Andrea Díaz Cardona
- Tomado de BBC News Mundo
A sus 57
años, Margarita Rosa de Francisco se atrevió a hablar en público de lo que
suele ocultarse: la vejez de la mujer bella.
Ha sido reina
de belleza, presentadora, cantante, modelo, pero sobre todo ha sido y sigue
siendo actriz. Ha encarnado a muchos personajes entrañables como Gaviota,
protagonista de "Café con aroma de mujer", una de las telenovelas más
populares en América Latina.
Por años
Margarita ha vivido de su talento y de ser una mujer bonita y atractiva. Sus
grandes ojos azules, su quijada angulada, sus cejas pobladas, su pelo abundante
y su figura minuciosamente tonificada la llevaron a la fama siendo muy joven y
la posicionaron como un ícono de la belleza femenina.
Por eso
sorprendió hace un mes, cuando publicó un video en su cuenta de TikTok exhibiendo
sus canas y sus arrugas, mientras contaba que se cansó de ocultarlas y que de
ahora en adelante le da la bienvenida a lo que ella llama "el espectáculo
de su propio envejecimiento".
Ella misma se sorprendió con el interés que desató esa publicación que ya está por completar siete millones de vistas.
Lo que no fue
sorpresa es que escogiera bien las palabras para nombrar ese acto de
reconocimiento, pues Margarita cursa octavo semestre de la carrera de Filosofía
y ama escribir.
Tuvo un blog,
una columna de opinión en el periódico más grande de Colombia, una cuenta de
Twitter con millones de seguidores y tiene un libro publicado.
Y es
justamente sobre esos dos mundos, el de la mujer bella que se acerca a los 60
años y el de la estudiante cautelosa con su uso del lenguaje, que BBC Mundo
conversó con Margarita Rosa de Francisco en Miami.
¿Cómo te
sientes a los 57 años y sabiendo que te acercas a los 60?
Yo me siento
muy liberada. Me siento feliz. Eso no quiere decir que cuando me veo al espejo
y me veo más vieja, a mí me parezca chévere. Hay muchas cosas que veo de mi
cara que no me gustan. Pero yo me siento ya con el derecho a tener esa cara.
No tengo que
pedir permiso para tener esa cara que ha producido mi vida, que ha producido mi
andar, mi sentir. Entonces, me siento liberada. Esa es la palabra. Me siento
aliviada de no tener el deber de ser bella, ni de ser joven, ni de ser sexy, ni
apetitosa.
¿En qué
momento te diste cuenta que te enfrentabas a la vejez inminente de tu cuerpo?
Pues yo
empecé a tener crisis de vejez como desde los 45. Empezó a preocuparme que se
me marcaban las arrugas y no tanto en el cuerpo, pero sí en la cara, y alcancé
a caer en las soluciones de emergencia. Me puse bótox en todas partes, me puse
relleno en los labios también, porque esa es otra cosa de la vejez, que se
empiezan a adelgazar los labios, como a meterse para adentro.
Los cachetes
también empiezan a descolgarse. Esa parte, por ejemplo, me parece terrible. Por
el lado mío que he hecho tanto ejercicio, ya todas las bisagras se me gastaron,
ya no puedo correr nada, me toca hacer pilates, otro tipo de gimnasia. He
azotado mucho mi cuerpo por muchos años y digamos que solo un cuerpo joven
aguanta tanto abuso y ya grande, pues no lo puedo hacer.
Tú viviste
muchos años, entre otras cosas, de ese cuerpo bello, ¿fue una decisión
consciente que tomaste en algún momento?
Creo que he
sido consciente ya como mujer adulta de que esa fue una decisión que tomé, pero
no fue que hubiera dicho "voy a ocuparme de ser bella", porque además
me ocupé de otras cosas, no solamente de ser bonita. La belleza era muy
importante para mí, era una prioridad, pero también me preparé como profesional.
Lo que sí recuerdo es que después de una operación de columna muy severa, tuve que tener un yeso puesto por casi un año. Cuando me lo quitaron y me vi en el espejo tan frágil y con un cuerpo que no me gustaba, me propuse tener un cuerpo de diseño y entonces yo misma lo dibujé en un papel. Ahí me dije: yo quiero ser así como en este papel.
¿Cómo era ese
cuerpo?
Era un cuerpo
musculado y delgado, pero muy tonificado. En esa época, que eran los años 80,
no se usaba el gesto masculino en el cuerpo de la mujer.
Yo quería que
los músculos se vieran, que se viera la determinación de mi personalidad. Un
cuerpo testigo de que era una mujer fuerte y contestataria porque además estaba
construyendo un cuerpo que no era el cuerpo que les gustaba a los medios en esa
época.
