Marcos Roitman Rosenmann
/ Opinión.
Gramsci no es sólo patrimonio de la
izquierda, tampoco lo es el pensamiento marxiano. La derecha teórica es
consciente de la capacidad explicativa y comprensiva de los descubrimientos
realizados por el pensamiento crítico, lo suficiente para anclar en ellos sus
proyectos de dominación. Sabedores de su importancia, abrevan en sus fuentes.
De esta manera, se apropian de ideas fuerzas, reinventan los mecanismos de
control social y profundizan en su propuesta política.
Un ejemplo, lo encontramos en el
documento señero elaborado a comienzos de los años 80 del siglo pasado, y cuya
redacción tuvo diferentes versiones. Su objetivo, cambiar la política exterior
de Estados Unidos hacia América Latina e imponer las reformas neoliberales. La
nueva derecha y el neoconservadurismo inauguraban su agenda doctrinaria.
En sus páginas se reniega de la política de derechos humanos practicada por James Carter, así como de los efectos perversos de la distensión y el desarme. Bajo el nombre Una nueva política interamericana para la década de 1980, fue conocido como Documento de Santa Fe, el destinatario no era otro que el Consejo para la Seguridad Interamericana.
Sus responsables formaban parte de
los tanques de pensamiento que llevaron a Ronald Reagan a la Casa Blanca. Entre
sus frases más destacadas encontramos: “La guerra, no la paz, es la norma que
rige en los asuntos internacionales […] las mentes de la humanidad son un
objetivo de guerra. Debe prevalecer la ideo-política […] Estados Unidos debe
proveer la voluntad y la filosofía que están detrás de la política, si es que
las Américas van a sobrevivir y prosperar”.
Dejando a un lado la retórica
anticomunista, inauguró la propuesta del capitalismo antiestatal y globalista.
Impuso su itinerario bajo la doctrina de guerras de baja intensidad,
incorporando la lucha antiterrorista y el narcotráfico como parte de la
reversión de procesos revolucionarios. La invasión a Granada, 1983, junto a la
articulación de la contra en Nicaragua, 1984, y el
recrudecimiento del bloqueo hacia Cuba, conllevó una nueva versión de los
golpes de Estado y las formas de influir en la región.
Se perfilaba una nueva era de
dominación imperialista. Dos de sus recomendaciones, la condena de la doctrina
Roldós y el rechazo de los tratados Torrijos-Carter, se plasmaron en la muerte
de ambos mandatarios en accidentes de aviación. El segundo documento de la
saga, Santa Fe II, formó parte de la estrategia diseñada para los años 90. Su
primera conclusión no debe extrañar: “Los políticos estadunidenses deben enviar
el siguiente mensaje claro y firme: el buen vecino ha regresado y vino para
quedarse”.
Más allá de la bravuconería, lo
destacable se encuentra en el concepto de hegemonía, sociedad civil y el papel
desempeñado por la cultura en la dominación política. Considerado por sus
redactores, un innovador del pensamiento marxista, se apoyan en Gramsci para
sus objetivos: “De acuerdo con Gramsci, la mayoría de los hombres tiene los
valores de la sociedad, pero no son conscientes del porqué mantienen esos
puntos de vista o de cómo los adquirieron […].
Se desprende de este análisis que
es posible controlar el régimen […] dominando la cultura de la nación”. La
tarea para garantizar el control político, conlleva crear hegemonía y
desarrollar una propuesta cultural donde “las estructuras institucionales
mantengan el orden y la administren justicia”.
En su redacción, una propuesta
innovadora, diferenciar entre gobiernos temporales, electos e inestables y los
gobiernos permanentes, asentados en “las estructuras institucionales que no
cambian con el resultado de las elecciones: la institución militar, la judicial
y la civil”. Establecida esta distinción, para no tener sobresaltos, Estados
Unidos “no debe preocuparse sólo de los procesos formales democráticos
[elecciones], sino que deben establecer programas […] en las instituciones
permanentes, en las instituciones militares y la cultura política”, a fin de
revertir procesos electores. Con el paso del tiempo, podemos ver sus
resultados. Jueces y fiscales constituyen la contraparte para frenar reformas,
inhabilitar políticos, impugnar leyes o desconocer la legitimidad del Poder
Ejecutivo. En otras palabras, la guerra judicial cobró todo el protagonismo.
Tras la guerra fría, forjar los gobiernos permanentes es el eje
sobre el cual se levanta el edificio del cibercapitalismo. En lo que va del
siglo XXI, han logrado construir una cultura de la cancelación penetrando hasta
el tuétano en los procesos de toma de decisiones. Los gobiernos permanentes
hacen irrelevantes o al menos restan importancia a los gobiernos nacidos de las
urnas.
Ha sido un trabajo lento, cuyos
frutos se cosechan en la actualidad. La división de poderes se elimina,
otorgándole una función deliberativa al Poder Judicial, único poder no electo,
capaz de revertir procesos. Son los golpes de Estado de guante blanco. Hoy, los
gobiernos permanentes funcionan y son eficientes.
Conscientes del papel que desempeñan,
se deja poco al azar. No nos llamemos a engaño, influir y controlar las
instituciones es más rentable y se obtienen mejores resultados.
Tomado de La Jornada / México.
