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31 agosto, 2025

La Otra Cara: "La Planta Insolente y El Eterno Simulacro"

Por José Luis Farías / Opinión *

No sin cierta vergüenza —una vergüenza leve, casi cómica, como la que se siente al ser sorprendido en un acto pueril del que uno ya debería haberse curado— debo confesar que fue en ese instante, ese preciso instante en el que escuché a Nicolás Maduro recitar con impostada solemnidad de actor amateur la proclama de Cipriano Castro contra el bloqueo de 1902, cuando sentí que algo en mí, una mezcla de perplejidad, ironía y un tenue escalofrío de irrealidad —esa clase de irrealidad que solo se siente cuando la historia se convierte en farsa—, me empujaba de nuevo a mi biblioteca.

No era la primera vez que acudía allí, es mi abrigo, —esa biblioteca, que en realidad es menos un lugar que una zona de sombras familiares, un refugio de voces que murmuran a través del papel—, pero esta vez lo hacía con una suerte de urgencia escéptica, como si necesitara contrastar lo que acababa de oír con lo que realmente ocurrió. Fui, como era natural, a los nombres conocidos: Manuel Rodríguez Campos, Irene Rodríguez Gallad, Sullivan, la compilación dirigida por Elías Pino Iturrieta (una compilación sólida, por momentos brillante), entre otros, y, por supuesto, las dos joyas inevitables, o eso me parecen a mí: “El hombre de la levita gris”, del sobrio pionero Enrique Bernardo Núñez, y “Los días de Cipriano Castro”, del íntegro y casi siempre melancólico don Mariano Picón Salas.

Pero, como suele pasar, terminé quedándome con este último. No sé si fue por afinidad generacional (aunque no somos de la misma generación), por afinidad ética (que sí lo somos), o simplemente por ese extraño consuelo que uno encuentra en los autores que escriben como si no pretendieran salvar a nadie. El caso es que me quedé con don Mariano. Porque —y esto quiero decirlo con todo el respeto que merece el resto de autores— hay en Picón Salas algo que escapa a la categoría de historiador a secas, algo que lo convierte, más bien, en una suerte de testigo lúcido, incluso cuando habla de lo que no vio. Esa prosa suya —tan venezolana, sí, pero también tan universal; tan cargada de ironía culta y de una melancolía que no es resignación sino lucidez— es quizá la más capaz de decir lo que había que decir sobre aquel episodio tragicómico, grotesco, perfectamente venezolano, sin caer ni en la caricatura ni en el panfleto patriótico. Es decir: con verdad.

Y aquí estoy. Tratando de glosar lo inglosable. De ponerle palabras —como quien se obstina en cazar humo con las manos— a una escena que no es tanto historia como teatro, y no tanto teatro como delirio: la escena de un caudillo militar, Cipriano Castro, que al tiempo que proclama la dignidad nacional con frases de opereta, encarcela súbditos extranjeros con el mismo método con el que mandaba azotar a sus enemigos domésticos: el infame “plan de machete”. Todo bajo la atónita mirada de un diplomático estadounidense, Mister Bowen, que asiste a la escena como quien presencia una tragedia griega interpretada por una troupe de circo. Modo represivo —llamémoslo así, si se quiere, aunque quizá deberíamos decir simplemente "modo habitual", o "el viejo reflejo del miedo"— que, con sus aportes originales (originales, sí, pero sólo en la forma, nunca en el fondo), reproduce cada día, como una letanía, como una misa sin fe pero con fervor, el mismo que que se obstina en recitar ahora la proclama candente de Castro. Con la convicción del fanático y la desesperación del impostor: como si en esas palabras, en esa repetición ritual, se escondiera una forma nueva de exorcismo, una salvación última contra la amenaza extranjera, esa amenaza que cambia de rostro pero no de función, porque lo que importa no es el enemigo sino la necesidad de tener uno.

Lo que viene a continuación —conviene advertirlo desde ya, para que nadie se llame a engaño— es muy poco mío. O, mejor dicho, no es mío más que en parte, y en la parte menos sustancial: algún que otro subrayado aquí, un giro reescrito allá, un par de flechazos propios lanzados con más entusiasmo que puntería. El resto, lo esencial, lo que da cuerpo y sentido al texto, es mi glosa sobre lo que pertenece a don Mariano. Sí, a don Mariano: el verdadero autor, el que escribió como nadie, y sin quien nada de esto sería posible ni tendría razón de ser. Yo solo paso en limpio. O al menos eso intento.

La Proclama y el Teatro de la Farsa

Pero vayamos al principio glosando la narración de don Mariano.

Todo empieza con una carta. Siempre hay una carta. En este caso, la carta del propio Castro, escrita el 6 de diciembre al director de “La República”, en la que alerta —o más bien dramatiza— sobre el inminente ataque de potencias extranjeras. En ella, entre resabios de lenguaje militar y coqueteos con la retórica patriótica, el Presidente dice que “se resiste a creer” en la amenaza, porque no puede concebir que “naciones civilizadas” recurran a la fuerza. Pero claro, ya lo sabe. Lo sabe desde antes de escribirla. Como también sabe que esa incredulidad no es más que teatro, el prólogo necesario para construir el relato del agravio.