¿Y cuándo
conseguiste esa meta?
Esa meta
nunca se completa. Yo alguna vez, en una columna que escribí, dije que la
actitud que yo tenía con mi propio cuerpo era como la de un proxeneta con una
prostituta. Mi proxeneta interno me exige hacer todo lo posible para lograr un
resultado con mi cuerpo, de manera que ese cuerpo agrade o que tenga un efecto
sobre los demás, no solamente sobre mí. Y eso incluye privarme de ciertos
placeres, incluye una serie de restricciones, pero para ese proxeneta nunca es
suficiente. Siempre falta algo.
Pero ahora
que en mi cuerpo han cambiado muchas cosas, yo digo qué dicha que hoy ya hago
(actúo) de abuela, que ya soy una señora, que ya no me toca…
Durante años,
Margarita compartió su rutina fitness en Instagram.
Pero ¿te
tocaba o te lo autoimponías?
Pues, me lo
autoimponía, pero también los medios producen la subjetividad de las mujeres y
hacen que uno quiera someterse a ese tipo de regímenes. Eso es algo importante
porque cuando (los medios) dicen "queremos una mujer empoderada",
entonces esa mujer tiene que ser bella.
También es
verdad que uno mismo puede proponer otras cosas. Yo no quise proponer otra
cosa. No puedo tampoco echarle la culpa a los medios de la mujer que yo quise
ser o que terminé siendo, o del abuso que he hecho con mi cuerpo. Es más bien
como una conversación de doble vía.
Pareciera
entonces que ese cuerpo no tenía sentido si no era admirado, observado…
Así es. Para
mí fue por mucho tiempo así. Me acostumbré a que el cuerpo mío era una obra
para los demás, era un objeto para que otros lo disfrutaran y yo no en mi
manera de vivirlo, de habitarlo. Sentía que mi cuerpo era un producto para
vender.
Margarita
alcanzó la fama siendo muy joven.
Y ahora tu
liberación ¿pasa un poco por ahí también, por dejar de ser un producto?
Por lo menos
producto de consumo masivo, sí. Porque a la larga lo que hago ahora en TikTok,
porque cerré todas las otras redes, también es mostrar el cuerpo que soy ahora.
Y eso también es una manera de vender, de vender otra cosa, de vender otro
aspecto de ese cuerpo, pero también es otra manera de comunicar esa liberación,
de sentirme con derecho, con autoridad para decir esta soy yo así.
Esa decisión
de abandonar las redes sociales, luego de haber tenido millones de seguidores,
¿de dónde vino?
Cuando salió
que había diez personas muy influyentes en twitter en Colombia y que yo estaba
entre esas personas, a mí me pareció una mala noticia para mí. Me parece
peligroso porque yo en Twitter digo mucho disparate, pienso en caliente. He
terminado distribuyendo información que no era verdadera, metiendo mucho la
pata. Entonces dije "me voy antes de que me siga más gente y que cuando
meta la pata sea peor".
Prefiero no
seguir siendo parte de esta falta de reflexión, sobre todo. Twitter es un
espacio donde no se puede debatir, no se puede elaborar una idea. No hay tiempo
para oír lo que dice el otro, digerirlo y luego pensar. No es el espacio para
eso. Hay mucha vanidad en uno como tuitero y como tuitero popular, entonces
también me pareció liberador haberlo hecho y no me he arrepentido. Estoy feliz
desde que no tengo twitter.
¿Por qué
crees que se le teme tanto a la vejez, a mostrarla?
Yo me he
preguntado cuál es el terror a la vejez y por qué los medios, tengo que hablar
siempre de los medios porque son los que promocionan la juventud, por qué le
tienen tanto miedo sobre todo la vejez de la mujer. Esa es la más amenazante.
Creo que lo
que aterroriza de la vejez, digo yo, a manera de paradigma, debe ser que la
mujer que se envejece es una mujer que ya no puede fecundar. Es una mujer que
ya, simbólicamente, pierde la capacidad de reproducir esta especie. Entonces es
la cercanía con la muerte de la vida lo que determina el pavor a la vejez. Yo
pienso que ese miedo viene de una muy mala relación con la muerte. Es un gran
terror a la muerte. Entonces preferimos ponerlo ahí y no hablar de lo mucho que
nos asusta la muerte y de lo que es pensar la muerte día a día, no tener una
relación, digamos, cotidiana con la muerte. Esa es una de las cosas que nos
aterra. Creo que simbólicamente eso está por ahí.
