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30 agosto, 2025

El desaparecido Hermano Sol

 

Por Orlando Arciniegas*

     A *Hermano Sol* –un hermoso caballo criollo colombiano– lo recuerdan en las pistas y caballerizas como un patriarca. Y, recuérdese, que la condición imprescindible del patriarca es su carácter de figura fundacional, pues su veneración es asunto en primer término, de su descendencia. Y, en este caso, de los caballistas, que, en Colombia, hacen parte de una tradición de prestigios sociales. Eso se ve en las ferias y competencias donde caballos y amos se exhiben con igual orgullo social. De _Hermano Sol_ se dice que era un caballo de paso fino que movía el cuello con sobrada elegancia, seguro de que cada uno de sus pasos daría lugar a una reverencia. Y, pese a su desaparición, años atrás, su reputada descendencia sigue flotando en las redes sociales como si de una antigua reliquia se tratara. Con el mismo donaire y agilidad del patriarca, lo que asegura su fama. De su precio se dice que era de $ 3.000 millones de pesos. ¿Cómo puede un caballo valer tanto?

     Al momento de su desaparición, debió tener entre los 12 y 16 años que es la edad de la plenitud de un caballo de su raza. Pues al cumplir los 20 se les comienza a llamar 'viejos'; siendo su edad tope a los 30, una edad excepcional, y en la que aparece un signo de vejez que ningún caballo de alcurnia quisiera para sí: un labio inferior colgante. El único que se sobrepuso a tal condición fue Mokie, un caballo que vivió 40 años. Que en sus primeros años perteneció al actor Burt Reynolds, y que terminó su longeva existencia haciendo una noble tarea: la de servir de apoyo emocional a personas que, por motivos diversos, atravesaban por complicados momentos.

     Del _Hermano Sol_, se habla más que todo de una posible ocultación, que es lo que se piensa ocurrió tras la detención de su dueño, *Joaquín Mario Valencia Trujillo*, a quien llamaban el Caballista, que capturaron en Cali, en el 2003, pero que al año siguiente ya estaba en una celda en la ciudad de Tampa, Florida, acusado de ser parte de un engranaje, como lo señaló la justicia, que había tomado el control de las otrora rutas del Cartel de Cali. Al narco se le castigó con un despojo de sus propiedades más visibles, siempre queda lo más escondido, que inventarió la Sociedad de Activos Especiales *(SAE)* —la entidad colombiana encargada de administrar los bienes incautados a los narcos—, en cuya lista figuraban haciendas, cuentas bancarias y sus caballos: Patrimonio del 8, Barú y, por supuesto, Hermano Sol, que era su joya más preciada. Sin embargo, se convirtió en un fantasma, en una pregunta sin respuesta, pues nadie aún sabe adónde fue a parar, ni cómo pasó el resto de sus días el Hermano Sol, pues a estas alturas ya pudiera haber agotado su expectativa vital. 

     Para Valencia Trujillo, los caballos eran sus compañeros de ferias y competencias, eran su sello social. Pero en realidad, detrás de los trofeos y las crines, había otra historia más oscura y densa: la de un hombre que fue extraditado a Estados Unidos y condenado a cuarenta años por mover toneladas de cocaína en barcos que surcaban el Pacífico. El criadero *La Luisa*, levantado por el referido narco, socio de los hermanos Rodríguez Orejuela (Cartel de Cali), en el municipio *Jamundí* (Valle del Cauca), se convirtió en el escenario de sus dos pasiones: los equinos y la coca. Allí había caballos campeones que se lucían en los torneos y, al mismo tiempo, una fachada elegante para disimular el dinero sucio que entraba a raudales por los constantes envíos de drogas hacia el norte.

*El linaje de un emperador

Hermano Sol no surgió de la nada. Su abuelo fue *Túpac Amaru*, un mítico caballo que perteneció y amó el peligroso gánster Gonzalo Rodríguez Gacha (1947-1989), alias El Mexicano. Un símbolo más de una agitada y turbulenta época en la que los capos colombianos hartos de dinero construían para sus equinos de raza pesebreras con bebederos automáticos, adornadas con los lujos más extravagantes. Y a los que en las grandes y lujosas fincas rurales se les celebraban sus cumpleaños. Rodríguez Gacha no vaciló en pagar por Tupac Amarú un millón de dólares. Un nieto, Hermano Sol, heredó esa sangre y la multiplicó. De sus crías han salido campeones que todavía ganan aplausos en el circuito internacional. Se calcula que ha dejado quizá miles de descendientes, como si cada paso suyo en la pista se hubiera reproducido en otras generaciones de orgullosos caballos de paso fino.

     En el ambiente del paso fino, Hermano Sol es sinónimo del mejor linaje. Es el caballo fantasma que sigue ahí. Ya no en los inventarios de las fincas de lujo, ni en los informes de las ferias, sino en la memoria de los criadores que lo veneran, en los videos que lo muestran erguido, y en los rumores que corren en las pistas. Como si su destino fuera recordar a cada paso, que en Colombia incluso un caballo de miles de millones puede desaparecer sin dejar rastro alguno. Y sin que ningún burócrata sea responsable. *Pero es un nombre en el mundo de las ferias equinas que se pronuncia con la misma devoción y reverencia con la que un coleccionista de arte habla de un Picasso*.

Historiador. Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo.