: la fusión de lo trágico con lo risible, de lo solemne con lo
ridículo, de lo heroico con lo farsesco. Cipriano Castro no inventó ese estilo,
pero supo explotarlo con instinto feroz. Sabía —como lo saben, instintivamente,
todos los que gobiernan con más intuición que ideas— que en Venezuela la
historia entra por el oído, no por el juicio. Y por eso cuidaba la frase más
que el acto, la proclama más que la acción.
Pero incluso los caudillos de opereta tienen sus días de
gloria. El 9 de diciembre no fue solo una fecha: fue una escenificación
colectiva del mito. Por unas horas, Venezuela dejó de ser una suma de
desencantos para volverse un coro. En las esquinas, la gente repetía la
consigna como si fuera una contraseña antigua, olvidada pero reconocible. En
los cuarteles se gritaba con entusiasmo impostado. En las escuelas, los
maestros improvisaban clases de historia patria que parecían sermones. Todo era
patria. Todo era agravio. Todo era redención.
Y mientras tanto, en Miraflores, Castro, rodeado de sus
generales, escribanos y aduladores, observaba. Sabía que aquello no duraría.
Ningún caudillo se engaña por completo con su propio teatro. Pero también sabía
que el instante de unidad, aunque fugaz, aunque frágil, era poder puro. Poder
simbólico, sí, pero poder al fin. Y eso, para un hombre que había llegado del
Táchira con más ambición que principios, bastaba.
Porque el objetivo no era ganar la guerra —sabía que no
podía—, sino ganar el relato. No se trataba de expulsar a las potencias, sino
de ocupar el corazón del pueblo. De instalarse ahí, en ese lugar del imaginario
donde Bolívar y Zamora compartían altar con santos populares y héroes
improvisados. De eso se trataba: de quedarse. Y, al menos por un tiempo, lo
logró.
Hasta que llegaron los días siguientes. La diplomacia, con su
frialdad contractual, se impuso sobre la épica. Las negociaciones con Bowen
continuaron, los prisioneros fueron liberados discretamente, y los barcos
extranjeros volvieron a sus puertos con las bodegas cargadas y la dignidad
intacta. La “planta insolente” había pisado, sí, pero también había cobrado. Y
Venezuela, con la inflamación patriótica aún en la voz, empezaba a entender que
la proclama no paga deudas, ni silencia cañones, ni disuade intereses.
Pero no importa. Porque el 9 de diciembre de 1902 quedó, como
quedan siempre estas fechas, colgado del calendario como un recuerdo
desproporcionado: más grande que sus consecuencias, más brillante que su
verdad. Un simulacro de epopeya. Una postal heroica en una historia llena de
tachaduras.
Y quizás eso explique por qué, más de un siglo después, otro
Presidente, también forjado en la retórica del agravio, recite la misma
proclama como quien invoca a un dios muerto. Porque en este país, donde los
líderes prefieren el aplauso al consenso y la consigna a la ley, la historia no
se aprende: se repite. Como farsa, sí. Pero también como consuelo.
Y así seguimos. Entre proclamas y apagones. Entre fantasmas y
retransmisiones. Entre el recuerdo de un país que nunca fue y la obstinación de
seguir actuando como si alguna vez lo hubiera sido.
Puerto Cabello, el Eco de una Derrota que quiso parecer
Victoria
La proclama de Castro, como todas las grandes proclamaciones,
resonó más allá de sus límites naturales: más allá del país, más allá de su
tiempo. Fue un eco que parecía eterno y que, como los ecos de los antiguos
héroes, se confundía con el mito. Pero el imitador —ciento veintitrés años
después— quiso repetirla, sin entender que no basta con repetir las palabras
para repetir la historia. Nadie lo siguió. Nadie creyó. Lo único que levantó
fue burla. Y repudio.
Puerto Cabello fue el segundo acto de una tragedia que ya
había comenzado mal y que acabaría peor. Como en una vieja obra de Calderón o
de Lope de Vega, donde el pueblo —encendido de ira, de orgullo, de patriotismo,
de ignorancia, de todo eso junto— decide hacer justicia por su cuenta. Y
entonces, el 12, el mercante inglés Topaze tuvo la imprudencia (o la
arrogancia, o ambas cosas) de recalar en el puerto con bandera desplegada y
calderas al rojo. Y entonces también, como si lo hubieran estado esperando, como
si aquella provocación fuera la chispa esperada, la ciudad estalló. Asalto.