¿Cómo ves la
vejez que inicia, pero también la que se avecina, la del deterioro?
Pues yo estoy
viviendo una de las épocas más felices de mi vida. Yo de joven nunca fui feliz,
fui absolutamente miserable. Ahora me siento francamente dichosa. Bueno, dentro
de lo que un ser humano puede tener, pues uno sabe que hay días buenos y malos.
Pero puedo decir que casi siempre me levanto y me despierto feliz.
Veo mi
envejecimiento como una historia que me están contando. Y por eso dije en ese
video de TikTok que yo no quiero perderme del espectáculo de mi propio
envejecimiento, quiero ver cómo es, cómo ocurre todo, cómo ocurre ese deterioro
en mi cuerpo, en mi cara, a pesar de que sigo haciendo ejercicio, me pongo mis
cremas; pero no me quiero perder esa experiencia, así sea que me guste o no me
guste.
Y con eso que
tu nombras como soluciones de emergencia, ¿te lo estabas perdiendo?
Lo estaba
evitando más bien. Hay a quienes nos interesa y tenemos curiosidad de ver ese
proceso y otras que no lo quieren saber. Y a mí me parece que eso también es
entendible y por eso no sirvo para darle consejos a las mujeres en eso.
Yo he
decidido ir por este camino de acompañar mi envejecimiento, no darle la espalda
a mi envejecimiento. Y cómo lo veo venir, pues, así como voy, muy chévere,
porque además estoy estudiando, que es uno de mis grandes orgullos. A todo el
mundo le cuento que estoy estudiando filosofía, que voy en octavo semestre, que
me voy a graduar en un año y medio y que después de que termine quiero hacer un
doctorado y después quiero ser una vieja estudiosa.
BBC Mundo
conversó con Margarita en Miami.
Entonces,
¿puede decirse que ahora tu proyecto es el intelecto?
Es la opción
que tengo ahora, que además me ha gustado mucho más que la del cuerpo dinámico,
porque yo también considero que el intelecto es cuerpo.
Es una parte
de mi cuerpo que ahora me interesa más. Pero no creo que yo vaya a ser una
mejor persona porque estoy estudiando en vez de dedicarme a estar en el
gimnasio todo el día.
Creo que la
vejez académica viene porque quiero sacarle partido a esa parte de mi cuerpo a
la cual todavía puedo acudir y que me está proporcionando muchos ratos de
alegría, de satisfacción. Es un placer como el de tomarme un café, porque no
creo que vaya a ser más inteligente o menos inteligente por estar estudiando.
Pero me fascina, es parte del disfrute de vivir.
Y cuál ha
sido el proceso detrás de esa decisión de desmarcarse de ser la mujer bella e
infranqueable, para ser la que muestra también su vejez. Imagino que eso no
ocurrió de un día para otro
No,
definitivamente no. Yo sí creo que la pandemia tuvo bastante que ver ahí. Yo
creo que ese es el antes y el después. Para mí tuvo ese efecto sanador. Me tocó
verme con el ya de las cosas y el ya de las cositas de verdad.
A mí me
cambió porque cuando nos tuvimos que encerrar todos, cuando tuvimos otra
dimensión de la vida, que de pronto una cosa de esas podría afectar el mundo
entero, que nos podría matar a todos, porque eso era lo que pensábamos, los
valores inmediatamente cambiaron.
La imagen en
el espejo dejó de interesarme como un objeto de belleza para los demás. Porque
yo te puedo decir que para mí la belleza es importante y me parece muy chévere
sentirme bonita dentro de lo posible y lo procuro, pero no como un espectáculo
para mostrarle a la otra gente. De eso me ocupé yo muchos años, muchos, muchos.
También has
dicho que sentiste cansancio del botox y los rellenos
Sí,
cansancio, ya me da pereza hasta hacerme una limpieza de cara. Tengo mis cremas
que me las pongo y todo, pero no creo que tenga la energía ya para seguir.
Quizás pruebe algo para que la piel se vea bonita, pero ya no hay manera de
borrar arrugas, ni de ponerse rellenos que me parecen muy peligrosos para la
cara de una mujer.
Me parece que
lo que logran las mujeres que hacen eso no es detener el tiempo, lo que queda
detenido es el terror a la vejez. Eso es lo que queda retratado en esa cara. No
se ve más joven, se ve igual de vieja, pero con la cara de terror congelada.
Eso es lo que yo veo. Y además, como es un mismo terror, entonces todas las
mujeres que hacen eso se van uniformando, se van pareciendo.
Hay un molde.
