El reconocido sociólogo
portugués explica cómo el continente con más muertes en conflictos bélicos en
los últimos cien años, se encamina hacia uno aún más fatal. Como en la década
de 1930, la apología del fascismo se hace en nombre de la democracia y la
apología de la guerra se hace en nombre de la paz.
Por Boaventura de Sousa Santos
Un nuevo-viejo fantasma se cierne sobre Europa: la guerra. El continente más violento del mundo en términos de muertes en conflictos bélicos en los últimos cien años (para no retroceder en el tiempo e incluir las muertes sufridas en Europa durante las guerras religiosas y las muertes infligidas por europeos a los pueblos sometidos al colonialismo), se encamina hacia un nuevo conflicto bélico que puede ser aún más fatal, ochenta años después del conflicto hasta ahora más violento, con cerca de ochenta millones de muertos: la Segunda Guerra Mundial.
Todos los conflictos anteriores comenzaron aparentemente sin
una razón fuerte, era opinión común que durarían poco tiempo y, al comienzo, la
mayoría de la población acomodada siguió haciendo su vida normal, yendo de
compras y al cine, leyendo la prensa, disfrutando de las vacaciones y de amenas
conversaciones en terrazas sobre política y cotilleo. Siempre que surgía un
conflicto violento localizado, la convicción dominante era que se resolvería
localmente. Por ejemplo, muy poca gente (incluidos los políticos) pensó que la
guerra civil española (1936-1939) y quinientos mil muertos serían la antesala
de una guerra mayor, la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que las condiciones
estuviesen presentes. Aun sabiendo que la historia no se repite, es
legítimo preguntarse si la actual guerra entre Rusia y Ucrania no es el
preludio de una nueva guerra mucho mayor.
Medios y polarización
Se acumulan señales de que un peligro mayor puede estar en el
horizonte. En el plano de la opinión pública y del discurso político dominante,
la presencia de este peligro se presenta mediante dos síntomas opuestos. Por un
lado, las fuerzas políticas conservadoras no solo detentan la
iniciativa ideológica, sino también una presencia privilegiada en los medios de
comunicación. Son polarizadoras, enemigas de la complejidad y de la
argumentación serena, usan palabras extremadamente agresivas y hacen encendidos
llamamientos al odio.
No les perturba el doble rasero con el que comentan los conflictos
y la muerte (por ejemplo, entre muertos en Ucrania y en Palestina), ni la
hipocresía de apelar a valores que desmienten con sus prácticas (denuncian la
corrupción de los adversarios para esconder la suya). En esta corriente de
opinión conservadora se mezclan cada vez más posiciones de derecha y de extrema
derecha, y el mayor dinamismo (agresividad tolerada) proviene de estas últimas.
Este dispositivo pretende inculcar la idea del enemigo a
destruir. La
destrucción por las palabras predispone a la opinión pública a la destrucción
por los actos. A pesar de que en democracia no hay enemigos internos sino solo
adversarios, la lógica de la guerra se traslada insidiosamente a supuestos
enemigos internos, cuya voz ante todo debe ser silenciada. En los Parlamentos,
las fuerzas conservadoras dominan la iniciativa política, mientras que las
fuerzas de izquierda, desorientadas o perdidas en laberintos ideológicos o en
cálculos electorales incomprensibles, giran en torno a un defensismo
paralizante. Como en la década de 1930, la apología del fascismo se
hace en nombre de la democracia; la apología de la guerra se hace en nombre de
la paz.
Pero este clima político-ideológico está marcado por un síntoma opuesto. Los observadores o comentaristas más atentos se dan cuenta del fantasma que acecha la sociedad y convergen de modo sorprendente en sus preocupaciones. Recientemente me he sentido identificado con algunos análisis de comentaristas que siempre he reconocido como pertenecientes a una familia política diferente a la mía, es decir, comentaristas de derecha moderada. Lo que tenemos en común entre nosotros es la subordinación de las cuestiones de la guerra y la paz a los asuntos de la democracia. Podemos diferir en lo primero y coincidir en lo segundo. Por la sencilla razón de que solo el fortalecimiento de la democracia en Europa puede conducir a la contención del conflicto entre Rusia y Ucrania e, idealmente, a su solución pacífica. Sin una democracia vigorosa, Europa caminará, sonámbula, hacia su destrucción.
Guerra interna y guerra externa
¿Estamos a tiempo de evitar la catástrofe? Me gustaría decir
que sí, pero no puedo. Los signos son muy preocupantes. Primero, la extrema
derecha crece globalmente impulsada y financiada por los mismos intereses que
se reúnen en Davos para salvaguardar sus negocios. En los años 30 del siglo
pasado, tenían mucho más miedo al comunismo que al fascismo; hoy, sin la
amenaza comunista, temen la revuelta de las masas empobrecidas y proponen como
única respuesta la represión violenta, policial y militar. Su voz parlamentaria
es la de la extrema derecha. La guerra interna y la guerra externa son dos
caras de un mismo monstruo y la industria armamentística se beneficia por igual
de ambas.
En segundo lugar, la guerra de Ucrania parece más confinada
de lo que realmente es. El flagelo actual, que azota las llanuras donde hace
ochenta años murieron tantos miles de personas inocentes (principalmente
judíos), tiene las dimensiones de un autoflagelo. Rusia hasta los Urales es tan
europea como Ucrania, y con esta guerra ilegal, además de vidas inocentes,
muchas de ellas de habla rusa, está destruyendo la infraestructura que ella
misma construyó cuando era la Unión Soviética. La historia y las identidades
étnico-culturales entre los dos países están mejor entrelazadas que con otros
países que anteriormente ocuparon Ucrania y ahora la apoyan. Tanto
Ucrania como Rusia necesitan mucha más democracia para poder poner fin a la
guerra y construir una paz que no las deshonre.
Versalles o Viena
Europa es mucho más vasta de lo que parece desde Bruselas. En
la sede de la Comisión Europea (o de la OTAN, que es lo mismo) prevalece la
lógica de la paz según el Tratado de Versalles de 1919, y no la del Congreso de
Viena de 1815. La primera humilló a la potencia vencida (Alemania) y la
humillación condujo a la guerra veinte años después; la segunda honró a la
potencia vencida (la Francia napoleónica) y garantizó un siglo de paz en
Europa.
La paz según Versalles presupone la derrota total de Rusia,
tal como la imaginó Hitler cuando invadió la Unión Soviética en 1941 (Operación Barbarroja). Incluso
admitiendo que esto ocurra a nivel de la guerra convencional, es fácil predecir
que, si la potencia perdedora tiene armas nucleares, no dejará de
usarlas. Será el holocausto nuclear. Los neoconservadores
norteamericanos ya incluyen esta eventualidad en sus cálculos, convencidos en
su ceguera de que todo sucederá a miles de kilómetros de sus fronteras. America
first... and last. Es muy posible que ya estén pensando en un nuevo Plan
Marshall, esta vez para almacenar los desechos atómicos acumulados en las
ruinas de Europa.
Sin Rusia, Europa es la mitad de sí misma, económica y
culturalmente. La mayor ilusión que la guerra de información ha inculcado a los
europeos en el último año es que Europa, una vez amputada de Rusia, podrá
restaurar su integridad con el trasplante de Estados Unidos. Justicia sea hecha
a los Estados Unidos: cuidan muy bien sus intereses. La historia muestra que un
imperio en declive siempre busca arrastrar consigo sus esferas de influencia
para retrasar la decadencia. ¿Y si Europa supiese cuidar de sus intereses?
Tomado de Página 12 / Argentina. Traducción de Antoni
Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez
