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La peligrosa embestida posmoderna contra los medios de comunicación


(FIIS)

Es claro que se puede – y se debe – ser crítico con lo publicado 
por los medios.
Si hay un aspecto en el que se está amenazando la libertad es en de la libertad de expresión. De un lado, está el discurso políticamente correcto que, supuestamente por la tolerancia, es intolerante a lo que no le gusta. Del otro, la intención de los estados de reducirla. En la mitad los ciudadanos, ambivalentes. Los amenazados, los medios de comunicación – ahora llamados tradicionales.

Es claro que se puede – y se debe – ser crítico con lo publicado por los medios. Pero una cosa es contraargumentar y exigir y otra justificar su censura porque dicen lo que a uno no le gusta escuchar.
El gusto y la verdad son atributos diferentes. Cada uno tiene unas creencias y los medios reflejar otras pero eso es independiente de si lo que muestran los medios es correcto o no. De allí que la discusión debe ser no frente a la primera sino frente a la segunda variable.
Por ejemplo, creo que la mayoría de medios colombianos tienen un manejo deficiente, por decir lo menos, de los temas económicos. La mayoría los percibo como proteccionistas, anticapitalistas y proclives al estatismo. Pero la discusión debo presentarla con argumentos y no con posiciones basadas en la pasión.
La opción pasional ha llevado a dos fenómenos ya comunes. Primero, el rechazo a los medios: se puso de moda no creer en ellos y sospechar su intención de manipular la información. Antes esto era una creencia de la izquierda, pero ahora se ha extendido a la derecha y a otras tendencias políticas. Todos están en el camino de las teorías de la conspiración y los medios forman parte de los villanos.
La información, el conocimiento, la búsqueda de la verdad se convirtieron no es resultado del debate, del contraste de posiciones y de la ponderación de evidencia y argumentación, sino de procesos casi personales. La verdad a la medida. La verdad individualizada. ¡El posmodernismo llevado al absurdo!
Lo anterior lleva al segundo fenómeno: la denominada posverdad. Este concepto apareció a propósito del Brexit, de las elecciones de 2016 en Estados Unidos y de la campaña al plebiscito en Colombia y se definió como el uso de medias verdades o abiertas mentiras, por parte de ciertas organizaciones políticas, para manipular las decisiones de las mayorías.
Si bien, se podría demostrar racionalmente que muchas de las posiciones esgrimidas en las mencionadas contiendas presentaron las características de posverdad, también es cierto que no se puede demostrar cuánta manipulación hubo. Algunas personas creen que el proteccionismo es la clave del desarrollo. Están equivocados. La evidencia y los argumentos los contradicen. Existen campañas basadas en esas creencias. Algunas veces hasta llegan al poder. ¿Sostienen sus mentiras para llegar al poder o realmente creen en ellas? Esto no lo podremos saber nunca.
Mientras tanto, los estados, enemigos naturales de los medios independientes, fortalecen sus esquemas propagandísticos y aprovechan la debilidad argumental y de evidencia de las mayorías para desacreditar a quiénes los cuestionan. Pasa en dictaduras como la venezolana así como en países ahora gobernados por tendencias abiertamente antiliberales como Estados Unidos.
Cada cuál, desde su posición, trata de justificar los ataques. El punto es que se confunde la posibilidad de cuestionar a los medios con lo que no nos gusta que se publique en ellos.
Así, se dice que los medios no son neutrales, que tienen intereses, que son sesgados o que publican solo lo que quieren que se vea. Y para ser honestos, así es. Pero estas críticas reflejan una exigencia a los medios que no es ni justa ni posible. No existen “los medios”, sino las personas que trabajan en ellos. Esas personas no son neutrales, tienen sesgados, intereses y solo ven realidades particulares, específicas. Como cualquier ser humano, periodista o no.
Pero, además, las alternativas ante las deficiencias de los medios son peores. La opción estatista, la propaganda, es sacrificar un sesgo por otro que, además, es impuesto y que acaba con cualquier otra libertad. La opción atomizada, la de solo escuchar lo que se quiere escuchar, es apostarle por una sociedad menos integrada, dialogante y respetuosa de las diferencias. Ambas opciones antiliberales. Ambas opciones no solucionan, sino agravan, lo que hoy se le critica a los medios.
Escuchar lo que a uno no le gusta puede ser un ejercicio molesto pero estimulante y edificante. Es esto último si se debate con argumentos y evidencia. Pero los beneficios, en caso de obtenerse, son personales. Demostrar una equivocación no lleva necesariamente a un cambio en las líneas editoriales de un medio cualquiera. Exigir que sea así es regalar nuestra libertad: la libertad de pensamiento y de expresión son absolutas. Cualquier justificación en contra no solo fortalece el estatismo sino que siembra las semillas para la claudicación de la civilización basada en la libertad.
Los únicos beneficiados con esa claudicación serán los dictadores y sus excesos.