Exaltación chavista, en cierta forma parte de su mitología o
de su leyenda, el “por ahora” de Chávez aquel 4F de infausta memoria incluye la
prédica de acuerdo a la cual el teniente coronel golpista se había hecho cargo,
responsable pleno, del alzamiento militar. Al decir aquellas palabras,
impecablemente pronunciadas, convertía o procuraba convertir una
derrota militar en una victoria, o semi-victoria, política. Si nos atenemos
a sus últimas resultas, aunque mucho haya mediado entre éstas y el “por ahora” de
marras, parece que lo logró. Alguna vez me dijo Arias Cárdenas en el hospital
militar adonde fui a visitarlo en mi condición entonces de defensor de los
derechos humanos: “Desde que Chávez habló el 4F, se encaramó a un pedestal y
nos mira a todos de arriba para abajo”. En la habitación contigua se encontraba
Chávez a quien entonces Arias no le hablaba. En fin, que aquél les había
arrebatado a los demás el liderazgo absoluto del movimiento en buena medida a
partir de su “por ahora” celebérrimo, aunque luego se hiciera evidente que más
allá de esas palabras, sus dotes eran muy superiores a las de sus compañeros de
asonada.
La imagen era, pues, la de un oficial que había encabezado
una rebelión militar y que, al ser hecho prisionero, se hacía
responsable de lo que había hecho. Aunque no era de un todo verdad, se
solía contrastar esa actitud valiente con la de una clase política predominante
entonces a la que se le endilgaba, con cierta injusta generalización, una
conducta evasiva respecto a sus acciones. Si vemos aquello desde la perspectiva
de la actual catástrofe nacional, ni la deuda pública ni la pobreza ni la
corrupción ni la inseguridad ni la masiva violación de los derechos humanos ni
el desastre de los servicios públicos que padecíamos entonces nos parecerá gran
cosa. Pero por aquellos días, parecía que vivíamos, y vivíamos en realidad, una
crisis pavorosa de la que era culpable directo un liderazgo que solía culpar de
sus propios errores “al gobierno anterior”.
Esa leyenda, pues, de un Chávez valiente y responsable de sus
actos, pervivió hasta que el chavismo se hizo con el poder. No más llegar a él,
y por muchos años, culpó primero a los gobiernos del pasado de las inmensas
calamidades que padecíamos lo venezolanos: y la cosa parecía iniciarse con Colón,
pues tratándose de una supuesta revolución que construiría un mundo enteramente
nuevo, la coartada era todo el pasado; y luego, debido a las
necedades del extremismo opositor, culpó al golpe de Estado del 12 de Abril y
al paro petrolero de las dificultades políticas, económicas y sociales que
sufría el país. Luego el petróleo escaló a 80 y 100 dólares el barril, y a
billete limpio se ocultaban las propias atrofias de su gestión gubernamental.
Por los tiempos que corren, siendo evidente que la catástrofe
que vivimos en todos los órdenes es causada por un diseño errado de un modelo
de sociedad autoritario, centralista, militarista, estatista y populista que se
ha intentado imponer a troche y moche al país durante dos décadas
fallidas, las excusas comienzan a ser risibles y en realidad trágicas.
El emblema de esta tragicomedia, digno de formar parte de una enciclopedia
universal de la ridiculez, son los subterfugios, pretextos y bachillerías del
fulano general Motta Domínguez: iguanas y rabipelados compiten con
fantasmáticos terroristas en la alucinada estulticia de este oficial. Pero
desde Maduro para abajo, se culpa a la guerra económica, al imperio y a todas
las fuerzas demoníacas de este universo mundo de lo que no es sino una
descomunal incapacidad en el ejercicio de la gerencia pública. Entre la
ineptitud y la terquedad ideológica, este país se va a pique.
En fin, que del “por ahora” chaviano hemos terminado en el
“yo no fui” de sus epígonos. Triste espectáculo nos ha tocado presenciar a los
venezolanos de este comienzo de siglo.
*Tomado de Punto de Corte
