Por Orlando Arciniegas*
A *Hermano Sol* –un hermoso caballo
criollo colombiano– lo recuerdan en las pistas y caballerizas como un
patriarca. Y, recuérdese, que la condición imprescindible del patriarca es su
carácter de figura fundacional, pues su veneración es asunto en primer término,
de su descendencia. Y, en este caso, de los caballistas, que, en Colombia,
hacen parte de una tradición de prestigios sociales. Eso se ve en las ferias y
competencias donde caballos y amos se exhiben con igual orgullo social. De
_Hermano Sol_ se dice que era un caballo de paso fino que movía el cuello con
sobrada elegancia, seguro de que cada uno de sus pasos daría lugar a una
reverencia. Y, pese a su desaparición, años atrás, su reputada descendencia
sigue flotando en las redes sociales como si de una antigua reliquia se
tratara. Con el mismo donaire y agilidad del patriarca, lo que asegura su fama.
De su precio se dice que era de $ 3.000 millones de pesos. ¿Cómo puede un
caballo valer tanto?
Al momento de su desaparición, debió tener entre los 12 y 16 años que es la edad de la plenitud de un caballo de su raza. Pues al cumplir los 20 se les comienza a llamar 'viejos'; siendo su edad tope a los 30, una edad excepcional, y en la que aparece un signo de vejez que ningún caballo de alcurnia quisiera para sí: un labio inferior colgante. El único que se sobrepuso a tal condición fue Mokie, un caballo que vivió 40 años. Que en sus primeros años perteneció al actor Burt Reynolds, y que terminó su longeva existencia haciendo una noble tarea: la de servir de apoyo emocional a personas que, por motivos diversos, atravesaban por complicados momentos.
Del _Hermano Sol_, se habla más que todo
de una posible ocultación, que es lo que se piensa ocurrió tras la detención de
su dueño, *Joaquín Mario Valencia Trujillo*, a quien llamaban el Caballista,
que capturaron en Cali, en el 2003, pero que al año siguiente ya estaba en una
celda en la ciudad de Tampa, Florida, acusado de ser parte de un engranaje,
como lo señaló la justicia, que había tomado el control de las otrora rutas del
Cartel de Cali. Al narco se le castigó con un despojo de sus propiedades más
visibles, siempre queda lo más escondido, que inventarió la Sociedad de Activos
Especiales *(SAE)* —la entidad colombiana encargada de administrar los bienes
incautados a los narcos—, en cuya lista figuraban haciendas, cuentas bancarias
y sus caballos: Patrimonio del 8, Barú y, por supuesto, Hermano Sol, que era su
joya más preciada. Sin embargo, se convirtió en un fantasma, en una pregunta
sin respuesta, pues nadie aún sabe adónde fue a parar, ni cómo pasó el resto de
sus días el Hermano Sol, pues a estas alturas ya pudiera haber agotado su
expectativa vital.
Para Valencia Trujillo, los caballos eran
sus compañeros de ferias y competencias, eran su sello social. Pero en
realidad, detrás de los trofeos y las crines, había otra historia más oscura y
densa: la de un hombre que fue extraditado a Estados Unidos y condenado a
cuarenta años por mover toneladas de cocaína en barcos que surcaban el
Pacífico. El criadero *La Luisa*, levantado por el referido narco, socio de los
hermanos Rodríguez Orejuela (Cartel de Cali), en el municipio *Jamundí* (Valle
del Cauca), se convirtió en el escenario de sus dos pasiones: los equinos y la
coca. Allí había caballos campeones que se lucían en los torneos y, al mismo
tiempo, una fachada elegante para disimular el dinero sucio que entraba a
raudales por los constantes envíos de drogas hacia el norte.
*El linaje de un emperador
Hermano Sol no surgió de la nada. Su abuelo fue *Túpac
Amaru*, un mítico caballo que perteneció y amó el peligroso gánster Gonzalo
Rodríguez Gacha (1947-1989), alias El Mexicano. Un símbolo más de una agitada y
turbulenta época en la que los capos colombianos hartos de dinero construían
para sus equinos de raza pesebreras con bebederos automáticos, adornadas con
los lujos más extravagantes. Y a los que en las grandes y lujosas fincas
rurales se les celebraban sus cumpleaños. Rodríguez Gacha no vaciló en pagar
por Tupac Amarú un millón de dólares. Un nieto, Hermano Sol, heredó esa sangre
y la multiplicó. De sus crías han salido campeones que todavía ganan aplausos
en el circuito internacional. Se calcula que ha dejado quizá miles de
descendientes, como si cada paso suyo en la pista se hubiera reproducido en
otras generaciones de orgullosos caballos de paso fino.
En el ambiente del paso fino, Hermano Sol
es sinónimo del mejor linaje. Es el caballo fantasma que sigue ahí. Ya no en
los inventarios de las fincas de lujo, ni en los informes de las ferias, sino
en la memoria de los criadores que lo veneran, en los videos que lo muestran
erguido, y en los rumores que corren en las pistas. Como si su destino fuera
recordar a cada paso, que en Colombia incluso un caballo de miles de millones
puede desaparecer sin dejar rastro alguno. Y sin que ningún burócrata sea responsable.
*Pero es un nombre en el mundo de las ferias equinas que se pronuncia con la
misma devoción y reverencia con la que un coleccionista de arte habla de un
Picasso*.
Historiador. Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo.