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08 diciembre, 2020

La Llegada de los Andinos…


Orlando Arciniegas*

 

El ascenso al poder de los andinos se produciría en el marco de una gran crisis, en la que se juntan la desestabilización del sistema caudillista, el descenso de los ingresos fiscales y las presiones foráneas de exigencia de pagos de la deuda pública externa. Con la muerte en combate del Gral. Joaquín Crespo —el 16 de abril de 1898—, de un tiro en el pecho, queda también herido de muerte el sistema de cuotas de poder que, tras la Guerra Federal (1859-1863), perfeccionara Guzmán Blanco en pro de la pacificación y estabilidad política del país. Un sistema político piramidal necesitado de una figura central, ordenadora y de control, para su sostenibilidad. De modo que, ante la ausencia de Crespo, el último de los grandes caudillos del Liberalismo Amarillo, el país se hundía en la anarquía, a causa de las ambiciones desatadas de los caudillos, regionales y locales, frente a lo que poco, muy poco, podía hacer quien presidía el Gobierno: el Gral. Ignacio Andrade, quien apenas se mantuvo desde el 20 de febrero de 1898 al 23 de octubre de 1899, cuando derrocado, hubo de exiliarse.

 

Los comicios de 1897, en los que fue electo Andrade fueron tildados de fraudulentos y contrarios al interés del general José Manuel Hernández (1853-1921), el Mocho Hernández, principal figura de la oposición y del Partido Liberal Nacionalista. Hernández, un serio denunciante de la corrupta maquinaria del Liberalismo Amarillo, reunía, como político, dos condiciones inéditas entonces: era un buen tribuno y tenía fama de ser honrado. El sentimiento de fraude produjo la crispación política que desembocó en la insurrección conocida como la Revolución de Queipa, que lideró el mismo Hernández, y que el Gral. Crespo enfrentó de modo personal, resultando muerto en combate, en la Mata Carmelera, en tierras del estado Cojedes.

 

La crisis política del gobierno de Andrade y del Liberalismo Amarillo en general, hizo que Cipriano Castro Ruiz, militar y político tachirense, apurase sus planes de organización del movimiento que preparaba desde 1893 en su exilio en Colombia. Se llamó la Revolución Liberal Restauradora, también conocida como «la invasión de los 60» por el número de sus efectivos. Una expedición militar que partió de Cúcuta, Colombia, el 23 de mayo de 1899, con el propósito de derrocar el Gobierno de Ignacio Andrade. Acompañaba a Castro, su compadre y compañero de luchas, el reservado Juan Vicente Gómez Chacón, en su condición de general y segundo jefe expedicionario. A ellos se uniría en Cúcuta, Eleazar López Contreras, un bachiller de apenas 16 años, que sería un gran colaborador del Gómez todopoderoso, su ministro de Guerra desde 1931, y luego presidente de la República (1935-1941).

 

Tras una rápida campaña militar de pocos choques y casi sin victorias, se produciría el triunfo político de Cipriano Castro, nacido en Capacho Viejo, estado Táchira, el 12 de octubre de 1858, que cuando se haga con la presidencia en octubre de 1899, tendría 41 años. Castro, hijo de un agricultor de mediana posición, había estudiado en su pueblo natal, en San Cristóbal y hecho una pasantía por el Colegio Seminario de Pamplona, Colombia, entre 1872 y 1873. En su aventura militar, una montonera, Castro se apoyaría en Juan Vicente Gómez, tachirense de la Mulera, con quien antes había incursionado en refriegas militares en apoyo del presidente Raimundo Andueza Palacio. En dicha ocasión combatieron contra fuerzas de la Revolución Legalista que acaudillara Joaquín Crespo en 1892. Gómez, un antiguo comerciante de ganado, había entrado en el Estado Mayor del ejército de Castro como coronel. La derrota y un exilio de siete años en tierras de la frontera colombiana fue la cosecha de esta primera aventura militar de los compadres.  

 

En esta segunda oportunidad, en plena crisis del sistema caudillista, las condiciones les serían mucho más propicias. En una guerra relámpago, sin mayores combates, los restauradores que, van creciendo a lo largo del camino, llegan a Tocuyito, estado Carabobo, con una tropa de dos mil hombres. Allí, vencen el 14 de septiembre de 1899 a cuatro mil soldados del gobierno comandados por dos jefes, el ministro de Guerra, general Diego Bautista Ferrer y el general Antonio Fernández. Dos días después, Castro se toma a Valencia, donde convalece de una herida, y comienzan las negociaciones. El presidente Andrade, ante este fracaso, intenta asumir el mando personalmente. Andrade, un andino de Mérida, era teniente general del Ejército, un rango que por mucho tiempo fue de segundo al mando, y si bien su biografía dice que tenía estudios militares en Alemania y Estados Unidos, lo cierto es que era solo un segundón de Crespo, puesto en la presidencia por conveniencia. Castro, que sabe lo que ocurre entre los caudillos, lanza una ofensiva coordinada contra Caracas. En el bando gubernamental se producen deserciones, la incertidumbre política desnorta a los caudillos. Cuando Castro llega a La Victoria, donde lo espera el general Bautista Ferrer, se encuentra con la sorpresa que éste ha decidido desobedecer las órdenes gubernamentales y no combatir.   

