Por Enrique Ochoa Antich
En alguno de
nuestros pleitos (no más de cinco… pero estentóreos), Teodoro me definió como
un _grafómano_. Así que el mejor homenaje que puedo ofrecerle al momento mismo
de conocer su partida, son estas líneas. Para mi beneplácito, también escribí
de él en vida y no sólo en las sombras de _esta noche a la que vamos_, como nos
recuerda el poeta.
Pertenezco a
una generación al menos parte de la cual nació a la vida política bajo la
impronta del pensamiento y la acción de Teodoro Petkoff. Eso de ver a un
comunista venezolano enfrentando a la vez a los gringos y a los rusos en plena
guerra fría, resultaba fascinante.
A mis 16
años, sin ser llevado de la mano por nadie, entré en la política conquistado
por su ejemplo: me apersoné en el Partido Comunista y me inscribí en la JC, y
lo hacía para sumarme no al PCV propiamente sino a la división de ese partido,
al *deslinde* que estaba en marcha. Es decir, a quienes seguían a Petkoff.
Y desde que lo conocí personalmente allá por 1972 (me parece verlo como si fuera hoy en un mostrador del aeropuerto de San Antonio del Táchira esperando por los tres jóvenes del MAS encargados de ir a buscarlo) hicimos una amistad, política y personal, no exenta de disonancias, pero siempre cercana y enriquecedora.
Alguna vez
que nos quitamos la palabra, luego de una discusión subida de tono debido a una
de mis críticas públicas al liderazgo histórico del MAS, siendo yo diputado
suplente allá por los inicios de los años 80, y que por azar del destino nos
encontramos en el mismo ascensor del Congreso, luego de algunos segundos de
incómodo silencio se me acercó y me dijo esto que tengo por uno de los mayores
elogios que haya podido recibir alguna vez: “Enricote”, así me decía pues
conectaba el Enrico (bromeando, según me dijo, por Enrico Berlinguer) con mi
estatura física, imagino, “Mejor hablémonos porque he estado pensando que así
de ladilla como a veces me pareces tú a mí, le he debido haber parecido yo a
los viejos líderes del Partido Comunista”.
Quienes se
imaginan a un Teodoro autoritario no saben lo tolerante y democrático que pudo
llegar a ser. Por ejemplo, para ser candidato a la alcaldía de Caracas, aceptó,
a pesar de mis recomendaciones en contrario, competir en primarias internas con
un personaje gris y nefando cuyo nombre me niego a mencionar aquí, dirigente de
tercer orden en el MAS, hoy destacadísimo líder del PSUV. Era la democracia
interna de un partido moderno en la que él creía a todo evento.
Esa amistad
se cimentó no sólo en la política sino en una de sus mayores pasiones: la
literatura. Como algunos saben, escribió tres libros de cuentos (inéditos, que
tenía pendiente pedirle que me dejara ver en una de mis visitas postreras) y
una novela (que quemó). Siendo liceísta en San Cristóbal, en 1973 tuve la
audacia de escribirle una carta (¡aquellos tiempos sin Internet ni What´s App!)
hablándole de política, claro, pero también de mis proyectos literarios, y para
mi sorpresa, a las semanas recibí su respuesta que aún conservo, claro.
Recuerdo una frase: “Cuidado: Sartre hay uno solo”. A los años concluí una
novela (inédita), _La pasión inútil_ (expresión sartreana), cuyos manuscritos
leyó, uno de cuyos personajes es Teódulo Perdomo, pseudónimo que con otros usó
Petkoff en tiempos de clandestinidad (en _La marcha sin retorno_, novela
próxima a publicarse este 2024, el personaje vuelve a aparecer... en cuatro
ocasiones).
Podría hablar
aquí de _Checoeslovaquia,_ el libro que literalmente devoré a mis 16 años, o de
sus otros libros ( _Proceso a la izquierda_ , por ejemplo, con el que desmontó
todo el engranaje de lo que alguien llamó alguna vez la mitología
revolucionaria), o de su aporte democrático al pensamiento de izquierda, o de
sus aciertos y errores (que fueron muchos y que tanto debatí con él) en
política, pero prefiero evocar esa faceta que seguramente todos recordamos hoy:
su desenfado, su irreverencia, su desparpajo frente a los cánones políticos
establecidos. La primera vez que lo vi enfluzado (1977, llegaba a la FCU en la
plaza del rectorado luego de un compromiso televisivo), casi con vergüenza nos
dijo a quienes lo esperábamos: “Aquí, disfrazado de politiquero”. Esa forma de
ser lo conectó con aquella juventud de finales de los 60 y principios de los 70
que justamente, no sólo en Venezuela sino en el mundo, se caracterizaba por ser
culturalmente rupturista y disruptiva. Por eso Teodoro no fue sólo un referente
propiamente político en la política (y me perdonan la redundancia) sino
existencial en la política. Quizá eso hacía que fuese el orador que fue, cuyo
verbo podía sacudir auditorios y plazas.
Teodoro podía
ser franco hasta lo impolítico. Imprudente hasta la rudeza. Era su forma de ser
honesto. Pero esa “virtud” se convertía en una verdadera pesadilla en las
campañas electorales. En su primera candidatura, 82/83, fui secretario de su
oficina (que dirigía Jacobo Borges), y podría contar muchas anécdotas a este
respecto. Pero ese modo de ser, que muchos hemos heredado, que puede ser muy
inconveniente en la política, terminó por convertirse en un patrimonio de eso
que por comodidad llamábamos *teodorismo* … designación que, por cierto, según
le dijo a su hija Irene recientemente, despreciaba. Tal vez esa falta de
respeto hacia sí mismo, su animal rechazo a todo lo que pudiera sonar culto a
la personalidad, su aburrimiento frente a homenajes y alabanzas, afectó sus
posibilidades políticas. Posiblemente. Pero queda un ejemplo de honestidad que
resulta admirable en estos tiempos cuando el oficio político se ha convertido tanto
en mediocre cinismo.
Los dioses
son injustos, he dicho muchas veces a mis amigos observando las destellantes
carreras de muchos políticos sin méritos durante estas últimas décadas (del
gobierno, claro, pero también de la oposición). Hoy puedo decir sin temor a
equivocarme que, aunque no es el único caso, sin duda, porque hay algunos más,
el país nunca supo con exactitud el presidente que se perdía en su figura y en
su liderazgo. Que no lo haya sido fue responsabilidad de sus errores y de
aquellos que cometimos quienes lo acompañamos por décadas en sus proyectos (el
último en 2006), sí, pero hoy no tengo duda alguna de que este país hubiese
sido otro si en vez de dejarse seducir por la aventura y la asonada, el
espejismo y la demagogia, hubiese escogido como conducción pública la cultura,
la honestidad, la reciedumbre, la capacidad y la modernidad de Teodoro Petkoff.
Nota de la redacción de
Entre Todos D. Este artículo fue publicado por varios medios de comunicación el
31 de octubre de 2018, ahora, para ser publicado nuevamente a propósito de un
nuevo aniversario de la desaparición física de ese gran venezolano que fue
Teodoro Petkoff, fue revisado por su autor, quien realizó muy pequeñas
modificaciones.