El 7 de diciembre, el Ministro de Relaciones Exteriores, el doctor Rafael López Baralt, es arrancado de su justo descanso dominical para recibir las notas de Inglaterra y Alemania. Lo hace —escribe él mismo con una mezcla de dignidad herida y resignación altiva— sólo movido por un sentimiento de “cortesía de mi parte”. El 8 lo pasa entero redactando una respuesta tan elegante como inútil: un ultimátum no se responde, se sufre.

El martes 9, en La Guaira, la niebla matinal envuelve el puerto como un mal presagio. La escuadra aliada aparece en el horizonte como una lección de historia con forma de amenaza. Nuestros barcos —esa flotilla espectral y mestiza que olía más a plátano y a sudor que a pólvora— apenas si merecen el título de escuadra. Pero allá van: el Panther, alemán, se acerca con su acero gris y su silueta de cigarro encendido. Tropas desembarcan. Se apoderan del Margarita, del General Crespo, del 23 de Mayo, de El Totumo. Se llevan el dinero, las calderas, las máquinas… hasta las hojas de plátano con que alimentaban a la tropa. Es un saqueo, sí, pero también es un ritual. Un castigo. Una humillación.

Y entonces, como en una tragedia escrita por Valle-Inclán y dirigida por Buñuel, llega la venganza del caudillo. Castro ordena la detención de todos los súbditos alemanes e ingleses en Caracas. No se contenta con encarcelarlos: los envía a La Rotunda bajo el “plan de machete”. Aquello, que siempre se reservaba para los peones y los revoltosos, ahora se aplica a comerciantes de ojos claros y trajes oscuros. Para Mister Bowen es un escándalo; para Castro, un acto de justicia poética.

Las calles de Caracas hierven de indignación, sí, pero también de confusión. Los estudiantes de Derecho mitinean con discursos que nadie entiende, invocando la Doctrina Monroe como si fuese un conjuro. El pueblo escucha, desconcertado. No hay sindicatos, no hay obreros organizados, no hay masa crítica: hay, en cambio, oradores y poetas. Siempre hay poetas. Hablan del “leopardo inglés”, del “águila prusiana”, de los "bárbaros del norte". Y por supuesto, como en toda buena historia venezolana, aparece un Borges. Carlos Borges, poeta bohemio y futuro cortesano, grita al pueblo como si el verbo bastara.

¿Y todo esto para qué?

Para que, más de un siglo después, otro Presidente, igual de teatral pero menos culto, saque del cajón la vieja proclama y la lea en televisión como quien recita un conjuro contra la realidad. Porque si algo hemos aprendido es que la historia, cuando no se comprende, se repite. Pero cuando se interpreta como sainete, se convierte en farsa.

Y Venezuela, ay, hace tiempo que oscila entre las dos … Entre la tragedia que no termina de matarnos, y la comedia que no termina de hacernos reír. Esa es, quizás, nuestra forma más fiel de habitar el tiempo: no tanto vivirlo como representarlo. Como si la única manera que tuviéramos de soportar la historia fuera disfrazándola de teatro. Un teatro pobre, con telones raídos y actores improvisados, pero teatro al fin.

Porque lo de Castro no fue excepcional. Fue, en todo caso, un ensayo general. El primer acto de un libreto que se ha representado —con variaciones menores, con acentos distintos, con escenografías más o menos decadentes— una y otra vez. Cambian los nombres, cambian los enemigos externos, pero el guion se repite: el agravio como excusa, el castigo como espectáculo, el pueblo como espectador cautivo. Y siempre, siempre, un líder que confunde la patria con su sombra.

Volver a Picón Salas no fue, entonces, un gesto nostálgico. Fue una urgencia. Porque él sabía —y lo escribió, y lo advirtió, y lo lamentó— que el drama venezolano no estaba hecho de grandes batallas ni de ideas luminosas, sino de pequeñas imposturas, de gestos huecos, de retóricas vacías que, sin embargo, arrastran consigo generaciones enteras y llegan en grotesco hasta hoy. Picón Salas no fue un profeta, pero sí fue un testigo lúcido. Y en esta tierra nuestra, la lucidez es una forma de resistencia.

Así que aquí estamos: atrapados en el eco de una proclama centenaria, escuchando a un Presidente que finge ser actor, encarnando a otro que fingía ser héroe. Mientras tanto, el país sigue su curso —o su extravío— entre la inflación, el exilio, el hambre, la represión, el simulacro y la desmemoria. Y uno, que se empeña en escribir, no sabe si está haciendo historia o simplemente garabateando los márgenes de una tragedia que ya nadie quiere leer.

Pero igual se escribe. Aunque sea por testarudez. O por vergüenza. O porque, como dijo Picón Salas —el verdadero, el necesario—, “hay horas en que escribir es una forma de no claudicar”.

