Por Jesús Puerta* / Opinión
No, no es la Internacional “Antifascista”, porque el de
Maduro es el gobierno con más rasgos fascistas que se puede imaginar. Es una
Internacional de déspotas, cleptócratas, autoritaria y/o totalitaria. Esos
déspotas son demasiado nocivos como para tener de ellos una imagen como las de
las caricaturas, o sea, un “hombre fuerte” y malo en la cumbre, que controla el
ejército y la policía, las cuales amenazan torturan y matan al pueblo, contando
con la contribución de malvados colaboradores. Son mucho más que eso
En su libro “Autocracy Inc” (algo así como “autócratas y asociados”), Anne Applebaum profundiza sobre los crímenes, el enriquecimiento ilícito, abusos y mentiras propios de los representantes de este fenómeno mundial de los autoritarismos cleptocráticos policial-militares, cuyas raíces hay que hallarlas en el ascenso de las oligarquías rusas que llevaron al poder a Putin en Rusia, después del borracho Yeltsin.
En principio, hay que entender que conforman, no un bloque
político-ideológico, sino más bien una red criminal. Red de regímenes
autoritarios. Son regímenes que tienen diferentes raíces históricas,
ideológicas, políticas y sociales; pero todos concuerdan en su odio hacia las
formas democráticas de convivencia política y hacia sus propios pueblos que han
expresado su deseo de vivir en libertad, a los cuales someten a tal estado de
miseria que los convierten en masas inertes, ocupados principalmente en su
propia y difícil supervivencia. Tal vez haya que diferenciar entre aquellos
autoritarismos, que han usado los recursos de la misma democracia de reformarse
a sí misma, mediante leyes o cambios constitucionales, hasta llegar al
control unipartidistas (y autocrático) de la estructura institucional del Estado,
la limitación de los medios de comunicación, el aplastamiento de los derechos
democráticos y humanos en general, concentración de poder en los autócratas, de
los totalitarios, que controlan también hasta la intimidad de las personas, con
mecanismos microsociales de persecución y Partidos únicos, y los que llegan en
virtud de una violencia revolucionaria o una herencia tradicional. Pero, al
parecer, siempre van de lo malo a lo peor.
Los autoritarismos actuales no consisten solamente en el
poder de un solo hombre malvado, a ratos psicópata, a ratos psicótico, sino del
ascenso mundial de redes globales de estructuras financieras de lavado de
dinero de orígenes ilícitos, un complejo de servicios de seguridad (militar,
policial y paramilitar), y expertos tecnológicos que proveen servicios de
vigilancia, propaganda y desinformación. Los miembros de esas redes están
conectados, no solo en cada uno de los gobiernos despóticos, sino con socios de
empresas similares de otros gobiernos autoritarios e, incluso, con algunas
corporaciones que se hallan en las naciones “democráticas”, que se lucran con
estos negocios oscuros. De hecho, se trata de un capitalismo monopólico
criminal. Los corruptos de las empresas de un país, hacen negocios con los
corruptos de las empresas de otro país. La policía de una autocracia entrena y
arma a la policía de otro país sometido. Los recursos de propaganda de un
dictador se comparten (granjas de trolls, corporaciones de medios) y usan las
mismas manipulaciones de otras dictaduras: temas como la lucha contra el
Occidente, contra la democracia (o el uso de “otro concepto de la democracia”),
la paz y la estabilidad política, etc. Todo lo que está en contra de este
despotismo es fascismo, traición a la Patria, terrorismo.
Se asocian en negocios como el lavado de dinero por
corrupción, tráfico de drogas, negocios ilícitos, oro, recursos naturales, etc.
Estos regímenes dictatoriales tienen diferentes raíces históricas, objetivos
declarados, estéticas, ideologías. El comunismo chino es diferente del nacionalismo
ruso en sus postulados y algunas líneas de su retórica. Maduro (aunque se
aplique al eclecticismo y el sincretismo ideológico de la manera más
desvergonzada) no habla exactamente igual de la Idea Juche de Corea del Norte,
tampoco es un islámico fundamentalista como los oligarcas iraníes. Ellos, a su
vez, se distinguen de las monarquías árabes (Arabia Saudita, Emiratos Árabes
Unidos) y el comunismo sui generis de Vietnam. También se diferencian de los
regímenes de Turquía, Singapur, Filipinas, Hungría, caracterizados como
“democracias híbridas” por los académicos norteamericanos, que usan detalladas
escalas para medir las variables que van convirtiendo una democracia en un
autoritarismo. Pero todos funciona, más que como un bloque político-ideológico
como los del siglo XX, como un conglomerado de grandes negocios, compañías,
corporaciones cuyo principal objetivo es preservar los enriquecimientos y el mantenimiento
en el poder de sus jefes.
En lugar de doctrinas coherentes, como lo fue el marxismo
leninismo, las dictaduras en países como Rusia, China, Iran, Corea del Norte,
Venezuela, Nicaragua, Angola, Myanmar, Cuba, Syria, Zimbabwe, Mali, Belarus,
Sudan, Azerbaijan, y unas tres docenas más de países, comparten la
determinación de evitar la libre expresión de sus pueblos, acabar con cualquier
forma de transparencia en el manejo de los fondos públicos, y reprimir
cruelmente cualquier movimiento de sus nacionales que se atreva a desafiarlos. Pero,
sobre todo, tienen una visión descaradamente pragmática, delincuencial,
orientada a la acumulación de su propio capital.
