José Ignacio Guédez Yépez*
Hace 2.500 años, Platón definió perfectamente a las tiranías
en el libro octavo de su diálogo La República, con una descripción exacta del
proceso populista que se genera desde la llegada al poder de autodenominados
protectores del pueblo, que luego declaran guerras, ejecutan purgas, saquean
riquezas y reprimen finalmente al mismo pueblo que juraron proteger. Un ciclo
milenario que se sigue evidenciando hoy con pasmosa rigurosidad.
En aquel momento, Platón hacía una crítica a la democracia
directa imperante en Grecia, identificando una de sus más grandes amenazas, el
populismo, ese mecanismo mediante el cual se destruye la democracia en su
propio nombre y desde adentro. Era esa perversión de la democracia calificada
por el autor como “tiranía”, la que Platón buscaba evitar con su modelo
utópico, que visto desde los ojos de la actualidad pudiera interpretarse como
un proyecto de constitución para separar los poderes y diseñar un sistema que
esté por encima de la regla de las mayorías sin límites.
Pero no fue sino hasta el siglo veinte cuando la civilización
occidental asumió las democracias constitucionales como el modelo a seguir,
promover y proteger. La igualdad ante la ley, la única posible, se convirtió en
la regla, y los derechos civiles florecieron sin depender de los gobiernos de
turno, justamente porque estaban consagrados en una constitución que limitaba
incluso el ejercicio del poder de los gobernantes por más popularidad que
tuvieran. Este triunfo histórico de la civilización, se erigió además sobre la
convicción de que las tiranías populistas eran el enemigo a vencer, en
cualquiera de sus versiones supuestamente antagónicas, caracterizadas en los
enunciados ideológicos de comunismo y fascismo. La democracia constitucional
polarizaba con ambos, convirtiéndose ésta en un consenso de la modernidad.
Sin embargo, la foto final de la Segunda Guerra Mundial y la
guerra fría que continuó después, crearon las condiciones para que al menos un
tipo de populismo siguiera actuando impunemente con complicidades de las que
muy pocos pueden salir absueltos, y que muchas veces se explican por complejos
inconscientes. América Latina es ejemplo de lo señalado, víctima constante del
asedio comunista que todavía hoy encuentra refugio en Cuba, Venezuela,
Nicaragua y Bolivia.
Fidel Castro murió después de ejercer tiránicamente el poder
durante décadas, dejando a su hermano a cargo de la dictadura más larga de la
historia reciente que sigue aún en plena vigencia. Sin embargo, para muchos no
mereció ninguna condena, siendo todavía referente de democracia. Hugo Chávez
también gozó de la misma impunidad, a pesar de haber cerrado medios de
comunicación, concentrado todo el poder y cambiado varias veces la Constitución
para perpetuar su mando absoluto, dejando a cargo luego a quien tiene sumido a
Venezuela en la peor tragedia de su historia, ya sin Constitución ni
institucionalidad de ningún tipo. Daniel Ortega, quien ha gobernado durante
veintitrés años Nicaragua, lo seguirá haciendo a toda costa como lo demostró
este año en el que han sido asesinados más de quinientos manifestantes sin que
la comunidad internacional se perturbe demasiado. RevistaAnfibia Y de Evo
Morales nadie habla porque tan solo tiene trece años en el poder, y pretende
seguir ejerciéndolo sin contrapesos luego de que su propio pueblo le dijera que
no. En estos cuatro países se concentran 115 años de dictaduras, con un saldo
atroz de asesinados, perseguidos, oprimidos y exiliados. Se trata del mismo fenómeno,
sin matices, porque, como dijo el ensayista francés Jean-François Revel: “La
ilusión de los procomunistas es el pensar que hay otro comunismo distinto del
estaliniano. Pero, el estalinismo es la esencia del comunismo. Lo que cambia no
es el sistema, sino el rigor, mayor o menor, con el que se aplica”.
Es hora de sustituir la polarización entre derechas e
izquierdas por una más existencial y necesaria, aquella entre tiranías
populistas y democracias constitucionales. Ningún dogma puede estar por encima
de la defensa de los derechos humanos. Debe ser la izquierda democrática la más
interesada en condenar el estalinismo y establecer una frontera clara para
deslindarse de tantos crímenes inhumanos. Al igual que la derecha democrática
debe estar muy atenta de los nuevos fenómenos populistas que desde su acera
comienzan a aparecer. Debemos resolver los saldos del siglo pasado para poder
enfrentar con éxito los retos de esta época que se vislumbra convulsionada pero
llena de oportunidades a la vez. Es hora de reivindicar la gobernabilidad
democrática, entendiendo que solo desde el centro se polariza con los extremos
que en cualquier caso destruyen ese sistema de garantías ciudadanas que debe
ratificarse como el hábitat indispensable para una sociedad libre.
* Secretario general del partido La Causa R y exsecretario de
la Asamblea Nacional de Venezuela.