Y esta, sin duda, es una de esas horas.

El Día que Venezuela fue Unánime

Así, como si lo dictara no tanto la historia como una novela escrita por la historia misma —una historia que ya no aspira a ser comprendida, sino repetida con dramatismo de zarzuela—, don Cipriano, con su gorrito ladeado como un símbolo involuntario del poder grotesco transformaba el escándalo diplomático en materia inflamable de mitología nacional.

Todo lo que sigue es pura escenografía, sí, pero también es política en su forma más pura: espectáculo y cálculo.

Porque en cuanto Mister Bowen abandona Miraflores, y sus pisadas discretas se pierden por las escalinatas del palacio, ya Castro ha dejado de maldecir y empieza a maquinar. No hay pausa. No hay respiro. Solo hay la oportunidad, como un reflejo, como un resorte en la cabeza del caudillo. Don Cipriano ha olido, más que comprendido, que la agresión extranjera puede ser lo que toda revolución necesita para renovarse: un enemigo externo que unifique lo desunido. Y por eso no duda en traer de vuelta al "Mocho" Hernández, esa especie de santo laico, de mártir popular que, como los antiguos ídolos precolombinos, sirve tanto para bendecir como para inmolar.

El "Mocho", que lleva años siendo una figura casi mítica —por lo ingenuo, por lo inquebrantable, por lo cansinamente bueno—, reaparece, como siempre, entre cadenas que parecen parte del vestuario, con la mirada de quien ha entendido que lo suyo no es el poder sino la representación del ideal. Y dice, como dice siempre, las mismas frases que, en su boca, suenan nuevas: que la patria, que el sacrificio, que la unión. El público aplaude, algunos lloran. Pero Castro no. Castro calcula.

Porque en la cabeza del presidente ya se juega otra partida: mientras el pueblo repite la consigna de "la planta insolente del extranjero", él mide el efecto que la imagen del "Mocho" tiene sobre los nacionalistas, los conservadores desengañados, los jóvenes exaltados de la universidad, los viejos radicales que no han olvidado aún las afrentas del pasado. A todos les está hablando al mismo tiempo. A todos los quiere unificar, no bajo una causa, sino bajo su figura.

Por eso, cuando Eloy G. González, el tribuno de voz fogosa y retórica alambicada, lee aquella tarde la proclama de Castro, que según se dice había redactado junto con Ángel Carnevalli Monreal, no lo hace como quien lee un documento de Estado. Lo hace como quien recita un salmo. Las palabras —“La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria”— caen como campanadas sobre el auditorio. Y nadie, ni siquiera los más escépticos, puede evitar estremecerse ante la eficacia de la frase. El país está herido, sí, pero también está hipnotizado.

Desde la Imprenta Nacional, la proclama se esparce como pólvora. Los niños la memorizan, los adultos la recitan con el fervor de una misa cívica. En la Plaza Bolívar se forman comités espontáneos que marchan hacia el Panteón Nacional para jurar, como si Bolívar necesitara testigos, que Venezuela no se arrodillará. Y en los cafés del centro, entre pocillos de mal café y periódicos recién salidos del taller, se comenta que la proclama será, junto con el Acta de Independencia, el documento fundacional de la nueva nación. Se exagera, claro. Pero en tiempos como ese, la exageración no es desvarío: es método.

Detrás de esa llamarada verbal —porque eso era: una llamarada, un fogonazo que buscaba cegar antes que iluminar— está la mano de Castro. La misma que firmaba decretos de exilio y luego de amnistía. La misma que estrechaba la de Bowen mientras ordenaba el encierro de comerciantes inocentes. La misma que ahora firmaba un pergamino con categoría de evangelio. Porque más que un presidente, Cipriano Castro se creía un demiurgo: alguien que reescribía la historia a la vez que la protagonizaba.

Y durante unos días —breves, intensos, fulgurantes como toda euforia colectiva— lo logra. Venezuela, país quebrado y contradictorio, se siente por fin unida. La gente canta, se arenga, se convence. El extranjero es el enemigo, y Castro el defensor. Ya nadie recuerda los abusos, ni las cárceles, ni los destierros. Solo hay patria. Y hay que defenderla.

Claro que el delirio no dura.

Ya vendrá el desgaste, el desengaño, la derrota. Ya volverá el "Mocho" a su celda. Ya Bowen enviará nuevos telegramas. Ya las potencias exigirán algo más que proclamas. Pero por ahora, en ese instante detenido en el 9 de diciembre de 1902, Venezuela no solo se siente libre: se siente épica.

Y Cipriano Castro, caudillo de opereta y visionario intermitente, escribe su gran momento en la historia como lo haría un personaje de tragedia griega, pero con el gesto teatral —y un tanto torcido— de un actor de sainete.

