Por Gustavo Hernández S.
La jornada
del 9D es el retrato de un país sin rumbo, desanimado, sin aliento. Venezuela
pasa por una de sus peores épocas, con el agravante de que la clase política que
nos conduce - la del gobierno, pero también la de la oposición, salvo importantísimas
excepciones en ambos bandos, por cierto - es de las más mediocres de nuestra historia.
Ayer perdimos todos. Perdió el gobierno porque la altísima abstención pone en
evidencia que la inmensa mayoría de la nación no los acompaña para nada; perdió
la oposición radical, los come candela pues, que harían el ridículo si se
atribuyen una victoria por la escasa participación ciudadana; y perdimos también
los que creemos en el voto como herramienta fundamental para superar la crisis,
dado que el país no nos hizo caso, y que ni siquiera pudimos ponernos de
acuerdo entre nosotros para presentar formulas unitarias. Pero, sobre todo, perdió
nuestro país que no atina a conseguir el camino para salir de la espantosa
crisis que nos agobia y perdió la democracia como sistema, como método
civilizado para dirimir diferencias.
Las
elecciones municipales obligan a reflexionar, sobre todo a la oposición democrática
y, en especial, a la Concertación por el Cambio, espacio político que surgió
como una iniciativa muy interesante pero que se ha venido rezagando. Estas últimas
elecciones evidenciaron brutalmente sus carencias: ausencia de políticas,
fallas organizativas graves e inexplicables competencias, no siempre muy leales
por lo demás, entre sus integrantes. La gente de El Cambio y de COPEI también quedaron
muy reducidos y deben dejar de lado cierta prepotencia de la que han hecho gala
ante sus aliados naturales.
Un dato
positivo es el cambio de posición de la iglesia católica, institución que llamó
abiertamente a votar esta vez.
El mundo no
se acaba el 9D, la lucha por un país decente, próspero y democrático sigue,
pero hay que rectificar. La ciudadanía no votó, pero sí habló; ahora falta que
la oigamos.
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