Tal vez una de las convicciones que más comparten estos
déspotas es que no hay forma en el mundo de tocarles, por lo que les sabe a m…
lo que digan de ellos en las reuniones internacionales, las instituciones
mundiales o los escenarios diplomáticos. Mucho menos sienten la menor reserva
en utilizar abiertamente la crueldad y la brutalidad más despiadada contra sus
conciudadanos. Formar parte de la red de autócratas asociados consigue
impunidad para cometer todos los crímenes.
La activista internacional por la democracia, Srdja Popovic,
ha llamado el “modelo Maduro de gobierno” aquel que, para mantenerse en el
poder, se ha propuesto convertir a su país en un estado fallido, sometido a un
colapso económico, violencia endémica, miseria masiva y aislamiento
internacional, todo lo que la ONU ha denominado “crisis humanitaria
compleja”. De modo que el gobierno de Maduro tiene el dudoso honor
de servir de modelo para caracterizar a los peores regímenes del mundo en la
actualidad. Pero todavía se halla en proceso. Todavía, desgraciadamente, no ha
alcanzado su plena realización, no ha podido asaltar definitivamente los
pequeños resquicios de prácticas democráticas, cuyo espacio todos los
ciudadanos tenemos el deber de abrir, a pesar de la ola represiva.
Es diferente haber captado la naturaleza autoritaria del
nuevo régimen que empezó en 1999, en ese año, o en 2007, 2014, 2015 o 2017. De
hecho, el proceso de consolidación de esta cleptocracia autoritaria
policial-militar tuvo varias etapas, arcadas por sus correspondientes
contradicciones, dejando desprendimientos por el camino, intelectuales,
dirigentes populares, grupos sinceramente comprometidos con un cambio
progresista de un país en crisis desde la década de los 80. Es cierto lo que
apunta Ramírez en cuanto a que Maduro atrajo precisamente aquellos elementos
que Chávez mantuvo a distancia en su momento, luego de expulsar o purgar los
del entorno más cercano del Comandante extinto, incluido el propio Ramírez (a
quien no considero limpio de toda culpa, por si acaso).
Pero ya en 2007 se pudo haber observado que el proyecto de
reforma constitucional de Chávez implicaba una ultracentralziación de todos los
poderes del estado en el Ejecutivo, con el propio Chavez en la cabeza, además
de la virtual aniquilación del voto universal, directo y secreto, sustituida
por una “soberanía popular” manifestada en “grupos organizados por territorio”,
lo cual, de paso, llevaba a una reformulación de la división política
territorial tradicional del país, vaciando de paso a gobernaciones y alcaldías,
justo lo mismo que ahora Maduro vuelve a ofrecer, haciendo demagogia con su
“Estado comunal”. Quién sabe por qué, habiendo convocado una Constituyente en
2017 (con una estructura corporativista por sectores, al estilo Mussolini), no
aprobaron ese proyecto constitucional entonces. Reitero aquí lo dicho en otras
oportunidades: las líneas de las reformas legales son la exclusión política de
cualquier crítica, la ultracentralización, el control de todos los Poderes
Públicos por el autócrata, la aniquilación de las conquistas democráticas del
pueblo, las laborales, sociales y políticas, empezando por el voto universal,
directo y secreto.
El giro neoliberal en economía, con la supresión de los
derechos laborales y los sueldos y salarios, así como la privatización, la
apertura (o, mejor dicho, la entrega) de par en par al capital transnacional y
los acuerdos de la nueva burguesía lumpen con la vieja burguesía, fue rpeparado
por el rentismo exacerbado de los últimos años de Chávez al promover la
exportación de capital por una serie de estatizaciones sin plan y estimular
masivamente la importación, hasta convertir al país en una economía de puertos.
Mientras, el gobierno con mayor cantidad de rasgos fascistas,
agita el fantasma del fascismo, promueve el turismo de algunos intelectuales
“de izquierda”, en congresos y festivales “antifascistas”, término que ha
vaciado de significado, hasta convertirlo en simple etiqueta para los críticos
del gobierno y, quizás, una picadita de ojos al autócrata maestro, Putin.
También, repite el mantra del antiimperialismo, a una militancia que ya
no quiere o no puede pensar que se está realizando ante sus ojos la entrega del
país al mejor postor.
Las proporciones de la tarea es inmensa. Por eso, es lógico
que haya pequeños avances y retrocesos, con sus consecuencias comprensibles de
desmoralización y confusión, y hasta de divisiones dolorosas, porque se supone
que el imperativo actual es conformar una gran alianza nacional de todas las
tendencias democráticas, por el rescate de la Constitución, el reconocimiento
de la voluntad y la soberanía popular expresada el 28 de julio. Hay que
aprovechar y ampliar en lo posible los resquicios democráticos que quedan, para
contrarrestar el miedo. Mantener las referencias, así no sean totalmente
satisfactorias. Hay que contrarrestar el miedo y el terror oficiales. En eso
estamos.
*Profesor titular de la Universidad de Carabobo.