 

El viejo general en Jefe, Luciano Mendoza, cuya carrera militar arranca en la Guerra Federal, y quien es en 1899 el comandante en Jefe del Ejército Nacional sería uno de los responsables de la rendición de las fuerzas del gobierno del presidente Ignacio Andrade ante el Gral. Cipriano Castro, en la ciudad de La Victoria. Castro entraría a Caracas el 22 de octubre de 1899 con diez mil hombres —había salido de Cúcuta con 60—. Lo acompañan Manuel Antonio Matos, Luis Loreto Lima y otros. Llega escoltado por el que debía haberlo buscado, el Gral. Luciano Mendoza. Desde su salida de Cúcuta hasta su entrada a Caracas habían transcurrido cinco meses. Los caraqueños que esperaban en las calles pudieron conocer el lema principal de la nueva revolución: «Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos». Andrade, derrocado, había dejado el poder el 19 de octubre de 1899. Marcharía al exilio y luego se radicaría en Puerto Rico. Amnistiado en 1903, sería luego ministro en gobiernos del general Gómez.

 

Pese a rodear a Castro y ser parte de su gabinete, pronto los caudillos liberales advierten que Castro representa una seria amenaza, pues sin pérdida de tiempo, procede al nombramiento de los presidentes de los estados, a quienes da autonomía, conforme a la Constitución de 1864, escogidos entre el grupo de los jefes militares andinos de su mayor confianza. Entre sus planes, a lo que se entrega con dedicación, está la creación y organización de un nuevo tipo de ejército, con jerarquías formales, dotación y unidad de mando. Esto representa por parte de los andinos una concepción diferente acerca de los medios para ejercer y mantener el poder político en aquella sociedad. De ahí saldría el Ejército nacional, en cuyo moldeamiento como una fuerza militar de la nación, tiene mucho que ver el general López Contreras, sin que faltara el apoyo de Gómez.   

 

Las dificultades que tendrían los caudillos para ejercer el control sobre Castro y la política atrabiliaria de este que conllevó un enfrentamiento con el sector financiero interno y el capital extranjero, provocarían una ruptura del caudillismo liberal con el gobierno castrista. Pronto, a partir de 1901, estallarían los alzamientos. Primero en forma aislada, pero luego en 1902, en una formidable alianza denominada Revolución Libertadora, con la que se logró una amplia unidad social. Fue Manuel Antonio Matos (1847-1929), poderoso banquero y político guzmancista, quien fungió como Director Supremo de aquella entente caudillista. De parte de los intereses foráneos se produciría la ocupación del puerto de La Guaira y el bloqueo de las costas (diciembre de 1902), llevados a cabo por buques ingleses y alemanes, que despertaría un inédito sentimiento de rechazo nacional que Castro, retórico y habilidoso, sabría capitalizar, en contra de la alianza de caudillos que entonces lo desafiaba.     

El nuevo ejército en formación, organizado bajo la atención directa de Castro, mostraría rápidamente su superioridad en los hechos de armas que tendrían lugar entre 1902 y 1903. Pese al mayor número de efectivos y la gran dotación de la Libertadora, la oficialidad andina y la unidad de mando serían sus cartas de triunfo. Esto se mostraría a las claras en la batalla de Ciudad Bolívar, a mediados de julio de 1903, cuando, en este último baluarte de los insurgentes que ya estaban divididos, se enfrentaron las fuerzas comandadas por el general Nicolás Rolando Monteverde, jefe de la «Libertadora» en Oriente, contra las armas gubernamentales dirigidas por Juan Vicente Gómez. Antes, en mayo de 1902, Rolando había derrotado a Gómez en Carúpano. Pero en esta oportunidad el resultado en su contra fue aplastante. Rolando se rindió el 21 de julio de 1903. Este resultó ser el último hecho de guerra de esta contienda civil, que durante 18 meses involucró a más de 40.000 hombres y dejó un saldo sangriento de más o menos 12.000 víctimas. 

 

El parque capturado fue de 3.000 fusiles, 4 cañones, 200 granadas, una ametralladora y 6.000 cartuchos; el Estado Mayor de Rolando incluía 54 generales, 92 coroneles, 42 comandantes y 32 capitanes; entre los oficiales capturados estaba Giuseppe Garibaldi (1879-1950) —Peppino Garibaldi—, nieto del héroe del «Risorgimento» italiano, quien también combatió en la Revolución Mexicana. En la batalla hubo más de 1.500 bajas. En la conducción del nuevo ejército victorioso resultó sobresaliente la actuación del general Juan Vicente Gómez, quien en lo sucesivo, junto a su gloria y jerarquía militar, agregaría la segunda jefatura política del régimen. Gómez fue nombrado primer vicepresidente de la República. Pero le esperaba algo mejor…

 

 

Valencia, 5 de diciembre de 2020

 

*Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo, doctor en historia.