…Y es que esa ha sido, desde entonces, la marca de agua de nuestra política: la fusión de lo trágico con lo risible, de lo solemne con lo ridículo, de lo heroico con lo farsesco. Cipriano Castro no inventó ese estilo, pero supo explotarlo con instinto feroz. Sabía —como lo saben, instintivamente, todos los que gobiernan con más intuición que ideas— que en Venezuela la historia entra por el oído, no por el juicio. Y por eso cuidaba la frase más que el acto, la proclama más que la acción.

Pero incluso los caudillos de opereta tienen sus días de gloria. El 9 de diciembre no fue solo una fecha: fue una escenificación colectiva del mito. Por unas horas, Venezuela dejó de ser una suma de desencantos para volverse un coro. En las esquinas, la gente repetía la consigna como si fuera una contraseña antigua, olvidada pero reconocible. En los cuarteles se gritaba con entusiasmo impostado. En las escuelas, los maestros improvisaban clases de historia patria que parecían sermones. Todo era patria. Todo era agravio. Todo era redención.

Y mientras tanto, en Miraflores, Castro, rodeado de sus generales, escribanos y aduladores, observaba. Sabía que aquello no duraría. Ningún caudillo se engaña por completo con su propio teatro. Pero también sabía que el instante de unidad, aunque fugaz, aunque frágil, era poder puro. Poder simbólico, sí, pero poder al fin. Y eso, para un hombre que había llegado del Táchira con más ambición que principios, bastaba.

Porque el objetivo no era ganar la guerra —sabía que no podía—, sino ganar el relato. No se trataba de expulsar a las potencias, sino de ocupar el corazón del pueblo. De instalarse ahí, en ese lugar del imaginario donde Bolívar y Zamora compartían altar con santos populares y héroes improvisados. De eso se trataba: de quedarse. Y, al menos por un tiempo, lo logró.

Hasta que llegaron los días siguientes. La diplomacia, con su frialdad contractual, se impuso sobre la épica. Las negociaciones con Bowen continuaron, los prisioneros fueron liberados discretamente, y los barcos extranjeros volvieron a sus puertos con las bodegas cargadas y la dignidad intacta. La “planta insolente” había pisado, sí, pero también había cobrado. Y Venezuela, con la inflamación patriótica aún en la voz, empezaba a entender que la proclama no paga deudas, ni silencia cañones, ni disuade intereses.

Pero no importa. Porque el 9 de diciembre de 1902 quedó, como quedan siempre estas fechas, colgado del calendario como un recuerdo desproporcionado: más grande que sus consecuencias, más brillante que su verdad. Un simulacro de epopeya. Una postal heroica en una historia llena de tachaduras.

Y quizás eso explique por qué, más de un siglo después, otro Presidente, también forjado en la retórica del agravio, recite la misma proclama como quien invoca a un dios muerto. Porque en este país, donde los líderes prefieren el aplauso al consenso y la consigna a la ley, la historia no se aprende: se repite. Como farsa, sí. Pero también como consuelo.

Y así seguimos. Entre proclamas y apagones. Entre fantasmas y retransmisiones. Entre el recuerdo de un país que nunca fue y la obstinación de seguir actuando como si alguna vez lo hubiera sido.

Puerto Cabello, el Eco de una Derrota que quiso parecer Victoria

La proclama de Castro, como todas las grandes proclamaciones, resonó más allá de sus límites naturales: más allá del país, más allá de su tiempo. Fue un eco que parecía eterno y que, como los ecos de los antiguos héroes, se confundía con el mito. Pero el imitador —ciento veintitrés años después— quiso repetirla, sin entender que no basta con repetir las palabras para repetir la historia. Nadie lo siguió. Nadie creyó. Lo único que levantó fue burla. Y repudio.

Puerto Cabello fue el segundo acto de una tragedia que ya había comenzado mal y que acabaría peor. Como en una vieja obra de Calderón o de Lope de Vega, donde el pueblo —encendido de ira, de orgullo, de patriotismo, de ignorancia, de todo eso junto— decide hacer justicia por su cuenta. Y entonces, el 12, el mercante inglés Topaze tuvo la imprudencia (o la arrogancia, o ambas cosas) de recalar en el puerto con bandera desplegada y calderas al rojo. Y entonces también, como si lo hubieran estado esperando, como si aquella provocación fuera la chispa esperada, la ciudad estalló. Asalto. Toma. Ultraje. La bandera inglesa arrancada del mástil. El capitán, los oficiales, humillados.

Los policías dejaron hacer, quizás incluso sonrieron. El pueblo, enardecido, se sintió David. Pero no sabían que Goliat venía navegando, y que lo hacía rápido.

El Vineta alemán y el Charybdis británico no tardaron en responder. No hubo tiempo para telegramas ni para diplomacia. El ultimátum llegó como suelen llegar los ultimátum: a destiempo. Las autoridades locales —Mora, Torres, Arria— recibieron el documento a las 4:30. Tenían hasta las 5:00. Media hora para evitar una guerra. Para evitar la historia. Para evitar el desastre.

El telégrafo a Miraflores quedó mudo. Como si la línea, sintiendo el peso de la historia, se hubiera negado a participar.

