Orlando
Arciniegas*
El ascenso al poder de los andinos se produciría en el marco de una gran crisis, en la que se juntan la desestabilización del sistema caudillista, el descenso de los ingresos fiscales y las presiones foráneas de exigencia de pagos de la deuda pública externa. Con la muerte en combate del Gral. Joaquín Crespo —el 16 de abril de 1898—, de un tiro en el pecho, queda también herido de muerte el sistema de cuotas de poder que, tras la Guerra Federal (1859-1863), perfeccionara Guzmán Blanco en pro de la pacificación y estabilidad política del país. Un sistema político piramidal necesitado de una figura central, ordenadora y de control, para su sostenibilidad. De modo que, ante la ausencia de Crespo, el último de los grandes caudillos del Liberalismo Amarillo, el país se hundía en la anarquía, a causa de las ambiciones desatadas de los caudillos, regionales y locales, frente a lo que poco, muy poco, podía hacer quien presidía el Gobierno: el Gral. Ignacio Andrade, quien apenas se mantuvo desde el 20 de febrero de 1898 al 23 de octubre de 1899, cuando derrocado, hubo de exiliarse.
Los comicios de 1897, en los que fue electo
Andrade fueron tildados de fraudulentos y contrarios al interés del general
José Manuel Hernández (1853-1921), el Mocho Hernández, principal figura de la
oposición y del Partido Liberal Nacionalista. Hernández, un serio denunciante
de la corrupta maquinaria del Liberalismo Amarillo, reunía, como político, dos
condiciones inéditas entonces: era un buen tribuno y tenía fama de ser honrado.
El sentimiento de fraude produjo la crispación política que desembocó en la insurrección
conocida como la Revolución de Queipa,
que lideró el mismo Hernández, y que el Gral. Crespo enfrentó de modo personal,
resultando muerto en combate, en la Mata Carmelera, en tierras del estado
Cojedes.
La crisis política del gobierno de Andrade y del
Liberalismo Amarillo en general, hizo que Cipriano Castro Ruiz, militar y político
tachirense, apurase sus planes de organización del movimiento que preparaba
desde 1893 en su exilio en Colombia. Se llamó la Revolución Liberal Restauradora, también conocida como «la invasión de los 60» por el número de sus
efectivos. Una expedición militar que partió de Cúcuta, Colombia, el 23 de mayo de 1899, con el propósito
de derrocar el Gobierno de Ignacio Andrade. Acompañaba a Castro, su compadre y
compañero de luchas, el reservado Juan Vicente Gómez Chacón, en su condición de
general y segundo jefe expedicionario. A ellos se uniría en Cúcuta, Eleazar
López Contreras, un bachiller de apenas 16 años, que sería un gran colaborador del
Gómez todopoderoso, su ministro de Guerra desde 1931, y luego presidente de la
República (1935-1941).
Tras una rápida campaña militar de pocos choques
y casi sin victorias, se produciría el triunfo político de Cipriano Castro, nacido
en Capacho Viejo, estado Táchira, el 12 de octubre de 1858, que cuando se haga
con la presidencia en octubre de 1899, tendría 41 años. Castro, hijo de un
agricultor de mediana posición, había estudiado en su pueblo natal, en San
Cristóbal y hecho una pasantía por el Colegio Seminario de Pamplona, Colombia,
entre 1872 y 1873. En su aventura militar, una montonera, Castro se apoyaría en
Juan Vicente Gómez, tachirense de la Mulera, con quien antes había incursionado
en refriegas militares en apoyo del presidente Raimundo Andueza Palacio. En
dicha ocasión combatieron contra fuerzas de la Revolución Legalista que acaudillara Joaquín Crespo en 1892. Gómez,
un antiguo comerciante de ganado, había entrado en el Estado Mayor del ejército
de Castro como coronel. La derrota y un exilio de siete años en tierras de la
frontera colombiana fue la cosecha de esta primera aventura militar de los
compadres.
En esta segunda oportunidad, en plena crisis del
sistema caudillista, las condiciones les serían mucho más propicias. En una
guerra relámpago, sin mayores combates, los restauradores que, van creciendo a
lo largo del camino, llegan a Tocuyito, estado Carabobo, con una tropa de dos
mil hombres. Allí, vencen el 14 de septiembre de 1899 a cuatro mil soldados del
gobierno comandados por dos jefes, el ministro de Guerra, general Diego
Bautista Ferrer y el general Antonio Fernández. Dos días después, Castro se
toma a Valencia, donde convalece de una herida, y comienzan las negociaciones. El
presidente Andrade, ante este fracaso, intenta asumir el mando personalmente. Andrade,
un andino de Mérida, era teniente general del Ejército, un rango que por mucho
tiempo fue de segundo al mando, y si bien su biografía dice que tenía estudios
militares en Alemania y Estados Unidos, lo cierto es que era solo un segundón
de Crespo, puesto en la presidencia por conveniencia. Castro, que sabe lo que
ocurre entre los caudillos, lanza una ofensiva coordinada contra Caracas. En el bando
gubernamental se producen deserciones, la incertidumbre política desnorta a los
caudillos. Cuando Castro llega a La Victoria, donde lo espera el general Bautista
Ferrer, se encuentra con la sorpresa que éste ha decidido desobedecer las
órdenes gubernamentales y no combatir.
El viejo general en Jefe, Luciano Mendoza, cuya carrera
militar arranca en la Guerra Federal, y quien es en 1899 el comandante en Jefe
del Ejército Nacional sería uno de los responsables de la rendición de las
fuerzas del gobierno del presidente Ignacio Andrade ante el Gral. Cipriano
Castro, en la ciudad de La Victoria. Castro entraría a Caracas el 22 de octubre de 1899 con diez mil
hombres —había salido de Cúcuta
con 60—. Lo acompañan Manuel Antonio Matos, Luis Loreto Lima y otros. Llega
escoltado por el que debía haberlo
buscado, el Gral. Luciano Mendoza. Desde su salida de Cúcuta hasta su entrada a
Caracas habían transcurrido cinco meses. Los caraqueños que esperaban en las
calles pudieron conocer el lema principal de la nueva revolución: «Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos
procedimientos». Andrade,
derrocado, había dejado el poder el 19 de octubre de 1899. Marcharía al exilio
y luego se radicaría en Puerto Rico. Amnistiado en 1903, sería luego ministro
en gobiernos del general Gómez.
Pese a rodear a Castro y ser parte de su gabinete, pronto los
caudillos liberales advierten que Castro representa una seria amenaza, pues sin
pérdida de tiempo, procede al nombramiento de los presidentes de los estados, a
quienes da autonomía, conforme a la Constitución de 1864, escogidos entre el
grupo de los jefes militares andinos de su mayor confianza. Entre sus planes, a
lo que se entrega con dedicación, está la creación y organización de un nuevo
tipo de ejército, con jerarquías formales, dotación y unidad de mando. Esto
representa por parte de los andinos una concepción diferente acerca de los
medios para ejercer y mantener el poder político en aquella sociedad. De ahí saldría
el Ejército nacional, en cuyo moldeamiento como una fuerza militar de la
nación, tiene mucho que ver el general López Contreras, sin que faltara el
apoyo de Gómez.
Las dificultades que tendrían los caudillos para ejercer el
control sobre Castro y la política atrabiliaria de este que conllevó un
enfrentamiento con el sector financiero interno y el capital extranjero,
provocarían una ruptura del caudillismo liberal con el gobierno castrista.
Pronto, a partir de 1901, estallarían los alzamientos. Primero en forma
aislada, pero luego en 1902, en una formidable alianza denominada Revolución Libertadora, con la que se
logró una amplia unidad social. Fue Manuel Antonio Matos (1847-1929), poderoso banquero
y político guzmancista, quien fungió como Director Supremo de aquella entente
caudillista. De parte de los intereses foráneos se produciría la ocupación del
puerto de La Guaira y el bloqueo de las costas (diciembre de 1902), llevados a
cabo por buques ingleses y alemanes, que despertaría un inédito sentimiento de
rechazo nacional que Castro, retórico y habilidoso, sabría capitalizar, en
contra de la alianza de caudillos que entonces lo desafiaba.
El nuevo ejército en formación, organizado bajo la atención
directa de Castro, mostraría rápidamente su superioridad en los hechos de armas
que tendrían lugar entre 1902 y 1903. Pese al mayor número de efectivos y la
gran dotación de la Libertadora, la oficialidad andina y la unidad de mando
serían sus cartas de triunfo. Esto se mostraría a las claras en la batalla de
Ciudad Bolívar, a mediados de julio de 1903, cuando, en este último baluarte de
los insurgentes —que ya estaban divididos—, se enfrentaron las fuerzas comandadas por el general Nicolás
Rolando Monteverde, jefe de la «Libertadora» en Oriente, contra las armas
gubernamentales dirigidas por Juan Vicente Gómez. Antes, en mayo de 1902,
Rolando había derrotado a Gómez en Carúpano. Pero en esta oportunidad el
resultado en su contra fue aplastante. Rolando se rindió el 21 de julio de
1903. Este resultó ser el último hecho de guerra de esta contienda civil, que
durante 18 meses involucró a más de 40.000 hombres y dejó un saldo sangriento
de más o menos 12.000 víctimas.
El parque capturado fue de 3.000
fusiles, 4 cañones, 200 granadas, una ametralladora y 6.000 cartuchos; el
Estado Mayor de Rolando incluía 54 generales, 92 coroneles, 42 comandantes y 32
capitanes; entre los oficiales capturados estaba Giuseppe Garibaldi (1879-1950)
—Peppino Garibaldi—, nieto del
héroe del «Risorgimento» italiano, quien también combatió en la Revolución
Mexicana. En la batalla hubo más de 1.500 bajas. En la conducción del nuevo ejército victorioso resultó
sobresaliente la actuación del general Juan Vicente Gómez, quien en lo
sucesivo, junto a su gloria y jerarquía militar, agregaría la segunda jefatura
política del régimen. Gómez fue nombrado primer vicepresidente de la República.
Pero le esperaba algo mejor…
Valencia, 5 de diciembre de 2020
*Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo, doctor
en historia.