Toma. Ultraje. La bandera inglesa arrancada del mástil. El capitán, los
oficiales, humillados.
Los policías dejaron hacer, quizás incluso sonrieron. El
pueblo, enardecido, se sintió David. Pero no sabían que Goliat venía navegando,
y que lo hacía rápido.
El Vineta alemán y el Charybdis británico no tardaron en
responder. No hubo tiempo para telegramas ni para diplomacia. El ultimátum
llegó como suelen llegar los ultimátum: a destiempo. Las autoridades locales
—Mora, Torres, Arria— recibieron el documento a las 4:30. Tenían hasta las
5:00. Media hora para evitar una guerra. Para evitar la historia. Para evitar
el desastre.
El telégrafo a Miraflores quedó mudo. Como si la línea,
sintiendo el peso de la historia, se hubiera negado a participar.
Y entonces vino el caos. El Charybdis apareció en la bahía
como aparece el destino en las tragedias: inevitable y mudo. Nadie sabía si iba
a cañonear la ciudad entera o simplemente barrer los viejos fuertes. Nadie
sabía nada. Y por eso, todos huyeron.
El jefe del Castillo, ajeno a los giros del mundo, amolaba
las espuelas a su gallo de pelea cuando sonó el primer disparo. La escena
parece inventada, pero no lo es. Es simplemente absurda. O trágica. O ambas
cosas.
Respondió como pudo, con las reliquias de un imperio
deshecho: culebrinas oxidadas, pólvora húmeda, salitre. Más adorno que amenaza.
Pero había que salvar el honor, aunque fuera a tiros vacíos.
El Castillo Libertador de Puerto Cabello —ese viejo pontón
donde generaciones de venezolanos pagaron su disidencia con cárcel— no estaba
preparado para una guerra externa. Nunca lo estuvo. Bastante tenía con las
guerras internas, que fueron más muchas y más crueles. Por eso las fortalezas
eran más cárceles que bastiones, más depósitos de rencores que instrumentos de
defensa.
Y entonces pasó lo inevitable: Julio Bello, el encargado del
fuerte, se rindió sin combatir. No lo confundamos con Jorge Bello, que tendría
otro destino, otra página. Julio no tuvo épica. Ni siquiera resistencia.
Los ingleses y los alemanes se ensañaron con todo lo que
evocara la España católica: capillas, libros, campanas. Saquearon con método,
con rabia protestante, con el odio antiguo de los corsarios a los reyes de la
Contrarreforma. Y cuando no les bastó con saquear, dinamitaron. El fuerte
estalló como un pan viejo. Murieron soldados, volaron centinelas, y el pueblo
huyó. Nadie disparó por ellos. Nadie rezó por ellos.
En Valencia, el tren reventaba de fugitivos. Y el Gobernador,
impotente, amenazaba con castigar la especulación de víveres como si eso
pudiera parar los cañones.
Pero lo peor para Castro no fue el ataque. Fue la diplomacia.
El Ministro de Italia, J. P. Riva, quiso sumarse a la fiesta. Otros barcos
salían ya de Génova. Y Bowen, el embajador americano, saludaba a su colega
italiano como quien despide a un viajero en busca de botín. Todo parecía
perderse.
Y, sin embargo, en medio del asedio, Castro encontró su
papel. O se lo inventó. O lo aceptó. Le gustaba. El héroe solitario. El pequeño
país contra los grandes imperios. El David latinoamericano. El Juárez de
Caracas.
El 15 de diciembre, López Baralt, Canciller de Castro,
denunció al mundo el agravio. Y el mundo, de algún modo, respondió. No los
gobiernos —que siempre llegan tarde o no llegan—, sino los pueblos, los
intelectuales, los jóvenes. Rodó había escrito Ariel. Ugarte predicaba contra
el imperialismo. Y en Chile, jóvenes militares admiraban al barbudo venezolano
como si fuera un nuevo Menelik, resistiendo desde la montaña a la Europa voraz.
Hubo incluso dinero: un banco popular de Buenos Aires le
ofreció a Venezuela fondos para pagar la deuda. Hubo pensamiento: Luis María
Drago, canciller argentino, redactó la nota que haría historia. La Doctrina
Drago: los Estados soberanos no pueden ser atacados por deudas impagas. Una
cláusula moral en un mundo sin moral.