Y entonces vino el caos. El Charybdis apareció en la bahía como aparece el destino en las tragedias: inevitable y mudo. Nadie sabía si iba a cañonear la ciudad entera o simplemente barrer los viejos fuertes. Nadie sabía nada. Y por eso, todos huyeron.

El jefe del Castillo, ajeno a los giros del mundo, amolaba las espuelas a su gallo de pelea cuando sonó el primer disparo. La escena parece inventada, pero no lo es. Es simplemente absurda. O trágica. O ambas cosas.

Respondió como pudo, con las reliquias de un imperio deshecho: culebrinas oxidadas, pólvora húmeda, salitre. Más adorno que amenaza. Pero había que salvar el honor, aunque fuera a tiros vacíos.

El Castillo Libertador de Puerto Cabello —ese viejo pontón donde generaciones de venezolanos pagaron su disidencia con cárcel— no estaba preparado para una guerra externa. Nunca lo estuvo. Bastante tenía con las guerras internas, que fueron más muchas y más crueles. Por eso las fortalezas eran más cárceles que bastiones, más depósitos de rencores que instrumentos de defensa.

Y entonces pasó lo inevitable: Julio Bello, el encargado del fuerte, se rindió sin combatir. No lo confundamos con Jorge Bello, que tendría otro destino, otra página. Julio no tuvo épica. Ni siquiera resistencia.

Los ingleses y los alemanes se ensañaron con todo lo que evocara la España católica: capillas, libros, campanas. Saquearon con método, con rabia protestante, con el odio antiguo de los corsarios a los reyes de la Contrarreforma. Y cuando no les bastó con saquear, dinamitaron. El fuerte estalló como un pan viejo. Murieron soldados, volaron centinelas, y el pueblo huyó. Nadie disparó por ellos. Nadie rezó por ellos.

En Valencia, el tren reventaba de fugitivos. Y el Gobernador, impotente, amenazaba con castigar la especulación de víveres como si eso pudiera parar los cañones.

Pero lo peor para Castro no fue el ataque. Fue la diplomacia. El Ministro de Italia, J. P. Riva, quiso sumarse a la fiesta. Otros barcos salían ya de Génova. Y Bowen, el embajador americano, saludaba a su colega italiano como quien despide a un viajero en busca de botín. Todo parecía perderse.

Y, sin embargo, en medio del asedio, Castro encontró su papel. O se lo inventó. O lo aceptó. Le gustaba. El héroe solitario. El pequeño país contra los grandes imperios. El David latinoamericano. El Juárez de Caracas.

El 15 de diciembre, López Baralt, Canciller de Castro, denunció al mundo el agravio. Y el mundo, de algún modo, respondió. No los gobiernos —que siempre llegan tarde o no llegan—, sino los pueblos, los intelectuales, los jóvenes. Rodó había escrito Ariel. Ugarte predicaba contra el imperialismo. Y en Chile, jóvenes militares admiraban al barbudo venezolano como si fuera un nuevo Menelik, resistiendo desde la montaña a la Europa voraz.

Hubo incluso dinero: un banco popular de Buenos Aires le ofreció a Venezuela fondos para pagar la deuda. Hubo pensamiento: Luis María Drago, canciller argentino, redactó la nota que haría historia. La Doctrina Drago: los Estados soberanos no pueden ser atacados por deudas impagas. Una cláusula moral en un mundo sin moral.

Porque, decía Drago, el capitalista que presta a un Estado ya conoce los riesgos. No puede exigir, con cañones, lo que perdió en contratos. La fuerza no es derecho. Y el derecho debe ser la única fuerza.

Mientras tanto, Bowen partía. Se abrían negociaciones en Washington. La guerra parecía terminar. Pero la historia —la verdadera historia— recién comenzaba.

Porque de todo aquello, lo que quedaba no era la victoria o la derrota. Era la herida. Y el eco de una frase, dicha con toda la violencia y toda la dignidad que un país pequeño podía reunir en una sola voz: “La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria.”

Y a veces —sólo a veces— una frase basta para resistir. Aunque después vengan los olvidos.

La Pantera y el Barro, Una Epopeya Menor

La agresión imperialista —llámese como se llame, y venga de donde venga— encontró, contra todo pronóstico, quién le plantara cara. Y no lo hizo un ejército moderno, ni una potencia aliada, ni un alarde de superioridad técnica. Lo hizo un puñado de venezolanos con más orgullo que recursos, con más coraje que pólvora, y con las botas puestas. Lo cierto es que, para entonces, los alemanes —quizá porque ostentaban más que los ingleses, o simplemente porque se creían más— eran ya los más odiados. No sólo por su presencia militar, sino por su arrogancia estructural, por esa fe casi mística en su misión civilizadora que no era otra cosa que puro interés disfrazado de doctrina racial.

