Por Enrique Ochoa Antich / Opinión
Han hablado los obispos con voz alta y clara. Han quitado el polvo de sus
solideos rojo-amarantos. Han agitado sus sotanas aprestandose a la
controversia, y en ese negro aleteo, han levantado la hojarasca de la justa
discordia. No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a
traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra
su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra. Los enemigos
de cada cual serán los de su propia familia. Así cuenta Mateo que dijo
Jesús.
Han dicho estos mitrados unas verdades que son del tamaño de la basílica de San
Pedro:
La decisión de abstenerse priva a los ciudadanos del instrumento válido para
defender sus derechos. No participar lleva a la inmovilización, al abandono de la acción política y a
renunciar a mostrar las propias fuerzas.
En 2005 eso no tuvo ningún resultado.
A pesar de las irregularidades, la participación masiva del pueblo es necesaria
y podrá vencer los intentos totalitarios y los ventajismos del gobierno.
Entre los obcecados, una señora ruge como una leona herida. Acusa a los obispos
de claudicantes, de malos cristianos, de inconsecuentes, de confundidos. ¡Ay,
María Corina! Hijos de Belcebú tales prelados, casi inculpa ella. La aporreada
dama evoca a Chávez en sus denuestos, cuando dijo aquello de que los curas
escondían bajo sus túnicas infame barredura. Tal para cual.
En vez de esta insolente arrogancia, ¿no debería la respetable matrona tener un
momento de cordura, escrutar su atormentado corazón, y realizar un humilde acto
de contrición? Dolor del alma, detestación del pecado. La bestia se
lame sus llagas.
Pero, en verdad, ¿quién claudica? Votar no niega los atropellos del
régimen autoritario. Antes por el contrario: es una protesta contra ellos. Mientras
más nos atropellen, más votamos. El voto es un grito agónico en defensa de la
democracia. El voto es en sí mismo cívica rebelión democrática.
Dice el extremista: Si no dan todas estas condiciones electorales, no voto... y
luego enlista mil y una, cual si escandinavo fuese. Su razonamiento hiede a
coartada para no votar: se le pide a una "dictadura" unas
condiciones electorales tales que si las diese, ya no sería una dictadura sino
una democracia plena. En otras palabras: se le pide a una "dictadura"
que sea una democracia. Muy bien: siéntate en un banquito y ponte a esperar.
En cambio, es inversa la lógica del valiente moderado: Con mínimas condiciones,
los demócratas votamos, pues somos mayoría y podemos ganar, a pesar de
las irregularidades, como han sentenciado los vicarios del Papa.
Votar no es un festejo, ni un paseo campestre. Votar es una lucha.
La abstención en cambio se parece mucho a una rendición, incluso a una traición
al pueblo que sufre y que espera de sus políticos que en cualquier circunstancia,
por hostil que sea, salgan a batirse en defensa de sus derechos, como han
establecido los reverendísimos obispos.
Espetan los oficiantes de la nada que votar no sirve porque de seguidas la
dictadura acometerá con saña sus atropellos en contra de la voluntad popular:
arrebato de competencias, designación de protectores, arbitrarios desacatos,
inconstitucional ANC, etc., etc., etc., de lo que deducen el contrasentido
según el cual se la perjudica más evitándole tales molestias. ¿Cómo se
deslegitima más a un régimen autoritario, obligándolo a patear su propia
Constitución para torcer la soberanía popular o dejándolo ganar plácidamente en
paz y sin trampa, aún siendo minoría (como en 2018 )?
Siguiendo esta lógica absurda, los necios del abstencionismo militante tendrían
que proclamar desaguisados como éstos:
Dado que cada vez que protestamos el gobierno nos reprime, dejemos de
protestar.
Dado que el gobierno no libera a los presos políticos cuando se lo pedimos,
dejemos de clamar por su libertad.
Dado que el gobierno censura a los medios, dejemos de opinar.
Dado que el gobierno no sanciona la corrupción, dejemos de denunciarla.
Y así ad infinitum.
Luego de tantos errores cometidos estos años, ahora toca pagarlos con altivez y
coraje , y reemprender la tarea, más débiles pero más resueltos: volver a tomar
la ruta democrática y procurar desde la futura AN los acuerdos basados en
la persuasión que permitan más temprano que tarde un cambio democrático en paz
y soberanía.
El sufrimiento de la gente, el padecimiento de los más pobres no puede
esperar. La política debe voltear su mirada a las inmediatas soluciones
que puedan paliar el hambre, las enfermedades sin cura, las pensiones de
miseria, el desempleo, la pobreza y el caos de los servicios públicos.
Con la iglesia hemos dado, dijo don Quijote a Sancho entre las sombras
del Toboso.
Esta convocatoria de los obispos es una sonora campanada que nos entusiasma y
nos compromete. Es un aldabonazo en la conciencia de la nación.
Gracias en nombre de un país que busca una luz que ilumine su camino.
Tomado
de Punto de Corte / Caracas.