Porque, decía Drago, el capitalista que presta a un Estado ya
conoce los riesgos. No puede exigir, con cañones, lo que perdió en contratos.
La fuerza no es derecho. Y el derecho debe ser la única fuerza.
Mientras tanto, Bowen partía. Se abrían negociaciones en
Washington. La guerra parecía terminar. Pero la historia —la verdadera
historia— recién comenzaba.
Porque de todo aquello, lo que quedaba no era la victoria o
la derrota. Era la herida. Y el eco de una frase, dicha con toda la violencia y
toda la dignidad que un país pequeño podía reunir en una sola voz: “La planta
insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria.”
Y a veces —sólo a veces— una frase basta para resistir.
Aunque después vengan los olvidos.
La Pantera y el Barro, Una Epopeya Menor
La agresión imperialista —llámese como se llame, y venga de
donde venga— encontró, contra todo pronóstico, quién le plantara cara. Y no lo
hizo un ejército moderno, ni una potencia aliada, ni un alarde de superioridad
técnica. Lo hizo un puñado de venezolanos con más orgullo que recursos, con más
coraje que pólvora, y con las botas puestas. Lo cierto es que, para entonces,
los alemanes —quizá porque ostentaban más que los ingleses, o simplemente
porque se creían más— eran ya los más odiados. No sólo por su presencia
militar, sino por su arrogancia estructural, por esa fe casi mística en su
misión civilizadora que no era otra cosa que puro interés disfrazado de
doctrina racial.
La historia —esa gran tramoya de verdades y embustes—
registró que los días 17 y 21 de enero ocurrieron los actos más violentos de
resistencia nacional en las costas zulianas, frente al castillo San Carlos de
la Barra guardián del Lago de Maracaibo. Y sin embargo, poco antes, marinos del
Panther habían logrado colarse por la angosta barra del golfo de Maracaibo y
alcanzar el puerto, ese Maracaibo de 1902 que era algo más que una ciudad: era
una metrópolis en miniatura del poder alemán en Venezuela.
El nombre que lo resumía todo era uno: Eduardo Von Jess.
Cónsul alemán, sí, pero también jefe indiscutido de la casa Breuer Möller, un
emporio comercial que no necesitaba ejército porque ya lo tenía todo: el café,
los víveres, el crédito, las vidas. Eran importadores y exportadores, sí, pero
también banqueros, prestamistas, árbitros sociales. Gobernaban desde las
sombras con la eficiencia de un poder colonial disfrazado de modernidad
comercial. Von Jess era su rostro: culto, intransigente, con lecturas de Von
Treitschke y delirios pangermanistas, creía en una suerte de cruzada económica
donde la raza aria tenía derecho a mandar incluso en tierras ajenas y
tropicales.
Los clubes sociales de Maracaibo, escenario habitual del
comercio de favores, también estaban bajo su égida. Y era ahí, entre brindis de
cerveza helada y cánticos de “Deutschland, Deutschland über alles”, donde los
marinos del Panther se sentían en casa, según anotó Picón Salas. No importaba
que las relaciones diplomáticas estuvieran rotas: Von Jess no necesitaba
credenciales, le bastaba con el poder real. En su despacho elevado como un
trono, los empleados criollos se inclinaban con una mezcla de respeto y miedo.
De su dedo pulgar —una imagen que no es hiperbólica— dependía el destino de más
de un joven venezolano.
Y entonces ocurrió lo que debía ocurrir: la pantera —la nave
ágil y amenazante de la escuadra germana— quedó encallada en El Tablazo,
atrapada en ese lodo denso donde los mapas no sirven y solo los prácticos
criollos pueden navegar. Y como no sabían qué hacer, se entretuvieron en
asaltar la goleta Victoria, propiedad de un tal Virgilio Fuenmayor, que venía
de La Guajira con poco más que dividive y cueros baratos.
—“Su gobierno nos debe ocho millones. Nosotros nos cobramos
así”, le dijeron los alemanes mientras destrozaban con hachas y serruchos el
mástil mayor. Fuenmayor, que no tenía arte ni parte en los tratados ni en las
deudas internacionales, fue recibido en Maracaibo como un héroe, vitoreado por
las mujeres del Saladillo y de la Marina Vieja. Un mártir de ocasión para una
patria desarmada pero no rendida.