La historia —esa gran tramoya de verdades y embustes— registró que los días 17 y 21 de enero ocurrieron los actos más violentos de resistencia nacional en las costas zulianas, frente al castillo San Carlos de la Barra guardián del Lago de Maracaibo. Y sin embargo, poco antes, marinos del Panther habían logrado colarse por la angosta barra del golfo de Maracaibo y alcanzar el puerto, ese Maracaibo de 1902 que era algo más que una ciudad: era una metrópolis en miniatura del poder alemán en Venezuela.

El nombre que lo resumía todo era uno: Eduardo Von Jess. Cónsul alemán, sí, pero también jefe indiscutido de la casa Breuer Möller, un emporio comercial que no necesitaba ejército porque ya lo tenía todo: el café, los víveres, el crédito, las vidas. Eran importadores y exportadores, sí, pero también banqueros, prestamistas, árbitros sociales. Gobernaban desde las sombras con la eficiencia de un poder colonial disfrazado de modernidad comercial. Von Jess era su rostro: culto, intransigente, con lecturas de Von Treitschke y delirios pangermanistas, creía en una suerte de cruzada económica donde la raza aria tenía derecho a mandar incluso en tierras ajenas y tropicales.

Los clubes sociales de Maracaibo, escenario habitual del comercio de favores, también estaban bajo su égida. Y era ahí, entre brindis de cerveza helada y cánticos de “Deutschland, Deutschland über alles”, donde los marinos del Panther se sentían en casa, según anotó Picón Salas. No importaba que las relaciones diplomáticas estuvieran rotas: Von Jess no necesitaba credenciales, le bastaba con el poder real. En su despacho elevado como un trono, los empleados criollos se inclinaban con una mezcla de respeto y miedo. De su dedo pulgar —una imagen que no es hiperbólica— dependía el destino de más de un joven venezolano.

Y entonces ocurrió lo que debía ocurrir: la pantera —la nave ágil y amenazante de la escuadra germana— quedó encallada en El Tablazo, atrapada en ese lodo denso donde los mapas no sirven y solo los prácticos criollos pueden navegar. Y como no sabían qué hacer, se entretuvieron en asaltar la goleta Victoria, propiedad de un tal Virgilio Fuenmayor, que venía de La Guajira con poco más que dividive y cueros baratos.

—“Su gobierno nos debe ocho millones. Nosotros nos cobramos así”, le dijeron los alemanes mientras destrozaban con hachas y serruchos el mástil mayor. Fuenmayor, que no tenía arte ni parte en los tratados ni en las deudas internacionales, fue recibido en Maracaibo como un héroe, vitoreado por las mujeres del Saladillo y de la Marina Vieja. Un mártir de ocasión para una patria desarmada pero no rendida.

Y ahí entra en escena Jorge Bello, comandante de la fortaleza de San Carlos, pariente de Cipriano Castro, pero —más importante— hombre con agallas. Esperó el regreso del Panther en la explanada del castillo y respondió al fuego con fuego, aunque sus cañones fueran tan viejos que, según testigos, “salían del sitio a cada disparo”. La descripción de Manuel Quevedo, recogida luego por José Rafael Pocaterra, suena casi cinematográfica: una lluvia de plomo, piedras que volaban, el pueblo ardiendo, soldados enguerrillados por los médanos, y un castillo desmoronándose bajo la metralla.

Pero resistieron. Resistieron durante casi ocho horas, enfrentando no solo al Panther, sino también al Vineta, en un combate desigual y absurdo, pero quizás por eso mismo memorable. La nave alemana, semihundida y con el casco abollado, logró escapar por fin. Pero no sin antes haber dejado tras de sí el relato que alimentaría el mito.

Porque ahí está la otra parte del asunto: la narrativa. Cipriano Castro —ese hombre que construía su poder como quien construye una leyenda— transformó la resistencia de Bello en epopeya. San Carlos ya no era una fortaleza cualquiera: era una nueva Salamina. Y Bello, un Temístocles criollo, un Nelson del Caribe, un héroe con apellido republicano y actitud monárquica.

Y tal vez lo fue. O tal vez no. Pero eso importa menos que el hecho de que su gesto —y la forma en que fue contado— permitió a una nación malherida seguir creyendo en sí misma.

