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16 julio, 2019

La rebatiña de los ascensos

Humberto Seijas Pittaluga

En el mismo comienzo de la Aída de Verdi, cuando Ranfis le dice a Radamés que ya se ha escogido il condottier supremo que ha de combatir a los etíopes, este exclama: “Oh, lui felice!” y más adelante canta “Si quel guerrier io fossi”.  Porque el anhelo de todo militar es llegar a los estratos más altos de la profesión.  Pero, también, y, por tanto, no todos pueden acceder a ellos.  Desde los remotos tiempos de los faraones, y a lo largo de toda la historia, en todas las latitudes y épocas, siempre se ha entendido que los ascensos son un premio a los méritos y a la virtud.  Menos en la Venezuela de estos tiempos.  Resulta que, aquí, por la dizque infinita sabiduría de Boves II, los ascensos son un derecho.  Y así mandó a estatuirlo en el más reciente de los decretos-leyes que rigen de forma orgánica a las Fuerzas Armadas.  Infame y triste decisión.
  Ahora, los oficiales pueden reclamar sus ascensos.  Porque si estos son un derecho…  Lo cual ha resultado en un poliedro que está muy lejos de ser la pirámide organizacional que existe en todas las organizaciones del mundo entero, civiles y militares.  La nuestra es un mamotreto macrocefálico donde hay más generales y almirantes que tenientes y alféreces.  Tanto, que tenemos más oficiales con soles que la suma de los de todos los ejércitos y armadas de los países que conforman la Unión Europea.  Países serios que han tenido protagonismo en guerras de gran magnitud y que, muchos de ellos, mantienen fuerzas armadas en misiones en territorios hostiles de Asia y África.

Como resultado, puede que un oficial que no pasa de mediocre, que no ha hecho nada meritorio en su carrera —y no se le ha descubierto alguna sinvergüencería—, a los cuatro años de muelle existencia aparezca en la orden general de ascensos.  De hecho, es lo que abunda en los altos mandos: personas que no son capaces de decidir la enterrada de un perro muerto así se les provea del hueco.  Y del perro…  La cosa es tan grave, desde los puntos de vista organizacional e institucional, que todos nos acabamos de enterar, por medio de una resolución ministerial que circuló por los medios sociales, que se pasaba al retiro por tiempo de servicio cumplido a 39 oficiales de una promoción.  De ellos, 36 eran generales; dos, coroneles y, uno, teniente coronel.  ¡Cómo serían de “lacras” y “cácoras” (para usar la jerga cuartelera) que no agarraron soles en esa rebatiña!

Hasta hace pocos años —antes de que el Héroe del Museo Militar decidiera corromper al estamento militar— lo que se acostumbraba en Venezuela, porque era lo que se necesitaba para comandar las Fuerzas Armadas, era tener entre 110 y 120 oficiales que portasen soles.  De ellos, 12-15 portaban dos sobre cada hombro, eran los de los altos mandos; los demás, llevábamos uno solo.  Ahora, no.  De hecho, si alguien entra hoy en uno de los comandos generales de componente, y abre una puerta —inclusive de los espacios donde las señoras del aseo guardaban las mopas y las escobas—, se encuentra con un general o almirante detrás de un escritorio.  Lo más probable, ocupando un cargo que hasta hace poco era la responsabilidad de un oficial dos grados menor que el del actual okupa.

El pitecántropo barinés buscaba, de cualquier manera, que nadie le hiciese sombra.  Por eso, a todos los que tenían ascendiente, conocimientos, méritos, los pasó al retiro, los dejó sin cargo, los forzó a huir a otros países, o los puso en prisión.  Inclusive, a su compadre, a quien en mala hora lo trajo al poder de nuevo en el 2002.  La excusa era que Baduel había cometido hechos de corrupción —que los había cometido, cierto, pero la verdadera razón era que tenía prestigio ante sus subalternos y había dado demostraciones de independencia de criterio.  A los que dejó dentro de la organización, los corrompió vía Plan Bolívar 2000 y otras “facilidades” para el enriquecimiento fácil.  Pero con un anzuelo camuflado dentro de la canonjía: al tiempo, en una mano, le mostraba una foto comprometedora, una grabación ilegal, una factura chimba firmada por el oficial; en la otra, un fajo de billetes, y le decía: “¿de cuál de los dos quieres”?  Eso fue el comienzo de la perdición organizacional.  Llegó a decir que “institucionalismo” era mala palabra.  Más adelante, hizo lo mismo con el término “meritocracia”.  La aplicó al mismo tiempo que despedía, pito de por medio, a más de veinte mil empleados y obreros muy experimentados de la industria petrolera.  De allí, el declive de nuestra principal industria.  Y, así estos se mudaron a otras latitudes, donde les reconocen sus grandes aptitudes y donde están obteniendo riquezas para otros países mediante su aporte en la extracción, refinación, transporte y comercialización de hidrocarburos

No será tarea fácil la que le toca al gobierno de transición (y a los que le sigan): regresar a sus cuarteles y bases, redimensionar, reinstitucionar y redisciplinar a unas fuerzas armadas (minúsculas a propósito) que no funcionan ni en las más elementales tareas de su profesión, que están ahítas de poderes indebidos y de actuar como organismos de policía represiva en contra de lo que la Constitución establece de manera específica.  Tal esfuerzo requiere de mucha colaboración por parte de diversidad de expertos.  En todo caso, a mí no me busquen, que ya tengo bastante con mantenerme vivo a esta provecta edad…
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