Desde París
El
capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff, The Age of Capitalism Surveillance)
no perdona a quienes en nombre de la verdad y las libertades individuales
revelaron sus más truculentos secretos. Julian Assange (foto), Edward Snowden y
Chelsea Manning son las más recientes figuras del triángulo de los perseguidos
por los imperios coloniales. Uno de ellos, Assange, está en una cárcel
londinense a la espera de ser extraditado hacia Estados Unidos porque, a través
de WikiLeaks, protagonizó la filtración más grande de la historia sobre las
inconfesables intimidades de Estados Unidos. Otro, Snowden, vive exiliado y
oculto en Rusia luego de haber revelado la forma en que la Agencia
Nacional de Seguridad de Estados Unidos (NSA) espiaba a todo el planeta,
incluidos jefes el Estado y empresas. La tercera, Manning, fue condenada a 35
años de cárcel (tribunal militar) por haber suministrado a Assange, entre
ciento de miles de documentos, el famoso video Collateral Murder («asesinato
colateral»), donde se ve cómo un helicóptero estadounidense mata a un grupo de
civiles durante la última invasión de Irak (2003). Y no son los únicos.
Hay decenas
de perseguidos digitales. El ex presidente ecuatoriano Rafael Correa paga en su
exilio belga el asilo que le proporcionó a Assange cuando este ingresó a la
embajada de Ecuador en Londres, donde permaneció siete años antes de que la
policía británica lo arrestara cuando el actual presidente de Ecuador, Lenín
Moreno, lo entregó cobardemente. Vanessa Rodel y su hija Keana están exiliadas
en Canadá. Ambas forman parte del grupo de siete personas conocido como
“los ángeles guardianes” que, en Hong Kong, protegieron a Snowden durante su
estadía. Y el abogado canadiense defensor de los derechos humanos Robert Tibbo,
abogado de Snowden y de los “ángeles guardianes”, vive exiliado y oculto en un
país europeo.
Ahí está, en
su crueldad seca, lo que hace Occidente cuando alguien corre la tapa de sus
cloacas. Y nada lo detiene. El presidente boliviano Evo Morales podría contar
en primera persona cómo Europa lo persiguió cuando, en junio de 2013, de
regreso de un viaje a Rusia, Francia y Portugal le negaron el espacio aéreo a
su avión. Los pseudo socialistas franceses y los portugueses sospechaban que
Evo Morales traía escondido en su avión a Snowden. Por eso lo obligaron a
aterrizar en Viena y le revisaron el aparato durante 14 horas.
Assange,
Snowden y Manning fueron respectivamente descalificados y desfigurados por la
misma prensa que, antes, había hecho de ellos héroes modernos. Manning fue
vendido como un traidor y una normal porque cambió de sexo. Snowden, como un
renegado antipatria y sobre Assange se tejieron los relatos más obscenos que se
puedan imaginar. Los medios que antes habían hecho de él el emperador del nuevo
periodismo de datos expandieron la narrativa de pelotón de fusilamiento
destilada por las agencias dedesinformación: estaba loco, era un drogado, un
violador, un agente del Brexit, luego un aliado de Trump y de la Alt Right
norteamericana y, encima de todo, un agente del presidente ruso Vladimir Putin.
Ese diario golpista que es El País de España se lanzó en una disparatada
desconstrucción del mito Assange que el mismo periódico había apuntalado. Se
ofendieron porque Assange contribuyó a instalar la posición y las artimañas del
independentismo catalán. Resulta paradójico que hoy Assange cuente con sus
mejores respaldos en los países emergentes y no en las naciones ricas, a cuyos
diarios (The New York Times, Le Monde, El País, Dar Spiegel),
incomprensiblemente benefició cuando entregó los fondos de la diplomacia
estadounidense para que estos diarios hurgaran a su antojo en nuestras
realidades. Sólo mucho después suministró la información a los países
concernidos que estaban geográficamente fuera de la esfera Occidental. Lo más
cínico radica en que Estados Unidos y sus aliados imputan a Assange, a Manning
y a Snowden por los mismos delitos que sus servicios secretos y sus empresas
globalizadas cometen con toda impunidad: extraer datos. Habría así un hurto
legal asumido por Google, Apple, Facebook o Amazon, y otro proscripto cuando
son los ciudadanos quienes se metenen las entrañas de un sistema delincuencial
para sacar a flote la basura de sus tripas. Lamentablemente, hay en torno a
esos delitos de robo de datos y espionaje la misma tolerancia que con la
delincuencia de cuello blanco. La sociedad civil no reacciona, no exige, no
pugna, no patea, no milita. Porque los expertos de Cambridge Analítica que
robaron datos y espiaron millones de cuentas de Facebook (también lo hicieron
en la Argentina cuando trabajaron en la campaña del presidente Macri) no están
presos. Son ladrones pero impunes. Assange, en cambio, tiene sobre él todo los
látigos del castigo y le aguardan en Estados Unidos siglos de cárcel.
Lamentablemente
también, las corrientes progresistas del mundo tardaron y tardan mucho en darse
cuenta de que la vida nuclear de nuestras democracias se juega precisamente en
Internet y no únicamente en las calles. La izquierda no entendió ni a Assange
ni a las redes sociales. La derecha, en cambio, sí que lo hizo y sacó con ello
un tajo inmenso. Es profunda y cómicamente incongruente constatar que todos los
algoritmos son de derecha. Parece que los algoritmos progresistas capaces de ir
a buscar al enemigo y neutralizarlo en los territorios que controla y desde los
cuales nos manipula, no existen. No hay un “Che algoritmo”, solo existen los
otros y, a la par, un extendidísimo y manso rebaño de usuarios que, pese a
saberlo, continúan pegados a sus torturadores digitales.
Mientras las
izquierdas mundiales celebrarban el fin de la hegemonía de la prensa del
sistema y el advenimiento de blogs y diarios digitales, las derechas se
ocuparon de los algoritmos. Los unos seguían cautivos de sus antagonismos de
café, los otros organizaban la gobernabilidad del mundo a su antojo.
Julian
Assange es el enemigo número uno de los tecnoimperios (China y Estados Unidos)
porque, al igual que Snowden y Manning, funcionó como el fantasma que contó la
verdad del cuento. Hay que volver a leer sus ensayos para medir cuánto se
adelantó al capitalismo espía y violador que nos gobierna. Nuestros rostros
están fotografiados, nuestras calles cartografiadas, nuestros deseos
compilados, nuestros mensajes y correos escaneados, nuestros consumos repertoriados
y nuestras ideas manipuladas. Todo ello converge en Assange: es, en su tragedia
personal, el violador del imperio. Por ello no lo perdonan ni lo perdonarán.
Cuanto más lo castiguen y lo persigan, cuanto más sufrimientos le infrinjan,
cuanto más lo hieran y lo desfiguren, más satisfechos estarán los delincuentes
digitales, los privados y los estatales. Su sufrimiento es el mensaje que nos
transmiten. Su suplicio es, como en la Edad Media, un espectáculo punitivo
(Michel Foucault, Vigilar y castigar). Una enorme zona de nuestras democracias
se esfumó con el destino de Assange o Snowden. Nuestro silencio ha sido
demasiado prolongado. Pero han dejado una huella, las pruebas irrefutables de
cómo se activan los mecanismos del mal y quiénes los manejan. Si seguimos
dormidos con el juguete tecnológico como canción de cuna, el sueño se acercará
cada día más a la pesadilla final.