La Planta Insolente, o el Arte de Perder Ganando

Es inevitable asentir que la proclama y el gesto nacionalista de Cipriano Castro, ese caudillo de voz ampulosa y patillas desbordadas, logran la hazaña de convertir una derrota militar en una victoria moral. Pero —y este pero no es menor, sino central— lo hizo al precio altísimo de consolidar la hegemonía estadounidense en el continente. Los yankis fueron "neutros" y "mediadores", sí (o al menos eso decía su propaganda, que es otra forma —a veces más eficaz— de intervención), pero no se olvidaron, por supuesto, de incluirse entre los acreedores —faltaría más— ni de vigilar de cerca, con esa mezcla de condescendencia y cálculo que tanto les caracteriza, cualquier tentación europea de husmear demasiado en su patio trasero, como ellos mismos lo llaman (y ese nombre, por vulgar que suene, lo dice casi todo). Porque si algo entendieron pronto —y aplicaron con una eficiencia brutal, casi admirable si no fuera por sus consecuencias— fue que la hegemonía continental no se discute: se ejerce. Y se ejerce con una sonrisa, con promesas de paz y desarrollo, sí, pero también con cláusulas ocultas, bases militares y vetos inapelables. La neutralidad, en este contexto, no era más que una máscara: un disfraz elegante que ocultaba, apenas, el viejo afán de dominio. Así es: la misma hegemonía contra la que, más de un siglo después, Nicolás Maduro se atrevió a arremeter desde la tarima, leyendo con retórica monocorde la proclama de Castro como si fuera un manifiesto contra el imperialismo norteamericano. Lo que no deja de ser una ironía estruendosa —una de esas que la historia lanza a la cara de los ingenuos o de los cínicos—, porque fue justamente la gestión de los Estados Unidos la que impidió que las potencias europeas desmembraran a Venezuela como si fuera un cadáver colonial en pleno reparto africano.

No es solo ignorancia: es amnesia. O peor, una mezcla indigerible de ignorancia con teatro de mala calidad. Porque hay que ser ignorante —o muy hábil en la manipulación— para olvidar que, durante la crisis de 1902, Estados Unidos no solo intercedió ante Alemania y el Reino Unido (que ya estaban más cerca del cañonazo que de la nota diplomática), sino que incluso el embajador estadounidense, Mister Bowen, fue condecorado por el Congreso venezolano. Un Congreso que, dicho sea de paso, no se ahorró loas patrióticas y oropeles inventados para la ocasión, como la flamante “Cruz de la Legión de la Defensa Nacional". Una medalla de cartón piedra que, sin embargo, decía mucho: decía, sobre todo, que los venezolanos sabían agradecer al imperio del norte cuando convenía, incluso si su presidente —Theodore Roosevelt, un animal político de dientes afilados— despreciaba a Cipriano Castro con una intensidad casi bíblica. “Unspeakably villainous little monkey”, lo llamó. Un monito. Y no uno simpático: uno innombrablemente vil.

Y sin embargo, en enero de 1903, bajo el frío invernal de Washington, el embajador Bowen —ministro plenipotenciario de Estados Unidos en Caracas, pieza secundaria en la opereta internacional— empezó a ascender. Y lo hizo no por talento propio, sino por el vértigo de los acontecimientos y por la desmesura de Castro. De pronto, aquel funcionario anodino se vio convertido en una suerte de emisario entre un caudillo tropical y las cancillerías europeas, que veían en Venezuela una república a medio hacer, un estorbo con deudas, pero sin ejército.

La cancillería venezolana, por su parte, todavía se esforzaba en sostener una dignidad doctrinaria que había heredado de próceres ilustrados, y enarbolaba con solemnidad la bandera jurídica de la soberanía nacional: que los conflictos se diriman en suelo patrio, bajo leyes patrias, como mandan los tratados. Que las reclamaciones de esos comerciantes extranjeros —los “musiues”, como les llamaban con desdén— no fuesen más que un pretexto para invadir. Y si Venezuela accedía a un arbitraje en Washington, a comisiones mixtas con los agresores, era solo por sentido práctico: por la necesidad urgente de evitar una catástrofe mayor. No por debilidad, decían. No por servilismo. Sino por cálculo. La retórica siempre salva.

Pero ahí está la paradoja: Castro, con su teatralidad de opereta y su estilo de actor de zarzuela, había logrado algo que parecía imposible. Había obligado al mismísimo Roosevelt a interrumpir —momentáneamente— su política del garrote, su sueño de control absoluto sobre el Caribe. Había puesto a Inglaterra contra Alemania (con la que se había embarcado en esa extraña comandita imperial), había invocado —como un mago de feria— la Doctrina Monroe y, sobre todo, había convertido una rendición diplomática en un gesto de soberanía. Puro artificio. Pero eficaz.

Bowen firmó los protocolos en Washington, feliz como un escolar. Telegrafió a Caracas con entusiasmo ingenuo, sin anticipar que Castro le respondería con una dosis elevada de teatralidad tropical. En esas semanas, tres hombres ególatras, vanidosos, temperamentales —Castro, Roosevelt, Guillermo II—, recuerda Picón Salas, compartieron escenario en una tragicomedia internacional donde la historia, como casi siempre, se disfrazó de farsa.

Y mientras tanto, en Caracas, el Congreso aplaudía. Castro lanzaba frases grandilocuentes, y el pueblo, o parte del pueblo, se inflamaba de patriotismo. Nadie reparaba (o preferían no hacerlo) en que, tras bambalinas, la soberanía estaba siendo hipotecada, no con la espada, sino con la firma.

Pero así es la historia: un juego de espejos donde la derrota puede parecer victoria, y donde la ignorancia —si se recita con voz firme— se confunde con convicción.