Yo lo que veo es lo de los pómulos, la quijada y la boca. Entonces con esas
tres cosas ya queda la cara de la mujer aterrorizada por la vejez.
Y ¿las canas?
Son lo mejor.
Quiero tener todo mi pelo gris, aunque todavía no me dan con el tono en la
peluquería, pero me gustan, las estoy recibiendo feliz.
Otro tema que
es un poco tabú del envejecimiento es la menopausia…
Una de las
cosas que a mí me produce mucha curiosidad e inquietud en lo que nos toca vivir
a las mujeres es que nuestros procesos biológicos son vergonzosos. Salvo,
quizás, el embarazo que lo tienen más sacralizado, el resto es deshonroso para
la mujer. También simbólicamente hablando.
A mí, por
ejemplo, hablar de la menstruación me parece vergonzoso, pero porque lo tengo
ya metido en mí. No voy a defender que lo sea, sino para confesarte que a mí me
da vergüenza hablar de eso, que prefiero no hablar de eso. Así de preformadas
estamos y tan marcadas estamos las mujeres que no se nos va ni siquiera
teniendo conciencia de que no debe ser así.
Con la
menopausia no me pasa eso. Cuando empecé a sentir los síntomas no me dieron
tanto los calores, pero me dio como un tipo de depresión o algo que yo nunca
había sentido.
Ahí digo,
esta no soy yo. O sea, yo nunca he sufrido de depresiones. Yo también escribí
una columna sobre eso que se llama La Yegua y que decía algo como: Qué raro,
siento como que yo por dentro estoy viviendo con una temporalidad distinta a la
del mundo de afuera. La menopausia para mí era como si estuviera el día
haciendo mucho sol y yo por dentro lloviendo, o me despertara por la noche y
ahí sí sintiera que las estrellas eran soles resplandecientes.
Es como tener
el cuerpo todo en desorden, en rebelión. Es como una manera de adolescencia
también. El adolescente se adolece de sí mismo, pues se duele de él mismo. Y la
menopausia es un poco así.
Es un
cataclismo hormonal que a cada mujer se le manifiesta distinto; a mí con mucha,
mucha vulnerabilidad emocional. Muy fácil el llanto, muy fácil la risa, también
la angustia, los ataques de pánico también ahí presentes.
Ahí es cuando
voy al médico y le digo: yo no puedo vivir así y no sé cuánto va a durar esto.
Me recetaron las hormonas. Después digo "yo no soy capaz de meterme
hormonas". Y me fui para la farmacia y empecé a tomar unas cosas
naturales. Fui sobrellevándolo y ya pasé lo peor, pero no estuvo bueno al
principio.
Ya que estás
del otro lado ¿cómo vives la vida sin hijos, ¿qué tal esa vida que tú elegiste?
La felicidad.
Yo te digo que de las buenas decisiones que he tomado ha sido no tener hijos.
No hubiera querido tener hijos en este planeta. No soy admiradora de la raza
humana. Yo creo que el proyecto humano es un fracaso. Lo sostengo. No me siento
tan orgullosa de mi misma como para querer verme yo reflejada en otro ser que
se parezca a mí y que cuando yo me muera se lleve algo mío como para yo ser un
poquito menos mortal, no.
Creo, además,
por la actitud que tengo con mis gatos, que mis hijos hubieran sido un
desastre. Yo no sé, mis hijos hubieran salido malcriados. Yo no hubiera tenido
de pronto autoridad con ellos. No sé. No los hubiera merecido. Yo me siento
mejor así. No creo tampoco eso de que, si me quedo sola, si mi marido se
muriera, yo tengo que enfrentar una vejez sola. Ya estoy lista para eso, para
que no me visite nadie, si es que los hijos son para que visiten a la mamá. Ya
asumí eso.
Mencionaste
antes que todo este tema del temor a la belleza está relacionado con la muerte.
¿Cuál es tu percepción de la muerte, qué piensas sobre ella?
Yo pienso en
la muerte todos los días de mi vida. Yo vivo obsesionada con la muerte. A mí
hay algo que me parece fascinante y horripilante que es el hecho de ser y dejar
de ser de un momento a otro.
Eso es
extraordinario. Es el delirio más grande que le puede pasar al yo. Porque el yo
es el que teme la muerte. El yo construido que se cree que tiene una identidad
y que se quiere ir con todo su bagaje. Para el yo desaparecer es terrible y yo
lo vivo así.
A mí me
parece espantoso, pero me parece peor vivir eternamente. Entonces como que ese
es el dilema horrible. Un dilema horrible que ha sido parte de mí, de mis
ataques de pánico. Pero yo pienso en la muerte así, que no hay nada, que toca
morir y desaparecer.
