Durante tres
años, Emir Kusturica se reunió con José Mujica para hacer el documental que
finalmente, después de una tormentosa postergación, se estrenará en Netflix el
27 de diciembre. En esos encuentros, Pepe le pedía al director que transmitiera
"humildad y compromiso". Cuando trascendieron algunos dichos del ex
presidente uruguayo acerca de su tiempo de participación en Tupamaros, se
decidió postergar el estreno pautado para el mes de agosto. Pero también es
posible que haya influido la campaña electoral que llevó al ballottage y que
finalmente marcó la derrota del Frente Amplio después de 15 años. Con ocasión
del estreno de El Pepe: una vida suprema, la editorial Capital Intelectual
reedita Pepe Mujica: de Tupamaro a presidente, sus conversaciones con la
periodista María Esther Gilio.
Por Emir
Kusturica
Estoy leyendo
las cartas de Séneca a su amigo Lucilio y ahora reconstruyo nuestras
conversaciones. Entiendo mejor nuestra filosofía y me gusta aún más. Esta fue
la amistad más extraña de toda mi larga carrera profesional. Hacer
películas nunca me hizo tan feliz como después de haber encontrado a alguien
con una biografía humana tan monumental.
Soy idealista
de nacimiento como José “Pepe” Mujica. Y desarrollé una visión personal del
mundo que está ligada a personas a las que admiré desde mi juventud, del Che
Guevara a Fidel Castro. Pero como, por motivos obvios, no pude hacer nada con
ellos dos en materia cinematográfica, cuando escuché que había un Presidente
que todavía conducía su tractor y arreglaba su casa, me dije: “Este es mi
hombre”. Y no me equivoqué.
Efectivamente, la
primera vez que vi a Mujica, en el inicio de las filmaciones de mi documental El
Pepe, una vida suprema, él estaba manejando un tractor. Alguien me lo
señaló: “Ése es el presidente”. Me interesó ese hombre que era feliz
trabajando en su tractor y cultivando su chacra, un hombre con una devoción
científica por sus flores y que, al mismo tiempo, ha tenido un fuerte impacto
en el mundo de la política, justamente porque es único.
Mujica es un
hombre supremo, diferente a todos, inspirador, que se destaca en una sociedad
global gobernada por políticos oportunistas y deshonestos. En el mundo corrupto
de hoy, tenemos a alguien que no lo es. Es uno de los pocos ejemplos en los que
uno de los presidentes puede inspirar, con toda su capacidad de comunicación, a
todo un pueblo, que no casualmente lo despidió entre lágrimas cuando abandonó
su cargo. Fueron 150.000 personas que le dijeron al mismo tiempo “adiós” y
“gracias” con lágrimas en los ojos. Eso no lo logra cualquiera, y menos un
Presidente.
También hay
gente en Uruguay a la que no le gustó lo que hizo, lo que es natural. Sin
embargo, él es popular en su país y también en otras partes del mundo, aunque
no tanto como me gustaría. No goza de una popularidad masiva. Pero es
un ícono. La complicada historia de Uruguay, así como la de otros países, se
puede sintetizar en la experiencia de Mujica. La vida de Pepe, su trayectoria y
su experiencia, son un reflejo de la de su tierra. Y estoy seguro de que
será una inspiración para todos los que hoy están perdiendo el amor y la
confianza en el socialismo.
Por eso, en
este momento, cuando en nuestro planeta proliferan las falsedades por todas
partes, las fake news pero también las falsas izquierdas y las
falsas derechas, mi deseo es que todas las personas sean tan libres y
verdaderas como él. Además de su honestidad y su humildad, Mujica fue capaz de
practicar el socialismo dentro del marco estrecho del capitalismo. Y lo hizo
con éxito: el pueblo uruguayo lo acompañó, y hoy lo extraña. Un sentimiento que
se explica según pude comprobar personalmente, porque Mujica vive tal como se
lo ve en la película, en su chacra, con sus flores y sus animales, con esa
sencillez que para muchos es impostada. Créanme: no lo es. No es una pose.
De todos los
revolucionarios, Mujica es el más exitoso. Es más bien un filósofo con mente
práctica. Llegar a una utopía requiere de un fundamental cambio de conciencia.
Con su trayectoria y su ejemplo, Mujica nos brinda la fe necesaria para
alcanzar los ideales. Su amor por la vida y por la naturaleza está en el centro
de su ideología. Es esto lo que me impresiona de él y de su trabajo, y lo que
me entristece al saber que mi país nunca tuvo un Presidente de su calibre.
Fue en
celebración de la utopía y de la virtud que hice el documental que lo tiene
como protagonista. El Pepe: una vida suprema, narra la
experiencia humana de ser primero miembro de una guerrilla urbana para luego
tener la calma y la sabiduría necesarias para repensar el mundo contemporáneo.
Con esta película, que también puede verse como una historia de amor, como un
espejo de la relación que desde hace tantos años lo une a su mujer y compañera,
quise hacer una contribución al mundo de la política.
Cada vez que
Mujica aparece en pantalla se puede percibir la humanidad que emana de él. Yo
nací en Europa del Este. Créanme: ni siquiera en las democracias más
consolidadas se encuentra un Mujica. Los presidentes usualmente terminan en la
cárcel, se exilian o se esconden. Y a menudo se hacen ricos. Mujica es lo
opuesto, y por eso es único. Lo pude comprobar durante los tres años en los que
me encontré periódicamente con él para hacer la película. En todo ese tiempo,
lo único que me pidió fue que transmitiera “humildad y compromiso”. Creo haber
cumplido con su deseo porque la película se centra en su costado más espiritual
y humanista. Quise adentrarme en la profunda conexión que hay entre su
personalidad y su relación con la tierra.
Por eso, en
el futuro, cuando alguien se pregunte cuál es un buen ejemplo de socialismo,
quizás la respuesta sea el de Uruguay en la época de Mujica. Y la gente estará
más inspirada por el Pepe que por Fidel Castro. Mujica recorre ese sueño
utópico de encontrar ese punto medio entre socialismo y capitalismo. Pero no es
simplemente un hombre tierno: es un líder con una cara muy humana, que es lo
que creo logra transmitir la película. Es la biografía de un hombre de esos que
merecen una gran película, porque sólo los grandes hombres lo ameritan. Y él,
sin dudas, lo es. Para mí, es el último héroe.