Y ahí entra en escena Jorge Bello, comandante de la fortaleza
de San Carlos, pariente de Cipriano Castro, pero —más importante— hombre con
agallas. Esperó el regreso del Panther en la explanada del castillo y respondió
al fuego con fuego, aunque sus cañones fueran tan viejos que, según testigos,
“salían del sitio a cada disparo”. La descripción de Manuel Quevedo, recogida
luego por José Rafael Pocaterra, suena casi cinematográfica: una lluvia de
plomo, piedras que volaban, el pueblo ardiendo, soldados enguerrillados por los
médanos, y un castillo desmoronándose bajo la metralla.
Pero resistieron. Resistieron durante casi ocho horas,
enfrentando no solo al Panther, sino también al Vineta, en un combate desigual
y absurdo, pero quizás por eso mismo memorable. La nave alemana, semihundida y
con el casco abollado, logró escapar por fin. Pero no sin antes haber dejado
tras de sí el relato que alimentaría el mito.
Porque ahí está la otra parte del asunto: la narrativa.
Cipriano Castro —ese hombre que construía su poder como quien construye una
leyenda— transformó la resistencia de Bello en epopeya. San Carlos ya no era
una fortaleza cualquiera: era una nueva Salamina. Y Bello, un Temístocles
criollo, un Nelson del Caribe, un héroe con apellido republicano y actitud
monárquica.
Y tal vez lo fue. O tal vez no. Pero eso importa menos que el
hecho de que su gesto —y la forma en que fue contado— permitió a una nación
malherida seguir creyendo en sí misma.
La Planta Insolente, o el Arte de Perder Ganando
Es inevitable asentir que la proclama y el gesto nacionalista
de Cipriano Castro, ese caudillo de voz ampulosa y patillas desbordadas, logran
la hazaña de convertir una derrota militar en una victoria moral. Pero —y este
pero no es menor, sino central— lo hizo al precio altísimo de consolidar la
hegemonía estadounidense en el continente. Los yankis fueron
"neutros" y "mediadores", sí (o al menos eso decía su
propaganda, que es otra forma —a veces más eficaz— de intervención), pero no se
olvidaron, por supuesto, de incluirse entre los acreedores —faltaría más— ni de
vigilar de cerca, con esa mezcla de condescendencia y cálculo que tanto les
caracteriza, cualquier tentación europea de husmear demasiado en su patio
trasero, como ellos mismos lo llaman (y ese nombre, por vulgar que suene, lo
dice casi todo). Porque si algo entendieron pronto —y aplicaron con una
eficiencia brutal, casi admirable si no fuera por sus consecuencias— fue que la
hegemonía continental no se discute: se ejerce. Y se ejerce con una sonrisa,
con promesas de paz y desarrollo, sí, pero también con cláusulas ocultas, bases
militares y vetos inapelables. La neutralidad, en este contexto, no era más que
una máscara: un disfraz elegante que ocultaba, apenas, el viejo afán de
dominio. Así es: la misma hegemonía contra la que, más de un siglo después,
Nicolás Maduro se atrevió a arremeter desde la tarima, leyendo con retórica
monocorde la proclama de Castro como si fuera un manifiesto contra el
imperialismo norteamericano. Lo que no deja de ser una ironía estruendosa —una
de esas que la historia lanza a la cara de los ingenuos o de los cínicos—,
porque fue justamente la gestión de los Estados Unidos la que impidió que las
potencias europeas desmembraran a Venezuela como si fuera un cadáver colonial
en pleno reparto africano.
No es solo ignorancia: es amnesia. O peor, una mezcla
indigerible de ignorancia con teatro de mala calidad. Porque hay que ser
ignorante —o muy hábil en la manipulación— para olvidar que, durante la crisis
de 1902, Estados Unidos no solo intercedió ante Alemania y el Reino Unido (que
ya estaban más cerca del cañonazo que de la nota diplomática), sino que incluso
el embajador estadounidense, Mister Bowen, fue condecorado por el Congreso
venezolano. Un Congreso que, dicho sea de paso, no se ahorró loas patrióticas y
oropeles inventados para la ocasión, como la flamante “Cruz de la Legión de la
Defensa Nacional". Una medalla de cartón piedra que, sin embargo, decía
mucho: decía, sobre todo, que los venezolanos sabían agradecer al imperio del
norte cuando convenía, incluso si su presidente —Theodore Roosevelt, un animal
político de dientes afilados— despreciaba a Cipriano Castro con una intensidad
casi bíblica. “Unspeakably villainous little monkey”, lo llamó. Un monito. Y no
uno simpático: uno innombrablemente vil.
