A
Oldman Botello
Por Ricardo Emilio Quero
A pesar de los vientos de guerra que soplan desde Europa, en los caraqueños de la segunda mitad de 1914 no amaina su interés por las representaciones teatrales. En el viejo Teatro Caracas se anuncia para la noche del 19 de septiembre el estreno de la zarzuela «Alma Llanera», pieza salida de la pluma del joven Rafael Bolívar Coronado. La función sería un éxito. Pero más que por la obra en sí sería su triunfo debido a una canción que, interpretada por Matilde Rueda, formaba parte del texto ─un negrito villacurano llamado Mamerto añadiría un extra al espectáculo con su particular manera de bailar el joropo─. La música para tal ocasión sería del maestro Pedro Elías Gutiérrez ─esta situación ha generado la versión que atribuye a Gutiérrez la autoría de la letra─. Aquellas estrofas captarían la simpatía de los asistentes desde un primer momento. El 30 de diciembre de ese mismo año, en la plaza Bolívar de Caracas, la zarzuela es presentada por primera vez en un escenario público. Con el deshoje del calendario Alma Llanera, ya como canción independiente del guión original, iría poco a poco ganándose un lugar especial en el sentir de los venezolanos…
Venido
al mundo en Villa de Cura el 6 de junio de 1884, Rafael Bolívar Coronado sería
el primer vástago de la unión del escritor costumbrista Rafael Bolívar y Emilia
Coronado. Es en ese entonces Villa de Cura capital del Gran Estado Guzmán
Blanco —constituido por los actuales territorios de Aragua, Guárico, Miranda y
Nueva Esparta─. Nacido en un ambiente culto, es posible que tal circunstancia
hubiese influido en lo que habría de ser el leitmotiv
de su existencia: la escritura. Pero
antes habría de pasar por una serie de vicisitudes que poco a poco modelarían
su carácter. Cuenta quince años cuando
—según su propia versión— se enrola como soldado en las fuerzas del general
Luciano Mendoza que defienden al gobierno de Ignacio Andrade contra el avance
de las huestes revolucionarias de
Cipriano Castro que el 23 de mayo de 1899 cruzaran la frontera colombo-venezolana. Al año
siguiente, fallecido su padre repentinamente en mayo, el joven se marcha a los
llanos de Apure, región donde reside un hermano de su madre. Ocurrirían luego
una serie de hechos ─entre ellos la muerte de su madre pocos meses después de
la de su progenitor─ los cuales narraría en una especie de autobiografía
titulada Memorias de un semibárbaro, polémica obra sobre la cual es
factible dudar acerca de algunas cosas allí asentadas.
En 1905, aprovechando el constante paso
de las recuas de ganado que de los llanos son llevadas a Villa de Cura, instala
una posada en un punto de la vía que comunica a La Villa con San Juan de Los
Morros ─en esa época territorio aragüeño─. Por esta misma fecha da comienzo a su
quehacer literario con un breve poema en el semanario villacurano Puntos
y Comas. Impensable que
alguien hubiese podido presagiar en aquel momento lo que el destino tenía reservado a aquel
mozo… Más adelante, cuando el general Gómez derroca a su compadre e inicia lo que habrá de ser una férrea
dictadura de veintisiete años, Bolívar Coronado se marcha a Caracas. Allí fungirá
como cronista y redactor periodístico en La Nación y El Tiempo. Asimismo
colaborará en El Universal y El
Nuevo Diario (vocero por antonomasia del régimen gomecista, y que
dirigiera Laureano Vallenilla Lanz, creador del controversial “cesarismo
democrático”). En las páginas de este último diario sobrevivirá para la
posteridad el que posiblemente fue su primer seudónimo: “Diego Gabacho”. También en El Impulso ─medio que en ese tiempo
era editado en Carora─ quedarían huellas de su intelecto. En marzo de 1913 aparecerá su primera
publicación en El Cojo Ilustrado, la más célebre revista en los anales venezolanos.
Pero
al parecer la situación económica de nuestro personaje no es muy holgada. El 1
de abril de 1913 escribe al general Gómez solicitando un destino en la
administración pública, y donde pudiera “ganar
lo poco que a mi modesto vivir es necesario”.
Su propuesta recibe buena acogida. Le
será ofrecida en el Estado Falcón la teneduría de libros en la construcción de
una vía carretera que uniría Coro con Cumarebo. Sin embargo, de acuerdo con su
propia confesión, el manejo de las cuentas que llevara no sería muy honesto. Es en esos días cuando participa en una celada que
el régimen prepara al conocerse las intenciones de desembarco en Coro de
elementos leales al depuesto presidente Castro. Fingiendo lealtad, tropas
afines al gobierno ─uno de cuyos oficiales es Bolívar Coronado con el grado de
coronel─ aclaman a los invasores para posteriormente reducirlos a prisión.
De regreso en la capital, el villacurano
prosigue con sus inquietudes literarias. De su virtuosismo con la pluma da fe su
triunfo, con un cuento titulado “El nido de los azulejos”, en el concurso de los Juegos Florales que en enero
de 1916 auspicia La revista. No obstante todo indica que las bellas letras no le
proporcionan medios suficientes de subsistencia. Nuevamente acudirá al general Gómez. En una misiva relátale que está a punto de ser
echado del alojamiento donde reside por ser deudor de tres meses de alquiler. “Voy,
pues, con una súplica hacia el generoso y noble jefe a pedirle quinientos
bolívares para libertarme de este caso tan grave para mí…” Pero ese
mismo año, en junio, emprende viaje con destino a España. Jamás habrá de
regresar. Esta estancia constituirá un capítulo especial en su agitada
existencia. Será allí donde lleve a cabo el que fue quizás el período más
fructífero en cuanto a publicaciones. Sin embargo, la inmensa mayoría de estos
escritos tendrán la particularidad de ser atribuidos a otros autores, reales o
imaginarios. Uno de éstos será "Daniel Mendoza", el supuesto creador
de El
llanero. Sería tan extensa la
lista de nombres apócrifos que se convertirá en un caso casi único en la
historia. Incluso las ya citadas Memorias… habrían sido en principio concebidas
para ser publicadas con nombre de autor ficticio.
El futuro, siempre imprevisible, le tendría
preparada una emboscada. El 31 de enero de 1924, afectado por una repentina
gripe que se propagara por la región catalana, Bolívar Coronado expira en
Barcelona. Sus restos habrán de perderse para siempre al ser trasladados en 1929 a una fosa común. Tal vez
instantes antes de cerrar sus ojos para siempre evocara algunos de los versos
que, una noche ─alumbrándose con una lámpara de kerosene o de carburo─ llevara
al papel cuando se hallaba en «Santa Rosa», finca encaramada en una serranía
ubicada al sur del lugar donde viera la primera luz de la vida…
Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador.
Soy hermano de la
espuma,
de las garzas y
de las rosas…