El Simulacro de una Renuncia

No faltó —porque nunca falta— quien celebrara, entre risas discretas o abiertas, el momento en que Nicolás Maduro leyó en voz alta —con voz impostada, como quien pretende ser la Historia misma— la vieja proclama de Cipriano Castro, en ese tramo casi teatral en que el caudillo insinúa su disposición a abandonar el poder. La alegría, sin embargo, fue más bien la de un enfermo de nostalgia, una alegría de tísico, amarga, prematura, ilusoria, porque basta conocer mínimamente el episodio de la presunta renuncia de Castro ante el Congreso en 1903 para saber que, más que un gesto de desprendimiento fue un número de prestidigitación política.

Aquello fue, en efecto, una comedia. Mejor dicho: dos comedias. La primera, la renuncia que no fue renuncia. La segunda, el rechazo jurídico —tan solemne como previsible— de los protocolos firmados con las potencias extranjeras, lo que dejó al atribulado Mister Bowen condecorado pero desesperado, condecorado, pero solo, condecorado pero impotente. El drama de siempre: el honor, el decoro, la soberanía, utilizados como máscaras de la voluntad de poder.

La renuncia de Castro —y ahora lo sabemos o fingimos no saberlo— fue un ardid doble: uno para consumo interno, otro para los ojos del extranjero. Porque Matos, desde su exilio en Curazao, ya había diagnosticado el supuesto mal: el problema de Venezuela, según él, no era Venezuela, sino Castro. Y los marinos alemanes que bloqueaban las costas no se cansaban de repetir la consigna: no estamos en guerra con el país, decían, sino con su mandatario. Incluso Rangel Garbiras, ya domesticado por la melancolía del fracaso, había llegado a sugerir que para lograr la paz bastaba con que Castro se hiciera a un lado. Pues bien: ahora Castro fingía hacerse a un lado.

Con gesto de Cincinato tropical, el mismo Castro que desde 1899 se había atrincherado en el poder como si fuera un derecho divino, decidió anunciar al país —con la voz quebrada del mártir y la retórica del caudillo— que renunciaba. Lo hizo con dos mensajes: uno lacónico, casi seco, y otro deliberadamente sentimental, construido con subjuntivos y condicionales, como quien deja caer una flor sobre la tumba de un amor imposible. En él decía cosas como que su salida “quitaría toda sombra de mala voluntad”, que “nadie perdería; todos ganaríamos”, y que su separación, acaso, obraría el milagro de la unidad nacional. Había allí, en cada verbo hipotético, la marca de la farsa: una renuncia que se redacta con lágrimas pero se ejecuta con garantías de que no se concrete.

Y no se concretó, por supuesto. Presidían entonces las Cámaras dos Generales hábiles y dúctiles —Velutini y Ayala— que, como estaba previsto, rechazaron la renuncia con entusiasmo coreografiado. No lo hicieron por convencimiento, sino por conveniencia. “Así lo reclaman los intereses de la causa y la conveniencia pública”, dijeron. O dicho de otro modo: lo reclama la patria. ¡La patria se impone! repitieron, como un mantra, en los pasillos del poder, en los salones de Miraflores, en los ecos de una República que ya no era tal, sino teatro.

Y en ese mismo teatro, el canciller López Baralt —hombre pequeño de cuerpo y de ambiciones— murmuraba, en voz baja y pasadizos sombríos, que no había que inquietarse demasiado con los protocolos firmados en Washington. Que las comisiones mixtas sabrían tomarse su tiempo. Que en caso de necesidad, quedaba siempre el camino lento, muy lento, de La Haya. La farsa continuaba. El poder seguía. La Historia —como tantas veces— se escribía en subjuntivo.

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¿Qué habrá pensado Nicolás Maduro —me pregunto— al leer aquella proclama inflamable y un tanto rancia, escrita con tinta de nacionalismo decimonónico, con palabras grandes y huecas como catedrales vacías, y destinada a conjurar, una vez más, la sempiterna amenaza del imperio yanky sobre su Gobierno exhausto, deshilachado, corrupto y deslegitimado? ¿La leyó con la seriedad de un jefe de Estado o con la resignación de un actor obligado a interpretar, por enésima vez, una comedia sin público y sin guion nuevo? ¿Y qué habrá pensado después —eso es lo que importa, eso es lo verdaderamente revelador— cuando vio que nada pasaba, que su lectura se disolvía en la bruma de la indiferencia, que el mundo seguía girando como si él no hubiera dicho nada?

Tal vez se acordó, o tal vez no, de aquel historiador que le entregó la proclama como quien entrega un legado, un espejo del pasado barnizado con patriotismo fulgurante y la promesa —tácita o explícita— de que la historia estaba de su parte. Tal vez ese mismo historiador, en un arranque de lucidez o de cinismo, le susurró después que, como dijo Marx (el de verdad, no el de los pósters), la historia siempre se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. Aunque en este caso —me temo— ni siquiera eso: ni tragedia ni farsa, sólo el silencio espeso de una función que nadie quiso ver.  

*Las opiniones contenidas en este articulo son de la exclusiva responsabilidad del autor.