Y sin embargo, en enero de 1903, bajo el frío invernal de
Washington, el embajador Bowen —ministro plenipotenciario de Estados Unidos en
Caracas, pieza secundaria en la opereta internacional— empezó a ascender. Y lo
hizo no por talento propio, sino por el vértigo de los acontecimientos y por la
desmesura de Castro. De pronto, aquel funcionario anodino se vio convertido en
una suerte de emisario entre un caudillo tropical y las cancillerías europeas,
que veían en Venezuela una república a medio hacer, un estorbo con deudas, pero
sin ejército.
La cancillería venezolana, por su parte, todavía se esforzaba
en sostener una dignidad doctrinaria que había heredado de próceres ilustrados,
y enarbolaba con solemnidad la bandera jurídica de la soberanía nacional: que
los conflictos se diriman en suelo patrio, bajo leyes patrias, como mandan los
tratados. Que las reclamaciones de esos comerciantes extranjeros —los
“musiues”, como les llamaban con desdén— no fuesen más que un pretexto para
invadir. Y si Venezuela accedía a un arbitraje en Washington, a comisiones
mixtas con los agresores, era solo por sentido práctico: por la necesidad
urgente de evitar una catástrofe mayor. No por debilidad, decían. No por
servilismo. Sino por cálculo. La retórica siempre salva.
Pero ahí está la paradoja: Castro, con su teatralidad de
opereta y su estilo de actor de zarzuela, había logrado algo que parecía
imposible. Había obligado al mismísimo Roosevelt a interrumpir
—momentáneamente— su política del garrote, su sueño de control absoluto sobre
el Caribe. Había puesto a Inglaterra contra Alemania (con la que se había
embarcado en esa extraña comandita imperial), había invocado —como un mago de
feria— la Doctrina Monroe y, sobre todo, había convertido una rendición
diplomática en un gesto de soberanía. Puro artificio. Pero eficaz.
Bowen firmó los protocolos en Washington, feliz como un
escolar. Telegrafió a Caracas con entusiasmo ingenuo, sin anticipar que Castro
le respondería con una dosis elevada de teatralidad tropical. En esas semanas,
tres hombres ególatras, vanidosos, temperamentales —Castro, Roosevelt,
Guillermo II—, recuerda Picón Salas, compartieron escenario en una tragicomedia
internacional donde la historia, como casi siempre, se disfrazó de farsa.
Y mientras tanto, en Caracas, el Congreso aplaudía. Castro
lanzaba frases grandilocuentes, y el pueblo, o parte del pueblo, se inflamaba
de patriotismo. Nadie reparaba (o preferían no hacerlo) en que, tras
bambalinas, la soberanía estaba siendo hipotecada, no con la espada, sino con
la firma.
Pero así es la historia: un juego de espejos donde la derrota
puede parecer victoria, y donde la ignorancia —si se recita con voz firme— se
confunde con convicción.
El Simulacro de una Renuncia
No faltó —porque nunca falta— quien celebrara, entre risas
discretas o abiertas, el momento en que Nicolás Maduro leyó en voz alta —con
voz impostada, como quien pretende ser la Historia misma— la vieja proclama de
Cipriano Castro, en ese tramo casi teatral en que el caudillo insinúa su
disposición a abandonar el poder. La alegría, sin embargo, fue más bien la de
un enfermo de nostalgia, una alegría de tísico, amarga, prematura, ilusoria,
porque basta conocer mínimamente el episodio de la presunta renuncia de Castro
ante el Congreso en 1903 para saber que, más que un gesto de desprendimiento
fue un número de prestidigitación política.
Aquello fue, en efecto, una comedia. Mejor dicho: dos
comedias. La primera, la renuncia que no fue renuncia. La segunda, el rechazo
jurídico —tan solemne como previsible— de los protocolos firmados con las
potencias extranjeras, lo que dejó al atribulado Mister Bowen condecorado pero
desesperado, condecorado, pero solo, condecorado pero impotente. El drama de
siempre: el honor, el decoro, la soberanía, utilizados como máscaras de la
voluntad de poder.