Hablas de
otro tema que tampoco confiesa mucha gente, el de los ataques de pánico. ¿Por
qué los has padecido?
No sé, yo
creo que hay personas que venimos con eso. Hay gente que tiene tendencia a la
gastritis, a otras les dan migrañas. Pues yo vine con ataque de pánico en el
chip.
Y desde
chiquita, solo que cuando me daban, yo no sabía cómo nombrar eso, no sabía lo
que era. Yo pensaba que eran ganas de vomitar porque no era ningún miedo
concreto, era un miedo abstracto de esos que uno no sabe dónde meterse. Yo
sentía que mi alma se me iba para un lado y el cuerpo por otro. Fíjate que ese
pensamiento religioso, esa concepción binaria del alma y el cuerpo, para mí ha
sido funesta. Eso de no poder integrar una cosa con la otra. Y hasta el día de
hoy me pasa, o sea, yo ya quedé así.
Solo que yo
ya sé: esto es lo de siempre, tranquila, respire. No es que no me den, sino que
ya los manejo. Pero antes no tenía recursos, no tenía herramientas para navegar
en esas aguas. Y significaba la ausencia de cuerpo. Ese era el ataque de
pánico. La ausencia del cuerpo como si fuera un alma sola por ahí que me fuera
a explotar en átomos. Es una cosa así.
¿Cuáles han
sido las herramientas que te han funcionado para navegarlos?
Bueno, mucha
elaboración en psicoanálisis y además me ayudaba mucho la escritura. Por eso
escribo desde siempre. No es que a mí me dio por escribir ahorita ya grande,
no. Esa era la manera que yo tenía de elaborar, de expresar esas cosas que me
pasaban. Entonces eso ayudó bastante. También yo he ido a toda clase de
tratamientos por cuenta de eso, a toda clase.
Pero digamos
que de emergencia el psicoanálisis es el que menos sirve porque uno necesita
algo que lo saque de ahí ya mismo. Entonces, claro, es respirar, la
respiración, aunque yo ahorita ya no necesito hacer la respiración, sino la
resignación, solamente pensar "¿y si exploto en átomos volando?", y
como veo que no exploto, pues pasa.
También
dijiste que tu juventud fue miserable ¿por qué?
Los ataques
de pánico tuvieron mucho que ver. Porque además yo veo que me dan cuando estoy
en situaciones donde no me puedo escapar. O sea, cualquier cosa que signifique
encierro. Para mí era terrible.
Y se me
agudizaron mucho cuando "Café con Aroma de Mujer", que la gente dice
qué belleza, qué época tan linda, pues yo no quiero saber nunca de la Margarita
que vivía detrás de todo ese éxito. Era una cosa de locos, era una angustia
permanente, muy difícil para mí la vida hacia el público y las multitudes. La
demanda de atención por todos lados. Para mí eso era un foco de angustia,
porque no he tenido depresión, sino más bien ansiedad.
Todos los
años que estuve como enfrentada a la pantalla de la televisión era conflictivo
para mí. Lo era, lo fue siempre. Entonces a mí me gustaba cantar y me gustaba
componer y hacía canciones, pero para cantarlas era un problema. Yo tenía que
estar borracha para poder cantar. Y además hice miles de conciertos siendo
Gaviota (nombre de su personaje). Pasando mucha, mucha, mucha angustia y mucho
terror. Entonces fueron muchos años de eso. Es una juventud que no se puede
vivir así, o sea, un éxito tan chévere como ese, ¿cómo se podía vivir así?
Esa ha sido
la dificultad de mi vida, haber tenido o haber creído que por ser joven tenía
que vivir de cierta manera, siendo mujer. Una imagen de mujer que está
producida por la cultura. Y yo tenía que tratar de vivir ahí donde nunca me
sentí cómoda, nunca. Lo más difícil ha sido tratar de vivir a contrapelo de mi
persona, de mí no identidad, de ese tipo de mujer que me sentí obligada a ser,
porque ahorita yo vivo fácil.
Y qué le
dirías a esa Margarita joven.
Lo más
terrible es que si yo le hablara a esa Margarita no me oiría. Le entraría por
un oído y le saldría por el otro.
También lo
que pasa es que yo no quisiera volver a ser joven, pero con la madurez que
tengo ahora, como dicen algunos. Yo quiero tener esta cara, este cuerpo y los
años que tengo y que ojalá mi pensamiento vaya mejor. Pero no quiero volver a
ser joven. Entonces a ella le diría: "No quiero volver a ser nunca más
vos, nunca".
