Por Simón García / Opinión
No parece
cierto que hoy predomine una narrativa que descalifique a la expectativa y la
esperanza de cambio. Es un tema que no debe verse en abstracto sino en un
proceso en curso entre quienes desean sumar fuerza y quienes desean pelear con
los que tienen propuestas diferentes para hacerlo. El riesgo inminente es
recaer nuevamente en otra división con las que hemos destruido dirigentes y
partidos.
La
representatividad del liderazgo de María Corina y la legitimidad constitucional
del de Edmundo González han sofocado está propensión a barrer la casa hacia
afuera y darle mayor relevancia al conflicto interno.
Necesitamos
un debate de altas miras sobre el futuro del país y la teoría de cambio que
debe cultivar la oposición. Ese debate, que no encontró alicientes en los
recientes seis meses, no puede darse en estos momentos y quizá no tan cerca de
las explicaciones sobre el desenlace del 10.
Tampoco es legítimo comenzar a excluir participantes necesarios en ese debate, delimitando los que no tienen derecho a opinar porque tienen distintos grados de compromiso o mantienen aún una estrategia diferente a la de María Corina.
Existen
también posiciones de gentes que están en la lucha contra el régimen
autoritario, que apoyan al liderazgo principal de estas luchas; pero consideran
que, en algunos aspectos, hay opciones que brindan más seguridad al logro de
objetivos que la decidida por la dirección principal de la oposición.
Esta discrepancia es descalificada automáticamente como colaboración o
complicidad. Esta inquisición asimila una disidencia a una traición y se
complace en incrementar nuevas cohortes de alacranes desterrados de la
oposición sin tomar en cuenta trayectorias o aportes a una verdadera alianza
nacional.
El dogma es
el mismo: si no se está de acuerdo en todo, no se está de acuerdo en nada. Esta
cláusula permite que algunas franjas de la mayoría opositora se apropien de los
7 millones de venezolanos que votaron por Edmundo y se confieran una
instantánea superioridad moral para tratar con desprecio a los impuros y a los
tibios.
Este
discurso que suele acompañarse de un empoderamiento autoritario de la verdad,
convierte a seguidores en súbditos sin derecho a expresar lo que
piensan.
Esa
deformación en la oposición es un traslado de la cultura autoritaria del
régimen que bloquea el desarrollo de sus rasgos alternativos.
Damos fanáticamente por sentado que
la política, especialmente aquella vivida como acto heroico más fantasioso que
real, es el arte de hacer posible lo imposible.
Tal vez sea
así en algunos momentos especiales en los cuales se le debe pedir a Rodas que
salte, justo en ese instante y lugar. ¿Pero estamos en una fase de la lucha
por la vigencia de la Constitución que nos permita gritar ahora o nunca?
Fetichizar el 10 de enero y convertirlo en la línea de muerte para el
régimen, contando fundamentalmente con la necesidad objetiva de los cambios
y la aspiración de todos de salir del desguace del país, ha dado lugar a inflar
una expectativa separándola de variables que aún hay que reunir.
Lo que se
quiere evitar y que en estos momentos no es útil examinar en detalle, es cómo
sacar el mejor provecho de los triunfos extraordinarios obtenidos por la vía
electoral y por la aparición en toda la población de un cambio de
actitud vivido como responsabilidad de todos. Que daño puede
ocasionar los que alertan para no caer en un barranco porque no se están
atendiendo determinados requisitos de triunfo.
El traslado
de la polarización al interior de la oposición alienta una línea de exclusión
que no representa las motivaciones de diversas franjas de ciudadanos
presentes en la apabullante victoria del 28. Mantener esa amplitud debe ser un
fundamento para lograr nuevas expectativas.
El artículo
que me suscitó estos comentarios aislados, contiene planteamientos y
sugerencias de interés para todos los preocupados por el destino del país
y para la suerte de la oposición. Puede ser un recurso cuando se abra una
nueva fase y un nuevo debate sobre cómo trabajar lo posible para superar juntos
la realidad de un régimen, un modelo y una cultura autoritaria.
El retorno
al primitivo decreto de guerra a muerte no es respuesta certera, aunque
crecerán sus partidarios. De ese modo se convierte a la polarización en
un mecanismo de extinción del adversario y no deja espacio para ir más allá de
los que consideran que tácticamente ha llegado la hora de los creyentes
firmemente convencidos que la victoria nos esperará en menos de seis meses.
De
nuevo la compulsión inmediatista y la propuesta de otra fecha para ganar el
todo con pocos.
En
Venezuela sobran razones para luchar por un cambio que asuma que la democracia
se reconquista practicándola. Un solo dato revuelve el ánimo: el monto del
salario mínimo y de las pensiones!!
Los que aún
no creen o tienen dudas sobre las probabilidades actuales de
avances tienen derecho a tener otra opinión; los que han perdido
todo, incluida la esperanza, tienen que tener un espacio entre las diversas
maneras de ser útil para realizar la expectativa de vivir mejor que es una que
debe unirnos a todos.
¿Acaso
vamos a presentar una oferta de nueva sociedad solo para la vanguardia de los
elegidos?
Tener dudas
o no tener una ilusión ciega en qué Edmundo se va a juramentar en Venezuela,
¿es signo de ser aliado del régimen (siempre tratado como bloque sin apreciar
su contradictoriedad ) y cómplice de la corrupción?
Es así,
¿con dogmas, sectarismos, amenazas y exclusiones cómo se pretende
construir futuros mejores? Dudo.
Los
sectores moderados en la oposición y los que nos interesa estimular en el campo
dominante no han desaparecido. Unos y otros tienen un papel que jugar en una
crisis estructural que el poder no tiene medios, distintos a favorecer alguna modalidad
de transición, para salir de ella con bajos costos.
También las
distintas clases de líderes radicales presentes en la oposición (democráticos o
autocráticos; moderados o extremistas) jugarán un papel en el acortamiento o
prolongación de la dominación de las fuerzas que controlan al Estado sobre la
sociedad.
El sistema
en el poder llegó a su punto de agotamiento. No puede mantenerse sobre la
destrucción de las condiciones de vida y la represión a un país que piensa
diferente desde el 28 de julio.
Ese es el
mayor capital del cambio. No lo dividamos. Protejamos todos la esperanza.
Si no lo
podemos lograr, el optimismo de la razón comenzará a ser doblegado por la
ineficacia de la voluntad. Entonces se descubrirá que la esperanza se aferrará
a la espera de un milagro y todos habremos perdido.