La renuncia de Castro —y ahora lo sabemos o fingimos no
saberlo— fue un ardid doble: uno para consumo interno, otro para los ojos del
extranjero. Porque Matos, desde su exilio en Curazao, ya había diagnosticado el
supuesto mal: el problema de Venezuela, según él, no era Venezuela, sino
Castro. Y los marinos alemanes que bloqueaban las costas no se cansaban de
repetir la consigna: no estamos en guerra con el país, decían, sino con su
mandatario. Incluso Rangel Garbiras, ya domesticado por la melancolía del fracaso,
había llegado a sugerir que para lograr la paz bastaba con que Castro se
hiciera a un lado. Pues bien: ahora Castro fingía hacerse a un lado.
Con gesto de Cincinato tropical, el mismo Castro que desde
1899 se había atrincherado en el poder como si fuera un derecho divino, decidió
anunciar al país —con la voz quebrada del mártir y la retórica del caudillo—
que renunciaba. Lo hizo con dos mensajes: uno lacónico, casi seco, y otro
deliberadamente sentimental, construido con subjuntivos y condicionales, como
quien deja caer una flor sobre la tumba de un amor imposible. En él decía cosas
como que su salida “quitaría toda sombra de mala voluntad”, que “nadie
perdería; todos ganaríamos”, y que su separación, acaso, obraría el milagro de
la unidad nacional. Había allí, en cada verbo hipotético, la marca de la farsa:
una renuncia que se redacta con lágrimas pero se ejecuta con garantías de que
no se concrete.
Y no se concretó, por supuesto. Presidían entonces las
Cámaras dos Generales hábiles y dúctiles —Velutini y Ayala— que, como estaba
previsto, rechazaron la renuncia con entusiasmo coreografiado. No lo hicieron
por convencimiento, sino por conveniencia. “Así lo reclaman los intereses de la
causa y la conveniencia pública”, dijeron. O dicho de otro modo: lo reclama la
patria. ¡La patria se impone! repitieron, como un mantra, en los pasillos del
poder, en los salones de Miraflores, en los ecos de una República que ya no era
tal, sino teatro.
Y en ese mismo teatro, el canciller López Baralt —hombre
pequeño de cuerpo y de ambiciones— murmuraba, en voz baja y pasadizos sombríos,
que no había que inquietarse demasiado con los protocolos firmados en
Washington. Que las comisiones mixtas sabrían tomarse su tiempo. Que en caso de
necesidad, quedaba siempre el camino lento, muy lento, de La Haya. La farsa
continuaba. El poder seguía. La Historia —como tantas veces— se escribía en
subjuntivo.
contenido:
¿Qué habrá pensado Nicolás Maduro —me pregunto— al leer
aquella proclama inflamable y un tanto rancia, escrita con tinta de
nacionalismo decimonónico, con palabras grandes y huecas como catedrales
vacías, y destinada a conjurar, una vez más, la sempiterna amenaza del imperio
yanky sobre su Gobierno exhausto, deshilachado, corrupto y deslegitimado? ¿La
leyó con la seriedad de un jefe de Estado o con la resignación de un actor
obligado a interpretar, por enésima vez, una comedia sin público y sin guion nuevo?
¿Y qué habrá pensado después —eso es lo que importa, eso es lo verdaderamente
revelador— cuando vio que nada pasaba, que su lectura se disolvía en la bruma
de la indiferencia, que el mundo seguía girando como si él no hubiera dicho
nada?
Tal vez se acordó, o tal vez no, de aquel historiador que le
entregó la proclama como quien entrega un legado, un espejo del pasado
barnizado con patriotismo fulgurante y la promesa —tácita o explícita— de que
la historia estaba de su parte. Tal vez ese mismo historiador, en un arranque
de lucidez o de cinismo, le susurró después que, como dijo Marx (el de verdad,
no el de los pósters), la historia siempre se repite: la primera vez como
tragedia, la segunda como farsa. Aunque en este caso —me temo— ni siquiera eso:
ni tragedia ni farsa, sólo el silencio espeso de una función que nadie quiso
ver.
*Las opiniones contenidas en este articulo son de la
exclusiva responsabilidad del autor.
