Por Andrés Caleca*
Escribo este artículo a 100 días de las elecciones convocadas
para el 21 de noviembre y aún el grueso de la oposición venezolana no ha
alcanzado una decisión unitaria sobre cómo afrontar ese proceso que involucra
la renovación de los poderes locales y regionales.
Una vez más, ensimismados en nuestros problemas internos, en las pequeñas luchas intestinas de liderazgo, corremos el riesgo de desaprovechar una coyuntura importante, una oportunidad relevante, en el largo camino de reconstrucción de nuestras fuerzas para el momento crucial cuando se plantee la posibilidad real de derrotar a la autocracia.
Porque el tema de fondo, más allá de los
acontecimientos de noviembre, es la debilidad del frente opositor después de
dos décadas de régimen chavista. Debilidad que es resultado de múltiples
factores, el más importante de los cuales ha sido, sin duda, la acción
antidemocrática y represiva de la camarilla gobernante, pero en la cual han influido
también los errores y omisiones cometidos por nosotros. Hoy estamos divididos
como nunca antes, cooptados algunos antiguos dirigentes por el régimen, los
partidos debilitados, la acción política restringida a pequeños guetos de la
geografía nacional, sin potencia ni cohesión en el mensaje y, lo más
importante, en un desconcierto estratégico terrible, entre bandazos que van
desde la lucha pacífica y electoral, la abstención, la insurrección popular,
pasando por el putchismo y delirantes amagos de invasión. Todo
ello ha conducido a una peligrosísima desesperanza, a un sentimiento de
orfandad que ha sido caldo de cultivo para incrementar la diáspora de unos y la
anomia de la mayoría.
Urge una reflexión profunda y con sincero sentido
autocrítico, no para pasar facturas, intentar algún sorpasso y
ahondar aún más en las heridas; sino por el contrario, para relanzar la
plataforma opositora, superar desavenencias, consensuar una estrategia,
unificar el mensaje, fortalecer la organización y promover liderazgos en todos
los niveles. La tarea es de largo aliento, no es fácil ni dará resultados
inmediatos, pero es imprescindible si se quiere lograr que esa inmensa mayoría
del país que rechaza al gobierno de Maduro, se transforme en una mayoría
política capaz de derrotarlo en cualquier terreno.
Es en este contexto que deben considerarse las elecciones de
noviembre como una herramienta que está allí y que brinda una oportunidad
excepcional. El régimen no ha dudado nunca en utilizar, desde que el propio
Chávez superó su primitivo instinto abstencionista, lo que su facción
stalinista considera los ritos de la “democracia burguesa” y su facción
militarista un divertimento de “civiles que no son gente”,
para pervertir la democracia, vaciar la institución del sufragio de toda
posibilidad transformadora e instaurar una especie de dictadura electoral,
represiva, rapaz y con profunda vocación totalitaria. Pero el mundo se mueve y
la desastrosa gestión de gobierno, la presión constante de la comunidad
internacional, la vocación democrática del venezolano aún en las menguadas
bases chavistas y, sobre todo, el enorme rechazo a Maduro y su entorno, les ha
obligado a hacer concesiones importantes para tratar de revestir el evento de
noviembre con una pincelada de barniz democrático que les permita tomar un poco
de aire.
Y allí debe estar la oposición aprovechando esa debilidad que
lleva al gobierno, incluso, a sentarse de nuevo en una mesa de negociaciones en
presencia de la comunidad internacional para discutir el tema electoral, un
cronograma para el mediano plazo y una mejora de las condiciones en las que se
encuentra la institución del sufragio, entre otros temas.
Porque la participación en un proceso electoral
cualquiera sea su nivel, permite agilizar la tarea en cuatro direcciones
indispensables para el éxito de un partido o una coalición de partidos:
primero, obliga a definir en un mensaje claro, la esencia de un programa, de
una aspiración consensuada, inspiradora y cohesionadora de importantes grupos
humanos dispersos en sus reclamos reivindicativos cotidianos y transformarlo en
una eficaz propaganda política. En la Venezuela de hoy, la lucha por la
conquista de la democracia es el aspecto nodal de cualquier propuesta de acción
capaz de galvanizar los intereses y aspiraciones de los distintos sectores sociales,
afectados todos por un régimen autocrático, arbitrario, represor, y
convertirlos en instrumento eficaz para la derrota del enemigo.
Segundo, un proceso electoral abre las compuertas para que
esa idea central, ese mensaje potente y unificador, sea difundida mucho más
allá del grupo, partido o coalición que la propone. Una gran debilidad de
nuestra política en los últimos años, ha sido su enclaustramiento en regiones y
zonas limitadas de cada estado, e incluso dentro de cada ciudad, abandonando, o
imposibilitados por la acción represiva del régimen, el contacto directo con la
mayoría de los ciudadanos a quienes no llega la propuesta opositora, o llega
mediatizada y distorsionada por la acción de la muy extensa red amenazante y
clientelar de régimen. Las aspiraciones, la inconformidad, la protesta de
todos, se diluyen entonces en múltiples direcciones, todas justas, pero
incapacitadas de transformarse en hecho político que haga contrapeso real y
eficaz al adversario.
En tercer lugar, la participación electoral es una
oportunidad para la organización, para la creación o el fortalecimiento de una
maquinaria idónea y apta para difundir el mensaje, captar adeptos, convencerlos
e incorporarlos a una plataforma, que en la coyuntura servirá para ampliar las
redes de votantes y para la defensa del voto, pero que quedará “aceitada”, como
suele decirse, para ser útil en la lucha amplia, larga y multidireccional que
debe darse para lograr la toma del poder.
Por último, cualquier proceso, pero particularmente el
previsto para el 21 de noviembre, donde se disputan 335 Alcaldías y Cámaras
Municipales y 23 Gobernaciones y Consejos Legislativos regionales, es una
oportunidad de oro para promover liderazgos en todo el territorio y en cada
centro poblado. Obliga a la dirección política a identificarlos, coordinarlos
en su mensaje y en su acción, en un proceso que es a la vez formativo y de
proyección de contenido y de imagen. Y un movimiento político, cualquiera sea
su orientación ideológica, es un programa, símbolos, una propuesta, pero
también es, y sobre todo, un aparato de dirigentes preparados para llevar
adelante la lucha en todos los planos en que se presente.
Por supuesto que la acción en las cuatro direcciones
señaladas debe mantenerse siempre, no solo ante un evento electoral, pero en él
se facilita y permite que la tarea se desarrolle en un ambiente más propicio.
Por eso es tan importante la exigencia y la lucha por alcanzar las mejores
condiciones posibles y no callarse ante las arbitrariedades y las distorsiones;
pero en cualquier escenario, aún en el peor, la ventana de oportunidad se abre
y allí deben estar con fuerza, sin dobleces, confrontando, las fuerzas
democráticas.
Porque la política es un oficio, una disciplina, un trabajo
que se aprende ejerciéndolo y que nos permite estar listos para dar el combate
en cualquier circunstancia.
Tomado de POLITIKA UCAB / Caracas
*Economista, expresidente del C.N.E.